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La mujer de la montaña

SOFÍA GONZÁLEZ BERDASCO VIVE Y TRABAJA EN LA MONTAÑA. TRAS CONOCERLA UNO SE PLANTEA SI NACIÓ EN ELLA O SI SURGIÓ DIRECTAMENTE DE SUS ENTRAÑAS COMO LA LAVA.

Hace unos años, gracias al documental En tierra de todos (Sharing the land, Hakawatifilm), de Ofelia de Pablo y Javier Zurita, supimos de Sofía. A partir de ese momento, conocerla se convirtió en prioridad. En el filme, ella habla de su relación con la montaña y el paisaje, de cómo haber nacido en el seno de una familia trashumante marcó su vida y de cómo pasó de temer al lobo a entenderlo, casi mejor que a la sociedad. Si queríamos hablar de mujeres en el rural, preocupadas por la conservación y con un conocimiento profundo de la naturaleza, Sofía era de las personas más adecuadas.

Sofía, la mujer de la montaña

“Empieza como un viejo para llegar como un joven”

En el aparcamiento del pueblo, un paisano ya nos advirtió que solo podríamos subir la pista con el coche durante unos centenares de metros y que a partir de ahí la nieve nos impediría el avance. Definitivamente, sería mucho más inteligente seleccionar el material necesario y dejar el coche allí.

No, ir en diciembre al Parque Natural de Somiedo, con los caminos de montaña cubiertos de nieve, para intentar hacer una ruta de avistamiento de fauna no es la mejor idea y no era la intención. El plan era, desde el principio, muy sencillo: nos encontraríamos con Sofía frente a la panadería de Pola de Somiedo y después nos dirigiríamos hacia Saliencia, donde tomaríamos la pista que nos subiría hasta un aprisco ganadero donde pernoctaríamos. ¿El objetivo? conocer a Sofía.

Sofía fundó hace años, junto a Jorge Jáuregui, la empresa Somiedo Experience. En ella, el ecoturista, el observador de fauna o el mero veraneante, con cierto interés en el medio natural, encuentra un abanico de propuestas para conocer Somiedo, su cultura, su flora y, sobre todo, su fauna. Podría parecer otra de tantas estupendas iniciativas nacidas al calor del creciente interés por la observación, pero no. Ellos van un poco más allá y, además de rutas de avistamiento de grandes carnívoros o de aves, ofrecen cosas como su ‘Vivac dirigido’, en el que el cliente duerme al raso, observa las estrellas y la fauna nocturna de un paraje tan maravilloso y mágico como es el Parque Natural de Somiedo. Eso era lo más parecido a lo que nosotros íbamos a disfrutar, con el añadido de la nieve y que utilizaríamos una construcción ganadera como refugio.

El día era brillante. Comida, ropa de abrigo, equipos de fotografía, vídeo y sonido, trípodes y telescopio, todo a nuestras espaldas, y al camino

“Empieza como un viejo para llegar como un joven”, nos dice Sofía al poco de empezar. A cada paso que da, apenas avanza la distancia que cubre uno de sus pies: si alguien que conoce la ruta y las condiciones, decide fijar ese ritmo, no hay que dudar en seguir su ejemplo. Yo, que me adelanté y retrasé continuamente para poder tomar fotografías, llegué como un viejo.

El camino, con firme de cemento en sus primeros cientos de metros, adquiere desde el principio un ángulo de ascenso muy acusado. Pronto la nieve empieza a ocupar el lado de la pista que queda a nuestra derecha, que es el que va ladera arriba. A la izquierda, tal y como aumentamos de altitud, aumenta la profundidad de los cortados.

Abajo, las cornejas son las señoras de los prados. Los arrendajos se dejan ver más que oír y, según tomamos altura, las chovas se adueñan del cielo. El silencio domina el paisaje y solo los rastros dejados en la nieve anuncian la presencia de otros animales. En ocasiones, Sofía se detiene para observar alguna huella. Comenta que, sin ser consciente de ello, ya se vio obligada a rastrear cuando de niña buscaba algún animal que le faltaba en el rebaño. Cuenta también, cómo, cuando no tenía más de 6 años, un lobo atacó a los animales que ella y sus dos hermanas andaban cuidando. Entre gritos y movimientos rápidos, uno de los mastines se quedó protegiendo el rebaño manteniéndolo unido, mientras que el otro salió a la búsqueda del agresor.

