Recuperar los mitos pajareros.

¿Con qué destinos sueñan los aficionados a la observación de aves? ¿Cuáles son los puntos calientes que todos y todas las pajareras tienen entre ojo y ojo? ¿Qué especies son las más ansiadas? ¿Son las más esquivas las más anheladas? La lista de deseos en el mundo del pajareo parece interminable. El Vuelo del Grajo, fiel a su línea editorial y siempre con ganas de complicar las cosas, viene a ampliar la lista de los mitos pajareros.

La mítica también es una estética difícil de soslayar. Cresteando, lejos e inalcanzable para el color: no hay mejor forma de ver al leopardo de las nieves.

“Uno no empieza a jugar al bádminton si es feliz”, dice Joserra (Javier Cámara) a una desencajada Mar (Carla Quílez), a la que lo único que le queda en su apenas estrenada vida es, precisamente, ese deporte. Por suerte, creo, los que nos acercamos a esta afición tenemos un mejor pronóstico sobre los niveles de serotonina que los personajes de la serie Yakarta (muy recomendable, por cierto).   

Hay un puñado de razones para caer en las redes de esta afición de la observación de aves. Y otras muchas para continuar en ello. Sin duda, buscar cierta cantidad de bienestar en la azotea estará entre ellas. La forma de encontrar la fuente de la sonrisa neuronal ya es otro cantar. Las posibilidades son múltiples y apilables como las opciones de muebles de cocina de Ikea. 

Unos buscarán la tranquila cotidianeidad del local patch cercano y diario, otras hacer un máster práctico sobre la identificación de todos los cantos y reclamos de aláudidos. Obtener la lista vitalicia más extensa está en la mente del aficionado medio y prácticamente nadie que esté en esto dejará de soñar con viajes remotos. Siempre habrá especies singulares que harán vibrar a unos y otras. Podríamos seguir con conocer cuántos más humedales del país mejor, o todos los sitios reseñables de avistamientos loquísimos, o, que sé yo, degustar una receta típica de cada lugar donde logras ver una especie nueva. Cada cual tiene sus puntos adecuados en los que si clavas la aguja de la acupuntura pajarera se desencadenan las reacciones cerebrales positivas. Así, el del local patch acudirá en primavera a su parque urbano soñando con un vulgar ruiseñor común, la de los cantos acariciará la idea de comprobar si una hipotética numerosa población local de Dupon desataría un conflicto entre ellas por mejorar sus trinos, y el de los viajes calculará presupuestos para llegar a las Malvinas. Y todos y todas soñamos con ver un águila moteada al salir de casa y no morirnos sin haber observado una harpía. Por favor, cambiad las especies y obsesiones, que todos tenemos esos coloridos objetos del deseo. Esos mitos que nos hacen vibrar.

El sonido. ¿Qué fue antes: el primer trompeteo o la primera V?

¿Pero, ay, y si no son mitos sino fetiches que una vez satisfechos desaparecen de la pantalla de nuestro radar? Se van acumulando experiencias, hitos y especies. Las alegrías de aquel momento se desvanecen en la niebla con la consecución del fulgurante rayo de lo nuevo, sea lo que sea esa novedad que ocupa los intereses del momento. La muerte de los mitos.

Miko estaba hablando algo de trabajo con Mar a través del teléfono con el manos libres en acción. Miko, además de ser un tipo que despierta mis simpatías, ha tenido el buen gusto y la sensatez de hacerse con la última edición de la Guía Collins. Se ha adentrado en el mundo de la observación de aves de una forma un tanto particular y que denota su naturaleza artística e intelectual: tiene la mejor de las guías pero, que a mí me conste, carece de prismáticos. O al menos, si los tiene, no parece enloquecido por usarlos. Más que observación de pájaros, él está a punto de fundar la escuela de la contemplación pasiva de aves. Aprovechando la situación, me contó que unos días antes, mientras se refrescaba en un pilón, un pajarillo se mantuvo revoloteando en un árbol cercano el tiempo suficiente como para poder identificarlo. Estaba muy contento porque era una especie que le hacía mucha ilusión ver.  

Es siempre una satisfacción mayúscula, una dicha superlativa y un subidón del copón. Es, pues, un regodeo redundante por tres, y me quedo corto.

Y es que es verdad. Un liferbimbo o, sencillamente, uno nuevo siempre es algo especial. Una alegría que, seguro tiene explicaciones químicas y psicológicas, pero que para un pajarero o pajarera se define perfectamente aludiendo al tamaño. Es siempre una satisfacción mayúscula, una dicha superlativa y un subidón del copón. Es, pues, un regodeo redundante por tres, y me quedo corto. Al mismo tiempo, es minimalista. Apenas unos segundos, quizá minutos, en silencio y muchas veces en soledad. Sin poder gritar de júbilo, contenido hasta en los gestos y sin poder distraerse. Una sonrisa para compartir, un rápido apunte y ya está. Quizá, y si has viajado es lo más probable, nunca lo vuelvas a ver.

Miko, alejándose de la conversación seria que mantenía con Mar, rodeó la narración con la limitada épica que puede tener una observación involuntaria mientras estás refrescándote los pies en una pileta de agua fría de finales de marzo. Hasta que llegó a la clave del asunto: la especie. Había visto su primer mito.

La emoción de la persona que te lo enseñó y la emoción que surgió al enseñarlo. Anexos inseparables a la urraca piquirroja y el abejaruco persa.

Tras convenir que los Agietatus caudatus son unas aves muy japo -parecen directamente extraídos de un manga- le conté mi primer mito. Mientras escuchaba su avistamiento, en un segundo plano de mi cerebro se había desencadenado la función recuerdo y todo vino a mí. Las ruinas del castillo donde jugaba a imaginar lo que allí pudo pasar, mis padres echando una partida a las cartas en el bar del hotel con la pareja amiga, de toda la vida, con la que viajábamos, el aburrimiento preadolescente de estar fuera de lugar y las pequeñas bolas de algodón rosado que lo arreglaron todo. ¡Mi primer mito! ¡Qué pajarillo tan deseado era!

A partir de esta situación, he especulado con un ejercicio que quiero pensar como recurrente. Esforzarme por recrear el momento de la primera vez de cada una de las especies. Tomados en orden alfabético, en orden temporal, en orden taxonómico o en orden aleatorio, da lo mismo. No se trata de otra lista, va de las emociones que contienen las listas. Seleccionar una especie y tratar de rememorar todos los detalles. El lugar, la temperatura, la luz, el lance -que diría un cazador pedante-, el estado de ánimo, todos los detalles del momento salvaje en que vi por primera vez aquella especie. Recordar para volver a pasar por el corazón, como dijo Galeano, y que algo del pasado regrese al presente para sacudirme una descarga espinal que agite el cerebro como maza sobre gong de 150 pulgadas. No como ejercicio de nostalgia, sino como mendrugo de pan recogiendo los restos de la salsa del plato.

