OPINIÓN. 20/04/26

Recuperar los mitos pajareros.

EXPRIMIENDO EL ZUMO DE UNA AFICIÓN.

¿Con qué destinos sueñan los aficionados a la observación de aves? ¿Cuáles son los puntos calientes que todos y todas las pajareras tienen entre ojo y ojo? ¿Qué especies son las más ansiadas? ¿Son las más esquivas las más anheladas? La lista de deseos en el mundo del pajareo parece interminable. El Vuelo del Grajo, fiel a su línea editorial y siempre con ganas de complicar las cosas, viene a ampliar la lista de los mitos pajareros.

La mítica también es una estética difícil de soslayar. Cresteando, lejos e inalcanzable para el color: no hay mejor forma de ver al leopardo de las nieves.

“Uno no empieza a jugar al bádminton si es feliz”, dice Joserra (Javier Cámara) a una desencajada Mar (Carla Quílez), a la que lo único que le queda en su apenas estrenada vida es, precisamente, ese deporte. Por suerte, creo, los que nos acercamos a esta afición tenemos un mejor pronóstico sobre los niveles de serotonina que los personajes de la serie Yakarta (muy recomendable, por cierto).   

Hay un puñado de razones para caer en las redes de esta afición de la observación de aves. Y otras muchas para continuar en ello. Sin duda, buscar cierta cantidad de bienestar en la azotea estará entre ellas. La forma de encontrar la fuente de la sonrisa neuronal ya es otro cantar. Las posibilidades son múltiples y apilables como las opciones de muebles de cocina de Ikea. 

Unos buscarán la tranquila cotidianeidad del local patch cercano y diario, otras hacer un máster práctico sobre la identificación de todos los cantos y reclamos de aláudidos. Obtener la lista vitalicia más extensa está en la mente del aficionado medio y prácticamente nadie que esté en esto dejará de soñar con viajes remotos. Siempre habrá especies singulares que harán vibrar a unos y otras. Podríamos seguir con conocer cuántos más humedales del país mejor, o todos los sitios reseñables de avistamientos loquísimos, o, que sé yo, degustar una receta típica de cada lugar donde logras ver una especie nueva. Cada cual tiene sus puntos adecuados en los que si clavas la aguja de la acupuntura pajarera se desencadenan las reacciones cerebrales positivas. Así, el del local patch acudirá en primavera a su parque urbano soñando con un vulgar ruiseñor común, la de los cantos acariciará la idea de comprobar si una hipotética numerosa población local de Dupon desataría un conflicto entre ellas por mejorar sus trinos, y el de los viajes calculará presupuestos para llegar a las Malvinas. Y todos y todas soñamos con ver un águila moteada al salir de casa y no morirnos sin haber observado una harpía. Por favor, cambiad las especies y obsesiones, que todos tenemos esos coloridos objetos del deseo. Esos mitos que nos hacen vibrar.

El sonido. ¿Qué fue antes: el primer trompeteo o la primera V?

¿Pero, ay, y si no son mitos sino fetiches que una vez satisfechos desaparecen de la pantalla de nuestro radar? Se van acumulando experiencias, hitos y especies. Las alegrías de aquel momento se desvanecen en la niebla con la consecución del fulgurante rayo de lo nuevo, sea lo que sea esa novedad que ocupa los intereses del momento. La muerte de los mitos.

Miko estaba hablando algo de trabajo con Mar a través del teléfono con el manos libres en acción. Miko, además de ser un tipo que despierta mis simpatías, ha tenido el buen gusto y la sensatez de hacerse con la última edición de la Guía Collins. Se ha adentrado en el mundo de la observación de aves de una forma un tanto particular y que denota su naturaleza artística e intelectual: tiene la mejor de las guías pero, que a mí me conste, carece de prismáticos. O al menos, si los tiene, no parece enloquecido por usarlos. Más que observación de pájaros, él está a punto de fundar la escuela de la contemplación pasiva de aves. Aprovechando la situación, me contó que unos días antes, mientras se refrescaba en un pilón, un pajarillo se mantuvo revoloteando en un árbol cercano el tiempo suficiente como para poder identificarlo. Estaba muy contento porque era una especie que le hacía mucha ilusión ver.  

Es siempre una satisfacción mayúscula, una dicha superlativa y un subidón del copón. Es, pues, un regodeo redundante por tres, y me quedo corto.

Y es que es verdad. Un liferbimbo o, sencillamente, uno nuevo siempre es algo especial. Una alegría que, seguro tiene explicaciones químicas y psicológicas, pero que para un pajarero o pajarera se define perfectamente aludiendo al tamaño. Es siempre una satisfacción mayúscula, una dicha superlativa y un subidón del copón. Es, pues, un regodeo redundante por tres, y me quedo corto. Al mismo tiempo, es minimalista. Apenas unos segundos, quizá minutos, en silencio y muchas veces en soledad. Sin poder gritar de júbilo, contenido hasta en los gestos y sin poder distraerse. Una sonrisa para compartir, un rápido apunte y ya está. Quizá, y si has viajado es lo más probable, nunca lo vuelvas a ver.

