CRÓNICA DE VIAJE. 09/12/25

En el valle del Pasvik.

PAJAREANDDO EN LO MÁS REMOTO DEL ÁRTICO CONTINENTAL OCCIDENTAL.

Cuando piensas que tus expectativas están plenamente satisfechas con lo que has visto en la península de Varanger, llegas a Pasvik. No encontrarás la variedad de especies de la tundra ni las obscenas cantidades de aves de Hornoya, pero el carácter salvaje de esta tierra y la impresionante fauna que alberga te conmocionará.

El valle del Pasvik es una parte de Varanger que no tiene nada que ver con el resto de la región del Condado de Finnmark, salvo por ser un destino pajarero de primer orden. Sales de la durísima tundra ártica y en cuestión de unos kilómetros estás en los bosques de la taiga. Pasas de las carreteras en un estado adecuado de conservación que van de aldeas pequeñas a pequeños pueblos, a baches unidos por pavimento que te llevan a casas aisladas que, en ocasiones, son asentamientos. Según te adentras en la comarca, las construcciones -siempre de madera- en su mayoría dejan de estar primorosamente pintadas de brillantes colores como ocurre más al norte. Aquí son de un sobrio rojo mate oscuro y con cierta tendencia a necesitar un repasito.  

Es una cuña que se adentra en el continente hacia el sur. Al oeste Finlandia y al este, al otro lado del rio Pasvikelva que hace de frontera, el óblast de Murmansk, Rusia. 

A finales de abril, salimos con La Numenius de la Reserva Natural de Falsterbo, en el extremo sur de Suecia, a través de la autopista E-6 con rumbo norte. Tras cruzar a Noruega y bordear Oslo, la E-6 se convirtió en carretera de dos sentidos. Un par de días más tarde sobrepasamos el Círculo Polar Ártico y, aunque mayo, de algunas casas solo se veía la cumbrera del tejado. Por entonces, en algunos tramos la carretera era de dos sentidos y un solo carril y con curvas difíciles de negociar con una fragata terrestre de más de cinco metros y medio de longitud y 3000 kg. Tras los ires y venires por la península de Varanger, el 23 de mayo y después de recorrer los 3140 km que tiene la E-6, entraba en Kirkenes. Con sus 3300 habitantes y a pesar de tener nombre escocés, Kirkenes es la principal población de Pasvik. Desde allí hay otros 100 kilómetros por una carretera en la que, a pesar de ser eminentemente recta, sobrepasar una velocidad de 30 km/h puede suponer la destrucción de la amortiguación del coche, arruinar todas las inversiones en empastes bucales y recalcular el posicionamiento de las vértebras lumbares de los ocupantes del vehículo.l. 

Esta obligada velocidad reducida resulta ser una bendición. Hay poco tráfico y los escasos locales circulan despacio. Como resultado, los animales se dejan ver en el asfalto con facilidad. Incluso puedes parar con seguridad y observar y fotografiar el bicho con bastante tranquilidad.

Por momentos da la sensación de que cada lago tiene su pareja de colimbo ártico o chico.

Y ahora viene lo bueno. Lo más frecuente en la carretera son los urogallos, los gallos lira y, si eres afortunado, los grévoles. Si aminoras la velocidad más aún y prestas atención a lo que hay más allá de las cunetas, aun corriendo el riesgo de que tu vehículo se precipite por el acantilado de uno de los socavones de la vía, tus ojos pueden explotar. Confundidas entre los líquenes y musgos, las dos especies de gallinas siguen con su mirada el movimiento del coche esperando su turno para bajar al asfalto.

Cerca de las pocas casas que se encuentran en esta zona se abren pequeños claros destinados a cultivos o zonas de pasto para el ganado.  En esas praderas, además de ser potenciales leks de gallo lira, aparecen limícolas de pico largo -agachadizas, zarapitos y agujas- junto a los omnipresentes chorlitos dorados y algún andarríos bastardo entre otras especies. 