El vencejo que revoloteaba desquiciado por el salón de casa hasta que salió por la misma ventana que había entrado; mi madre -que me mostró la primera media docena de pájaros- enseñándome el canto que se escuchaba del abejaruco antes de que lo viese por primera vez; el pollo de sisón que Félix el pastor metido a agricultor puso en mis manos y que había recogido en un lugar donde ahora hay una urbanización; la oropéndola muerta al pie de la higuera. O Mar señalándome una minúscula prinia desértica entre unos matorrales mientras circulábamos por una pista en el Sahara Occidental; la satisfacción generalizada de todos los presentes cuando Dani López cantó “págalo polar a las 2” mientras yo contenía mi chum estomacal a bordo del Eureka; o la alegría desbordante, en un momento en que la tristeza de la inminente separación temporal lo empezaba a teñir todo, cuando vimos delante de nosotros el primer ampelis europeo. Son recuerdos, grandes momentos, recientes, antiguos o de especies que, por la razón que sea, tenía ganas de ver. ¿Pero qué pasa con los tiempos intermedios y las especies menos señaladas?

Metiéndose bajo un pequeño puente en Abanades, Guadalajara. Esta otra daurica la fotografié años más tarde en Campoamor, Alicante. Mojando pan.

Voy a hacer el esfuerzo de revisarlo todo. Para recuperar lo que pueda y reforzar lo que tenga claro. Que mis pájaros no sean solo un subrayado con marcador fluorescente en el All birds of the World  (Linx Nature Books, 2020) y una fecha y lugar reseteados a el momento de arrancar mis notas en Ebird.

Quiero, para mí, que el mito no se desvanezca.  Me gustaría, en las noches de insomnio, poder cerrar los ojos y sumergirme en el momento de la primera curruca capirotada y me temo que eso ya no podrá ser. Así que pondré todo de mi parte para retener lo que ya tengo y lo que vendrá no perderlo. Y sé que una vez más me propongo metas imposibles. Hay aves que vi hace menos de un año y ya no soy capaz de visualizar el momento. ¡Qué se le va a hacer! No se lo merecen y no me lo merezco, pero tenía que haber tenido esta revelación hace 10 años. O mejor, hace 40. (Nota mental: tengo que comentarle a Miko que no sea idiota y que memorice y tome notas de todo, ahora que está a tiempo).

En cualquier caso, voy a hincharme a mojar pan y volver a pasar por el corazón muchas cosas.

El pajareo es mucho más que aves. Y hay muchas primeras veces. Hay un primer lobo y luego hay la vez que un lobo clavó sus ojos en mi espina dorsal.

En el valle del Pasvik.

Cuando piensas que tus expectativas están plenamente satisfechas con lo que has visto en la península de Varanger, llegas a Pasvik. No encontrarás la variedad de especies de la tundra ni las obscenas cantidades de aves de Hornoya, pero el carácter salvaje de esta tierra y la impresionante fauna que alberga te conmocionará.

El valle del Pasvik es una parte de Varanger que no tiene nada que ver con el resto de la región del Condado de Finnmark, salvo por ser un destino pajarero de primer orden. Sales de la durísima tundra ártica y en cuestión de unos kilómetros estás en los bosques de la taiga. Pasas de las carreteras en un estado adecuado de conservación que van de aldeas pequeñas a pequeños pueblos, a baches unidos por pavimento que te llevan a casas aisladas que, en ocasiones, son asentamientos. Según te adentras en la comarca, las construcciones -siempre de madera- en su mayoría dejan de estar primorosamente pintadas de brillantes colores como ocurre más al norte. Aquí son de un sobrio rojo mate oscuro y con cierta tendencia a necesitar un repasito.  

Es una cuña que se adentra en el continente hacia el sur. Al oeste Finlandia y al este, al otro lado del rio Pasvikelva que hace de frontera, el óblast de Murmansk, Rusia. 

A finales de abril, salimos con La Numenius de la Reserva Natural de Falsterbo, en el extremo sur de Suecia, a través de la autopista E-6 con rumbo norte. Tras cruzar a Noruega y bordear Oslo, la E-6 se convirtió en carretera de dos sentidos. Un par de días más tarde sobrepasamos el Círculo Polar Ártico y, aunque mayo, de algunas casas solo se veía la cumbrera del tejado. Por entonces, en algunos tramos la carretera era de dos sentidos y un solo carril y con curvas difíciles de negociar con una fragata terrestre de más de cinco metros y medio de longitud y 3000 kg. Tras los ires y venires por la península de Varanger, el 23 de mayo y después de recorrer los 3140 km que tiene la E-6, entraba en Kirkenes. Con sus 3300 habitantes y a pesar de tener nombre escocés, Kirkenes es la principal población de Pasvik. Desde allí hay otros 100 kilómetros por una carretera en la que, a pesar de ser eminentemente recta, sobrepasar una velocidad de 30 km/h puede suponer la destrucción de la amortiguación del coche, arruinar todas las inversiones en empastes bucales y recalcular el posicionamiento de las vértebras lumbares de los ocupantes del vehículo.l. 

Esta obligada velocidad reducida resulta ser una bendición. Hay poco tráfico y los escasos locales circulan despacio. Como resultado, los animales se dejan ver en el asfalto con facilidad. Incluso puedes parar con seguridad y observar y fotografiar el bicho con bastante tranquilidad.

Por momentos da la sensación de que cada lago tiene su pareja de colimbo ártico o chico.

Y ahora viene lo bueno. Lo más frecuente en la carretera son los urogallos, los gallos lira y, si eres afortunado, los grévoles. Si aminoras la velocidad más aún y prestas atención a lo que hay más allá de las cunetas, aun corriendo el riesgo de que tu vehículo se precipite por el acantilado de uno de los socavones de la vía, tus ojos pueden explotar. Confundidas entre los líquenes y musgos, las dos especies de gallinas siguen con su mirada el movimiento del coche esperando su turno para bajar al asfalto.

Cerca de las pocas casas que se encuentran en esta zona se abren pequeños claros destinados a cultivos o zonas de pasto para el ganado.  En esas praderas, además de ser potenciales leks de gallo lira, aparecen limícolas de pico largo -agachadizas, zarapitos y agujas- junto a los omnipresentes chorlitos dorados y algún andarríos bastardo entre otras especies. 

