Las protagonistas, en primer plano.

Podríamos darle mil vueltas al asunto, tratar de soslayar lo evidente y hacer una reseña del evento de carácter cronológico. Quizá no ser muy obvio en el mensaje para lograr una normalización aparente de lo excepcional. O, a lo mejor, dejarlo para el final para que este melón que se ha abierto en el III Festival de las aves de Corral Rubio, Higueruela y Pétrola no oculte el evento en sí. Pero resulta que el melón es el evento y es de esperar que una vez abierto, de par en par, el sector se ponga las pilas. Además, lo tiene muy fácil. Tal y como se dice cuando hay posibilidades esperanzadoras: hay buen caldo de cultivo. Así que, las protagonistas, en primer plano.

Sí, la ornitología es feminista. ¿Cómo no va a serlo? Y en este festival se ha comprobado y demostrado. Esa es la noticia. Aquí podría terminar la crónica, pero queda mucho por decir.

Algunas de las protagonistas.

La falta de presencia pública de la mujer ornitóloga, conservacionista, pajarera, observadora de fauna o todo a la vez es muy notoria. Da la impresión de que se tratase de un entorno netamente masculino, de que el científico de bata y el de bota o los de los prismáticos y la cámara, fuesen casi totalmente humanos con gónadas externas. Sin embargo, siempre se dice que en las universidades de biología la presencia de mujeres es mayoritaria. “Se dice” no es comienzo para un buen argumento. Consultamos al Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Teniendo en cuenta todas las facultades de biología, tanto privadas como públicas, de ámbito nacional, y en referencia al curso 2021/22 el número de alumnas matriculadas fue de 9.886, frente a los 5.966 (37%) hombres.  ¿Entonces que ocurre? ¿Cómo es que su presencia es menor? ¿Por qué en ferias y festivales las ponencias realizadas por mujeres son infinitamente menos numerosas? ¿Y los proyectos científicos y papers? ¿Y en el campo? ¿Dónde están?

Estas y otras muchas preguntas más complejas fueron las que se plantearon durante la última mesa redonda de la cita manchega. En ella Susana Noguera, Chúss Fernández, Elena Maravillas, Antonia Zamora y Victoria Gómez charlaron en torno al tema “Aves, mujeres y feminismo: una mirada transversal”. Todas ellas pertenecientes a organizaciones y asociaciones de peso. Las dos primeras son miembros de Lechuzas Pajareras, un grupo muy activo que reúne a 303 aficionadas y profesionales a la observación de aves, que no es poco. Elena representaba a Club de Pajareras y otras bichas, organización barcelonesa muy interesante, que mantiene una visión próxima al arte y la filosofía respecto a la observación de la naturaleza. Y las dos últimas pertenecen a laSociedad Albacetense de Ornitología, entidad quizá no muy grande, pero si muy activa en diversos frentes y representativa de la conservación en su provincia de actuación.

En lo primero que estuvieron de acuerdo y que por tanto habrá que tener siempre muy presente (incluso al leer esta crónica) es en que cuando habla una mujer, lo hace por sí misma y no es una manifestación universal del pensar u opinar de todas las mujeres. Lo hace como ser humano único, independientemente de su género. Lo dijo Chúss, como si se tratase de una pesadilla recurrente. “Si una mujer dice amarillo, todas son del amarillo”. Y, ojo, esto parecía ser el sentir general de todas las contertulias. ¿Caballeros, nos imaginamos desde ya la presión que tendríamos al abrir la boca en público o al escribir una opinión si fuéramos sistemáticamente considerados portavoces del 63% de un colectivo? ¿No tendríamos infinita más prudencia al exponer ideas u opiniones diferentes, reveladoras o directamente explosivas? Sí, hemos mejorado desde los “mujer tenía que ser”, pero si nuestras compañeras de afición arrancan por ahí, no sé, quizá tengamos aún muchas cosas que revisarnos.

Susana Noguera, Chúss Fernández, Elena Maravillas, Antonia Zamora y Victoria Gómez durante la mesa redonda sobre ornitología y feminismo.

Al cierre de esa última cita, una asistente entre el público -de la cual siento no recordar el nombre-, hizo un apunte interesante. Recordó que el mundo está cortado por el mismo patrón. El sistema está hecho por y para los hombres y eso incluye las formas de pensar, entender y configurar, que es muy diferente a como lo harían las mujeres. Y no se trata de hombres y mujeres, sino de planteamientos femeninos y masculinos. Y ella, orgullosa poseedora del carné de anilladora, no lideraba ningún proyecto porque entiende que algo así tiene que tener una dirección colaborativa. Por supuesto, se siente descolgada respecto de sus compañeros.

Y eso es precisamente una de las cosas que el factor mujer añade a todo esto: no es cuestión de comparar. No es una competición. Nadie tiene que salir ganador.

Esa forma de entender las cosas se respiraba en cada minuto del transcurso del festival. La mayor presencia de mujeres no es ni mejor ni peor en sí misma. Y eso es precisamente una de las cosas que el factor mujer añade a todo esto: no es cuestión de comparar. No es una competición. Nadie tiene que salir ganador. El asunto es añadir. Añadir valores, perspectivas, sentimientos, sensaciones, sensibilidades, conocimientos, ritmos, velocidades y hasta vocabulario y reacciones.

Marina Izquierdo y Chúss Fernández acababan de terminar su exposición con el título “La reintroducción del ibis eremita en Europa: tres proyectos sin fronteras”. Habían expuesto un resumen muy convincente y descriptivo de los proyectos liderados desde Cádiz -con el Proyecto Eremita de la Sociedad Gaditana de Historia Natural-, Gerona -la Fundación Alive- y el zoo de Viena y el Waldrappteam y su trabajo de campo y cielo transcontinental. Las espectaculares migraciones asistidas, las diversas formas de financiación (públicas, privadas, mixtas y europeas, a través de los Proyectos LIFE), orígenes, desarrollos y algunas muy buenas anécdotas habían entrado en la narración. También estuvieron presentes las tristezas, perdidas e inconvenientes. Todo ello para un fin común: tener en 2028 una población viable de eremitas sin intervención humana y con canales de migración asentados. La sensibilidad, experiencia y serenidad de Chúss y las buenísimas dotes de comunicación de Marina hicieron el resto. Una ponencia que había tenido todo lo que debía tener. Turno de preguntas y desde la primera fila la mano de hombre del público se alza. Su intervención empezó y terminó con “yo no soy de los que tocan las narices”. Y en medio de dos frases cuestionó la idoneidad de la reintroducción de una especie “que hace treinta años nadie tenía en cuenta”, si no hubiera sido más interesante fijarse en otras especies y “la participación de iniciativas parcialmente privadas”, en referencia a algunas de las organizaciones que participan en los proyectos y la escasa participación de capital público. Y aquí es donde “el vocabulario y las reacciones” que antes citaba entran a jugar. Lejos de sentirse con el apéndice nasal manipulado, las dos ponentes añadieron algún dato y esgrimieron razones de peso como “el amor a las especies” y un definitivo “ojalá hubiera una persona así (dispuesta a dejarse su vida y los dineros) por cada especie que hay en riesgo de extinción”. El ambiente, que por unos minutos se había tensionado, volvió a ser esa balsa de agua en la que se reflejaba la esperanza y las posibilidades.

Marina Izquierdo y Chúss Fernández, en primer plano, llenaron de esperanza el festival.

Por cierto, en ningún momento de la ponencia se habló con la grandilocuencia del éxito. No se dieron las cifras -estas aves han pasado de 190 ejemplares en libertad a nivel mundial, a más de 1200 en la actualidad- que avalan el proyecto. Su opción narrativa iba por los caminos de la descripción de los trabajos, del esfuerzo y convergencias entre los distintos equipos, y de detalles de relación con los animales.

La organización también tuvo un hueco para las formas de comunicar la naturaleza. Y aquí va otra novedad. La mesa redonda de medios no es una innovación. La diferencia es que no estuvieran presentes ni medios de temas eminentemente científicos, ni divulgadores de mensajes de carácter iniciático, ni siquiera representantes de la literatura de naturaleza. Por supuesto que el programa de Youtube Las aves en serio, de SEO-Birdlife, presentado por Pablo de la Nava; el podcast La Radio del Somormujo, representado por Javier Gómez, la revista Oryx, con Francesc Kirchner al frente; y el mítico SubalpineLive, con Ana Rivas como miembro del equipo que hizo posible esa locura, son medios tremendamente divulgativos, todos ellos enraizados en los sólidos cimientos de lo científico y, por haber, había alguien con unos cuantos títulos publicados. Pero lo cierto es que están dirigidos a esa emergente subespecie de sapiens catalogada como observadores de la naturaleza. Estas cuatro iniciativas, cada una con sus formas y posibilidades, están dispuestas a informar, entretener, actualizar, también divulgar y profundizar en la conservación, pero su fin último, la razón de su existencia, es que los cada vez más numerosos observadores de la naturaleza podamos entretener nuestras neuronas entre salida y salida, planificar viajes que nunca llegaremos a hacer y corroer nuestras entrañas en los caldos de la envidia más ponzoñosa que el conocimiento, la experiencia o las simples fotografías del prójimo, nos genere. Y ahí estaban esos cuatro trabajadores por la observación, que tratan de llegar a todos y todas, ya seamos científicos, literatos, fotógrafos, nóveles o veteranos: lo hacen por los y las de los prismáticos al cuello. Recordadlo, que somos muy afortunados por ello.

¿Serán nervios de verdad? Seguro, pero no por ser inexperta. Ella es veterana. Tiene cientos de charlas, ponencias y talleres a cuestas y mucho mundo en su mochila. Con sus grabaciones y narraciones sonoras se ha enfrentado a auditorios mucho más difíciles que el salón de actos del Ayuntamiento de Corral Rubio, lleno de pajareras y pajareros, con el cartel de “no hay billetes” colgado en la puerta. Yo apuesto por el nervio de la perfección, que lo lleva dentro y le aflora minutos antes y hasta que el primer sonido e imagen sale correctamente del ordenador. Mira a un lado y a otro, busca el okey de Lucas, responsable primero de este festival. Un más gesticulado que susurrado “¿podemos apagar estas luces?”. Y allá va Eloísa Mateu con su migración sonora. Comienza con los reclamos solitarios de las grullas en algún lago más allá del Círculo Polar Ártico, filtrado por el extraño eco opaco de la madera de los bosques de la taiga, y termina con el silbido remoto de un pastor del Sahel tratando de imitar, quizá, a una alondra ibis. En medio un viaje de miles de kilómetros donde las aves se concentran y vuelan camino de sus refugios invernales. La media veda, el sonido alarmante del aeropuerto demasiado cercano y que terminará por comerse el remanso de las aves en migración y los vientos del estrecho: los peligros del viaje. Todo está en ese documental sonoro.

