PORTADA

La estructura de la sonrisa. – El editorial Otoño 2026.



Reír es algo muy complicado. Al hacerlo intervienen hasta cuatrocientos músculos en todo el cuerpo. Piénsalo: se deforma el gesto de la cara, echas el cuerpo para atrás y las piernas buscan el equilibrio, el pecho convulsiona, el diafragma echa chispas y hasta el esfínter hace un sobresfuerzo. Y aún así, lo más complejo no ocurre a nivel físico. Para que suceda tiene que darse la situación idónea, haber existido los preliminares adecuados y a nivel psicológico estar preparado para todo ello. Reír de verdad, acto totalmente automático, no es nada fácil.

“Todo lo que se me ocurre sobre la solución a los problemas de los bichos y el medioambiente termina con la extinción del 50% de los humanos”. Lourdes Berzas, o LuoBé, autora del rabilargo que ilustra nuestra portada de otoño, me había preguntado durante un breve diálogo digital por mi tristeza ante la idea de escribir este editorial. Esa fue mi respuesta tan radical como sincera. Y ella, que de tranquilizar mentes al borde de la fisión sabe un rato, me recordó una conversación que habíamos mantenido con Marcel Gil durante el reciente Delta Birding Festival. En ella, el pajarero catalán nos habló de espacios prístinos en las selvas del sur de Perú, de paseos solitarios por sendas poco caminadas y de cómo la naturaleza puede sumir la existencia de un naturalista -al menos de forma temporal- en un estado de paz sin igual. Marcel también me habló de la capacidad protectora del pajareo. Algo parecido a la pantalla defensiva que se saca Linterna Verde del anillo. Un lino impermeable y transparente, fina piel que nos salva. 

Pero lo que tenga que decir Marcel lo dirá, esperamos, en un próximo artículo. Y otro tanto pasará con lo que ocurrió en el Delta Birding Festival.

Yo andaba más con el sabor acre que las cenizas dejan en la boca. En cómo los pavorosos incendios habían pasado a un trigésimo noveno plano ante la nueva crisis, en este caso humana y localizada en Ceuta. Estaba con el vértigo de todos los récords de temperatura y sequía establecidos este verano. ¿Tienen algún sentido todas las lágrimas vertidas ante la brutalidad del fuego si no nos acordamos de ellas llegado septiembre? Resignación, la vida sigue, hay que continuar… y así nos luce el pelo, olvidando en menos tiempo del que la llama necesitó para acabar con el monte aquel. ¡A repetir, a repetir!

Ni siquiera se escuchaban ya las estupideces sobre millones de cabras milagrosas ni las propuestas, más absurdas todavía, de limpiar el monte. De limpiar de toda vida, se entiende. De todas formas, ¿los de las cabras y las limpiezas se han asomado a la naturaleza más allá de la vereda que conocen? ¿Son mínimamente conscientes de las dimensiones de lo que llaman “campo”?


Da lo mismo la contestación, todos conocemos la razón del 99% de los fuegos. Ellos y nosotros y los que quizá existan en el medio. Otra cosa es que lo reconozcan, pero saber saben de dónde viene la llama. O perimetramos con cortafuegos de 6 metros todas las zonas de actividad humana (pueblos, viviendas dispersas, carreteras, campos de cultivo…) o tronchamos espinazos. Así que todo va a seguir su marcha, que nadie va a romper la espalda de nadie y, mucho menos, va a perimetrar la vida humana en el rural. Resignación y prepárate para llorar, ya sabes. 

El Vuelo del Grajo publica sus editoriales con cada cambio de estación. El día llegó, pasó y la página del calendario ilustrado por Nacho Sevilla que pende de un clavo en la cocina cambió. A mi falta de ánimo para escribir el texto que ahora tienes ante tus ojos y la concentración en terminar el documental Dakini, una historia de buitres se sumaba el sinfín de noticias desoladoras. No necesariamente vinculadas a la naturaleza, todo me seguía llevando al mismo lugar. 

En resumen: ¿si un sistema social, económico y político, cuarta economía de la Unión Europea, ha sido incapaz de evitar el desahucio de una anciana, qué coño esperamos que vaya a hacer realmente eficaz para revertir el cambio climático? ¿Si no somos capaces de salvar a nuestros viejos, vamos a ser capaces de solucionar los incendios o evitar la sexta extinción masiva?.

Y la posible victoria de una derecha absurda y deseosa de matar a la gallina de los huevos de oro tampoco mejora las previsiones para un futuro con opciones. Echad un vistazo a las barbaridades que están haciéndole a la vida silvestre allá donde llegan a la ansiada butaca. 


Todo eso sigue como un runrún sin fin en mi cabeza. Pero Lourdes continúa teniendo razón. Tenemos las selvas del sur de Perú y tenemos el Delta del Ebro. Tenemos el refugio mental de Estaca de Bares, soñar con regresar al Tíbet, y siempre podremos hacernos un McCandless y terminar épicamente en Alaska o en un rincón de la Montaña Palentina, quizá con un final menos estúpido. Tengamos claro que el campo, el monte que se quema o los abejarucos que el sindicato agrofascista quiere perseguir a tiros, son naturaleza. Y que nosotros, si nos despojamos, somos naturaleza. Solo se trata de recordar esto de vez en cuando.

Aprenderemos a mirar hacia otro lado mientras tomamos aliento y a llorar cuando los prismáticos cuelguen para que no se empañen. No se trata de ignorar el mal, sino de que el mal no nos gane. Ahora la victoria reside en no tirar la toalla, en ser conscientes de lo que hay y de lo que se hace. Y mientras tanto, seguiremos anotando, fotografiando, viajando, haciendo cosas contradictorias, documentando, elaborando listas y sonriendo al vernos reflejados en un escarabajo pelotero empujando su bola de excrementos. Seguiremos tirando para adelante y teniendo claro que la victoria final será de la naturaleza cuando resurja nuevamente esplendorosa tras nuestra marcha. Sí: “de derrota en derrota hasta la victoria final”, no como dijo Rosa de Luxemburgo, sino como grita la hinchada del Estudiantes sabiendo bien que para nosotros nunca existirá ese ansiado triunfo. 


Nosotros y nosotras, observadores de fauna, disfrutadoras de la naturaleza, maravillados por la etología salvaje y dispuestos a tratar de entender la belleza de un acebuche, somos afortunados.  Con un andamiaje de momentos y visiones podemos apuntalar la comisura de nuestros labios y elevarlos ligeramente. En los días oscuros nos bastará con cerrar los ojos y recordar. Crear toda una estructura que nos salve. Sonreír es más fácil. ¡Dónde va a parar! Para esbozar un gesto de felicidad en la cara solo hacen falta doce músculos y que un rayito de luz atraviese nuestro cerebro. 





Esta estación la ilustra LouBé.