La carretera asfaltada termina en la sorprendente estación de policía de Nyrud, con instalaciones grandes y cuidadas de varios edificios, rodeadas de una impoluta pradera de hierba y una alambrada sencilla, pero donde no se ve a nadie, ni dentro ni fuera. El lugar es de visita obligada por la promesa dictada por Dave Gosney en su cuadernillo dedicado a Laponia, donde cita este sitio como el idóneo para encontrar lechuza gavilana posada en los tejados, usando la mencionada pradera como territorio de caza. Me encantan los fanzines del británico, con sus páginas fotocopiadas y sus clarísimos mapitas hechos a mano con precisión impecable y datos sorprendentes. Pero en esta ocasión falló.

De hecho, allí no vi nada, salvo la mirada más asustada del mundo. Caminando por una senda animal por el bosque de Nyrud, escuché un meneo en la verja que tenía a la izquierda, seguido de un golpe sordo. La vegetación no me dejaba ver qué había ocasionado el ruido, así que me aproximé. No tenía ni idea de qué podía ser y no hubiese acertado ni por aproximación. Un alce macho adulto había intentado saltar la valla con tan poca fortuna que sus pezuñas traseras habían quedado atrapadas, yendo a parar al suelo. A pesar del colchón de líquenes, los 700 kilos de animal produjeron el sonido al caer. Tumbó varios metros de la verja. Respiraba agitado y sin mover la cabeza me seguía con sus ojos desorbitados. Corrí al coche para hacerme con unas tenazas para liberar las pezuñas traseras del animal que seguían enganchadas en la trampa de acero. Cuando cortaba los cables tenía muy presente que una coz de semejante ejemplar me haría añicos la tibia y el peroné de la pierna que alcanzase. Pero el animal estaba inmóvil. Desde una posición segura, le toqué para ver como reaccionaba y así valorar mis siguientes acciones. Se orinó de miedo al contacto de mi mano en el cuarto trasero. Algo se había quebrado dentro de él y ya jamás se levantaría de allí. 

Deshice la carretera para ir a las instalaciones de la reserva natural de Pasvik para avisar. Allí me comentaron que era raro ya que las verjas en cuestión están pensadas para que los alces las puedan saltar sin problemas, pero no así los renos domésticos y que su fin es, precisamente, impedir que el ganado cruce a nado a Rusia.  Me dijeron también que ellas no podían hacer nada y que se trata de una especie cinegética. Eran dos voluntarias muy jóvenes y una mujer de más edad al mando. No sabía si me estaban entendiendo muy bien. Insistí subrayando que el animal estaba vivo y probablemente sufriendo mucho. Me comentaron que pasarían la información a la estación de policía. 

Al día siguiente regresé a la zona. No quise mirar qué había pasado. No tenía valor suficiente. La mirada más asustada del mundo era la de aquel magnífico animal. Y yo sentía exhibir la más triste. Fue mi paseo lúdico y sigiloso para ver animales en el bosque lo que espantó al alce y causó semejante sufrimiento. Hoy todavía me cuesta encajarlo.

Los alirrojos son infinitamente más frecuentes y tranquilos que cuando migran a la península. En cambio los arrendajos siberianos son difíciles de ver posados.

Puentes dinamitados

Muy cerca de la estación de policía está el lago Vaggatem. El hecho de que sea relativamente estrecho, unos 200 metros, y de que el agua corra despacio en dirección al mar de Barents, recuerda que se trata de un mero ensanchamiento del rio Pasvikelva. En la orilla de este lado, postes amarillos, en la de enfrente, rojos y verdes y altas torres de vigilancia que advierten de que se trata de la frontera con Rusia. Y eso no es ninguna tontería. Hay carteles informando en varios idiomas de que estás siendo video vigilado y de un montón de cosas que no puedes hacer. Entre ellas, usar ópticas de más de 200 mm y equipos de observación en dirección al país vecino. Tampoco puedes comunicarte o lanzar objetos a personas del otro lado. Sabiendo que ya he incumplido dos de los diez mandamientos fronterizos, estoy deseando sumar la tercera y comentar con un hipotético pajarero ruso las novedades zoológicas del Pasvikelva.

Ahora, y a pesar de la invasión de Ucrania, la línea es relativamente tranquila (más tarde descubriría que no tanto), pero es, junto a la que tiene Finlandia, la única frontera de Rusia con la Europa occidental. Y eso desde 1945 y hasta 1991 no era ninguna broma. De aquellas tensiones quedan los restos de un puente de hierro reventado con explosivos.

Incluso aquí, el potente movimiento pajarero y conservacionista de Varanger está presente. En el lado noruego las ruinas del puente han servido para la instalación de cajas nido, igual que en los árboles que dan directamente al río. Imagino que el esfuerzo va destinado a mejorar la población de porrón osculado y serretas. Junto a ellos, en las láminas de agua se ven cisnes, serretas grandes y medianas, gaviotas enanas y canas, charranes árticos y colimbos chicos y árticos. Todas especies tremendamente llamativas. Pero son los colimbos, con sus nadares y, sobre todo, voces, los que por sí solos me empujarían a volver a este sitio.

La densidad de las poblaciones es muy baja, pero constante. Hay muchas aves, pero también hay mucho árbol viejo, mucha charca, mucha pradera inundable, mucho riachuelo e incontables lagos de todos los tamaños. Y todos esos lugares, todo el valle del Pasvik, reúnen las condiciones óptimas para albergar vida animal. 

La baja concentración de habitantes silvestres también tiene excepciones. Me paré porque vi un precioso macho de aguja colipinta con sus mejores galas nupciales que andaba distraído con algo. Él y su pareja miraban a un gallo lira haciendo su display ante ellos, como único público asistente al show. O eso me pareció. No pude seguir buscando, ya que a mi espalda y muy cerca resonó el trompeteo de la taiga. Si ese sonido ya es suficiente para erizar todo el vello del cuerpo, adornado por el eco de la acústica de los bosques y la ausencia total de contaminación sonora, la llamada de la grulla es inapelable. No costó encontrarlas. Una pareja estaba alimentándose, en compañía de un pequeño grupo de ánsares campestre, algunos chorlitos dorados y una pareja de zarapitos trinadores. El acento sonoro lo ponía la vibración de las plumas prodigiosas de la agachadiza común haciendo sus vuelos nupciales. Luganos, los abundante y omnipresentes zorzales reales y alirrojos, un bando de ampelis europeos y pinzones reales completaban el elenco. Y como es lógico, un bufé de esa variedad y calidad no podía pasar desapercibido: un pigargo europeo montaba guardia en la rama de un pino mientras que un búho campestre se dejaba ver volando a baja cota. 

