De búhos y de hombres

Este texto (escrito en homenaje al maestro Steinbeck) es, en primer lugar, bastante largo. Lo digo para que los lectores cortos de tiempo —o cortos en general— paren aquí y se pongan a otra cosa.

En segundo término, es de recibo manifestar que los próximos párrafos no tratan sino de buscar una redención. Ahora sé que Javier Marquerie, mi actual mecenas, estaba en lo cierto cuando recientemente me describió como un pajarero «irredento».

Mi pesadilla empezó cuando leí —creo que fue el día 21 de noviembre— que habían desaparecido los búhos nivales astures. Nadie sabía ya en esa fecha dónde estaban y, desgraciadamente, todavía hoy se desconoce su paradero. Lo más doloroso fue que, ese nefasto domingo, muchos pajareros llenos de ilusión no llegaron a tiempo de verlos.

No puedo soportar esta carga, me siento muy culpable por lo sucedido. Necesito confesar…

La verdad, por vergonzante que esta sea, es que los días previos a la referida fecha, cada vez que veía una imagen —y otra, y otra, y venga, y otra…— de los protagonistas indiscutibles en los foros ornitológicos, yo tarareaba (sin que recuerde malicia consciente) la letra de «Ojalá». Seguro que conocéis el estribillo de la famosa canción de Silvio Rodríguez:

“Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve, ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones…”.

Aportaré a modo de atenuante que, como ya sabréis, el legendario cantautor —lo creáis o no, está perfectamente documentado en Wikipedia— compuso sus versos en una situación muy similar a la mía: en el muy crudo invierno de 1969 se citó un búho nival en una playa remota de Punta Hicacos (al nordeste de Varadero) y él, dado que estaba trabajando en Santiago de Cuba (a 842 km del avistamiento), no pudo ir a verlo y rabió de lo lindo.

Una vez dicho esto he de reconocer que, durante los 13 días (el mismo número de jornadas que se prolongó la crisis de los misiles nucleares rusos en la isla natal de Silvio) que los búhos lucieron blanco roto en el norte peninsular, seguí los acontecimientos con un interés que rayaba en lo morboso.

Me cabreaba con todas y cada una de las miles de fotos pálidas publicadas en Facebook, Twitter, Instagram, Forocoches, Hola, Estado de Alarma, Libertad Digital, ABC, Qué me dices, etcétera.

Porfiaba al ver las acumulaciones de observadores en el páramo costero, me inyectaba insulina en la carótida con cada edulcorado texto subido a las redes, lloraba con las faltas de ortografía, me mordía la lengua con los desgarros en el estilo y, en el colegio, cuando me cruzaba con un libro de J. K. Rowling (mi personal némesis) tenía que correr al cuarto de baño para vomitar bilis y hiel —el coñazo que ha dado alguno con lo de «el búho de Harry Potter»—.

El carisma de la especie en cuestión —sin necesidad de tanto cliché rancio— fue tal, que su sola mención devoró, y ridiculizó en visitas y número de «likes», a otros aspirantes coetáneos a rarezas. Eso es exactamente lo que les pasó al triste escribano lapón que campeaba en la misma zona, al ninguneado porrón bola gaditano y al defenestrado coliazul cejiblanco (no lo suficientemente azul en el obispillo y menos aún lo mínimamente blanco admisible en la ceja para el baremo impuesto por la fiebre ártica de aquella época) con visos de pasar el invierno nada menos que en Badajoz.

Por otro lado, y como siempre, me resultó hipnótica la intrahistoria de un evento tan improbable. Me fascinó la controversia —nacional e internacional— sobre su procedencia (¿venían del ártico europeo, siberiano o canadiense?), las dudas respecto a la forma en la que habían llegado (escuché que sospechosamente atracó un barco procedente de la Bahía de Baffin esos días en El Musel), las incertidumbres sobre el posible origen doméstico (argüidas, a menudo, por aquellos que no pensaban, o no podían, ir a verlo), las expectativas y anhelos puestos en el análisis isotópico (desde aquellos que sí que pudieron acercarse) y, como no, me fascinó el eléctrico debate sobre si era tachable o, por el contrario, no era ético apuntárselo.

Pero, especialmente, atendí embelesado a las muchas valoraciones acerca del comportamiento de los ornitólogos desplazados al Principado.

De un tiempo a esta parte, la etología de los pajareros es de lejos mi disciplina de salón favorita. Mi actual curiosidad, en la que prima la psicología inherente a las justificaciones del observador sobre el mero desarrollo de la actividad, la describió maravillosamente bien Albert Pla cuando le preguntaron acerca de la controversia asociada a la figura de Maradona tras su muerte: «…me interesaba como drogadicto, como futbolista no mucho».

Al principio, según reza la crónica de los allí presentes, la actitud de los twitchers fue —paradójicamente— intachable. Leí que muchos, a pie de campo, se sintieron por fin europeos desde un ángulo ornitológico —para contraste conmigo que cada día siento más orgullo de mi acervo africano— y, en los textos publicados casi a borde de acantilado, se entreveía que la orgía de amistad, confraternización y pajareo catapultó la experiencia a estratos orgásmicos. Incluso se ha confirmado, por parte de los juglares desplazados al lugar de la noticia, que no pocos birders necesitaron reanimación profesional tras sufrir cuadros agudos del síndrome de Stendhal.