Según ascendemos, los paisajes son más sobrecogedores. La roca se afila en las cumbres y las laderas se salpican de prados, donde a pesar de la nieve aún se mantienen algunos rebaños de caballos, y las primeras brañas. Los grandes bosques de haya, que dominan el valle, se alternan con robledales y con manchas de alisos y abedules, pero ni toda esa belleza natural consigue distraer la atención que prestamos a nuestra guía.

El hormigón del firme hace horas que desapareció y el sol ablanda la nieve haciendo cada vez más dura la marcha. Las improntas de los mamíferos que utilizan la misma vía para desplazarse ya solo son claras en el barro que, en ocasiones, la nieve no cubre, en el borde mismo del camino. Y es esa estrecha senda oscura la elegida por todos los que se mueven por la montaña: cánidos, herbívoros domésticos y silvestres, algún humano… Sofía se mantiene prudente a la hora de emitir un veredicto sobre los autores de algunas huellas. Con otras, no. Hay algunas con las que es muy contundente y aquella que, para ojos inexpertos como los míos podría pasar por plantígrado, a los suyos, con claridad, es de bípedo con crampones. “Cuando hagamos el último tramo, estaremos más seguros de quién ha dejado las huellas. Allí arriba hará semanas que nadie sube”.

La lenta marcha invita a la conversación tranquila. A través de sus palabras empiezo a entender que cuando habla de trashumancia, no se refiere solamente a que durante el estío los pastores de su pueblo partían hacia prados más verdes. Ella habla de tener 17 años y no saber cómo pedir una hamburguesa en una cadena de comida basura. Tener 17 años e ir al cine por primera vez. Tener 17 años y descubrir que los pantalones vaqueros pueden tener marca.

“Con el paso del tiempo, estoy cada vez más interesada en la etnografía: ver cómo se caen los teitos de las brañas y desaparece la forma de vida de los vaqueiros de alzada es muy triste. Este paisaje, este valle es así por ellos”, nos dice. Y en una sola frase ya genera varias preguntas fundamentales.

“Yo soy vaqueira de alzada”, es la respuesta a la primera cuestión.

Ni Dios ni amo.

Sofía lleva por segundo apellido Berdasco y eso, en Asturias, significa que se es vaqueira de alzada. No llegan al par de docenas los apellidos que hablan de ese origen. Ser vaqueiro de alzada no es solo una profesión. Es mucho más. Ser vaqueiro de alzada es pertenecer a lo que algunos llaman etnia y otros estirpe, separada en clanes familiares, de la que no se conoce su origen. Católicos, pero poco amigos de la práctica religiosa, tenían sus ritos particulares y ancestrales y su folclore y tradiciones estaban perfectamente diferenciados del resto de astures.

Sofía comenta que, sin ser consciente de ello, ya se veía obligada a rastrear cuando de niña buscaba algún animal que le faltaba en el rebaño.

Pero lo que realmente define a este pueblo es su origen nómada estacional y que todo en su vida gira en torno a su ganado. De octubre a mayo vivían en asentamientos en el valle y cercanos a la costa. En verano, subían a los situados en los prados de montaña. Estos poblados no alcanzaban la categoría de aldea y eran conocidos por brañas. Una braña es un conjunto de unas pocas edificaciones y entre ellas no se encontraban ni iglesias, ni escuelas, ni cuartelillos. Las casas tenían una sólida base rectangular de piedra, techumbre cubierta de escoba, con fuertes ángulos para resistir la nieve y la lluvia de invierno. Aún más arriba, en la montaña, construían unos apriscos más sencillos, conocidos por teitos, que eran para el ganado. Para abrigar en la noche a las personas que quedaban allí, para guardar las vacas, estaban los corros, construcciones de planta circular y falsa bóveda, construida con lajas de piedra, y un hogar, para calentar y cocinar. Situadas en repechos de pronunciadas laderas, estas brañas, por su aspecto y construcción, podrían pasar por un poblado neolítico.

Estos viajes en busca de la hierba fresca se hacían con toda la familia, el ganado y la practica totalidad de los enseres domésticos. Melchor de Jovellanos los definió como “de alzada” porque allí donde pastaban sus vacas alzaba el vaqueiro su morada. La condición trashumante de los vaqueiros de alzada les evitaba el pago de diezmos a la iglesia y de sangre a la patria, ya que los mozos no iban a levas. Por ello, en las iglesias se les relegaba a sitios separados del resto y las familias de xaldos -los aldeanos establecidos de manera permanente en los pueblos- les guardaban recelo. Recelo que se veía incrementado porque en verano disponían de los mejores pastos y en invierno habitaban las zonas más cálidas. Esto, sumado al hecho de que fueran montaraces solitarios y arrieros, ampliaba la desconfianza de todos los estamentos sociales. Para hacerse una idea de hasta dónde llegaba este sentimiento de rechazo, en el siglo XVII, Diego das Mariñas, señor de Campona, hizo una petición al rey para que se castrase a todos los vaqueiros, a fin de que no se extendiese la raza, siendo esta petición apoyada por algunos nobles asturianos. Aún en el siglo XVIII el Marqués de Miranda presentaba un escrito de reclamación contra los vaqueiros en el que los definía como “descendientes de moros” (Cátedra Tomás La vida y el mundo de los vaqueiros de alzada, 1989). De manera más mundana, cuando el vidrio ya era habitual en los humildes chigres y tabernas de pueblo, a los xaldos se les servía en vasos, mientras que para los vaqueiros reservaban los cuernos vaciados.