Gallo lira macho, tan frecuente como espectacular.

Más allá.

Al final la carretera describe un largo giro de 180º para llegar a la estación de policía. Pero antes, al principio y fin de la curva, parten dos pistas de tierra, o más bien de barro. La primera estaba cerrada por una barrera azul, pero la segunda solo tenía unas grandes piedras que limitaban el ancho del vehículo. Aunque justa, la Numenius pasó.

Ese era el camino. Estaba entrando en el Parque Nacional de d’Ovre Pasvik, el sancta sanctórum, y no había absolutamente nadie a la vista. En realidad, llevaba tres días en los que, salvo a la gente de la comunidad donde estaba el punto informativo del parque, no había visto a nadie más.

El bosque de pino rojo pasa por ser de los más viejos del país. Los alces abundan y, por lo visto, la mayor parte de los osos y glotones de Noruega están aquí. Yo no los vi. Los pigargos, urogallos, arrendajos siberianos y carboneros lapones, se puede decir, cada uno a su manera, eran abundantes. Pero incluso aquí llega la peste de las especies invasoras. Las ratas almizcleras, criadas en cautividad en el SXIX y comienzos del XX por su piel y aceite son, quizá, el mamífero más frecuente.

Según leí, en el parque llueve poco y en invierno las temperaturas bajan hasta -45º.  Ahora, finales de mayo, la primavera ya empieza a dejarse ver en forma de brotes en los abedules, las temperaturas apenas bajan de los 0º y las precipitaciones de nieve son ligeras y breves. Hace días que ya no se pone el sol.

La ausencia de noches dentro de los bosques es el colmo de la locura horaria. A nivel físico y psicológico todo se trastabilla. ¿Cuándo paras de pasear y buscar maravillas? ¿Cuándo cenas y duermes? ¿Es hora ya de beber una cerveza?

El camino termina en un punto construido para encender fuego y cocinar. Bancos con sólidos paravientos de madera, reserva de leña y retretes secos, son el habitual conjunto de servicios públicos para picnic y acampada, tan frecuente en Noruega y Finlandia. Unos 200 metros más allá y con el acceso prohibido con grandes aspas de madera pintadas de rojo, se levanta una impresionante torre de vigilancia fronteriza noruega.

No tengo tiempo que perder. Solo voy a pasar una noche y solo tendré unas horas antes y después de dormir. La ausencia de noches dentro de los bosques es el colmo de la locura horaria. A nivel físico y psicológico todo se trastabilla. ¿Cuándo paras de pasear y buscar maravillas? ¿Cuándo cenas y duermes? ¿Es hora ya de beber una cerveza?

El carbonero lapón, otra de las delicatessen que ofrece el Pasvik.

En este tipo de decisiones andaba, cuando escuché que un vehículo se acercaba potentemente a la Numenius. Deshice lo andado todo lo rápido que pude. Me recibieron dos soldados totalmente pertrechados que habían llegado en un vehículo oruga. Aunque sonrientes y muy amables, uno tenía el fusil de asalto cruzado en el pecho y la mano donde yo hubiese preferido que no la tuviese, y al otro, como si fuera un complemento perfecto de su chaleco antibalas táctico, le asomaba la cacha de su pistola automática a la altura del hígado.

Tras interesarse muy amablemente por mis intenciones en el lugar y los motivos de mi presencia y equipos de observación, me informaron de que no estaban autorizados a pedirme la documentación, pero que harían su trabajo más tranquilamente si les permitía ver mi DNI.

Les llevó varias comunicaciones por radio y varias preguntas para aclarar la situación. Por lo visto, el sitio es perfectamente público, pero el acceso está cerrado (la barrera azul) hasta junio, ya que el camino no suele estar en condiciones para otros vehículos que no estén equipados con orugas. Al comentarles que yo había ido por el otro, por el que está más pegado al río, les contestaron por la radio que ese camino que yo decía haber usado no está cerrado, ya que no suele ser practicable, por estar permanentemente inundado. La verdad es que en algún momento pensaba que iba a naufragar a bordo de La Numenius.

El sitio posee un doble interés militar y turístico. A una hora de camino, está la triple frontera. Un punto, vértice, donde Noruega, Finlandia y Rusia se encuentran. Los dos soldados pensaban que era mi destino y que podía quedarme a dormir y que al día siguiente me acompañarían a él, si eso es lo que deseaba. Que solo no podía ir, dada la situación bélica -“¡hostiaputa!”, para mis adentros- y que luego debería marcharme. 

Había tenido suficiente. A las 7 de la mañana, puntualmente, y ya sin chaleco, uno de los soldados esperaba con su blindado para despedirse y asegurarse de que me largaba.

De regreso a Kirkenes, una lechuza gavilana cruzó la carretera. ¿O no lo era? ¿Cómo estar seguro de que ese perfil chato, cabezón y de cola larga y plumaje más bien claro, no era otra especie? Una de esas observaciones, comentó Carlos Lozano a mi regreso, que es preferible no tener y así evitar esa duda.

Esa última noche en Pasvik acampé en un apartadero de la carretera donde ya hice la primera pernocta. A la ida, con unas vistas increíbles sobre un brazo del fiordo de Bok, cuyo nombre no he sido capaz de encontrar, vi cómo un zorro intentaba cruzar los 500 o 600 metros de hielo de la lámina. Los abedules apenas enseñaban unas yemas. Seis días y seis noches de trabajo solar después, el agua corría con furia y las hojas ya daban sombra.

Miré el mapa para ver mi ruta del día siguiente. Sin darme cuenta, buscaba qué me había quedado por ver. Empezaba a justificar un regreso al valle del Pasvik.

Alces, su tamaño es imponente.

Aguja, a la izquierda, y charrán ártico sobrevolando el puente dinamitado.

Mudando de blanco impoluto a marrón. Los franceses las llaman liebres variables

Rata almizclera. Incluso en el remoto ártico continental el ser humano ha conseguido introducir especies.

Poesía Rural.

En la agricultura, además del sustento, está la cultura. Decía Cicerón que la de agricultor es la profesión del sabio, la más adecuada al sencillo y la ocupación más digna para todo hombre libre. 

El volumen resultante, editado por BichoMalo.

Ahora, en el Antropoceno, en un mundo en el que las personas hemos pasado de haber sido otra más de las decenas de miles de especies existentes, a la que gobierna el destino de todos; en un planeta donde hemos cambiado el paisaje en los últimos treinta años más de lo que lo habíamos hecho en los tres mil anteriores; en una civilización que más que correr, huye a las ciudades; tenemos en el medio rural el gran reto colectivo. Porque es el territorio natural con presencia humana más extenso (en España, casi el 90%) y porque es en el medio rural y agrario donde se concentra la mayor biodiversidad. Del medio rural proceden nuestros alimentos, nuestra agua, nuestra energía, nuestro aire limpio, y también la tabla de salvación al despropósito de un neoliberalismo que se ha tornado bufón y libertario.