La carretera asfaltada termina en la sorprendente estación de policía de Nyrud, con instalaciones grandes y cuidadas de varios edificios, rodeadas de una impoluta pradera de hierba y una alambrada sencilla, pero donde no se ve a nadie, ni dentro ni fuera. El lugar es de visita obligada por la promesa dictada por Dave Gosney en su cuadernillo dedicado a Laponia, donde cita este sitio como el idóneo para encontrar lechuza gavilana posada en los tejados, usando la mencionada pradera como territorio de caza. Me encantan los fanzines del británico, con sus páginas fotocopiadas y sus clarísimos mapitas hechos a mano con precisión impecable y datos sorprendentes. Pero en esta ocasión falló.

De hecho, allí no vi nada, salvo la mirada más asustada del mundo. Caminando por una senda animal por el bosque de Nyrud, escuché un meneo en la verja que tenía a la izquierda, seguido de un golpe sordo. La vegetación no me dejaba ver qué había ocasionado el ruido, así que me aproximé. No tenía ni idea de qué podía ser y no hubiese acertado ni por aproximación. Un alce macho adulto había intentado saltar la valla con tan poca fortuna que sus pezuñas traseras habían quedado atrapadas, yendo a parar al suelo. A pesar del colchón de líquenes, los 700 kilos de animal produjeron el sonido al caer. Tumbó varios metros de la verja. Respiraba agitado y sin mover la cabeza me seguía con sus ojos desorbitados. Corrí al coche para hacerme con unas tenazas para liberar las pezuñas traseras del animal que seguían enganchadas en la trampa de acero. Cuando cortaba los cables tenía muy presente que una coz de semejante ejemplar me haría añicos la tibia y el peroné de la pierna que alcanzase. Pero el animal estaba inmóvil. Desde una posición segura, le toqué para ver como reaccionaba y así valorar mis siguientes acciones. Se orinó de miedo al contacto de mi mano en el cuarto trasero. Algo se había quebrado dentro de él y ya jamás se levantaría de allí. 

Deshice la carretera para ir a las instalaciones de la reserva natural de Pasvik para avisar. Allí me comentaron que era raro ya que las verjas en cuestión están pensadas para que los alces las puedan saltar sin problemas, pero no así los renos domésticos y que su fin es, precisamente, impedir que el ganado cruce a nado a Rusia.  Me dijeron también que ellas no podían hacer nada y que se trata de una especie cinegética. Eran dos voluntarias muy jóvenes y una mujer de más edad al mando. No sabía si me estaban entendiendo muy bien. Insistí subrayando que el animal estaba vivo y probablemente sufriendo mucho. Me comentaron que pasarían la información a la estación de policía. 

Al día siguiente regresé a la zona. No quise mirar qué había pasado. No tenía valor suficiente. La mirada más asustada del mundo era la de aquel magnífico animal. Y yo sentía exhibir la más triste. Fue mi paseo lúdico y sigiloso para ver animales en el bosque lo que espantó al alce y causó semejante sufrimiento. Hoy todavía me cuesta encajarlo.

Los alirrojos son infinitamente más frecuentes y tranquilos que cuando migran a la península. En cambio los arrendajos siberianos son difíciles de ver posados.

Puentes dinamitados

Muy cerca de la estación de policía está el lago Vaggatem. El hecho de que sea relativamente estrecho, unos 200 metros, y de que el agua corra despacio en dirección al mar de Barents, recuerda que se trata de un mero ensanchamiento del rio Pasvikelva. En la orilla de este lado, postes amarillos, en la de enfrente, rojos y verdes y altas torres de vigilancia que advierten de que se trata de la frontera con Rusia. Y eso no es ninguna tontería. Hay carteles informando en varios idiomas de que estás siendo video vigilado y de un montón de cosas que no puedes hacer. Entre ellas, usar ópticas de más de 200 mm y equipos de observación en dirección al país vecino. Tampoco puedes comunicarte o lanzar objetos a personas del otro lado. Sabiendo que ya he incumplido dos de los diez mandamientos fronterizos, estoy deseando sumar la tercera y comentar con un hipotético pajarero ruso las novedades zoológicas del Pasvikelva.

Ahora, y a pesar de la invasión de Ucrania, la línea es relativamente tranquila (más tarde descubriría que no tanto), pero es, junto a la que tiene Finlandia, la única frontera de Rusia con la Europa occidental. Y eso desde 1945 y hasta 1991 no era ninguna broma. De aquellas tensiones quedan los restos de un puente de hierro reventado con explosivos.