El mundo de las ondas y Eloísa Mateu.

Y al día siguiente, dos tazas de Eloísa Mateu. Taller de introducción a la identificación de aves a través de su canto y la huella sonora que deja en los sonogramas: 1.- Desconfía de lo que te dice la aplicación para identificación de cantos. 2.- disfruta de saber lo que tu sentido del oído te cuenta. Y luego, si eso, aprende a interpretar los sonogramas. Y no es tontería, que además de que muchas especies solo se pueden diferenciar con exactitud por el canto, ¿por qué usar solo uno -la vista- de los sentidos que te pueden ayudar al pajarear? ¡A muerte con Eloísa!

A lo largo del festival también escuchamos la charla 30 años de censos de aves acuáticas en la SAO,impartida por David Cañizares, miembro de dicha sociedad ornitológica. Durante la misma, analizó las fluctuaciones poblacionales en las zonas húmedas de la provincia. 

Rafa Benjumea hizo una interesantísima exposición sobre la increíble migración de rapaces que tiene lugar cada otoño en el suroeste de Georgia. Con el título Batumi, más de un millón de rapaces en migración en Georgia, Benjumea dio muchos detalles sobre el preciso y exhaustivo sistema de censo que se lleva realizando durante años desde dos puntos, de manera simultánea. Las cifras son impresionantes, llegando a más de 1.400.000 ejemplares contados en una temporada. Como contraste, el ponente lo comparó con los 380.000 que se censan en el estrecho. La parte mala es, una vez más, la caza sin control en ese mismo sitio.

La apretada agenda que proponía el festival hizo que no pudiéramos asistir a ¿Qué come un búho en la comarca del Corredor de Almansa?, de Antonio Guillén.

Medios de comunicación netamente pajareros.

El viento gélido y las lluvias que no necesitan descripción tras ocho borrascas consecutivas, impidieron paseos y algunos talleres. Sin embargo, el taller de construcción de cajas nido impartido por Ulula, SAO y Discite Natura, el almuerzo popular, la feria de asociaciones instituciones y comercios relacionados con la observación de aves, si tuvieron lugar. Y tanto en estas acciones, como en las ponencias, fue muy destacable la presencia de los habitantes, del público más cercano y, fantástico, con mucha gente que no pasaría de los veinte años.

Nosotros también estuvimos. Mar proyectó la versión corta de su documental La osa que dejó una huella en el cielo, protagonizado por Luisa Abenza, Sofía G. Berdasco y Lorena Juste

En un calendario de eventos pajareros cada vez más cuajado de citas, Lucas de las Heras, Antonio Guillén y Joaquín Jiménez, con el apoyo y colaboración de los tres Ayuntamientos y la Diputación de Albacete, además de la Sociedad Albacetense de Ornitología y la cooperativa Dendros han conseguido lo inimaginable. No solamente se han hecho un hueco en las agendas reuniendo a público y ponentes llegados desde Euzkadi, Cataluña o el estrecho, sino que han marcado un hito histórico. Es de esperar que el resto de programadores y programadoras tomen nota y que la mujer deje de ser una rareza en el panorama estatal, algo que hasta el momento solo había corregido el festival de literatura de naturaleza Letras Verdes.

¡Sería tan bonito no tener que usar nunca un título como Las protagonistas, en primer plano

Lucas de las Heras -en la imagen-, Antonio Guillén y Joaquín Jiménez artífices de un festival diferente.

Qué regalar a un pajarero estas fiestas.

Revisamos y actualizamos uno de nuestros clásicos de estas fechas. Nos sumergimos en el espíritu festivo y consumista para solucionar el problema que todos y todas tenemos cuando se acercan estos días: ¿y qué voy a regalarle yo?

Os proponemos un breve catálogo de posibilidades para satisfacer esa imperiosa necesidad. Hemos preferido seleccionar únicamente empresas, comercios y ONG involucradas directamente con el mundo de la observación y la conservación de la fauna, evitando plataformas de venta. Además, las propuestas no están basadas en iniciativas comerciales por parte de fabricantes, distribuidores o vendedores. No hay cupones de descuento, promociones con sospechosa caducidad ni nada por el estilo. Son, todos, una selección basada en nuestras propias experiencias, anhelos y querencias.

Esperamos que encuentres algo que coincida con lo que andabas buscando.

 

1.- El libro que todo observador de la naturaleza debería tener.

Es muy difícil llegar a poseer un conocimiento tan amplio de la naturaleza de España como el que tiene el autor de esta primera propuesta de “Qué regalar a un pajarero estas fiestas”. Y es precisamente por eso que Un recorrido para descubrir la naturaleza de España debería estar en la biblioteca de todos los observadores y las observadoras de fauna, de senderistas o de los buscadores de setas. Da lo mismo cual sea tu especialidad porque este libro completará con rigor y de manera muy amena tus conocimientos sobre el medio ambiente. Javier Gómez Aoiz ha reunido en un volumen 365 maravillas indispensables de la naturaleza española. De hecho, esta obra hace unos años se habría llamado 365 cosas que ver antes de morir.

Con una organización elemental basada en las cuatro estaciones, en coincidencia con el momento específico en que la maravilla citada se produce o es más fácil observar, Gómez Aoiz nos propone un paseo de 365 días por otras tantas cosas que, en serio, vas a necesitar ver-conocer-disfrutar. Fauna, botánica, paisajes e incluso geología, todo está incluido en este catálogo. Cómo además Javier es un solvente fotógrafo de naturaleza, cada fenómeno está bellamente ilustrado.

Y si no eres de viajar, este volumen se convierte en un resumen de lo más valioso que tiene el Estado y que es, claro, la naturaleza.

Editado por Anaya Touring no tendrás problemas para encontrarlo en tu librería favorita.

Si te ha quedado alguna duda, pronto publicaremos una reseña más extensa sobre este título.

 

 

 

2.- Unas horas en el mar viendo animales maravillosos.

Este es el regalo para no fallar: una salida pelágica.

¿A quién no le van a gustar unas horas navegando por el mar en busca de animales fantásticos? Ese es, básicamente, el plan: embarcar en una pequeña nave que te llevará en pos de las aves y mamíferos que solo en el mar podrás ver. Pardelas, delfines, págalos y rorcuales, minúsculos paíños y enormes cachalotes, aves polares y cetáceos boreales, y, quizá, gaviotas neárticas o asutrales; todo es posible en una salida pelágica, si se hace con la gente adecuada.  Solo al escribir esto, se me acelera el corazón, ¡cuánta emoción!

Hay barcos y tripulaciones especialistas en el Estrecho, en Canarias, en el Mediterráneo, en Galicia y, especialmente, en toda la cornisa cantábrica. Lo puedes hacer coincidir con unas vacaciones establecidas, como complemento, o, fantasía, hacer de la pelágica la razón y centro de un magnífico fin de semana.
De entre todas las opciones posibles y dejando de lado las salidas puntuales organizadas por personas que saben de esto, os recomendamos dos empresas especializadas y muy responsables con lo que hacen: www.verballenas.com y www.avescantabricas.com

Atención a las fechas y las reservas.

 

3.- ¡ARTE! Regala arte.

Otro presente para acertar con toda seguridad. Si a él o a ella le gusta la naturaleza, le va a encantar tú elección. Da lo mismo si la persona es más de rapaces, de flores o de batracios: si abre el envoltorio y encuentra una lámina de naturaleza lo va a flipar, enmarcar y colgar.

Hay ilustración para todos los gustos y con todos los motivos naturales y técnicas imaginables. Originales o series -más económicas-, en tinta, carboncillo, acuarela o digital, en pequeño formato o más grande, clásico o más moderno; vas a tener mucho donde elegir.  Si quieres algo menos personal, tienes soportes de todo tipo: tazas, camisetas, bolsas, cerámica… Para que se te vuele la cabeza.

Al recomendarte a algún artista en particular, tenemos un problema. Cada trimestre contamos con uno para ilustrar nuestra portada y no es cuestión de poner una lista con todos ni señalar a uno en particular. Los queremos a todos y todas.

¿La solución? En este link donde verás todas nuestras portadas. Podrás elegir entre los diversos estilos y ver el nombre del autor o autora al pinchar en cada una de ellas. Solo te quedaría buscar sus páginas web personales.

4.- Para los que quieren saber de qué pasta están hechos los pajareros y pajareras y disfrutar con ello.

El hit de la literatura de naturaleza del momento, el best-seller de las librerías especializadas: Biometría de un encuentro, de Carlos Lozano.

El autor, en poco más de un año, se recorrió España -y un par de continentes- de cabo a rabo, para pasar un fin de semana con cada uno de los cuarenta tarados y taradas por las aves a los que toma medidas en este volumen.

Un libro -del que también publicaremos una reseña próximamente- en el que encontrar aves, espacios naturales y bastante gastronomía local. Sin embargo, es sobre todo un título para entender que los pajareros y pajareras somos personas muy diversas, que afrontamos el mundo de los pájaros desde perspectivas diferentes y que coincidimos en que la nuestra es, probablemente, la mejor afición del mundo.

Advertencia: aunque reconforta y te hace sentir que no estás solo -es imposible no verse reflejado cada dos por tres-, este no es un libro de autoayuda. No esperes en su lectura bálsamos milagrosos ni consejos magistrales de pajareros gloriosos. Carlos Lozano, para quien no conozca su trabajo, maneja tan bien la ironía como la poética y el humor, así como la pinza en el estómago. Con esas herramientas, ha abierto la puerta para asomarse al interior de cuarenta vidas dedicadas a las aves.

Lo ha publicado, con magníficas ilustraciones de diversos autores, Editorial Guardabosques. Está disponible en su  página o en la librería Oryx.

 

5.- Para los que siempre quieren estar preparados para observar un pájaro.