Demasiado se ha criticado la alienación que genera la vida en la ciudad, desde luego falso para todos aquellos que hunden su árbol genealógico en hormigón y asfalto, pero sí es cierto que el medio rural nos sigue evocando lo puro, lo auténtico, lo genuino. De eso se aprovechan innumerables compañías que más que alimentarnos lo que quieren es vendernos productos que se anuncian como naturales, ecológicos, artesanales, de pueblo, de la abuela, rústicos o campesinos.

Cuando el río suena es porque agua llevará, y ojalá que la siga llevando, aunque sea nimiamente para respetar los caudales ecológicos, así que algo de cierto y lógico hay en ensalzar los valores de nuestros pueblos, de su gente y del medio rural. Un mundo, una manera de vivir que nos ha permitido llegar hasta aquí y que sigue atesorando una inabarcable ciencia popular, unos conocimientos, unos procedimientos y saberes y, ante todo, una cultura indisociable del territorio, de su clima y sus especies.

Las costumbres, creencias, manejos, supersticiones de cada pueblo -perdurados en forma de cuentos, esculturas, vestimentas, guisos, semillas o amuletos- son una amplia ventana hacia la que orientar la incansable curiosidad por el saber y el disfrute que supone comprender el mundo que nos rodea, para encontrar estímulos reconfortantes y, quien sabe, lo mismo llegar a la epifanía del regocijo de tocar, oler, saborear, ver, oír, la belleza. Tenía toda la razón Ramón Trecet cuando nos apelaba a que buscásemos la belleza, que es lo único que merece la pena en este asqueroso mundo.

La literatura en su expresión más excelsa, la poesía, es, para muchos, la forma más exquisita y elaborada de compartir sensaciones y emociones. La poesía que tiene como temática la naturaleza y el medio rural, la poesía rural, es el canal más potente para plasmar y compartir la belleza rural y natural.


En ello hemos pensado un grupo promotor y organizador que nos lanzamos a impulsar un certamen internacional de poesía rural en castellano. Porque estamos convencidos de que fomentar la escritura y la lectura de poesía que fija su atención en el medio rural y natural es una propuesta que permite, a través de las bellas artes, llegar a círculos, foros, personas que lastimosamente tienen demasiada adormecida e incluso olvidada la importancia que el medio rural tiene para la vida de todos. Porque es el que nos provee de todos los recursos básicos como decíamos antes, pero también es el que nos conecta con los ciclos naturales, con la relevancia de mantener los equilibrios entre producción y conservación, ahora, en un momento en el que no estamos en posición de asegurar que la próxima generación, en términos globales, pueda vivir, al menos tan bien como lo estamos haciendo nosotros. Ahora, en un momento en el que algunos tenemos ya la sensación de que a las generaciones futuras, más que una herencia, lo que vamos a dejarles es un castigo.

Estamos organizando un certamen internacional de poesía rural para generar contenido, actividades. Para que cada día más gente piense en estos asuntos, aumente su conciencia, su grado de participación e implicación en la búsqueda de un futuro de esperanza. La esperanza, no lo olvidemos, es verde.

Y por el camino, además, generamos recursos. Buen ejemplo son los libros de poesía editados, cuya distribución contribuye de manera clara al objetivo final, pues es la lectura un ejercicio, en la mayor parte de los casos individual, en el que el grado de receptividad de las personas es enorme, está por tanto abierta a ideas y mensajes. Igual que lo son los recitales, las lecturas compartidas, en las que las vibraciones se contagian al grupo, favoreciendo un clima, una identificación, una movilización conjunta. Es necesario aprovechar la oportunidad.


Otro fruto de la experiencia que nos está proporcionando enormes alegrías es la creación de un bosque poético. En alianza con la Finca Bonilla, en Torres de Albanchez, en el corazón de la Sierra de Segura en Jaén, se están colocando, en un espacio de enorme valor natural por su riqueza de flora y fauna, una serie de placas en las que aparecen fragmentos de poemas y referencias a los autores. Además, los propietarios están complementando la acción mediante la creación de itinerarios, colocación de bancos y mesas, librerías, de tal manera que la visita a la finca se transforma en una experiencia vivencial única al aunarse brillantes pensamientos hilvanados en versos, junto al despliegue de los sentidos que supone hacerlo en un entorno natural.

La propuesta, en resumen, persigue la puesta en valor del medio rural y natural utilizando la poesía como caballo de troya en la conciencia individual primero, y colectiva a continuación, para que todos visualicemos claramente que es en el territorio donde hundimos nuestras raíces y donde tenemos que desplegar las alas de un futuro verde, integrador, igualitario, justo y libre.

Datos técnicos del Concurso Internacional de Poesía Rural.

  • Organización: Fundación Savia por el Compromiso y los Valores, Finca Bonilla.
  • Colabora: Diputación de Jaén, Ayuntamiento de Torres de Albanchez, BichoMalo Libros, Ecortijo, Comunicación&Desarrollo.
  • Jurado:Presidente: Alejandro López Andrada Secretario: Antonio Aguilera Nieves.
  • Miembros del Jurado: Ezequiel Martínez Jiménez Maria del Carmen Alvarez Marín Lola Almeida Concha Montes Martín Josefa Parra Ramos
  • Galardonados 2022. Ganador adulto: Jorge Fernández Gonzalo Accésit adulto: Felipe Gracia Pérez Ganador Juvenil: Andrés Felipe Vargas Coronado Accésit juvenil: José Andrés Ludeña Martínez
  • Galardonados 2024. Ganador adulto: Pedro Porres Oliva Accésit adulto: Francisco Javier Sánchez Durán Ganador Juvenil: Nicolás Muñoz Villacañas.
  • Libros Publicados: I Concurso Internacional de Poesía Rural, Editorial Trifaldi. ISBN.-978-84-125257-6-2 Poesía Rural´24, Editorial BichoMalo libros, ISBN.- 978-84-123548-6-7

Antonio Aguilera, autor del artículo y miembro de la fundación Savia.

Sobre zorros y hombres.