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Por su lado, los solitarios habitantes de la montaña tampoco confiaban mucho en los organizados xaldos. Cuando se veían obligados a bajar a las aldeas, ya fuera para comerciar o para asistir a alguna reunión religiosa o civil, lo hacían en grupo. Los tratos y negociaciones eran difíciles y el matrimonio entre unos y otros, imposible.

El nomadismo conllevaba una realidad: todas las propiedades de un vaqueiro tenían que poder ser transportadas con relativa facilidad dos veces al año, por lo que la acumulación de objetos y bienes no era el objetivo principal de sus vidas. Tal y como recogen varios autores, la vida ganadera ofrecía una libertad con la que el xaldo no podía ni soñar, generalmente limitado a desplazarse tan solo unos cientos de metros desde la casa a la parcela de tierra a la que está ligado. El vaqueiro no conocía más autoridad que la suya. En su vida no había nobles, ni Iglesia, ni calendario y el día que quería hacer fiesta, era fiesta. Decidía dónde, cuándo y cómo trabajar. Y si su ganado tenía que pasar por tierras ajenas para llegar al puerto, el ganado pasaba. Libres para lo bueno y para lo malo.

En el año 2000, cuando todo era ya diferente y la ley y las obligaciones sociales y civiles habían conquistado hasta la última de las brañas, Sofía tenía 17 años. No sabía lo que era una “Macburguerking de luxe”, pero había conocido la libertad del vaqueiro.

Una buena guía de montaña.

Tras 4 horas de caminar, por fin llegamos a la cuesta dónde todos los rastros que viésemos tendrían mucha probabilidad de proceder de animales silvestres. Ese matiz de poder diferenciar, sin decirlo, solo hacía referencia a perro y lobo. Y en mi caso, a oso y persona con crampones.

“Esta es mano izquierdo, ¿ves? Pisando con los dedos hacia dentro. Y ahí está la derecha. A ver si tenemos suerte y vemos la huella de los pies”. El rastro del oso estaba estampado con claridad. Y en el mismo tramo, a la mañana siguiente, estaba el de un lobo. Antes de que yo pudiese llegar a terminar de pensar en la imagen de un lobo caminando por ese mismo sitio, unas horas antes y a un centenar de metros en línea recta de donde nosotros estábamos, Sofía ya estaba matizando que ella no podía asegurar que esas huellas no estuvieran allí el día anterior y que no las apreciásemos.

Continuamos la ascensión, mientras, ya podíamos ver la braña y en ocasiones su teito. Yo paré en un par de ocasiones con la excusa de buscar un pulmón que se me había escapado por la boca. Mar iba tras ella a menor distancia. Sofía, unos cuantos cientos de metros antes -quizá superase el kilómetro- nos había dicho que ella abriría la marcha y que pisásemos sobre sus huellas, y que, si nos sentíamos con fuerzas, la reemplazásemos para así ella descansar. Sofía es como la más fuerte de las ciervas, rompiendo la nieve para que el resto de la manada avance en la ladera. Y como ciervas inexpertas y más débiles, fuimos incapaces de sustituirla.

Inevitables planes para visitas inmediatas y futuras. Me acomodo en el saco con la idea fija de que quiero que Sofía nos lleve por la senda del oso, nos enseñe la manada del lobo que tanto temió y, en una noche de vivac, los escuchemos aullando.

En la braña solo quedan tres teitos en buen estado, un corro en pie y la fuente con el agua corriendo. Frente al agua, con la explanada central extendiéndose ante él, está el teito de Sofía. Se ve cuidado. El tejado se nota recientemente mantenido. Cada año hay que añadir escoba sobre la ya envejecida y retirar el musgo que retiene humedad. A esas faenas se les dice “teitar”. En la entrada, hay un par de bancos bajos muy rudimentarios. La única ventana se encuentra en la puerta.