Existe una verdad lapidaria y universal entre los fotógrafos de prensa. Si les preguntas sobre cuál es la mejor cámara según su criterio, te contestaran sin dudar: la que tenga en la mano en el momento en que surge la imagen que quiero captar.

Pues con los prismáticos y la fauna en general y las aves en especial ocurre exactamente lo mismo.

La posibilidad de llevar siempre encima unos prismáticos que permitan observar aves en cualquier situación, es un sueño para todo pajarero con cierta experiencia… o sin ella. Y claro está, que no pesen, apenas ocupen espacio y tengan calidad suficiente.

Buenas noticias: puedes hacer realidad ese sueño y no tiene por qué ser carísimo. Existe todo un catálogo de prismáticos pequeños y con aumentos suficientes como para afrontar la observación e identificación de casi cualquier animal. Los tienes de todo tipo de calidades, marcas y precios.

Tanto Ópticas Roma en Madrid como Oryx, en Barcelona, tienen en sus webs el catálogo de “prismáticos compactos”. Déjate aconsejar por los expertos de esas tiendas y no compres al tuntún en cualquier sitio.

 

Y ahora terminamos con dos propuestas, que ya aparecieron años anteriores y que siguen siendo dos excelentes alternativas.

6.-Para los que gustan de los regalos con fundamento.

GREFA es una organización que acomete muchas labores: proyectos de recuperación de especies, reintroducción de ejemplares criados en cautividad, planes de seguimiento de especies en riesgo… Pero, sobre todo, mantienen un hospital de fauna silvestre por el que todos deberíamos estar agradecidos. Animales autóctonos de todo tipo son recogidos y cuidados en sus instalaciones por personal muy cualificado. Ejemplares víctimas de atropellos, de cazadores, de veneno, impactos o electrocuciones son atendidos con esmero. Y al llegar la primavera, abren sus puertas a todos los huérfanos que por una u otra razón pierden la atención de sus progenitores.

En GREFA ofrecen la posibilidad de apadrinar aves que requieren de cuidados y que por lo tanto suponen un coste para la organización: ejemplares reproductores, especímenes que no pueden volver a la vida en libertad, atención a animales huérfanos o cuidados a pacientes en el hospital y que serán liberados.

Si quieres hacer un regalo que reconforta el espíritu y ayuda a una organización a seguir haciendo su trabajo, pincha aquí

 

7. Y para la que piensas que ya lo tiene todo.

Oryx es la lampara de Aladino de todo observador de fauna que se precie. En principio, es la librería especializada en estos temas más grande de la Península Ibérica, pero además tiene una excelente sección de óptica, una completa panoplia de cachivaches útiles en el monte y un gran surtido de cajas nido y comederos, entre otras cosas. Es imposible para un pajarero no entrar en su tienda o web y querer adquirir varias cosas.

¿A pesar de esto no sabes qué regalar? La solución es esta.

 

IMBÉCILES NEGACIONISTAS.

Vaya por delante que, si llegase a darse el caso, El Vuelo del Grajo activaría un piquete de reclutamiento para recabar voluntarios que se alistasen en el primer batallón que fuese a la guerra para defender, granada en mano y a bayoneta calada, la libertad del imbécil negacionista para poder decir sus imbecilidades. No será desde esta redacción desde donde se manifiesten ideas contrarias a la libertad de expresión.

Pero lo anteriormente dicho no es óbice para que, a pesar de defender la libertad del individuo para expresar su opinión como acto muy respetable, nosotros -o al menos yo, el que escribe- en el caso del imbécil negacionista no respetemos el fruto de su expresión.

¿Pero, qué es el imbécil negacionista? Básicamente se trata de un sujeto aquejado por uno de los males más extendidos en la actualidad y que se esparce por el mundo como una autentica plaga: la negación del conocimiento y la ciencia básica demostrada. En este punto hay que enfatizar la palabra “demostrada”. El o la imbécil negacionista no es escéptico o escéptica, aunque en ocasiones pretenda autodenominarse así. Ellos y ellas basan todo su desarrollo del pensamiento en uno -ocasionalmente más- de los cinco sentidos y excluyendo, como premisa fundamental, cualquier estudio científico anterior que no confirme su creencia.  Por tanto, el imbécil negacionista jamás construirá creencias absurdas y simplistas contrarias a asuntos tratados únicamente en el plano teórico, ya que eso requeriría aceptar enunciados y premisas elaboradas con anterioridad y prescindir al mismo tiempo de sus capacidades sensoriales. Así pues, jamás elaborarán un manifiesto que contradiga la hipotética existencia de túneles a través del espacio-tiempo capaces de unir dos puntos que actúen como atajos. Un imbécil negacionista trabajará más en demostrar que la línea recta es siempre la distancia más corta -porque la tierra es plana, obviamente- que en la teoría del agujero de gusano.

Por naturaleza, esta imbecilidad es eminentemente transversal, no escapando ninguna capa social a su implementación. Es más, al ser la justificación y solución de sus preocupaciones una retahíla de imbecilidades fruto del tiempo libre y darse, principalmente, en sociedades con un desarrollo económico mínimamente elevado, es posible que pudiésemos encontrar su origen en la sociedad del bienestar y sus famosos problemas del primer mundo.

Si anteriormente el imbécil que abrazaba las creencias -que no teorías- negacionistas se encontraba en sectores de la población que eran tachados de alternativos, alejados de las esferas de poder y ajenos a los canales de comunicación, hoy en día no es así. Animados por bulos y conspiranoias, que son los ingredientes de todo buen movimiento negacionista, en la actualidad el imbécil negacionista puede ser encontrado en cualquier posición de la pirámide social y utilizando cualquier canal de comunicación al que le sea posible acceder. Así, un cardenal arzobispo aseguró desde su púlpito que las vacunas contra el coronavirus se fabricaban con “fetos abortados” un europarlamentario, Ramón Tremosa de PdeCat, preguntó formalmente en la sede parlamentaria europea sobre las chemtrails y un concejal valenciano negaba el cambio climático tras la DANA del 29 de octubre en una conferencia. Por no extenderse a imbéciles negacionistas internacionales muy influyentes, como los presidentes Trump y Milei, o mequetrefes influencers buscando seguidores al precio que sea en las redes sociales. Todos ellos demostrando la horizontalidad del fenómeno, argumentando codo con codo, imbéciles negacionistas de todo calado: desde millonarios reconvertidos en políticos peligrosos a mecánicos y exinstructores deportivos.

Aunque sea un asunto tentador, este artículo de opinión no se adentrará en la apropiación de las teorías negacionistas que está haciendo la derecha populista a nivel mundial.

¿El imbécil negacionista nace o se hace?

No es difícil imaginar a cualquier padre de las diversas imbecilidades presentes en la actualidad (“terraplanismo”, “plandemismo”, “cheimtrailismo”, etc) tratando de ocupar el habitual tiempo libre de sus neuronas pensando en cosas sobre las que jamás ha recapacitado y sufriendo una epifanía poco tiempo después. Pienso, por ejemplo, en un sujeto observando, así sin más, el cielo (quizá sea más correcto emplear “mirar”). Pienso en un sujeto mirando el cielo un día nublado. Y al día siguiente, el mismo ejemplar, viendo estelas de vulgares aviones comerciales sin ninguna nube que las oculte o que indique unas condiciones meteorológicas no aptas para su formación. Si en ese momento de felicidad se le realiza al individuo un escáner cerebral para medir los niveles de satisfacción personal y dopamina, imagino en la sala del hospital un castillo de fuegos artificiales y más leds encendidos que en Vigo desde hace unos días, reflejando su plenitud por haber descubierto la razón de que llueva o no. A ver quién le convence de que todo ese auto placer onanístico es fruto de una falsedad. Y para él ya no habría marcha atrás. De hecho, es tan sencillo y básico que es más que posible que varios miles de personas hiciesen el mismo descubrimiento en un periodo asombrosamente breve y en diferentes partes del mundo. Si el Homo sapiens fue capaz de desarrollar de manera más o menos simultanea el lenguaje escrito en China, Mesopotamia y Egipto, es también perfectamente capaz de crear imbecilidades prodigiosas en la misma semana en cincuenta países diferentes.

Las ideas y conceptos que manejan afectan a temas eminentemente científicos, pero están elaboradas con parámetros no científicos. Esto hace, como ocurre con las religiones, que se construyan castillos elaborados con creencias basadas, a su vez, en actos de fe. Y, al igual que ocurre con las personas religiosas, tratar de explicar a un imbécil negacionista algo contrario a sus creencias en términos científicos se convierta en un acto absolutamente inútil. Para ser “cheimtrailista” y estar seguro de que desde la Moncloa se ordena fumigar Marruecos para que llueva y así tener que comprar los espárragos en ese país y hacer la puñeta, por lo que sea, a los agricultores de aquí -que es un plan complejo y absurdo, pero viable- antes tienes que creer a ojos cerrados que hay miles de aviones volando por el mundo, de múltiples nacionalidades -o de una organización creada a imagen y semejanza de la Bondiana Spektra- soltando químicos super dañinos e involucrando a decenas de miles de trabajadores malvados y que ninguno de ellos se haya ido de la boca ligando borracho en un bar entre vuelo y vuelo. Eso, creer en la discreción de miles de personas, sí que es un acto de fe.

Pero al contrario de lo que ocurre con las religiones, que se ocupan de temas espirituales y cuyos asuntos finales escapan del conocimiento físico y científico y profundizan en temas de carácter más próximo a la metafísica y la filosofía, el y la imbécil negacionista estipula los principios de su creencia en la negación del conocimiento. Y entiéndase por conocimiento todo aquel pensamiento elaborado, comprobado y aceptado (excepto por los escépticos) por el ser humano, ya sea en el plano teórico o práctico y en campos científicos, humanistas o artísticos: un imbécil negacionista puede elaborar su disparate allá donde su desconocimiento se haga fuerte y resulte con aparente brillantez.

No deja de ser paradigmático que a partir de bulos y falsas conspiraciones de orígenes y fines indefinidos crezcan los negacionismos de carácter mundial. Negar el conocimiento científico es pues transversal socialmente e internacional en su distribución. Y a la cabeza de todos ellos, el incomparable, inigualable y potencialmente mortal para la especie humana: el negacionismo del cambio climático.

