PORTADA

Cinco años: el artículo para los y las cercanas a El Vuelo del Grajo. – El editorial Primavera 2026.



En este editorial hacemos todo lo que prometimos que no íbamos a hacer nunca en El Vuelo del Grajo. Más cercano al blog que a la prensa, con referencias personales continuas, carente de ciencia, deambulando del rosa al amarillo e incluso desvelando conversaciones privadas y usando ilustraciones sin permiso, en este texto no divulgamos nada que no sea realmente prescindible. Nos permitimos fanfarronear sin que ello aporte nada al mundo de la observación o la conservación. Hablamos de nosotros mismos, como si fuésemos el eje de la tierra.

Arrancamos hace cinco años con más intenciones que planes empresariales, con más ganas de contar desde un sitio que conocimiento que transmitir. Pero lo hicimos con una portada que era el logo y que había salido de la pluma de Nacho Sevilla, que luego repetiría hasta en dos ocasiones más como ilustrador. Sabíamos el qué y para quién. Más o menos el cuándo lo teníamos esbozado y el cómo lo habíamos dibujado con los fantásticos colores del encierro pandémico.   

El “porqué” todavía no tenía contestación. 

Había que ser pretenciosos. ¿Cómo empezar un proyecto sin nobles pretensiones? Y ahí estaba la frasecita: “La revista digital para el observador conservacionista de fauna”. 

En 2017, Aitor Galán nos sacudió una descarga de pasión por las aves que acrecentó algo que en mí ya existía desde antes de que la adolescencia me robase la vida. Como no podía ser de otra manera, el primer artículo y el primer vídeo lo hicimos con él. Ahora ya no está y su maltrecha salud nos privó para siempre de sus furiosos ataques de justa incomprensión ante el maltrato de la biodiversidad y la sociedad. Este editorial, que no es otra cosa que un agradecimiento a todas las personas que han hecho que estos cinco años sean tan grandes, tiene que estar dedicado a este grandullón al que en vida no le agradecí lo suficiente que se cruzase en mi camino.

En Primavera 21, también estuvieron Paco García y Luisa Abenza, que además de protagonistas han sido articulistas ocasionales y que hoy son amigos queridos. Mañana, sin ir más lejos, volveré a Soria a disfrutar de esa forma de ver la vida que tengo la suerte de que Luisa comparta ocasionalmente conmigo. Quizá me traiga las fotografías y textos para un primer artículo de Primavera 26. Pero es secreto, ella no lo sabe.  

Y fuimos en la Grajilla a conocer a las grajas de León y nos dimos cuenta de que nuestra cabecera, El Vuelo del Grajo, nos ligaba inexorablemente a la conservación. Mar escribía los textos más poderosos y yo intentaba añadir algo diferente a eso llamado fotografía de naturaleza, me temo que sin conseguirlo.

Las primeras estaciones eran una locura dónde queríamos, y lográbamos, hacer dos publicaciones semanales. Ritmo imposible de mantener. Pero ese sin fin de pequeños viajes, de conocer personas y de meternos en los temas que tratábamos, nos permitió adentrarnos, a una velocidad sorprendente, en este biotopo tan particular de la observación y la conservación. ¡Sí, al poco tiempo de empezar estábamos siguiendo a Arantza en su cuidar de los peregrinos de las altas torres de Madrid o empotrados en el equipo de CABS, mientras destrozaban los planes de unos cuantos cazadores furtivos!

Paradójicamente, ese frenesí inicial había estado muy presente durante el periodo en que imaginábamos el proyecto. Como buen hijo del confinamiento, El Grajo hervía en cabezas sentadas en el sofá estofando un estupendo solomillo de “cuando podamos salir”… Entre otros libros de recetas para comprender lo que allí se cocinaba, estaba muy a mano Pajarero (Tundra, 2019) de Carlos Lozano. Este título, un poco como le pasó a Alonso Quijano, metió en el ADN del proyecto la idea de viaje y de sacarle el tuétano al hueso de la vida. Luego también vendrían sus colaboraciones en la revista, conversaciones iniciáticas, excursiones cercanas y lejanas, una ayuda sin fin y el epítome de la zona oscura de la observación de aves: Antonio Cerecillo, también conocido comoToni el Cáspico.

No es cuestión de hacer una retrospectiva de todo lo publicado, que para eso la revista es gratuita y digital y todo lo escrito y dibujado está disponible en su índice de arriba a la izquierda. Pero si quiero citar a todos los que han colaborado en que este blog con pretensiones de revista de papel tenga un contenido que ni en los mejores sueños del año del encierro pensábamos que tendría.

Queríamos una portada para cada estación, como si publicásemos cuatro números al año con sus editoriales. Queríamos que fuesen bellas, como invitando a abrirla en el quiosco y conservarla en casa. En la portada de esta estación está el resultado de esa idea: 5 años, 19 portadas que son piezas de arte, más la vigésima que es fruto de la necesidad de manifestación política. Que las portadas sean una colección valiosísima de ilustraciones es gracias a los mejores y más variados artistas. Pedro Mecinas, Sylvaticart, Loubé, Laura Torres, José María de la Peña, Santiaga Molina, Daniel Camps, Fran Torrens, María León Castro, Enrique Flores, Cecilia Jiménez, Ana Brown, Javi Larrauri, José Acosta, María Álvarez y Nacho Sevilla son sus autores. 