Incluso aquí, el potente movimiento pajarero y conservacionista de Varanger está presente. En el lado noruego las ruinas del puente han servido para la instalación de cajas nido, igual que en los árboles que dan directamente al río. Imagino que el esfuerzo va destinado a mejorar la población de porrón osculado y serretas. Junto a ellos, en las láminas de agua se ven cisnes, serretas grandes y medianas, gaviotas enanas y canas, charranes árticos y colimbos chicos y árticos. Todas especies tremendamente llamativas. Pero son los colimbos, con sus nadares y, sobre todo, voces, los que por sí solos me empujarían a volver a este sitio.

La densidad de las poblaciones es muy baja, pero constante. Hay muchas aves, pero también hay mucho árbol viejo, mucha charca, mucha pradera inundable, mucho riachuelo e incontables lagos de todos los tamaños. Y todos esos lugares, todo el valle del Pasvik, reúnen las condiciones óptimas para albergar vida animal. 

La baja concentración de habitantes silvestres también tiene excepciones. Me paré porque vi un precioso macho de aguja colipinta con sus mejores galas nupciales que andaba distraído con algo. Él y su pareja miraban a un gallo lira haciendo su display ante ellos, como único público asistente al show. O eso me pareció. No pude seguir buscando, ya que a mi espalda y muy cerca resonó el trompeteo de la taiga. Si ese sonido ya es suficiente para erizar todo el vello del cuerpo, adornado por el eco de la acústica de los bosques y la ausencia total de contaminación sonora, la llamada de la grulla es inapelable. No costó encontrarlas. Una pareja estaba alimentándose, en compañía de un pequeño grupo de ánsares campestre, algunos chorlitos dorados y una pareja de zarapitos trinadores. El acento sonoro lo ponía la vibración de las plumas prodigiosas de la agachadiza común haciendo sus vuelos nupciales. Luganos, los abundante y omnipresentes zorzales reales y alirrojos, un bando de ampelis europeos y pinzones reales completaban el elenco. Y como es lógico, un bufé de esa variedad y calidad no podía pasar desapercibido: un pigargo europeo montaba guardia en la rama de un pino mientras que un búho campestre se dejaba ver volando a baja cota. 

Gallo lira macho, tan frecuente como espectacular.

Más allá.

Al final la carretera describe un largo giro de 180º para llegar a la estación de policía. Pero antes, al principio y fin de la curva, parten dos pistas de tierra, o más bien de barro. La primera estaba cerrada por una barrera azul, pero la segunda solo tenía unas grandes piedras que limitaban el ancho del vehículo. Aunque justa, la Numenius pasó.

Ese era el camino. Estaba entrando en el Parque Nacional de d’Ovre Pasvik, el sancta sanctórum, y no había absolutamente nadie a la vista. En realidad, llevaba tres días en los que, salvo a la gente de la comunidad donde estaba el punto informativo del parque, no había visto a nadie más.

El bosque de pino rojo pasa por ser de los más viejos del país. Los alces abundan y, por lo visto, la mayor parte de los osos y glotones de Noruega están aquí. Yo no los vi. Los pigargos, urogallos, arrendajos siberianos y carboneros lapones, se puede decir, cada uno a su manera, eran abundantes. Pero incluso aquí llega la peste de las especies invasoras. Las ratas almizcleras, criadas en cautividad en el SXIX y comienzos del XX por su piel y aceite son, quizá, el mamífero más frecuente.

Según leí, en el parque llueve poco y en invierno las temperaturas bajan hasta -45º.  Ahora, finales de mayo, la primavera ya empieza a dejarse ver en forma de brotes en los abedules, las temperaturas apenas bajan de los 0º y las precipitaciones de nieve son ligeras y breves. Hace días que ya no se pone el sol.

La ausencia de noches dentro de los bosques es el colmo de la locura horaria. A nivel físico y psicológico todo se trastabilla. ¿Cuándo paras de pasear y buscar maravillas? ¿Cuándo cenas y duermes? ¿Es hora ya de beber una cerveza?