Sin embargo y lamentablemente, en los últimos estertores de la catarsis, según escuché en La Radio del Somormujo, un fotógrafo —en este caso, quizá sea más correcto hablar de «fotófago»— se saltó el cordón y espantó a uno de los animales para obtener instantáneas en vuelo. Aliviado de que no se le linchara in situ, me dejó epatado su defensa ante los insultos y vilipendios que le dedicaron los observadores de bien: «no pude resistirlo, tenía que hacerlo», dijo el imbécil.

Parece ser que poco después del incidente mencionado, la guardería tuvo que pararle los pies a una turba que, emulando «el juego del calamar», practicaba una zancada hacia delante cada vez que los árbitros de pista miraban para otro lado.

«Qué lástima —recuerdo haber murmurado al escucharlo—, qué poco ha durado el reciente pacto forjado en “La Comunidad del Prismático”».

Pero me equivoqué. A la postre, soy consciente de que fue muy injusto por mi parte —amén de tararear repetidamente «Ojalá» convocando un irrevocable apocalipsis— valorar lo sucedido quedándome solo en la anécdota. Los pajareros que participaron en el diálogo radiofónico con los Somormujos aseveraron que el 99% de los observadores —y atendiendo a los números censados de asistentes e insurrectos, la cifra parece del todo certera—el comportamiento fue ejemplar. Se confirmó entonces que, definitivamente, podíamos sentirnos europeos.

Creo que también es destacable la extraordinaria difusión del suceso. El acontecimiento fue trascendido por periódicos locales, provinciales y nacionales, inundó las redes sociales —y alcanzó, por lo tanto, todos los confines del planeta— e, incluso, tuvo cobertura en la televisión nacional. Estoy convencido de que es muy positivo que la ornitología, o la información sobre esta actividad ejecutada con respeto, sea expandida lo máximo posible.

Y no menos desdeñable, a pesar de que algunos miserables hiciéramos sangre y chanzas movidos por la envidia (e incluso mascullásemos estrofas de revolucionarios comunistas), por retorcimientos genéticos personales o por puro aburrimiento particular, es que ese búho tan cuqui, mullido, achuchable y cabezón (llegara cómo llegase y viniese de dónde viniese) hizo felices a cientos de personas que cambiaron sus planes anodinos y cotidianos por tener un encuentro con lo que era solo una utopía —o poco más que una estupidez— hasta un único minuto antes de que se recogiera el primer ejemplar en la playa de La Virgen del Mar en Santander.

Yo no viajé a Asturias. Podría justificarme diciendo que no me gustan las aglomeraciones, que se me antojaba una observación no canónica al haber sido asistidos en su viaje, o que tenía dudas de que su presencia fuese fruto escape de un particular…Pero todo eso no solo no se ajustaría a la verdad sino que sería una cochina mentira.

Yo no fui porque ya lo había visto: pasé unas vacaciones de Navidad (las comprendidas entre 2017 y 2018) entre Massachusetts, Minnesota, Ontario y Quebec viendo búhos nivales, cárabos lapones y lechuzas gavilanas. Concretamente, en Amherst Island (en la orilla canadiense del lago Ontario) observé hasta doce ejemplares distintos de scandiacus en cuatro horas. Allí, con las pestañas congeladas y el corazón ardiendo, mi sed de esta especie totémica —así la definió perfectamente en antena Alfonso Rodrigo— quedó por fin saciada. Como ya comentaron otros por ahí, doy fe de que no es necesario viajar a latitudes árticas (en vehículos oruga y con un rifle en previsión del encuentro con osos polares) para acordarse de la madre de Hedwig.

De no haber sido así, podéis estar seguros de que habría conducido hasta Moniello, Verdicio o Gijón —o hasta el infierno, si hubiera hecho falta— y, de haber llegado de noche por mis compromisos laborales, habría instalado reflectores para iluminar Gozón enterito hasta ver ese maldito pájaro. Cuando se me echaran en cara las molestias ocasionadas por haber creado la luz, jugando a ser dios, en el opaco escenario de tundra donde descansaban estas pobres criaturas, probablemente hubiera contestado: «no pude resistirlo, tenía que hacerlo».

En cualquier caso y conociendo mi legendaria fortuna, de haberlo intentado, seguro que hubiera llegado tarde a la cita, como les pasó a tantos otros. No obstante, en mi experiencia, nada espolea más la mordiente de un pajarero que un revés ornitológico. No en vano, por no haber podido ir a la isla de Ré a ver un «búho de Rowling» que pasó allí un tiempo en los albores de 2014, disfruté posteriormente de las mejores navidades de mi vida en Norteamérica hartándome de rapaces nocturnas boreales y tarta de arándanos, sin poder obviar el simpático accidente bajo la nevada en Michigán, y su asociado siniestro total, el mismo día de Año Nuevo.

Pero basta ya de expiación: no tengo justificación ni tampoco perdón. Estoy ya fuera —al igual que el psicópata fotófago— de juego, no tratéis de convencerme ni restéis importancia a lo que hice, no quiero vuestra condescendencia. He decidido autoexiliarme de «La Comunidad del Prismático».

Fui yo el que los echó —sí, tal cual, así os lo digo: sin paños calientes—, yo solito precipité el final de los 13 días más bonitos de vuestra vida pulsando el botón rojo de lanzamiento de los misiles nucleares cubanos. Mientras los pajareros acudían como pastorcillos al portal y algunos ya adoraban al mesías blanco en Asturias, yo tarareaba a Silvio Rodríguez:

Cantad conmigo (todos juntos en este macabro pero níveo karaoke): “Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve, ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones…”.

Ya sabéis, queridos grajos, cómo sigue el conjuro:

“Ójala que no pueda tacharte ni en canciones…”



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