Texto
Javier Marquerie.
CRÓNICA TARDÍA DE UN FESTIVAL PAJARERO PARA REPETIR.
Con 12 años a sus espaldas este festival no es precisamente una novedad en el calendario. Con cada nuevo curso llega el Birding Delta Festival (BDF para los amigos y amigas) puntualmente a su cita, el tercer fin de semana de septiembre. Después de los viajes estivales, el relax de la (no) actividad pajarera de agosto, el frenesí de las primeras semanas de septiembre y el arranque de la migración postnupcial, el mundo de la observación de aves está deseoso de reencuentros. ¿Y qué mejor que pasarse por un espacio natural como el Delta del Ebro en el que, ¡oh coincidencia!, se celebra un festival? Y ahora, en octubre, que lejano queda todo aquello.
Para entender el BDF hay que hacer un breve apunte sobre la persona que encabeza este maravilloso tinglado. Detrás de este evento está Francesc Kirchner, que ideó el BDF y lo impulsó en estrechísima colaboración con la Fundació Catalunya – La Pedrera, propietarios del espacio Món Natura Delta, y con el Institut Català d’Ornitologia.
Este tipo de iniciativas están hechas siempre desde la pasión. Sobretodo, si el motor es privado y el rendimiento económico no es el objetivo directo. Pero si hablamos de pájaros y de pasión, Francesc va sobrado. Cualquiera que lleve en esto un par de años ha pasado de manera virtual o presencial por su negocio, la tienda Oryx y su paralizante catálogo de libros. Su listado personal de avistamientos de aves es igualmente congelante del movimiento. De la combinación de tanto libro y tanto viaje, surge una buena mezcla de conocimientos, agenda de contactos y experiencia, ingredientes fundamentales para que algo como el BDF funcione.
Que la afición cree mas afición.
Al delta, al espacio natural, puedes ir en cualquier momento del año. Para comprar unos prismáticos puedes acudir a las tiendas físicas. Escuchar ponencias o ver proyecciones, lo puedes hacer en otros festivales. Los concursos de fotografía están presentes en todos los eventos de este tipo. Y encontrarse con los colegas, con todo lo anterior lo tienes medio resuelto. ¿Entonces, qué es lo que atrapa del Delta Birding Festival? ¿Qué es lo que hace que esta cita sea tan especial? La respuesta es sencilla: el público asistente.
No es el más numeroso. Ni el más reducido, que con 5000 visitantes a lo largo del fin de semana en esta edición la cosa ya es muy seria. De hecho, debe de estar rozando el aforo máximo y las posibilidades de aparcamiento del recinto. Aún así, dentro del espacio Món Natura, no existe la aglomeración ni la sensación de claustrofobia. Los espacios, divididos por temáticas y ligeramente separados unos de otros, hacen que sea agradable moverse por el BDF. Las carpas de entidades oficiales, los puestos de artistas y artesanos, las empresas turísticas y las tiendas de equipos y libros están separadas por antiguos canales de riego y edificios tradicionales que albergan las salas de conferencias o las oficinas del festival. De igual manera, la barra del bar, los bancos y los foodtrucks están contiguos pero separados. Y todo al aire libre en un entorno absolutamente maravilloso y plenamente pajarero: si quieres probar un telescopio es fácil que desde la misma carpa del vendedor tengas una nube de quinientos moritos, un grupito de chorlitejos o cualquier observación memorable.
Esa es la otra pata para este buen banco. El programa de actividades y de ponencias es fantástico y es por sí mismo una buena razón para ir al BDF.
Nada de lo anterior es un secreto y todos los pajareros y pajareras que conozcan el BDF lo saben.
Allá vamos: Lo excepcional es el público. Es selecto. No se puede decir de otra manera. Es un cúmulo de personas entre las que todos los pajareros y pajareras del mundo se sentirían cómodos, entre iguales. Olvídate de familias locales echando la mañana, de cazadores toqueteando visores nocturnos y obligando a hacer cola o de desnortados ocupando un preciado lugar a la sombra. Aquí todos los asistentes son afines a la observación de aves. Esta afirmación no se hace por el hecho constatado de que, quizá, el 60% de los y las asistentes lleven prismáticos colgados. Ni por el estampado de las camisetas o el tono de la piel, que denota mucho campeo. No, se trata de algo contabilizable y comprobado sin capacidad de ocultación. Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que allí el que menos, sin exagerar, posee una lista total de 150 especies vistas y subiendo. Y todo ello por el mero hecho de que para entrar hay que pagar. Son solo unos pocos euros los que te abren la puerta a ese extravagante club donde la etiqueta requerida, aunque nunca exigida, son los gorros para la cabeza y botas de senderismo para los pies.
La barrera de control asistencial, además del factor pecuniario, la establece la localización. Como todos los sitios verdaderamente privilegiados, Món Natura no pilla de camino a ninguna parte, a no ser que vayas de la urbanización Eucaliptus a Poble Nou del Delta. En esa circunstancia, sí te viene a mano. En el resto de los casos, al BDF se tiene que ir. Practicamente no existe la posibilidad de toparte con el evento así por las buenas. Al margen de los aficionados locales, de los allí presentes el que menos se había chupado 70 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta.