Desde pequeña, mi animal favorito ha sido siempre el zorro. Por ello, no es de extrañar que verlo fuera uno de mis intereses vitales cuando visité el país de fuego y hielo por primera vez. Sin embargo, la ilusión acumulada a lo largo de los años se convirtió en decepción y preocupación cuando descubrí que la relación entre el ser humano y el zorro ártico en Islandia se asemeja a la situación que tenemos con el lobo en España. Tras más de quince viajes a mis espaldas y de haber vivido algunos de los momentos más mágicos fotografiando fauna salvaje, me pregunto si esto podrá cambiar algún día y de qué modo puedo contribuir a ello.

El primer poblador, un ser odiado.

El zorro ártico es el único mamífero nativo de Islandia. Llegó antes de la retirada del hielo hace unos 12 000 años, convirtiéndose en el primer poblador de esta tierra, antes de que cualquier ser humano pisara la isla. Aun así, los islandeses siempre lo han considerado una plaga a erradicar.

El folclore islandés está plagado de ejemplos sobre la relación entre la gente y el zorro: canciones que hablan de un animal siniestro, peligroso y sanguinario; cuentos infantiles; sagas islandesas. Un ejemplo curioso de esta relación atávica se puede ver en el museo de la brujería de Hólmavík, que alberga símbolos mágicos grabados en boles, en graneros e incluso en las mismas ovejas, para protegerlas del ataque de los zorros.

Históricamente siempre se ha creído que el zorro ártico es una alimaña que hay que erradicar. Los granjeros estaban convencidos de que sus ovejas eran asesinadas indiscriminadamente por esta temible criatura. Tanto era así que se dictó una ley que obligaba a todo aquel que poseyera seis o más ovejas a matar un zorro adulto o dos cachorros al año. Para demostrar que se había cumplido con la ley esta persona debía presentar el cráneo del animal, que las autoridades rompían en público para que no pudiera ser utilizado de nuevo al año siguiente. Si un granjero no cumplía con su obligación debía pagar una multa, conocida con el nombre de fox tax -el impuesto del zorro-, cuyo importe se utilizaba para contratar a un cazador profesional. Esta ley estuvo vigente aproximadamente seis siglos. La persecución histórica del zorro ártico se recrudeció en 1958, año en que se redactaron nuevas leyes que animaban a eliminarlo totalmente de Islandia.

El motivo principal de esta persecución incesante es que siempre ha existido la creencia de que el zorro ártico ataca y se alimenta del ganado. Sin embargo, estudios realizados por el biólogo Páll Hersteinson demostraron ya en la década de los 80 que el 90 % de las ovejas encontradas en las madrigueras de los zorros habían muerto por causas naturales. Pese a ello, y aunque a día de hoy está prohibido cazar fauna salvaje en Islandia, cualquier granjero puede solicitar un permiso para defender sus tierras, además es recompensado económicamente por ello.

La histórica relación entre el ser humano y el zorro ha convertido a este animal en un ser huidizo, de costumbres nocturnas y reticente a dejarse ver en zonas habitadas. Sin embargo, más allá del pueblo pesquero de Ísafjördur existe un paraíso donde los zorros no se pueden cazar. Se trata de la reserva natural de Hornstrandir, un área protegida de 600 km2 habitada por entre 45 y 47 parejas fértiles (datos facilitados por Ester Rut Unnsteinsdóttir, directora del Arctic Fox Center e investigadora en el Icelandic Institute of Natural History).

Aun así, muchas personas, arrastradas por la tradición, siguen mirando al zorro con recelo, temiendo que esta pequeña zona protegida se convierta en una fábrica de zorros que amenace la avifauna y el ganado.

Un superviviente del Ártico.

El zorro ártico es un superviviente de las zonas más frías del hemisferio norte, un animal capaz de medrar durante los duros meses del invierno sin apenas alimento y bajo temperaturas extremas. Su tamaño, su visión, su olfato, su oído y su pelaje están perfectamente adaptados a las duras condiciones climatológicas que debe soportar. Según explica el escritor Garry Hamilton en su libro Arctic Fox: Life at the Top of the World, “El zorro ártico es un superviviente. Gracias a su pequeño tamaño -no es mucho más grande que un gato doméstico- puede vivir casi de la nada, en medio de ninguna parte y en condiciones tan duras que parecen incompatibles con la vida”. Estas extremas condiciones de su hábitat obligan al zorro ártico a alimentarse de todo lo que su estómago puede digerir: algas, frutas silvestres, pequeños insectos y sus larvas, moluscos y mariscos, cangrejos, peces, aves y sus huevos, pequeños mamíferos, etc. Además de una adaptación metabólica específica para entornos gélidos, sin apenas disponibilidad de alimento, el zorro ártico posee un sistema de aislamiento térmico muy eficiente, compuesto por una capa de grasa subcutánea y dos capas de pelo de diferente densidad y grosor. Según han demostrado experimentos científicos realizados en un ambiente controlado, el zorro ártico no muestra estrés por frío hasta -80 °C.

La población de zorro ártico en Islandia es muy elevada, sobre todo si la comparamos con la extensión de terreno que ocupa. Aun así, después de alcanzar su pico máximo en 2008 (aproximadamente 10.000 ejemplares), su número ha ido descendiendo hasta los 6.000 que se calcula existen hoy en Islandia. La causa de este descenso de población se desconoce, pero se estudian varias posibilidades. A saber: algunas presas comunes del zorro, como el fulmar boreal, han experimentado una reducción considerable en los últimos años; recientemente se ha descubierto que muchos zorros tienen altos niveles de mercurio en su organismo; en los últimos tiempos se han identificado familias infértiles, que consecuentemente no tienen descendencia; y, finalmente, el cambio climático, que afecta de forma directa a las poblaciones de animales que depreda el zorro.

El zorro azul.

A nivel global el zorro ártico cuenta con dos fuentes de alimento: los lemmings (pequeños roedores muy fáciles de cazar) y los restos de animales cazados por otros depredadores, como el oso polar. En Islandia, sin embargo, los hábitos alimenticios del zorro ártico han de ser obligatoriamente distintos, pues no hay lemmings ni osos polares. De hecho, esta es la razón fundamental por la cual los zorros de Islandia son mayoritariamente de pelaje oscuro (blue morph) y no blanco (white morph), a diferencia de lo que sucede en otras regiones del planeta.

Un minúsculo porcentaje de la población mundial de zorro ártico es blue morph, mientras que el resto es white morph. En Islandia el porcentaje de zorros con este raro pelaje de color oscuro es el predominante. Esto se debe a que el tono marrón proporciona un camuflaje más eficiente entre las rocas de la costa, donde las fuentes de alimentación son más abundantes. También por este motivo la mayoría de las madrigueras se encuentran cerca del agua salada, sobre todo en la parte oeste y en los fiordos, donde la línea de costa es más larga que en el resto del país.