De ahí, de este esfuerzo por ir contra el conocimiento y la sabiduría de prójimos pasados, presentes y futuros, que el término imbécil sea aplicable de pleno derecho. Tiene más carácter descriptivo que intención de insulto.

Creo que puedo afirmar que Diderot y d’Alembert estarían de acuerdo en el uso de la palabra imbécil si mediante un milagro abriesen los ojos y comprobasen que, ahora que la mayor y más completa de las enciclopedias está disponible en la palma de la mano y con forma de teléfono inteligente, hay personas -sin problemas cognitivos y que han recibido una educación intelectual- que niegan a gente como Eratóstenes, Newton, Pasteur o a centenares de miles de científicos, sin tan siquiera saber quiénes son y sin tener ni pajolera idea de lo que están hablando. “Ah oui: les idiots négationnistes“, dirían.

Y aquí se acaban los chistes.

Si la cosa fuera una actitud íntima frente a asuntos de esta vida, el problema sería menor. Al fin y al cabo, si las leyes de la evolución y la selección de las especies son ciertas, los humanos que negasen la eficacia grupal e individual de las vacunas estarían destinados a la mejora la genética de la especie mediante su probable autoinmolación voluntaria. El problema es que estos ciudadanos -hago ímprobos esfuerzos literarios para no volverlos a llamar imbéciles negacionistas- tienen potestad sobre sus crías y la vehemencia necesaria para imponer sus criterios entre otras personas con facilidad para descubrir la razón de la ausencia de lluvia mirando la estela de los aviones.

El problema es cuando unos jóvenes científicos se inventan la negación de la existencia de las aves para echarse unas risas y resulta que miles de personas se apuntan a la creencia de que las aves son drones que nos espían.

El problema es cuando personas con nivel cultural probablemente alto y un poder económico altamente probado se manifiestan en todo el mundo en contra del confinamiento aduciendo que Spektra les quiere arruinar.

El problema es cuando la ONU estipula un proyecto de 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible que busca erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar la prosperidad para todos para 2030 y hay amplios sectores de la sociedad que consideran que es un plan secreto para lograr no se qué objetivos más secretos aún, que beneficiarán a unos poderosos desconocidos infinitamente más poderosos que los poderosos conocidos.

El problema es cuando los científicos, todos, dicen que hay una emergencia climática que nos las va a hacer pasar putas en muy poco tiempo, pero aprovechándose de que un pequeño porcentaje de estos científicos niega que sea por causas antrópicas, haya un movimiento mundial amparado por empresarios, “opinólogos”, influencers y políticos que niegue la mayor.

Y ahora, el problema que me cabrea es que ante la amenaza real y cuantificable de la epidemia de gripe aviar haya estúpidos mal nacidos (y ahora sí es un insulto) que ya hayan sembrado la nueva conspiranoia que ha generado el nuevo negacionismo: la gripe aviar no existe, ya que se trata de una nueva “plandemia” gubernamental para encarecer los alimentos y fastidiar más a los ciudadanos.

Parece una broma de mal gusto, pero no. Es cierto.

Si la epidemia va en aumento, que así será, el frente de combate sanitario, veterinario y económico deberá tener en cuenta a estos negacionistas y su voz política. Seguro que habrá algún partido que recoja el guante y se apropie de esta nueva vía para sembrar la duda y el miedo y de paso ganar votos. Y en breve, si la cosa de la enfermedad va en aumento, habrá quienes, auspiciados por algún sindicato agrario y algún partido, pedirán diezmar con pólvora la población de aves silvestres para evitar que los de las gallinas sufran económicamente. Y al final acabarán repartiendo gratis cartuchos para “quitar” cigüeñas y buitres, gracias a que un imbécil negacionista reprodujo el nuevo bulo.

Todo el último párrafo puede ocurrir o quedarse en distopía olvidable.

Ya veremos.

¡Soy de Tuéjar!

Los pasados 12, 13 y 14 de septiembre tuvo lugar la tercera edición del Festival de los Buitres. Solo el nombre ya es seductor. Al leerlo, uno puede imaginarse una celebración que convoca a millares de buitres para hacer cosas de buitres. Un poco como Woodstock o el Primavera Sound, pero con plumas y comiendo una selección de entrañas e higadillos ligeramente podridos. Sin embargo, en realidad los animales que se acercan al evento son pajareros deseosos de carroñear buenos momentos.

La sociedad humana persiste en el error de establecer como comienzo del año el insulso 1 de enero. Esa fecha solo es sinónimo de resacas, acidez de estómago y puestas en escena de bailes palaciegos decimonónicos desde la perspectiva de un pastelito de merengue de fresa. Pero en realidad y como es bien sabido, el periodo anual arranca en septiembre. Al fin y al cabo, la sociedad nos inculcó ese calendario desde que se estableció este mes como el indicado para llorar por primera vez a la fría puerta del aula del colegio o, en el caso de los más desafortunados, del parvulario, jardín de infancia o como narices se llame ahora al centro de internamiento para muy menores desacompañados, seis tristes horas al día. 

Para el mundo de la observación de fauna y el pajareo en su vertiente más salsera esto también aplica. La temporada de festivales y ferias empieza en septiembre. Y hasta este año el título honorífico al sarao más tempranero recaía en el Delta Birding Festival, grande entre los grandes en la liga ibérica de certámenes de este tipo. Sin embargo, de manera casi insolente y bravucona, en 2025 los más tempraneros han sido los de Tuéjar y su tercera edición del Festival de los buitres.

¿Tiene alguna importancia quien sea el primero? Ninguna. ¿Afecta en algo al contenido de la cita? Tampoco. 

Javier Gómez durante la presentación de su último libro.

Lo que sí es importante e influye en todo es el programa del evento y este es uno de los puntos clave de la fiesta valenciana. Y es que Virgilio Beltrán, responsable del niño, se las ha apañado para establecer un programa de actividades y conferencias bien pensado y confeccionado. Tanto es así, que el año pasado ya estuvimos y hemos repetido en esta edición. Diseñado, sin duda, para pajareros -en todas sus modalidades-, tiene sin embargo una clara vocación de promoción, circulando en doble vía. Por un lado, es obvio que uno de los fines principales del certamen es dar a conocer el espacio natural donde se celebra. Y la verdad es que el Alto Turia es sorprendente. Por otro lado, el proyecto de Beltrán transmite la sensación de un claro interés por fomentar la afición al avistamiento de aves. Virgilio es un profesional del turismo ornitológico (su empresa, Numenius, lleva a pequeños grupos a destinos en España, África y América del Sur) y sabe perfectamente cómo hacer para que la gente levante la cabeza para ver bichos. Además, conoce al dedillo el mundo de la feria ornitológica: no hay feria, festival o fiesta importante en el sector en Europa que él no haya visitado o en la que no haya participado. Entiende cuales son los contenidos, las actividades, las ponencias y las formas adecuadas. El resultado es una propuesta igual de buena que otras, pero con unos matices muy importantes que lo hacen diferente: el Festival de los Buitres no ocurre en un solo punto, no está encerrado en las consabidas carpas y no sucede ni de espaldas al pueblo que lo alberga ni a la naturaleza de la que trata. 

Por ejemplo, la cita del sábado por la mañana fue en el Azud del río Tuéjar. Un lugar precioso, accesible, fresco y con las infraestructuras necesarias para que los asistentes no echen en falta nada. De ahí parte la excursión guiada por Yanina Maggiotto. ¡Vaya lujo disfrutar de manera gratuita de una de las profesionales más reputadas internacionalmente para dar un paseo de iniciación! Dicho esto, si el fin es lograr nuevos adeptos, el don de gentes de esta mujer la convierten en una elección perfecta. 

Allí también se encontraba el puesto de información y venta de Ópticas Roma con un amplio surtido de equipos, aptos para todas las necesidades y límites presupuestarios; desde sencillos binoculares de bolsillo hasta potentes telescopios y sofisticados aparatos de visión nocturna y con el asesoramiento experto y dedicado de personal muy cualificado. Otro nuevo acierto fue que la actividad de anillamiento, llevada a cabo por el Grupo Local de SEO Ardea, tuviese allí la mesa de control de las especies capturadas y  que no estuviese cerrada a un grupo limitado. 

La proximidad a las aves es siempre atractiva durante las sesiones de anillamiento.

Y por las tardes, en el auditorio.

Abrir las puertas del auditorio de un pueblo de 1233 habitantes para que salga a borbotones la experiencia y el conocimiento de un puñado de pajareros y pajareras es, sobre todo, una preciosa iniciativa. El medio natural es igual de desconocido en el medio urbano que en el medio rural, pero los que habitan este último pueden salir de su casa y darse de bruces con la naturaleza. Así, al público previsible venido desde cualquier parte de la península se suman vecinos que acuden con mayor o menor interés y vienen y van – siempre de forma muy respetuosa- según les haya ido la tarde. De hecho, se reconocían algunas caras de la edición anterior. Así se hace la afición. Poco a poco, insistiendo y ofreciendo cosas interesantes.

Este año por el escenario pasó Juanjo Ramos que ofreció un visionado de su imprescindible Soñando con alas. Documental de 2019 en el que a través de una serie de entrevistas a distintos aficionados y profesionales de la observación de aves se describe este mundo. Desde la sencillez del chaval que empieza, donde lo complicado es ir un poco más lejos para ver una especie nueva, hasta la que ve este mundo como salvavidas al que agarrarse para tener un tramo final de vida lleno de emociones, pasando por aquel cuya vida es ir más allá para ver qué es lo que hay; y por aquel al que la vida le sonrió y vive de ave en ave; o por quien da su vida a las aves y se pregunta ¿qué voy a hacer si no? Cada uno con sus claros y sus oscuros. ¡Es tan fácil verse reflejado en algún momento!

Juanjo Ramos tras la presentación de «Soñando con alas». Cervezas Galana volvió a ofrecer una cata de sus productos: de la comarca, artesanales y muy buenos.