Miko, alejándose de la conversación seria que mantenía con Mar, rodeó la narración con la limitada épica que puede tener una observación involuntaria mientras estás refrescándote los pies en una pileta de agua fría de finales de marzo. Hasta que llegó a la clave del asunto: la especie. Había visto su primer mito.

La emoción de la persona que te lo enseñó y la emoción que surgió al enseñarlo. Anexos inseparables a la urraca piquirroja y el abejaruco persa.

Tras convenir que los Agietatus caudatus son unas aves muy japo -parecen directamente extraídos de un manga- le conté mi primer mito. Mientras escuchaba su avistamiento, en un segundo plano de mi cerebro se había desencadenado la función recuerdo y todo vino a mí. Las ruinas del castillo donde jugaba a imaginar lo que allí pudo pasar, mis padres echando una partida a las cartas en el bar del hotel con la pareja amiga, de toda la vida, con la que viajábamos, el aburrimiento preadolescente de estar fuera de lugar y las pequeñas bolas de algodón rosado que lo arreglaron todo. ¡Mi primer mito! ¡Qué pajarillo tan deseado era!

A partir de esta situación, he especulado con un ejercicio que quiero pensar como recurrente. Esforzarme por recrear el momento de la primera vez de cada una de las especies. Tomados en orden alfabético, en orden temporal, en orden taxonómico o en orden aleatorio, da lo mismo. No se trata de otra lista, va de las emociones que contienen las listas. Seleccionar una especie y tratar de rememorar todos los detalles. El lugar, la temperatura, la luz, el lance -que diría un cazador pedante-, el estado de ánimo, todos los detalles del momento salvaje en que vi por primera vez aquella especie. Recordar para volver a pasar por el corazón, como dijo Galeano, y que algo del pasado regrese al presente para sacudirme una descarga espinal que agite el cerebro como maza sobre gong de 150 pulgadas. No como ejercicio de nostalgia, sino como mendrugo de pan recogiendo los restos de la salsa del plato.

El vencejo que revoloteaba desquiciado por el salón de casa hasta que salió por la misma ventana que había entrado; mi madre -que me mostró la primera media docena de pájaros- enseñándome el canto que se escuchaba del abejaruco antes de que lo viese por primera vez; el pollo de sisón que Félix el pastor metido a agricultor puso en mis manos y que había recogido en un lugar donde ahora hay una urbanización; la oropéndola muerta al pie de la higuera. O Mar señalándome una minúscula prinia desértica entre unos matorrales mientras circulábamos por una pista en el Sahara Occidental; la satisfacción generalizada de todos los presentes cuando Dani López cantó “págalo polar a las 2” mientras yo contenía mi chum estomacal a bordo del Eureka; o la alegría desbordante, en un momento en que la tristeza de la inminente separación temporal lo empezaba a teñir todo, cuando vimos delante de nosotros el primer ampelis europeo. Son recuerdos, grandes momentos, recientes, antiguos o de especies que, por la razón que sea, tenía ganas de ver. ¿Pero qué pasa con los tiempos intermedios y las especies menos señaladas?

Metiéndose bajo un pequeño puente en Abanades, Guadalajara. Esta otra daurica la fotografié años más tarde en Campoamor, Alicante. Mojando pan.

Voy a hacer el esfuerzo de revisarlo todo. Para recuperar lo que pueda y reforzar lo que tenga claro. Que mis pájaros no sean solo un subrayado con marcador fluorescente en el All birds of the World  (Linx Nature Books, 2020) y una fecha y lugar reseteados a el momento de arrancar mis notas en Ebird.

Quiero, para mí, que el mito no se desvanezca.  Me gustaría, en las noches de insomnio, poder cerrar los ojos y sumergirme en el momento de la primera curruca capirotada y me temo que eso ya no podrá ser. Así que pondré todo de mi parte para retener lo que ya tengo y lo que vendrá no perderlo. Y sé que una vez más me propongo metas imposibles. Hay aves que vi hace menos de un año y ya no soy capaz de visualizar el momento. ¡Qué se le va a hacer! No se lo merecen y no me lo merezco, pero tenía que haber tenido esta revelación hace 10 años. O mejor, hace 40. (Nota mental: tengo que comentarle a Miko que no sea idiota y que memorice y tome notas de todo, ahora que está a tiempo).

En cualquier caso, voy a hincharme a mojar pan y volver a pasar por el corazón muchas cosas.

El pajareo es mucho más que aves. Y hay muchas primeras veces. Hay un primer lobo y luego hay la vez que un lobo clavó sus ojos en mi espina dorsal.

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