También queríamos un contenido que añadiese calidad a nuestra falta de conocimiento. Calidad en términos de ciencia y experiencia, humana, en capacidad combativa y mirada poética. Añadir literatura a la sal y pimienta de la lectura. Los autores y autoras a los que tanto debemos, los que tuvieron la generosidad de dedicar un tiempo para escribir lo mejor de esta revista, son Antonio Aguilera, Luci Romero, Marta Bretó, Iñigo Zuberogoitia, Carlos Lozano, Joaquín Mazón, Juanjo Ramos, Juan Miguel de la Fuente, Paco García, Xabi Varela, Luisa Abenza, Alfonso Rodrigo, Sara Díaz Viñuelas, Ángel Vela, Héctor Garrido y Luis Alfonso Apausa.

Y luego está la materia humana de la que nos hemos nutrido. Género de primera calidad que aportaba proteína a nuestros contenidos y luz a nuestro cerebro. Los entrevistados, los protagonistas de los reportajes, los ponentes en festivales y presentaciones y los que aportaban sin ni tan siquiera saberlo. 

La incógnita del porqué inicial ya tiene respuesta. De las primigenias razones que la revista daba para poder justificar todos los viajes, los chorros de dinero que supuestamente eran inversiones en equipo para un proyecto vital y laboral y la asunción de una nueva pasión –y de asumir pasiones con toda la energía posible podría escribir una tesis-, pasando por una necesidad de suplir una supuesta necesidad dentro de esta afición, hasta llegar a la ausencia de pudor y poder decir sin sonrojarme: El Vuelo del Grajo es porque quiero y porque me gusta. 

Y este “porque me da la gana” era lo definitivo, hasta que ayer por la noche, como final de una conversación digital que tenía que ver con grajas y Villafáfila, Alfonso Rodrigo -protagonista de la primera entrega de Local Patchers y autor del artículo más ecléctico que jamás hemos publicado, me escribió “el de El Vuelo del Grajo hace muchísimas cosas buenas por la ornitología nacional”. Así, escrito en una tercera persona que me permite ahora, cosas del lenguaje, poder transcribirlo logrando que el orgullo supere a la vergüenza del autobombo. Vale, también por eso merece la pena. Por leer algo así de alguien que realmente hace muchas cosas buenas por el pajareo.

Creo que ya ha quedado claro que la satisfacción por todo lo que este proyecto nos ha ofrecido hasta el momento es razón suficiente para iniciarlo mil veces. Que haber conocido y estar en contacto con personas que de otro modo jamás habría llegado a estrechar sus manos, es algo que merece todo el esfuerzo. Y, sobre todo, El Vuelo ha supuesto contar con nuevos amigos y amigas con los que vivir esta emocionante vida de animales y por animales, y compartir paseos, viajes, cervezas y arroces. Si, nos sentimos afortunados.

Todo esto lo lanzamos Mar y yo y juntos nos hemos zambullido en un mundo que no sabíamos que iba a ser tan cálido. Pero no estábamos solos. Desde el principio nos acompaña Mar Barbero. Ella, la única persona del planeta que ha leído hasta la última coma de cuanto hemos publicado, ha cuidado de que la Real Academia Española no nos mandase una denuncia por maltrato al bien inmaterial de la comunicación escrita. Y ella, que no ha visto ni lobo ni avefría, nuestra editora, lo ha hecho por hacerlo, por conseguir que tal y como queríamos, El Vuelo sea algo bien hecho. Y he empleado tres veces el mismo verbo en una frase para desquiciarla y hacerla leer varias veces el inmenso agradecimiento que sentimos por su trabajo, no siempre fácil. 

Hoy, al abrir los ojos, además de comprobar que el monstruo seguía ahí, recordaba los sueños que me habían despertado. Un cuco se había posado en la barandilla de una terraza, exhausto por la migración prenupcial, pero dos turistas/pajareros orientales lo expulsaban en su afán por fotografiarlo. Justo me iba a levantar para decirles algo, cuando apareció volando un frailecillo desde la parte de atrás del lado derecho de la cama. Había entrado por el cuarto de baño, algo chocante, ya que la ventana se encontraba cerrada. Estoy seguro de que era el ejemplar que ha dibujado María Álvarez Orgaz y que fue lo último que vi justo antes de dormir. Como el ave se refugió debajo de la cama, mi subconsciente ha decidido despertarme más suavemente para no espantarlo, cosa muy de agradecer.

Hasta esta mañana no sabía qué iba a escribir en este editorial. Cinco años no es moco de pavo y me estaba costando negociarlo. Un lustro en esto y el mal de los folios en blanco se manifiesta con cada vez mayor intensidad. Esta madrugada un cuco y un frailecillo me lo han recordado: sueño con aves. A mi manera, pero sueño con ellas. Eso es para mí el porqué de El Vuelo del Grajo.

Deseando que pasen otros cinco años para seguir agradeciendo sin parar.



El frailecillo de María Álvarez qué vino a nuestra casa para lograr que sueñe con alas. Imagen robada.