También estuvo Javier Gómez Aoiz, para presentar Un recorrido para conocer la naturaleza de España. Javier es otro de los que sube el caché de cualquier evento pajarero que se precie. Excelente fotógrafo, ahora le escuchamos en Radio del Somormujo. Está implicado en la cara pública del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, es moderador habitual en mesas redondas y debates y su faceta como comunicador es indispensable, aunando conocimiento científico, botas gastadas y buen hablar. Su actividad literaria es prolija y si vas a tu estantería probablemente veas su nombre en más de un lomo. En esta ocasión, presentaba un listado de deseos, un compendio de motivaciones para salir al monte, una pizarra en la que mirar cuánto te queda por ver, el check list definitivo de las cosas peculiares peninsulares: 365 maravillas de la naturaleza que encontrar en España. Animales, vegetales y paisajes (incluida la geología) que bien merecen un fin de semana.


La conferencia de Clara García es una demostración de esa forma de comunicar las investigaciones científicas relacionadas con animales, donde la vinculación personal del individuo analítico se involucra en el devenir del sujeto estudiado. ¿Es al comunicarla o es al hacer la ciencia? Bajo el título La aparición del alimoche en la provincia de Valencia, expuso la situación de la población de esta especie, sus orígenes, sus desplazamientos y costumbres, proporcionando datos sobre hábitos alimentarios, desbaratando el mito sobre el conocimiento innato de la especie a la hora de cascar huevos, ires y venires setimentales y viajeros, y constatando que más allá del Sahara, en invierno, son alimento de humanos. Fue una conferencia en la que los fríos datos estadísticos se mezclaron con detalles casi íntimos que provocaron alguna sonrisa y, en el caso de los más sensibleros, (no es el caso de el que firma, por supuesto) alguna lagrimilla.

Otro clásico del mundo feriante ornitológico se subía al escenario. Él dice que es “profesor y pajarero”. ¿Y el “escritor” dónde está? En su currículo abreviado esencial, Carlos Lozano se olvida de que va por cuatro títulos publicados. De hecho, el párrafo del Pub Pérez que se encuentra más abajo tiene que ver con él y la presentación de Biometría de un encuentro. En ella y con la colaboración de su amigo Juanjo Ramos, capeó el temporal de hablar de un último trabajo, que tan último era que no se había ultimado en la imprenta. El coronel y el mariscal de campo del ejército de los 12 monos chalados demostraron su capacidad para llegar al fin del mundo con su dialéctica, no echándose en falta que el objeto de la cita estaba ausente. Pero unas horas antes, en el auditorio, Carlos, como “pajarero planetario” que dice ser y es de facto, expuso Carroñeros por el mundo

En una ocasión, Tom Morello, guitarrista de Rage Against the Machine, contestó a un tema sobre el presidente de Estados Unidos de América del Norte en redes con un explicito “F*CK TRUMP”. Inmediatamente, un fan del presidente de color naranja le contestó: “Ya salió otro músico exitoso que se cree experto en política”. Entonces Morello escribió esta gloriosa contestación: «No es necesario ser un graduado con honores en ciencias políticas de la Universidad de Harvard para reconocer la naturaleza poco ética e inhumana de esta administración, pero bueno, resulta que soy un graduado con honores en ciencias políticas de la Universidad de Harvard, así que puedo confirmarlo”. Pues igual. Realmente sólo se puede presentar una conferencia con el título Carroñeros por el mundo y jactarse de ser un auténtico “pajarero planetario” si a continuación puedes permitirte decir: “he visto todos los buitres del mundo, menos uno que es un split posterior que no lo puedo confirmar” y apoyarse en una colección de fotos tomadas en los siete continentes que incluye aves marinas que en el Antártico ocupan ese nicho y varios mamíferos carroñeros. Por supuesto, abriendo grandes avenidas para que la risa fluyese con comodidad. 

La gente que desplaza Ópticas Roma es siempre experta y dedicada.

Luego, como en los conciertos de míticos rockeros, José David Muñoz, alma mater de La Radio del Somormujo subió al escenario a varios de los participantes para celebrar un coloquio sobre el pajareo, el impacto social, la conservación y el fomento del ecoturismo.

El mencionado podcast realizó su programa en directo desde allí, hubo actividades paralelas, mesas informativas y puestos donde comprar alguna camiseta. Como gran cierre de fiesta, Carlos de Hita expuso Los sonidos del territorio Birdeo. Resulta raro utilizar el verbo “exponer” cuando se trata de una obra sonora, pero las instalaciones que hace este hombre son auténticas piezas de arte. En esta ocasión, se trató de un paseo sonoro por los paisajes que aborda el proyecto Birdeo y que va desde la costa valenciana hasta las dehesas extremeñas, siguiendo el paralelo 40 y pasando por la serranía de Gredos y la comunidad de Madrid.

Pero hay algo más. Decíamos antes que el Festival de los Buitres de Tuéjar no se desarrolla de espaldas a la población. No es algo que suceda en una campa próxima o en unas instalaciones municipales a la salida de la villa. Ocurre dentro del pueblo. Sí, claro, en el auditorio municipal y en el hotel, pero también pasa en los restaurantes, en la ermita, en el precioso parque del nacimiento del río Tuéjar y en la explanada colindante al frontón bajo la refrescante sombra de los árboles. Y pasa, como remate del imbricar a la gente en el evento y dar la espalda a las conocidas carpas, que la organización propone la presentación de un libro después de cenar y en un bar, concretamente en el Pub Pérez. Juntar una actividad más con la necesidad natural de sociabilizar y relajarse, al tiempo que normalizas la presencia de los elementos más recalcitrantes del pajareo hablando de literatura entre los habituales de la parroquia es sencillamente brillante. A ese saber hacer yo lo llamaría “El toque Beltrán”. 

Carlos Lozano, no nuchas personas pueden decir que han visto todas las especies debuitres.

En definitiva, su experiencia, la voluntad de un pueblo, Tuéjar, y un entorno adecuado, han hecho del Festival de los Buitres una cita ineludible y un plan perfecto para un fin de semana pajarero, ya seas novel, avezado o máster en la afición.  

La reunión de los 70 raros.

El RARO no es una reunión multitudinaria de gente aficionada a lo que sea relacionado con las aves. Por supuesto, no hay canarios enjaulados, ni lechuzas aburridas perchadas en un palo forrado de césped artificial, esperando a que pase el siguiente niño para hacerse un selfie. No es una cita de fotógrafos de fauna en la que se hable de megapíxeles y encuadres, pero hay fotografías e incluso premios al respecto. Allí el objetivo está lejos de girar en torno a viajes impresionantes, aunque los asistentes reaccionan como un resorte y se desplazan entre 20 y 200 kilómetros sin pensárselo dos veces, tras recibir una llamada. Ni mucho menos se promocionan viajes de 15 días para ver ejemplares multicolores en la cordillera andina. Tampoco se habla del ave más extraña que viste a 15.000 kilómetros de tu casa, aunque de aves raras se habla mucho.

Se habla tanto de pájaros anómalos que el RARO es precisamente eso: una reunión para celebrar las aves más escandalosamente inconcebibles que han aparecido en Galicia a lo largo del año anterior.

El mosquitero patirgrís (Philloscopus plumbeitarsus) el mega de los megas considerado RARO 2024, localizado por Ana Rivas y Saúl Román.

El RARO viene a ser una fiesta de catorce horas, más el tiempo añadido que el árbitro, Sr. Sed, quiera incorporar al final del encuentro. Es una rave donde se pinchan los éxitos de la temporada de observación de aves en Galicia. Es un desenfreno con plumas para que los más reputados observadores gallegos bailen al son de los pájaros más extraños de la esquina noroccidental de la península.

Con un texto que no sobrepasa las 300 palabras de extensión, ya va quedando claro que, quizá, los raros sean los asistentes.


El hecho de que la reunión se celebre en el Museo de Historia Natural de El Ferrol, sede de la Sociedade Galega de Historia Natural (SGHN), le da una pátina de verdadera seriedad al evento. Y no es para menos. Esta organización privada, fundada en 1973, consiguió, por ejemplo, levantar un museo en un antiguo cuartel en el centro de la ciudad. Los fondos museísticos, provenientes de colecciones cedidas de aquí y de allá, de animales obtenidos tras gestiones para la cesión de los restos varados en el litoral, o apresados y muertos por los hilillos de plastilina (que dijo aquél) y las piezas entregadas por los socios, abarcan desde la prehistoria hasta todas las ramas de la naturaleza contemporánea.


El resultado es un precioso museo que rebosa dedicación y que mantiene un entrañable aroma a salón del S-XIX, con sus viejas maderas con capas gruesas de barniz brillante y retratos de los marinos que forjaron su preciado tesoro surcando los mares, que, muchas décadas más tarde, acabaron cedidos a la Sociedade. En él se muestra un levitante y monstruoso esqueleto completo de rorcual, junto a una macabra colección de los beneficios físicos y económicos que la matanza de ballenas conllevaba, además de los instrumentos necesarios para lograrla; o una colección de pieles de mamíferos carnívoros gallegos frente a los restos museizables de una pitón que vino a morir a un arroyo galego, gracias a la codicia de un amante de las mascotas exóticas.

Los esqueletos y pieles de aves marinas muertas por fenómenos letales como el Prestige, la colección de minerales de un difunto socio o los fondos guardados primorosamente en cajas de zapatos en la planta baja del edificio, que esperan la llegada de esas partidas de dinero público o privado, que cumplan el sueño de poder abrir un nuevo ala, hacen que caminar por este museo sea deambular por un sueño.

El subsuelo de los tesoros y su guardián, Xan Silvar.

Allí, en el salón de actos de esta respetabilísima institución, se reunieron 70 personas, todos destacados pajareros, para celebrar el aquelarre anual de su afición. Una sucesión de intervenciones, que merece párrafo diferenciado, sirvió de cemento cola para unir las votaciones y entrega de premios, que también necesita explicación aparte, para entender la esencia de este fenómeno llamado RARO.

Si el Sil lleva el agua y el Miño la fama, ellos, los galardonados, la gloria. Tres premios sirven de razón y excusa para organizar el sarao desde hace ya 18 años, y con el mejor dato que esta tradición puede dar: había asistentes que apenas habían nacido cuando botaron ese barco de los locos, que es el RARO.

Hevia, RARO de honor 2024.