Tras dejar los bártulos y antes de ni siquiera echar un vistazo al interior, voy hasta la fuente para observar el paisaje. A mis pies, se abre un valle profundo y oscuro. Abajo, la densidad del arbolado y la ausencia de nieve genera una negritud que contrasta con las soleadas cumbres nevadas y el cielo sin traza de nube. Delante, una cumbre de cresta lineal se recorta contra el cielo azul.

Los restos de una empanada de picadillo de la panadería de Pola, una lata de cerveza, quitarme las botas -empapadas en su interior- y sentir el sol en mis pies sentado en uno de esos bancos del exterior fue un lujo inesperado que duró menos de lo deseado. Antes de darnos cuenta, nuestra guía había extendido trípode e instalado el telescopio. Escudriñaba la montaña con la intención de ofrecernos el avistamiento de un gran mamífero. ¡Cómo si a estas alturas de la partida necesitásemos algo más que añadir a la jornada! No obstante, instalé cámara y teleobjetivo largo, no fuera que hubiese más fortuna.

Sofía, ahora cubierta con un poncho de lana, vigila el bosque con su lente. En un risco de la cumbre, dos rebecos. La luz del día se va apagando, pero el cielo sigue encendido. Casi por sorpresa, y a esa velocidad que siempre pilla desprevenido, la luna, prácticamente llena, irrumpe en todo lo alto. La luz reflejada en la nieve y la noche pasa a ser día.

El teito de Sofía es parco. La primera mitad del espacio conserva toda su autenticidad. Hasta donde da mi entender, todos los materiales parecen ser originales: los tableros que hacen de mesa, los que hacen de banco lateral y los que utilizamos para sentarnos a cenar. Unas cajas cerradas hacen de despensa y una cocina de gas añade el lujo de poder guisar. El suelo es de escombro de la cantera, de donde salieron las piedras de los muros. En la mitad trasera del aprisco han construido un espacio cúbico de madera, creando una habitación cerrada que no afecta a la estructura original. Gracias al techo y suelo añadido y al milagro de una estufa de gas, las condiciones de vida llegan a ser lujosas.

Sopas de ajo. Inevitables planes para visitas inmediatas y futuras. Me acomodo en el saco con la idea fija de que quiero que Sofía nos lleve por la senda del oso, nos enseñe la manada del lobo que tanto temió y, en una noche de vivac, los escuchemos aullando.

Sueño profundo.

El palacio.

(A la llegada al teito)

Desde la fuente de la braña, veo a Sofía frente a su teito. Está radiante, orgullosa de su cabaña y feliz de haber llegado a ella. Se ha quitado las botas y se sienta en una solitaria silla plegable y acolchada que, sin duda, vivió mejores épocas. Para ella, ser propietaria de una de estas construcciones era vital. Era regresar y congraciarse con su origen y pasado. Era reafirmarse en su forma de vida y de entender la vida en el sentido más amplio de la palabra. Y al verla allí sentada, colmada de satisfacción con tan poco, y tanto al mismo tiempo, entiendo que esa silla es su trono y que ella, sin dios ni amo, vuelve a ser parte de todo lo que la rodea. Es la mujer de la montaña.

VÍDEO

GALERÍA

  • Buenas noches Sofía. Soy el hermano mayor de tu amiga Esther, de Tineo, como sabes, ella es una gran embajadora de Somiedo y de vuestro trabajo.
    Te conozco de vista, al igual que a tu padre y una de tus hermanas, espero tener la oportunidad de saludaros pronto y felicitaros personalmente por todo lo mucho y bueno que transmitís,de la mejor manera, que es predicando con el ejemplo. Un abrazo para toda la familia, salud y buen ánimo en el Nuevo Año recién comenzado.

  • Que Sofía González Berdasco siga siendo Somiedo y que Somiedo siga siendo Sofía for ever. La serenidad y la sinceridad de sus palabras son la belleza de Somiedo. Emocionante reportaje en fondo y forma. Gracias por el momentazo.

  • Es impresionante el amor a la naturaleza que reflejan sus sabias palabras. El espíritu de Sofía y el respeto que refleja hacia la naturaleza te hacen reflexionar y ver como tenemos que conservar todas las maravillas que están a nuestro alrededor. Gracias, Sofía

  • Non é facil encontrarse lugares tan impresionantes como os de Somiedo!
    Menos probábel é cruzarse na vida con xente tan admirável e fascinante como Sofía!
    Si xuntamos todo isto, qué outra cousa poderemos facer máis que deixarnos cautivar por sempre polos encantos naturais e persoais que Somiedo e Sofía atesouran?

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