Cruzar la mirada con el zorro libre.

Como decía al comienzo de este artículo, mi ilusión por ver al zorro ártico en libertad en mi primer viaje se vio truncada. El único ejemplar de zorro que pude ver no solo estaba cautivo, sino que además jamás volvería a la naturaleza: se acaba de redactar una ley conforme a la que ningún animal salvaje que ha tenido contacto con el hombre podrá devolverse a la naturaleza. Aquel zorrito quedó huérfano porque un granjero disparó a sus padres y el cachorro fue trasladado al Centro del Zorro Ártico, donde viviría el resto de sus días en una pequeña jaula. Aquel día decidí que quería ver a estos animales en libertad y no enjaulados, de modo que me preparé para realizar mi primera expedición por la península de Hornstrandir, un lugar deshabitado, inaccesible por carretera y sin apenas caminos con la intención de ver a estos bellos animales en libertad.

Con mi mochila de 75 litros, mi tienda, mi saco de dormir, el hornillo, la comida para 10 días y mi equipo fotográfico recorrí cimas y valles, crucé gélidos ríos y dormí bajo el sol de medianoche. Todo por un momento de suerte. Por verlos libres.

Hasta el día de hoy he visitado la zona diez veces, tanto en verano como en invierno, a través de excursiones en autosuficiencia y también acompañando a otros fotógrafos que quieren compartir esta experiencia conmigo. ¿Será posible que los islandeses se percaten de que hay grupos de personas viajando a Islandia con la única intención de cruzar su mirada con este bello animal? ¿Podrá esto generar dudas sobre el trato que se le da actualmente?



No conseguiremos un cambio radical con este libro, ni haremos que los cazadores dejen de matar a este bello animal, pero ayudaremos a introducir este tema de conversación en las sobremesas islandesas.


Melrakki: the hidden lord of Iceland. Un libro para difundir el mensaje.

Cada año miles de zorros mueren a manos de los cazadores islandeses, pese a que los estudios científicos confirman que esto no sirve para regular la especie, además de certificar que el zorro no es realmente un problema para el ganado. Aun así, el gobierno sigue motivando y premiando estas prácticas atroces.

Por ello, quiero hacer este libro y llevarlo a las librerías islandesas. Con esta finalidad en mente, la mejor opción es sin duda editarlo allí, pero las editoriales islandesas no se sienten cómodas con todo lo que explico en él. Así que debo autoeditarlo e importarlo por mi cuenta. Ahí es donde entras tú y el motivo por el que necesito tu ayuda.

No conseguiremos un cambio radical con este libro, ni haremos que los cazadores dejen de matar a este bello animal, pero ayudaremos a introducir este tema de conversación en las sobremesas islandesas. Si quieres ayudarme y llevarte un bonito libro con mis mejores fotografías, puedes participar en la campaña de micromecenazgo que he iniciado en la plataforma Verkami.

Puedes consultar la campaña, difundirla o hacer tu aportación en este enlace.

¿Cómo funciona esto del Verkami (micromecenazgo)?

El micromecenazgo no es una donación económica, sino una compra anticipada de un producto. Como comprador puedes hacerte con él a un precio rebajado, a la vez que adelantas el dinero para que el autor tenga fondos suficientes para crearlo, en este caso el libro (no te preocupes, haré una versión en inglés y otra en castellano).

Entra en la página de mi campaña y escoge tu aportación económica. Cada aportación tiene relacionada una recompensa. Cuando aportes al proyecto se te pedirá un método de pago, pero no se cargará el importe a menos que alcancemos el objetivo de la campaña, en un plazo máximo de 40 días. Todos los mecenas seréis informados del avance del proyecto hasta obtener vuestras recompensas.

Si llegado el último día de la campaña no se alcanza el objetivo económico, no se te cobrará nada y el proyecto no podrá realizarse, así que no esperes al último momento para participar..

GRACIAS POR TU APOYO A MI PROYECTO Y AL ZORRO ÁRTICO.

¡No te olvides de darle a “seguir” a la campaña para estar atento a las actualizaciones!.

Santoña, soñando con el ártico.

¡Las anchoas! ¡Son las anchoas de Santoña!

¿Qué mejor sustituto de los arenques del mar del Norte que los bocartes cántabros?

La temporada invernal ha sido muy dura para estos visitantes tan lejanos. Aficionados y ajenos al mundo de las aves y la conservación han estado subiendo fotos a las redes sociales, de extraños pingüinos muertos o en estado lamentable. Los más implicados reportan cifras pavorosas de recuperación de cadáveres de álcidos. Alcas, araos e incluso algunos frailecillos han poblado internet de manera muy triste. Y, hasta el momento, los organismos oficiales no han comunicado las causas. Gripe aviar, falta de alimento, meteorología más adversa de lo común… las razones pueden ser múltiples y las especulaciones infinitas. Es un problema grave.

El solitario eider de Santoña.

Sin embargo, lo del Parque Natural de las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel es de otra galaxia. Allí, este grupo de aves y otros muchos parece estar en su salsa. Son activos, con aspecto sano y en número considerable.

Haciendo el esfuerzo de borrar de la mente las infraestructuras y núcleos urbanos tan presentes, el verdor, las montañas próximas y los picos nevados a la vista invitan a pensar que los miles de aves que allí pasan el invierno se encuentran como en casa. Y el frio y el viento te pueden llevar en volandas a Noruega si te descuidas.

Puerto de mar.

En Santoña puedes dormir en una pensión, que es algo que suena como de otro tiempo. Habitación con cuarto de baño individual, cocina con la que ahorrar un poco y suelo de madera de verdad: lujos a tiro de piedra del puerto. Esto hace que muchos de los inquilinos de Pensión Casa León, fuera de la época de turismo, sean marineros que recalan allí durante la temporada de la anchoa.

A mitad de camino entre el alojamiento y las dársenas, se encuentra El Muelle. Bar de horario para aguerridos pescadores, ataviados con gruesas botas de goma amarilla, pantalones de peto del mismo material -pero de color verde- y gorros de lana, la sensación al entrar, a la hora que sea, es que la actividad arrancó hace rato. Hay ires y venires, trajín laboral, conjeturas sobre capturas y celebración por el éxito del Nuevo Libe en la faena de esa noche. Miradas expertas de los viejos de mar, con tantas madrugadas de bar como de navegada, que se atrincheran en la mesa del fondo para hacer frente al IMSERSO. Olor a café, bocadillos y sándwiches: perfecto, también, para pajareros aplicados.