Como todo allí, absolutamente todo, gira en torno a las aves más inconcebibles que han ido a parar a la terra galega, los premios no podían ser otorgados a algo muy lejano. Por ejemplo, el “¡Vaya foto!” se da, claro, a la mejor fotografía en concurso, pero para poder ser seleccionada, el sujeto tiene que ser un bicho visto allí, solo en un par de ocasiones, como mucho. Una característica esta, la de la anomalía geográfica, que se califica internacionalmente y de manera extraoficial como “mega”. Y esto explica la pasión tan específica de estos pajareros de ojo rápido y conocimiento extenso: ver animales “megarraros”. Todo aquello que lleva el prefijo mega genera pasiones incontrolables. Si algo es “mega-caro”, “mega-bonito”, “mega-excepcional” o “mega-puro” siempre va a haber un grupo de personas “mega-dispuestas” a dejarse los riñones, la cartera o ambas cosas, con tal de poseerlo, contemplarlo, disfrutarlo o chutárselo..

En esta ocasión el ¡Vaya foto! fue a parar a las manos de Pablo Gutiérrez que inmortalizó un siberiano mosquitero de Pallas (Philoscopus proregulus) que previamente había localizado. Se da la casualidad en esta mayoría de edad del certamen, de que el autor de la fotografía premiada fue el autor intelectual del RARO en sus orígenes.

Antes de que este galardón fuese entregado, Carlos Lozano tuvo a bien recordar en la pagoda de la congregación de la Rara Avis que en las salidas camperas hay que estar atento a las sorpresas y tener los ojos bien abiertos, ya que lo excepcional e inolvidable puede llegar en forma de jinete descabalgado. El autor madrileño también brindó a los presentes la posibilidad de recibir un mensaje pajarero exclusivo del famoso e inigualable Toni El Cáspico, que, a través de una videollamada en rigurosísimo directo, trató de desinflar cualquier expectativa de sentido vital a la afición compartida por los allí reunidos.


El escenario cambia por completo. Una especie de dream team pajarero toma asiento y parece que por un momento la seriedad va a imperar. La literatura de naturaleza quiere abrirse un hueco con la presentación de Territorios pajareros. Se trata de un libro editado por BichoMalo Libros y coordinado por Alfonso Rodrigo y Antonio Sandoval. En él se han reunido textos breves de 37 amantes de las aves, relacionados con otros tantos local patch. Junto al editor, Juanjo Ramos, en el escenario estaban Ricardo Hevia y Xabi Varela, como representación de los 37 autores. Solo la involucración de cinco tipos tan destacados ya hace que la lectura del libro sea una necesidad para cualquier observador de aves.

A Antonio Sandoval casi no le dio tiempo de relajarse tras la presentación de su último proyecto editorial. Se apagan las luces, se enciende el proyector y comienza el corto documental Local Patchers 2: Un paseo con Antonio Sandoval por Estaca de Bares. El asunto es que la organización de El RARO había conseguido mantener este evento bajo el título de “Presentación sorpresa” y se apuntó un éxito, a juzgar por la expresión de Toño al levantarse para recibir la ovación cerrada de sus compañeros.

La fotografía del mosquitero de Pallas (Philoscopus proregulus) tomada por Pablo Gutiérrez obtuvo el ¡VAYA FOTO! 2024.

En la nave de los locos hay muchos que merecen ser capitanes. Todos aquellos que han dado el callo sin descanso, los esforzados, los excepcionales, los queridos, los que pasan los años y siguen ahí, todos ellos son los raros gloriosos. Esta hermandad los reconoce y festeja su constancia y fidelidad a la bandada con un premio especial. Con una sorprendente falta de originalidad -probablemente causada por la endogamia de pasar cientos de horas juntos en los cabos o en los frondosos eucaliptales- el galardón se llama ‘Raro de Honor’. Este año fue a parar a Ricardo Hevia, al que reconoceréis en Estaca porque mientras todos buscan a 2 millas, él tiene el telescopio girado a las 2 y con la mirada puesta a 4 o 5 millas.

Armado con el micrófono y una abultada libreta, Pablo Pita tomó por la fuerza el escenario. Lo conquistó: el escenario, el patio de butacas, los pasillos y hasta el aire que respiraban los asistentes. Lo llenó todo durante una hora. La explicación de su teoría The New Approach sobre la dispersión de divagantes y migraciones alternativas es sencillamente perfecta, coherente y tiene toda la pinta de convertirse en una referencia de lectura obligatoria. Aunque para que eso ocurra tiene que pulir algunos detallitos que podrían ser un problema a la hora de publicar un paper debido a que, en opinión de la mayoría de los asistentes, la comunidad científica internacional tendrá algunas objeciones respecto a la vaporización y posterior condensación de cuerpos vivos.

(Nota de la redacción: en El Vuelo del Grajo nos gustaría profundizar en la explicación de la teoría y por ello estamos en conversaciones con Pablo Pita para llevarnos la gloria de su publicación. Dicho esto, no quisiéramos por nada del mundo destripar su lectura, adelantándonos con someros brochazos).

Pablo Pita desafió la cordura con su teoría sobre la aparición de divagantes.

Y finalmente, durante la cena de clausura, se dio a conocer el premio central, el eje sobre el que gira toda esta historia desde hace 18 años. El momento en el que, tras una primera votación de la que salen tres finalistas que son sometidos a una segunda vuelta electoral, se da a conocer cuál fue el ave mas extraña que visitó Galicia en 2024 y la persona que lo avistó. .  

Y el RARO 2024 fue para el mosquitero asiático (Philoscopus plumbeitarsus), primera cita para España, localizado el 16 de noviembre por Ana Rivas y Saúl Román en Vilachá, Xove.

Pero todo el grandísimo trabajo realizado por Antonio Gutiérrez y David Martínez Lago organizadores del evento y acertado animador audiovisual y sorprendente presentador de la jornada respectivamente fue una gran operación de encubrimiento. La visita guiada por Xan Silvar a través del museo, presentaciones teóricas, literarias y cinematográficas, todo, fue una burda cortina de humo para ocultar la verdadera finalidad del evento: comer, beber y otorgar la excusa a todos los asistentes para reunirse y celebrar que son unos maravillosos raros.

De cuando un zarapito fino cabalgó el peixe cavalo.

A principios de abril del año 1999 me encontraba con Juan José Ramos Melo y un par de amigos más (Silvia y Abel), en el interior de una barca de madera. Acababa de amanecer entre la bruma y nuestra embarcación rasgaba las aguas turbias y calmas de la Merja Zerga, la enorme albufera ubicada en la costa atlántica marroquí.

La chalupa era tripulada por un único sujeto de facciones incómodas que, además, para rematar su áspero sex appeal, presentaba un ojo inerte e insondable. Con la capucha picuda de su chilaba cubriendo parcialmente sus encantos, el timonel nos aproximaba a las islas de arena aún emergidas, en una marea baja ya creciente, todo lo que el calado permitía. Cuando conseguía estabilizar la nave, yo disponía mi telescopio en un precario equilibrio y barría las manchas de limícolas con la esperanza de encontrar algún tesoro en plumaje de transición. 

Zarapito fino (Numenius tenuirostris), obra de Nacho Sevilla.

Solo en ocasiones muy puntuales, Caronte nos solicitó echar un vistazo por el telescopio —él estaba empecinado en aproximarnos a la mancha rosa de flamencos— y, para mi incomprensión, siempre lo hizo aplicando la cuenca ocular vacía, hábito que confirmó la enorme valía ornitológica del guía que habíamos contratado.

Regresamos a tierra firme, pagamos lo acordado a Willy “el tuerto”, y, aunque teníamos un muy escaso margen temporal, estuvimos los cuatro de acuerdo en tomar un té en alguno de los tugurios que había dispersos en el tan azulado como destartalado paseo portuario. Nos sentamos en la terraza de uno que tenía por nombre “Milano”, pues, por razones obvias, nos pareció que era el que mejor encajaba con nuestro carácter.

Andaba distraído observando a los ácaros trepar por la hierbabuena, en su desesperado intento de esquivar una dolorosa muerte por ebullición, cuando reparé que en una mesa contigua había un gato doméstico durmiendo sobre lo que parecía un libro de visitas. Me llamó mucho la atención que un negocio hostelero tan poco glamuroso invitara a que los clientes redactaran una valoración perdurable. Espanté al felino y abrí aquel cuaderno de hojas húmedas carcomidas por el salitre. Comprobé sorprendido que en las reseñas, firmadas sin excepción por turistas extranjeros, nadie hacía referencia al excesivo punto de la fritura de la morralla que servía el local, ni tampoco a la limpieza superficial de los vasos en los que no era descartable que hubiera trazas biológicas de las mucosas de Abderramán III. La realidad era que todos los comentarios estaban asociados a las aves del entorno y en ellos no se perdía ni una línea en aludir a la belleza de los dichosos flamencos o a la plasticidad de los bandos de gaviotas contra el sol del atardecer. En definitiva, el cuaderno era una suerte de bitácora en la que se enumeraban los avistamientos ornitológicos más interesantes que se habían realizado a lo largo de casi un decenio. 

Como era predecible, dos singulares especies acaparaban el protagonismo del local patch alauita: la lechuza mora (ahora conocido como búho moro) y el zarapito fino. La primera estaba puntualmente presente en los listados desde los albores de los registros hasta la última entrada. Sin embargo, el zarapito fino sufría un hachazo en 1995: justo el año en el que se produjo la postrera observación confirmada de la especie en el entorno.

Algunos pulgones sobrevivieron, el té se enfrió, y yo devoré los datos de los lustros previos al desvanecimiento del santo grial de los limícolas en el paleártico. Como no podía ser de otra manera, envidié insanamente a aquellos pajareros que llegaron a tiempo de disfrutar orgánicamente de la leyenda.

Pagamos la cuenta y, al poco de abandonar el restaurante, un tipo local, al reparar en nuestros prismáticos y en el telescopio que yo llevaba apoyado en mi hombro, nos detuvo presentándose como Hassan. Inmediatamente reparé en que en el libro de visitas del Milano aparecía con mucha frecuencia ese mismo nombre propio, trufado entre las frases de agradecimiento con las que los birders reconocían el rendimiento de su guía al haberles encontrado los targets más esquivos. En dichas reseñas, el paisano que ahora teníamos frente a nosotros aparecía íntimamente entretejido a la suerte del zarapito fino.

