Biometría de un encuentro; biometría de vida.
RESEÑA DE UN IMPRESCINDIBLE.
Hacer una reseña sobre un libro que hace meses que se publicó, ahora que el autor ha terminado su particular world tour de presentaciones y que una gran parte de los que no lo han leído ya saben perfectamente de qué va, es una necesidad personal. Tantas opiniones escuchadas y El Vuelo del Grajo sin abrir el pico… Voy a ver si (me) contesto a algunas preguntas.
En este libro hay muchos kilómetros. Y hay deseo por hacer. Por seguir haciendo. Por no parar de hacer. Porque es un libro de vidas. Hay vidas entregadas, otras vidas plenas y algunas reventadas. Hay finales de vidas en atardeceres naranjas que quitan la respiración al lector porque una noticia le taja el pecho a la altura de los pulmones. Sí, hay lágrimas: claro, va de vidas. Y hay deseo y amor. Amor innegociable por especies, espacios, géneros y familias. Hay, se intuyen, miradas de amor. Hay un abrazo de despedida que no cabe en una cabaña de madera. ¿Te das cuenta de que si no te despides no te mueves? Sin un abrazo no puedes ir a conocer lo siguiente. También va de eso. De una colección de adioses. 40 retratos, en 31 lugares diferentes, en 55 semanas.
Venga, lo voy a decir: es una jodida road movie literaria. Al menos eso es lo que parece, con miles de kilómetros de carretera, coches que cargan cuerpos agotados y felices y también coches que consumen demasiado. Coches en tres continentes y treinta provincias por lo menos. Cafés y cervezas que se beben en gasolineras de polígonos industriales. Y hay mucha comida. Si no fuese porque la intención era hacer un libro sobre pajareros y pajareras, podría ser una guía gastronómica para gente que se ha ganado el apetito a base de hacer lo que más les gusta. Hay viejos amigos, nuevas amigas, unos que quizá dejaron de serlo y otros que hay que cuidar. Y todo ocurre rápido: apesta a roadmovie. A ver, que se me entienda, no es una frenética novela de carretera, con las cosas sucediendo a la misma velocidad que los kilómetros caen bajo las ruedas de un Mustang Fastback del 67. El autor, Carlos Lozano (Madrid 1974) no está para esas monerías, que ya tiene 4 títulos publicados, 7 continentes visitados y 80 países recorridos buscando sus fetiches alados. Pero cuando hablas con 40 personas con asombrosas cosas que contar, todo va rápido. Al menos, las páginas al leerlo pasan fulgurantes. Y son quinientas. Bufff, leo la definición que la RAE pone de fulgurante: 1. adj. cult. Que fulgura. En la oscuridad del campo se ven las fulgurantes estrellas. Dejo el adjetivo, va bien.
¿Sabéis lo del número Bacon? ¿Aquella teoría basada en el concepto de los «seis grados de separación» que mide la cercanía de cualquier actor o actriz con Kevin Bacon en el mundo del cine? Pues me atrevo a asegurar que cualquier pajarero, cualquier observadora de fauna o, incluso, cualquier persona que esté leyendo esto tiene un número Bacon de uno o, a lo sumo, dos con los personajes de este libro. Así de cercano nos ronda el tema. Pero casi que dan lo mismo los nombres. De hecho, creo que sería interesante pasar el velo de los pseudónimos y evitar así la tentación -muy humana- de leer con la mera intención de stalkear al conocido, como si de adolescentes y redes sociales se tratase. ¡Caray, que es un libro! No es un compendio de fotos sonrientes con las mejores poses, ni comentarios de 150 caracteres para resumir experiencias inolvidables y envidiables. Es literatura. Son tallas esculpidas en papel a golpe del cincel de palabras dichas en unas pocas horas. Leer de principio a fin, en orden y sin otro motivo que disfrutar de lo que tienes entre las manos.
Yo lo voy a hacer en esta reseña. Voy a evitar nombres y procurar no reventar ninguna de las historias. Pero no son todos y ni siquiera están en orden.