Este ambiente, obviamente, no es para todo el mundo. El pajareo no es conservación, fotografía o turismo de acción. Allí casi todo el mundo, cómo no, es muy conservacionista, fotógrafo solvente y sueña con subir tal montaña o bajar aquel río, pero el factor que aglutina personas de tan diversa procedencia es la observación de aves. Es, para lo bueno y para lo malo, un club muy exclusivo: en él no hay nadie al que no le brille algo en el cortex cerebral al escuchar un reclamo de curruca.
Pero aún hay más. En este público tan bien avenido hay algo que definitivamente llama la atención más, incluso, que la cuota de mercado de los fabricantes de prismáticos premium, a juzgar por lo que se ve colgando de los cuellos. Y esto no sé si será una apreciación personal de alguien que asiste a 6 o 7 festivales ornitológicos cada año, pero puedo poner la mano en el fuego a que es cierto. La asistencia de mujeres (no necesariamente asociadas al acompañamiento de varones aficionados a las aves) es muy elevada. Sería muy arriesgado lanzarse a asegurar un porcentaje y desde luego aún no se ronda la paridad, pero la presencia de pajareras sí es suficiente para sentir cierta tranquilidad.
Y por si esto fuera poco, y esto sí que es muy llamativo y totalmente constatable, la media de edad del público asistente es más baja que en las citas pajareras al uso.
Quizá se trate del censo catalán de aficionados y aficionadas y que estas dos apreciaciones sean fruto de la ubicación de la feria. O quizá sea que este festival no parte de la premisa de “divulgar para generar nueva afición”, sino de un principio diferente: hacer de la cita algo indispensable para el aficionado y muy atractivo, tanto para las figuras del pajareo como para el que empieza. Y eso lo han conseguido, precisamente, con esa sensación de estar como en casa. Con fomentar el pertenecer de pleno derecho a eso que Carlos de Hita llama “la tribu de los pajareros”.
Programa y actividades.
Esa es la otra pata para este buen banco. El programa de actividades y de ponencias es fantástico y es por sí mismo una buena razón para ir al BDF.
Es difícil que en este tipo de citas los y las ponentes no estén a la altura y en ese sentido el BDF es uno más. Sin embargo, la presencia de mujeres como ponentes y el capítulo Delta Junior sí que es muy destacable. Quizá tenga mucho -o todo- que ver con lo anteriormente expuesto. Muy claro especialmente en el asunto de los jóvenes. Durante la jornada del domingo por la mañana, una de las carpas de conferencias estuvo dedicada íntegramente a eminencias menores de edad. Alguno rondando escasamente la decena de años. Y ojito, que no departían sobre cómo les llevaba papá (que también, que a esa edad es imposible moverse) a ver animales y a hacer reelschispeantes. Se hablaba de censos de aves pelágicas, fotografía de naturaleza de buen nivel, primeras citas reproductivas de especies en un espacio determinado o de la construcción de hides y mantenimiento de cajas nido cuando aún no levantas el metro y medio del suelo. Nivel pajarero y conservacionista que más quisieran muchos para sí. Y esto sí que fomenta la afición.
Cuando se programan más de 100 actividades en un festival, es fácil acertar al menos en un par de ellas para que todo el mundo salga satisfecho. Pero si además resulta que tu festival pajarero lo organizas en el Delta del Ebro es sencillo que el éxito esté garantizado. Durante esta edición del BDF podías elegir entre salidas andando, en barco, en bicicleta, por la noche y por el día. Con opciones para ir en familia o con movilidad reducida. Murciélagos, mariposas y, por supuesto, aves, podían ser los objetivos. A través del sonido, los rastros o la fotografía, podías localizar especies de diversas formas. Talleres de anillamiento, cajas nido, mantenimiento y limpieza de equipos fotográficos, el problema era elegir qué y cuándo. Y el nivel estaba asegurado por guías de primer orden y por, también aquí, la necesidad de abonar una pequeña cifra que garantiza, al menos, el interés de todos los asistentes.
Desde estas paginas siempre recomendamos la asistencia a los festivales. No por una militancia activa necesaria para que la afición se instale en la sociedad y en los órganos de gobierno, ni por la necesaria y excelente visibilidad que le da al pajareo este tipo de eventos, sino por la experiencia en sí. Por lo que se puede aprender y la gente a la que conocer y que acude puntualmente a la llamada. Y también por apoyar a los que dedican su tiempo y esfuerzo para que los demás podamos disfrutar. Con el Birding Delta Festival no haremos una excepción. Hay que ir y disfrutar de algo muy especial.
Yo me he traido el recuerdo de unos momentos sociales, charlas pajareras y horas de avistamientos fantásticas. También me he traído un par de kilos de arroz de la tierra y el recuerdo de un meloso de gamba roja, de esos que obligan a regresar.
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