El tal Hassan nos preguntó si estábamos interesados en contratarle para ver la lechuza mora. Le contestamos que nos habría gustado hacer un intento dirigido, pero, además de que nuestro presupuesto nos había alcanzado para pagar por un solo ojo, cuatro vasos largos de té, y un saco de zanahorias como todo sustento alimenticio, debíamos seguir camino hacia el sur al disponer de una ventana muy exigua de cara a cumplir nuestro definitivo objetivo del viaje. La realidad es que nosotros habíamos venido a Marruecos para ver un ibis eremita y debíamos llegar hasta el estuario asociado a Tamri, ubicado a más de 700 kilómetros de Moulay Bousselham (el pueblo donde ahora estábamos) y a muchas horas de luces antiniebla y adelantamientos de pilotos kamikazes, en una carretera infame.

Hassan se encogió de hombros y convino que sería entonces en otra ocasión: “¡inshallah!”

Cuando estaba a punto de darnos la espalda, emití una pregunta que ni siquiera había pensado formular.

—¿Y qué pasa con el zarapito fino?

El guía marroquí dibujó entonces una sonrisa melancólica.

—A ese lo verás en la otra vida.

En el año 1994 —un año antes de la última cita en la Merja Zerga— Birdlife International estimaba una horquilla poblacional de entre 50 y 270 zarapitos finos (Numenius tenuirostris) a escala global. El 3 de mayo de 1999, menos de un mes después de mi paso fugaz por el famoso humedal marroquí, hubo una observación no confirmada de un individuo en Grecia; ese mismo año se vieron aves (avistamientos, de nuevo, sin homologar) en febrero y en agosto en Omán. Desgraciadamente y desde entonces, no ha vuelto a remitirse una cita fiable.

La falta de información sobre la ecología del ave en cuestión se resume perfectamente con el dato de que solo haya referencias fidedignas de un único nido localizado en Omsk (Siberia Occidental). Sobra decir que nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que ha provocado su dramático descenso poblacional. Las nebulosas causas de su desaparición pasan con toda seguridad por dos de los sospechosos habituales: la pérdida de hábitat y la caza indiscriminada.

Los últimos bandos de una especie que antaño se consideró común, se encontraron también en Marruecos. Una mareante cifra de entre 500 y 800 ejemplares fueron vistos en la laguna de Khenifiss durante el mes de abril de 1964. Asimismo, hasta 123 individuos se contaron en un bando cerca de Chebika en diciembre de 1974 (el año en que yo nací). Lejos de esos guarismos y en territorio europeo, hay un sorprendente registro de 20 ejemplares en Italia, dentro del golfo de Manfredonia (una zona habitual de paso migratorio de tenuirostris), en las marismas asociadas al Lago Salso durante el invierno de 1994.

Desde entonces, los observadores de aves sufrimos tres decenios de sequía hasta que el reciente 17 de noviembre de 2024 quedó confirmada la temida pero esperada extinción del zarapito fino, certificándose la primera desaparición de un ave continental europea en tiempos modernos.

Veinticuatro horas después del anuncio oficial, a primera hora de la mañana del día 18, recibí la noticia con esa frialdad que es inherente a la lectura de un whatsapp. Antonio Sandoval, antes de salir hacia el cabo de Estaca de Bares para censar aves marinas, se había cruzado con el artículo (firmado por Buchanan, Chapple, Berryman, Crockford, Jansen y Bond) que acreditaba la peor de las conclusiones y daba paso a las primeras notas fúnebres de un réquiem por una muerte anunciada. Antes de que su cobertura electromagnética fuera engullida por el Cantábrico y los toxos, Sandoval decidió enviarme el link del paper. Antonio, después del mazazo, concluyó su responso con un aséptico abrazo virtual.

A lo largo de mi jornada laboral, fui recibiendo avisos de amigos que, con toda su buena intención, pensaron en mí al ser conscientes de que acabábamos de pasar al otro lado del espejo. Los mensajes se iban acumulando en la nube mientras yo impartía Matemáticas y Biología a grupos de alumnos adolescentes que eran totalmente ajenos a la devastación que asolaba al mundo ornitológico.br>

Una noche primaveral de confinamiento soñé con un zarapito fino en migración activa. Al despertar sabía que iba a escribir un relato de ese viaje. Hablé con María Álvarez —actualmente, mi cuñada— y le propuse ilustrar el recorrido; ella primero confirmó su participación y luego preguntó: “zarapito… ¿qué?”; con esas buenas sensaciones, el siguiente paso era contactar con Juan José Ramos Melo, mi compañero de barca en la Merja Zerga y esa persona que vive en una tierra de nadie social a la que debes recurrir cuando se te ocurre una idea —o directamente una chorrada— que sabes positivamente que nadie más va a entender. Juanjo, para sorpresa de propios y extraños, acababa de abrir por aquel entonces una línea editorial en su empresa Birding Canarias. Establecí la llamada y le conté que iba a embarcarme en la epopeya literaria de un limícola que quizá ya ni siquiera existiese. Tras un silencio en la línea, Juanjo me contestó: ”A BichoMalo Libros le interesa ese proyecto”.

«Es este el relato de un viaje, pero no uno de placer. Esta es la crónica de un recorrido iniciático e inevitable»: así comienza la sinopsis del resultado en la contraportada del libro.

En el mar de frases que componen las 237 páginas necesarias para contar la aventura, hay dos palabras que no solo se repiten constantemente sino que además están implícitas en cada situación descrita; una de ellas es “extinción” y la otra es “esperanza”. Además de permitirme la licencia narrativa de dramatizar las emociones que me gustaría creer que vive un migrante de largo recorrido, mi voluntad siempre fue la de transmitir la sensación de desolación que un pájaro debe percibir cuando al alcanzar los lugares en los que se supone debe encontrarse con sus semejantes, no sea capaz de localizar a ninguno de ellos.

He llegado a entender que los desplazamientos espaciotemporales, tanto en aves como de peces, mariposas o mamíferos, tienen un potente componente innato y, lógicamente, están muy lejos de representar para los viajeros una decisión consciente; por ello, me interesaba mucho jugar con los devaneos mentales de un ejemplar que se sabía perteneciente a una especie prácticamente condenada a la desaparición y que, una vez interiorizado que su única oportunidad de salvación pasaba por continuar moviéndose, no tuviera ya ánimo ni siquiera de cumplir las obligaciones genéticas comprometidas muchos millones de años atrás.

Fino, que así se llama el protagonista, se plantea en la obra con mucha frecuencia el motivo por el cual debe seguir peleando en pos de lo que él empieza a entender como una utopía; es en este contexto de incertidumbre existencial en el que aparece la otra palabra clave del texto. La respuesta que los otros miembros de la clase aves que se va encontrando en su camino le ofrecen como solución a su declive anímico, es que nunca, bajo ninguna circunstancia, debe perder la esperanza (“¿Cuál es la otra opción?”, le plantean como estéril disyuntiva).

Como entiendo que le ha pasado a todos los que hemos seguido la evolución de los acontecimientos respecto a la marcha definitiva de los Numenius tenuirostris, a mí me ha costado mucho —y ahora, después de la puntilla del 17-N, todavía más me cuesta— encontrar motivos para la esperanza. Aparte de por Marruecos, pasé en mis viajes por lugares donde los zarapitos finos dejaron recuerdos y huellas en los limos o en las praderas húmedas; visité Omsk en Rusia, Túnez, Grecia, Omán, Hungría, Rumanía, Italia y Turquía, y siempre me planteé infantilmente la frivolidad de detectar un ejemplar en alguno de esos hotspots en los que el mito había recalado en un pasado borroso; precisamente aquí va implícito otro de los temas tratado en mi texto, que también ha sido valorado seriamente por los especialistas: la posibilidad de que existan casos de pajareros que hayan visto un zarapito fino y, o bien por soberbia, o bien por mediocridad, lo identificaran como alguna de las otras especies todavía comunes de Numenius.

Estos últimos años he hecho todo lo posible por ser fiel al ideario de mi propio libro y así darme una oportunidad para creer en lo muy improbable. A menudo, buscando algo a lo que agarrarme, ya fuera una serendipia o, directamente un “cisne negro” estadístico, regresé con cierta frecuencia a la fotografía de un ejemplar en Yemen en 1984; “¿quién coño ha mirado pájaros en Yemen desde entonces?”, siempre me he dicho para insuflarme ánimos. También me resultó moderadamente esperanzador el análisis radioisotópico realizado en tiempos recientes sobre ejemplares naturalizados que indicaba que la zona de reproducción no estaba tan asociada a la taiga —como siempre se había pensado a partir del nido en Omsk— sino mucho más a la estepa asiática. Desde que leí esa posibilidad, he entrado no pocas veces en Google Maps para viajar virtualmente por las llanuras al norte de Kazajistán y convencerme de las enormes extensiones que quedan todavía allí por peinar, muy a pesar del terrorífico avance de la agricultura intensiva en un país que aspira a ser productivamente competitivo.

Y cuando había recuperado la esperanza, cometí el error de ponerme filosófico, analizando neuróticamente el significado más íntimo del concepto “extinción” y, en consecuencia, disolviendo las certezas alcanzadas.

Incluso en un contexto ecológico, pensamos en las acciones humanas como algo artificial. Sin embargo, si una civilización extraterrestre con un nivel de inteligencia superior al nuestro auditara este planeta, no estoy muy seguro de que diferenciase con claridad las ciudades humanas de un complejo hormiguero o de un sofisticado panal de abejas.

No pretendo decir con esto que justifique la eliminación de especie alguna como una consecuencia natural a nuestro relativo éxito, pero sí creo que la obsesión antropocéntrica llega incluso a afectar al juicio social respecto de las causas y las consecuencias de nuestros propios actos. Es plausible que el problema real, desde una aproximación desapasionada y pragmática, es que la incomprensión de la importancia crucial del mantenimiento de la biodiversidad necesaria para el correcto funcionamiento ecosistémico, nos vaya a conducir a nuestra propia desaparición. Es decir, los sentimientos asociados a la belleza o la tristeza estética debieran quedar relegados muy por detrás de la asunción de los daños colaterales provocados por la función perdida en la biocenosis y el desgarro informativo generado en la red trófica.