En las paredes, fotos de antiguos compañeros, recuerdos de tragedias, recortes de periódicos con noticias que conmovieron al pueblo y el corcho con billetes de decenas de países pinchados en él, testimonio de que El Muelle es infinitamente más cosmopolita que la mayoría de los bares de su tamaño del país. No es grande: barra y cuatro mesas.

También hay en las paredes cartas náuticas del estuario. No son sencillas de interpretar, pero son parte de la biblia de la gente de mar de allí. La otra parte del texto sagrado local es la tabla de mareas. Salir o entrar del estuario, hacer proa al mar o las labores de estiba dependen totalmente de las mareas. Estos hombres se hacen a la mar, duermen y descansan, según los horarios de la tabla y cada día en diferentes momentos.

Pues nosotros, pajareros, igual que ellos.

La visita a este paraje por parte de cualquier bichero tiene que verse condicionada por las mareas. Hay diversos puntos de observación y, dependiendo del nivel del mar, el avistamiento puede ser magnífico o desolador, según el punto de observación elegido. Y hay muchos donde escoger.

En Santoña es posible ver un frecuente archibebe y al minuto un colimbo tragándose una raya.

Durante la pleamar, el agua rebosa y los limícolas buscan refugio en dormideros, pero anátidas, álcidos o colimbos podrán verse más cerca de la tierra firme. Por el contrario, durante la bajamar, las aves de gran porte están en las isletas o nadando en el centro de la marisma, mientras que las limícolas y garzas aprovechan para alimentarse en el lodo o revisar las aguas poco profundas.

Pero atención con no pasarse. Cuando la marea esta baja en grado máximo, las extensiones perfectas para las limícolas son inmensas y la dispersión brutal.

En ocasiones, la proximidad de las aves norteñas es sorprendente.

Si es ese el estado de la marea cuando el desayuno termina -por ejemplo- la mejor opción es caminar al puerto. Allí mismo existen muchas posibilidades de coincidir con colimbos (grandes, pequeños y árticos), alcas o araos, además de con zampullines cuellinegros y cormoranes moñudos, entre las marabuntas de gaviotas. Los espigones exteriores del puerto son perfectos para observar la vida en el centro de la laguna. Quizá sea el punto más cercano a los grandes bandos de barnacla carinegra.

El paseo portuario se extiende desde la plaza de toros (coso que pasará a la historia no por la muerte de ningún “maestro”, sino por ser el escenario final para el drama de los búhos nivales del 22) hasta el puente de acceso al pueblo, siguiendo por la zona de las conserveras. Mal se debería dar la cosa para que en ese paseo de 4 kilómetros -ida y regreso- no se dejasen ver todas las norteñas.

Allá cada cual con sus prisas y sus quehaceres, pero darse una vuelta por las conserveras tiene su importancia. Prácticamente la totalidad de las empresas de esta industria tienen espacios abiertos al público con rimbombantes nombres como “Sala de arte” o “Salón de exposición”. En ellos el pajarero pro, que es aquel que sabe buscar las buenas oportunidades para llevarse un recuerdo imborrable, podrá abalanzarse cual patiamarilla sobre un banco de anchoas y probar lo más selecto de cada casa.

En Santoña es posible ver un frecuente archibebe y al minuto un colimbo tragándose una raya.

El monasterio, 2 observatorios, un paseo y un mirador.

No más de un kilómetro tras dejar el pueblo, a la izquierda, se encuentra el observatorio de La Arenilla. Es realmente bueno, un básico en el que pararse en cada trayecto, sin importar demasiado el estado de la marea. Si el agua se ha retirado, archibebes, zarapitos, agujas y la fortuna dirá qué más, suelen parar allí. Quizá no en número excesivo, pero sí muy cerca. Si el mar está alto, anátidas y gaviotas andarán próximos. También será ese el momento para toparse con la estrella solitaria de la marisma. En invierno de 2017 apareció un juvenil de éider común que, por alguna razón, nunca ha abandonado este paraje. Ni siquiera, siendo macho, cuando hace unos años apareció un grupete de hembras.

La carretera de salida del pueblo es una tentación constante, una tentación sin arcenes ni apartaderos para dejar el coche y echar un vistazo. La excepción, al margen de un aparcamiento junto al puente sobre el canal de Hano, es el monasterio de San Sebastián de Monteano. Allí, con marea alta y caminando por los diques de un antiguo aprovechamiento de la marisma, podemos tener un buen acercamiento que nos proporcione observaciones muy buenas y próximas.

En la carretera a Escalante existe otro observatorio, con espacio para aparcar, sobre el canal de Hano. Elevado y con una vieja mina a la espalda, las vistas son magníficas, por su hermosura y por el amplio campo de visión. Aquí además la cosa se pone interesante con algunos cultivos al otro lado del canal, arbustos, praderas, bosque caducifolio y cortados rocosos. En definitiva, al menos 180 especies citadas y un lugar donde todo puede pasar.

Arao y agujas en cantidades sorprendentes para ser la costa ibérica.

Si hay suerte y a la tarde coincide que las mareas están en un momento intermedio, la decisión de ir al canal de Boo por el camino de la marisma de Bengoa puede ser un acierto total. El movimiento de diferentes especies es muy elevado y el entorno magnífico. Grupos de ardeidas volando a la caída del sol; las luces del atardecer reflejadas en las aguas; y… los “runners” gritando sin control. ¿Cuál es la razón para esa contaminación sonora? ¿Ese tener que enterarse de detalles personales o anécdotas deportivas ajenas? ¿Por qué salir a correr, andar o montar en bici en el campo es sinónimo de decírselo todo a gritos?

En el observatorio de la carretera de Escalante hay al menos 180 especies citadas y un lugar donde todo puede pasar.

Y como colofón, asistir al final del día desde el mirador del Gromo. Es un lugar que, aparentemente, no se preparó para la observación de aves, pero desde su posición elevada y estratégica se contempla una magnífica extensión de superficie. Es un lugar perfecto para despedir al sol y terminar la jornada pajarera con grupitos de negrones, garzas y espátulas listas para dormir y quizá, con suerte, un solitario havelda dejando una estela en el agua.

Hay más observatorios y lugares de interés para los observadores de aves. Zonas más o menos preparadas, como la pasarela situada en Cicero, el Mirador de Sollagua, playas frecuentadas por limícolas y gaviotas, sendas naturales y, en la práctica, cualquier sitio desde el que tener una buena visión de las marismas.

Santoña es otro lugar al que ir, volver y regresar año tras año. Otro espacio al que ayudar con nuestra presencia pajarera en su preservación. Otro paraje en el que emocionarse con las aves que lo pueblan y asombrarse con sus viajes épicos. Y es donde hay que ir para soñar con una visita al ártico más cercano.