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El revolucionario acto de la observación de fauna. – El editorial Verano 2026.



Mirad a vuestro alrededor. O, venga, a la pantalla en la que leéis esto, que os pilla más a mano y con el pulgar adaptado al scroll. Fijaos, es esta una época en la que todo va a velocidad de vértigo. Solo importan los primeros tres segundos de las cosas, el resto es opcional. Confiando en la evolución, que hasta el momento ha conseguido que la humana sea la especie dominante del sistema solar, debe de ser una buena cosa. No tenemos por qué estar recelosos. Juntos de la mano a toda velocidad. No me lo acabo de creer, pero venga, adelante. Fe ciega.

Sin embargo, ahí estamos los observadores y observadoras de fauna. Soñando con esperas sin fin. Considerando que una buena jornada, un día bien echado, son ocho horas aguardando a que suceda lo inimaginable. O lo esperado, ya que en esto de la naturaleza la confirmación de lo conocido es un bien muy preciado. Sin sobredosis de épica, que ya sabemos quiénes somos, las horas que haga falta estarán bien empleadas para poder asistir a ese momento. A un instante en el que todo lo anterior se justifica y la sonrisa se explica. Una descarga donde la duración no es lo más importante. Tampoco, a estas alturas, es necesaria una descripción ni de la situación ni de la sensación. Ya sabéis de lo que os hablo sin necesidad de ejemplos.  

Esta rebeldía ante el consumo de lo rápido, esta celebración de la contemplación como medio para encontrar la satisfacción personal, es, de por sí, una barricada ante la imposición de la velocidad. Un cocinar en puchero frente al uso de la app de comida en casa. Una lección continuada sobre el disfrute del construir el momento. Una elección que, por el mero hecho de forjarse a contracorriente, merece la pena mantener. Y más ahora, con un futuro inmediato que no acaba de pintar bien ni para la conservación de las especies ni para la de los observadores de fauna. 

Aquellos que se pusieron del lado de los que opinaban que para paliar los problemas del 3er sector al empezar la guerra en Ucrania simplemente había que abrir el grifo del glifosato; los que tienen claro que la solución para el decadente negocio de los ganaderos norteños es darle plomo al lobo; los convencidos de que el show mediático anual, el bolsillo de algunos y un par de miles de votos bien vale la extinción de salmones y anguilas, todos ellos, políticos de uno u otro signo -aunque generalmente del signo de más allá de todo límite- están entrando en el salón y tomando asiento. Y las poltronas en las que están sentando sus culos deseosos de (im-) poner (su) orden son las que afectan a nuestras preocupaciones y aficiones. Así, por ejemplo, de un día para otro, en el nuevo gobierno de Extremadura las competencias de medio ambiente se integraron en la nueva Consejería de Agricultura, Ganadería y Medio Natural y la gestión de «evaluación y protección ambiental» pasó a depender de la Consejería de Industria, Energía, Ciencia y Territorio. Y los toros y la caza ocupando un espacio y peso presupuestario desconocido desde hace décadas.

Conservacionistas y observadoras lo vamos a tener jodido. Somos los que madrugamos por ver lobos vivos, denunciamos “confusiones” de pardillas por azulones y, en general, somos testigos incómodos con potentes ópticas y peligrosas cámaras de fotos. Somos los que siempre estorbamos y siempre podemos denunciar y pocas veces somos vecinos amedrentables. Somos guardianes involuntarios y potencial peligro para los desbocados.

Cuando los de las poltronas de arriba les den la razón, rían sus gracias y apoyen los desmanes de los lápices menos afilados del estuche; cuando vayan a Bruselas a pedir recortes para la conservación y surja una petición para matar osos y los bares se llenen hasta la omnipresente bandera de parroquianos aplaudiendo con las orejas; cuando los que niegan el cambio climático se den cuenta de que los suyos están en consejerías y gabinetes, nosotros y nosotras seremos su objetivo. Pasaremos a ser tan voraces como un meloncillo, mutaremos en especie depredadora como el buitre y robaremos animales como los animalistas. O, al menos, nos colgarán medallas que no merecemos. Al tiempo.

No, no habrá plomo para nosotros y nosotras. No será una cuestión física. E iba a poner que tampoco habrá limitaciones legales, pero la nueva ley de caza de Madrid y su aumento de especies cinegéticas (agachadizas común y chica, por ejemplo) y la ampliación de la prohibición a no cazadores del uso de caminos públicos y márgenes de ríos durante las jornadas de caza, ya son un ejemplo de que sí. De que conservación y observación se están viendo afectados legalmente por el fascismo populista galopante.

Si ahora -el viernes pasado concretamente- un guardia civil atendiendo llamadas le venía a decir a la responsable de un programa de recuperación de una especie que “si, los animales son importantes, pero las personas primero” y hace poco más de una semana, un sabio con un setter por foto de perfil, decía a un contertulio en red social “tú eres de campo de los que acompañan prismáticos” (sic), en unos meses la animadversión será más palpable a todos los niveles. E irá subiendo según ellos conquisten o reconquisten. 

Ese intento de insulto por el mero hecho de llevar unos prismáticos al cuello casi sugiere una invitación para una manifestación estética: llevemos prismáticos. Y hagámoslo siempre y en toda circunstancia. No solo en el campo cuando estemos tratando de localizar una especie. Cuando nos bajemos del coche para echar gasolina, al ir a pagar lo que sea o comprar el bocadillo, binoculares al cuello. Al coger la habitación en el hostal, tomarnos la caña o sentarnos a cenar, siempre, nuestros prismáticos bien visibles. Especialmente en el bar, que es dónde más les duele. Si haces uso de la cortesía y educación y saludas o entablas conversación con alguien en el camino, con la óptica. Con agentes, Seprona o guardas, cristales presentes. Que se note que estamos y que somos unos cuantos. Y que somos mujeres y hombres de cualquier edad que, además de disfrutar, defendemos lo que es de todos. 

Siempre con prismáticos.

La observación de fauna es ahora, más que nunca, un acto revolucionario. 



Esta estación la ilustra Noelismo.