Es un viaje que empieza galopando con William Munny por un territorio con menos ley de la que debería haber. Sigue por una montaña de lágrimas que se escapan entre los dedos del cuenco que han formado con sus manos una pareja que, por más que lo ha intentado, no ha conseguido salvar una especie. Está el capítulo del que lo da todo siempre, que quizá dio demasiado y que se puede intuir que ya no le queda mucho más por dar. Y está, por supuesto, el del rayo negro que lo parte todo en la página 171. Estos tres capítulos van de tristes a desoladores, al menos para mí.
¡Qué bonito leer sobre golondrinas fieles a un porche y qué melancolía deja suspendida en el aire el cuadro del Temerario colgado en la pared de un artista en Algeciras! Ahí también hay un último viaje sobre fondo naranja. Y habiendo dado la vuelta al jamón vital, estas cositas no pasan inadvertidas.
Son días pasados con gente que supo encontrar la pasión. Con decisión, cada cual a su manera y en su terreno.
La que lo cuenta todo, lo público y lo privado, lo notorio y lo anecdótico, con la misma rabia y frenesí con la que parece estar viviendo una vida bien vivida ¡Qué envidia de espontaneidad y libertad para decir!
La historia de la guardiana de los buitres, que se crió entre comandos anarquistas y ahora se defiende con soltura en el territorio comanche, mientras consigue -al menos por una noche- que sioux, tahúres, el séptimo de caballería y hasta el mismísimo Búfalo Bill firmen un armisticio a base de discusiones y, otra vez, cantidades de alcohol incompatibles con madrugones.
La pareja que supura cariño por sus dos corazones y medio y sus dos prismáticos y logra que una salamandra se convierta en una declaración de amor a los cuatro vientos.
El tipo genial que lo tenía todo al alcance de la mano para disfrutar el 15% de su tiempo con las aves y todo lo dejó por ver pájaros durante el 100% de sus días. ¡Qué valor!
Y así hasta 40. Mujeres y hombres que están en esto por 40, 80 o 1000 razones diferentes. Todos sin medias tintas, sin ambages ni tonterías. Y me temo que en la mayoría de los casos sin esperar nada a cambio, salvo disfrutar de una sana sinrazón.
No son memorias, ni semblanzas, ni angiografías no invasivas. Son las narraciones de unos encuentros durante los cuales el autor pudo tomar las medidas de los pajareros y pajareras con los que se encontró.
Y luego están las 31 ilustraciones de magníficos artistas. Es bonito que la imagen que ilustra el capítulo de una persona no sea de esa persona, si no del ave que mejor lo representa.
No quiero hojear las biometrías para escribir esto. Quizá haga nueve meses que lo leí y después de haber escuchado al autor en muchas presentaciones públicas y haber hablado con él sobre el libro, tengo ganas de escribir sobre Biometría. No en caliente ni con el libro aun quemando entre mis manos, sino reposado y con el sabor que dejó en su día en la boca. Lo que se me clavó en la cabeza y aún aguanta ahí. Pero reviso el índice y me sorprendo en un alarde de memoria recordando bastante de la mayoría de las biometrías. No es para menos. Son días pasados con gente que supo encontrar la pasión. Con decisión, cada cual a su manera y en su terreno. Y todo eso también está en las palabras de Carlos y como tal se transmite. Sincero e impecable, cargado de humor, ironía y muy transparente, contando de sí mismo. Siendo el 41 biometrizado.
Al recordar lo leído, ya con los neones de las sorpresas apagados, las carcajadas de los momentos compartidos convertidas en sonrisas de medio lado (viví con Lozano hasta cuatro de los encuentros) y las personas reconocidas en su esencia por lo leído, me siento muy afortunado. Estoy involucrado en un mundo lleno de personas que merecen la pena. Ahora tengo 1000 razones para estar.
– Lo tiene todo.
– Claro, idiota, es que va de la vida.
– Biometría de un encuentro, editorial Guardabosques 2025.
– Tonto el que no lo lea.