El camino termina en un punto construido para encender fuego y cocinar. Bancos con sólidos paravientos de madera, reserva de leña y retretes secos, son el habitual conjunto de servicios públicos para picnic y acampada, tan frecuente en Noruega y Finlandia. Unos 200 metros más allá y con el acceso prohibido con grandes aspas de madera pintadas de rojo, se levanta una impresionante torre de vigilancia fronteriza noruega.

No tengo tiempo que perder. Solo voy a pasar una noche y solo tendré unas horas antes y después de dormir. La ausencia de noches dentro de los bosques es el colmo de la locura horaria. A nivel físico y psicológico todo se trastabilla. ¿Cuándo paras de pasear y buscar maravillas? ¿Cuándo cenas y duermes? ¿Es hora ya de beber una cerveza?

El carbonero lapón, otra de las delicatessen que ofrece el Pasvik.

En este tipo de decisiones andaba, cuando escuché que un vehículo se acercaba potentemente a la Numenius. Deshice lo andado todo lo rápido que pude. Me recibieron dos soldados totalmente pertrechados que habían llegado en un vehículo oruga. Aunque sonrientes y muy amables, uno tenía el fusil de asalto cruzado en el pecho y la mano donde yo hubiese preferido que no la tuviese, y al otro, como si fuera un complemento perfecto de su chaleco antibalas táctico, le asomaba la cacha de su pistola automática a la altura del hígado.

Tras interesarse muy amablemente por mis intenciones en el lugar y los motivos de mi presencia y equipos de observación, me informaron de que no estaban autorizados a pedirme la documentación, pero que harían su trabajo más tranquilamente si les permitía ver mi DNI.

Les llevó varias comunicaciones por radio y varias preguntas para aclarar la situación. Por lo visto, el sitio es perfectamente público, pero el acceso está cerrado (la barrera azul) hasta junio, ya que el camino no suele estar en condiciones para otros vehículos que no estén equipados con orugas. Al comentarles que yo había ido por el otro, por el que está más pegado al río, les contestaron por la radio que ese camino que yo decía haber usado no está cerrado, ya que no suele ser practicable, por estar permanentemente inundado. La verdad es que en algún momento pensaba que iba a naufragar a bordo de La Numenius.

El sitio posee un doble interés militar y turístico. A una hora de camino, está la triple frontera. Un punto, vértice, donde Noruega, Finlandia y Rusia se encuentran. Los dos soldados pensaban que era mi destino y que podía quedarme a dormir y que al día siguiente me acompañarían a él, si eso es lo que deseaba. Que solo no podía ir, dada la situación bélica -“¡hostiaputa!”, para mis adentros- y que luego debería marcharme. 

Había tenido suficiente. A las 7 de la mañana, puntualmente, y ya sin chaleco, uno de los soldados esperaba con su blindado para despedirse y asegurarse de que me largaba.

De regreso a Kirkenes, una lechuza gavilana cruzó la carretera. ¿O no lo era? ¿Cómo estar seguro de que ese perfil chato, cabezón y de cola larga y plumaje más bien claro, no era otra especie? Una de esas observaciones, comentó Carlos Lozano a mi regreso, que es preferible no tener y así evitar esa duda.

Esa última noche en Pasvik acampé en un apartadero de la carretera donde ya hice la primera pernocta. A la ida, con unas vistas increíbles sobre un brazo del fiordo de Bok, cuyo nombre no he sido capaz de encontrar, vi cómo un zorro intentaba cruzar los 500 o 600 metros de hielo de la lámina. Los abedules apenas enseñaban unas yemas. Seis días y seis noches de trabajo solar después, el agua corría con furia y las hojas ya daban sombra.

Miré el mapa para ver mi ruta del día siguiente. Sin darme cuenta, buscaba qué me había quedado por ver. Empezaba a justificar un regreso al valle del Pasvik.

Alces, su tamaño es imponente.

Aguja, a la izquierda, y charrán ártico sobrevolando el puente dinamitado.

Mudando de blanco impoluto a marrón. Los franceses las llaman liebres variables

Rata almizclera. Incluso en el remoto ártico continental el ser humano ha conseguido introducir especies.

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