La civilización extraterrestre que, según los expertos del programa Horizonte, actualmente analiza nuestros devaneos sociopolíticos, además de sentirse abochornadísima al observarnos, estará ahora pensando que el proceso de extinción en el que estamos trabajando —hombro con hombro, todos a una a una escala global, y no sin cierto orgullo— es ridículo e insignificante frente al que provocó la aparición del oxígeno, producido en masa por unas desalmadas pero muy exitosas —como lo somos actualmente los sapiens— bacterias fotosintéticas hace 2400 millones de años. Esos insensibles procariotas no solo liberaron un gas letal causando la muerte de todo aquel que no estuviera capacitado para gestionar los efectos oxidativos de una molécula tan aparentemente insignificante, sino que debido a la desaparición del efecto invernadero que ejercía el dióxido de carbono, al ser este fijado a mansalva en el amanecer metabólico del ciclo de Calvin, fue conjurado uno de los cataclismos en forma de cambio climático (glaciación Huroniana) más salvajes que la vieja Tierra recuerda. Tanto fue así que las cianobacterias consiguieron que el planeta, en su loco anhelo de terraformación, se convirtiera en una esfera —o en un pastilla, que dirían los terraplanistas— de hielo flotando en el Sistema Solar. Lo cierto es que no es descabellado creer que, de no haberla liado tan parda esas bacterias tan verdes, no habría ahora humanos con prismáticos colgados rasgándose las vestiduras de sus propias fechorías. Incluso podríamos llegar a pensar —seguro que esos alienígenas, que abducen cada cierto tiempo a votantes de Trump en el sur profundo de EEUU, también lo dan por hecho— que estamos siendo demasiado duros con nosotros mismos simplemente por creernos mucho más listos, más libres y más éticos de lo que realmente somos capaces de ser por imperativo genético.

Aun con todos estos paños calientes que nos permitirían quitarle hierro a la devastación sistemática del planeta —total, no tenemos un control real sobre nuestros instintos y ya se había hecho antes por seres mucho más simples y de una forma notablemente más efectiva—, el desperdicio evolutivo y la obsceno eliminación de variabilidad nucleotídica asociado a la exterminación definitiva de una especie que fue cincelada durante océanos de tiempo, es inasumible salvo que tengas kombucha en las venas o una freidora de aire por cerebro.

No obstante, y esto es lo peor en mi opinión, en el fuero interno de una pajarera o un pajarero —por mucho que nos cueste reconocerlo—, el dolor fundamental, el más rabioso e intrínsecamente humano, cuenta con un componente tan egoísta como infantil. Tenga la culpa quien la tenga, a los observadores de aves nos han hurtado la oportunidad de ver enmarcado en las tinieblas del telescopio un zarapito fino. Ya no podremos tacharlo: nos ha sido vetada la opción de subir a eBird el “pepinazo mayúsculo” para así fardar con los colegas en el RARO.

El 17 de enero de 2023, gracias a la inestimable y generosa mediación de Javier Gómez Aoiz —el Alfred Russell Wallace de nuestro tiempo y el definitivo maestro del uso del plural mayestático— María, Juanjo y yo presentamos “¡Por todos los escribanos hortelanos!” en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Rozando el lleno en la sala, conseguimos generar un muy buen ambiente (la presentación está grabada y es todavía posible visualizarla en youtube). Tras firmar unos pocos ejemplares de uno de los libros más infravalorados en lo que llevamos de siglo, fuimos a tomar unas cervezas con algunos de los asistentes. Ya era tarde cuando despachamos a los más crápulas y, como teníamos un ingrato tránsito de transporte público desde Nuevos Ministerios hasta Fuenlabrada, Juanjo una vez más se erigió como un héroe trágico y se sacrificó por los inocentes pagando un Uber de su bolsillo.

A los pocos minutos nos recogió un coche negro conducido por un tipo más negro todavía. Avanzando por el Paseo de la Castellana, Juanjo, que como siempre ocupaba el asiento del copiloto para así dormirse en un santiamén, cuestionó —en plan Cocodrilo Dundee— al chófer respecto de su procedencia, confirmándole este que era originario de Cabo Verde. Juanjo, que ha visitado en varias ocasiones esos yermos macaronésicos (ha participado allí en un proyecto audiovisual), entabló una surrealista conversación con el conductor —que a duras penas hablaba español—, en la que departieron sobre temas tan dispersos como la belleza de las mujeres caboverdianas, las arribadas de tortugas verdes y, sobre todo, divagaron sobre una especie de pez pelágico con cierto valor económico. Juanjo nos explicó a todos que “peixe cavalo” era además la manera con la que se conoce al hipopótamo en los países africanos con influencia portuguesa. Los dos isleños, que habían conectado entiendo que por compartir ancestros aborígenes, se estaban carcajeando con el enésimo conflicto semántico, cuando el cúbico tinerfeño recibió un aviso desde su móvil. Sacó su teléfono del bolsillo del forro polar y un fulgor azulado iluminó la oscuridad del vehículo. Nos informó de que era un mensaje de voz de Tomás Velasco, un pajarero mítico (presente esa misma tarde en el Museo en un discreto quinto plano, sentado junto a Jorge Fernández Layna) que lleva censando aves en La Mancha desde antes de que muriera Rocinante. Aun con lo poco resolutivos que son sus deditos, Juanjo acertó a activar la reproducción del audio para que los presentes, incluido su nuevo amigo tropical, lo escuchásemos.

“Juanjo, que no me he podido despedir, me ha encantado la charla. Comentarte que yo vi dos zarapitos finos a principios de los noventa en la Merja Zerga. No sé si le interesará a Carlos, coméntaselo como curiosidad. Un abrazo”, pronunció Velasco.

Entonces se cuajó en el coche un silencio espeso y a mí se me tragó la oscuridad.

“No sé si le interesará a Carlos” —repetí mentalmente mientras descendía hacia el abismo—; «¡no sé si le interesará a Carlos!”», grité desesperado desde el asiento trasero.

“Malditos sean Juanjo, Tomás Velasco, el peixe cavalo y todos los escribanos hortelanos”, mascullé, reconociendo, por otra parte, lo bien que funcionaban las dos palabras de “pez caballo” para describir a un hipopótamo.

El fatídico 18 de noviembre —fecha en que me informó Sandoval—, al llegar a mi casa, desde la carpeta del ordenador en la que recopilé información durante la escritura del libro, extraje la foto del zarapito fino obtenida en Yemen en el 84; luego, en una ventana contigua, abrí la captura del ave adulta filmada en Marruecos a principios de los 90. En esa escalofriante toma, el fantasma caminaba por una pradera salpicada de ranúnculos por la orilla oriental de la Merja Zerga. Compulsivamente, amplié ambas imágenes hasta tal punto que las transformé en un cúmulo amorfo de píxeles. Apagué el monitor en un arrebato y me fui a la cama frustrado y cabreado, convencido de que los zarapitos finos nunca habían existido.

Esa noche soñé que un Numenius tenuirostris llegaba exhausto a una charca tropical en una densa negrura africana. En lugar de posarse en las aguas someras, el zarapito lo hizo sobre el lomo de un hipopótamo. Tras atusarse las primarias se giró hacia las estrellas como si tratara de decidir algo importante a partir de su configuración. Pareciendo haber encontrado lo que buscaba, emitió su burbujeante reclamo y voló utilizando como referencia una constelación particular.

(Llegados a este punto, es necesario recordar que, para las aves migratorias, Géminis representa a dos chorlitejos patinegros idénticos que se consuelan recíprocamente en la tétrica espera de que les llegue su turno).

A la mañana siguiente, al despertar, tuve la sensación de que Fino y yo habíamos coincidido por última vez: yo en mi vida y él en su muerte.

Escribiendo las últimas líneas de este bonus track de “¡Por todos los escribanos hortelanos!”, he rememorado ese momento del texto en el que Fino mira su gemelo especular —su personal “géminis”— en una lámina estática de agua; en la imagen que recibe de vuelta, le acompañan sus desaparecidos progenitores. Me ha emocionado mucho pensar que algún día también yo, estudiando mi reflejo en una pátina líquida, pueda descubrir allí a mi padre acompañándome.

Leí hace poco que en la piedra de la lápida de John Keats, el exquisito poeta romántico inglés que murió a los 25 años de tuberculosis, hay inscrito el siguiente epitafio: “Aquí yace alguien cuyo nombre estaba escrito en el agua”.

Si los individuos más sensibles de la civilización extraterrestre que nos juzga han leído esta brutal frase de Keats, sospecho que habrán convenido que no somos tan idiotas. A este respecto, y a pesar de que nuestra inteligencia permite exquisitas anomalías etológicas, tengo serias dudas de que la Ciencia por sí misma, sin el apoyo de la emoción y de la poesía, vaya a ser capaz de salvarnos del destino que llevamos codificado en nuestro ADN de superdepredador.

Lo que sí sé es que Fino habría elegido las palabras de Keats para decorar su tumba cubierta de níveos ranúnculos en los suburbios de la Merja Zerga.

De hecho, yo le escuché pronunciar —a su manera— esa misma frase.

Bajo la noche iluminada, a lomos de un peixe cavalo, Fino declamó ese verso para certificar su desaparición definitiva de mis sueños.

Tuéjar, una pequeña gran reunión.

Grandes ferias, pequeñas ferias, festivales, fiestas, para profesionales, veteranas, nacientes, internacionales, municipales, genéricas, específicas, alegóricas, de grullas, de vencejos, de buitres, de migrantes… hay reuniones para todos los gustos y colores. Hay citas pensadas para rozar la decena de miles de asistentes, las hay de carácter más íntimo e incluso alguna de eminente sentido festivo-nocturno. Para celebrar la llegada estacional o la marcha primaveral. Con intención didáctica, comercial o divulgadora. Las hay por toda la geografía y en (casi) cualquier mes del año.

Como actividad opcional, promocionando la industria local y como reconstituyente espiritual perfecto, tras un paseo pasado por agua, la organización del festival contó con Cervezas Galana para hacer una cata de sus productos artesanales. Maravilla de la cual El Vuelo del Grajo logró adquirir cierta cantidad para poder analizar con detenimiento en la redacción.

Un aficionado podría ir saltando de feria en festival por toda la geografía estatal y hacerse un gran año “socio-pajarero”, de lo más entretenido. Aunque quizá para que esto fuera cierto del todo, alguien tendría que montar algo en Baleares y las ciudades autónomas.

El Vuelo del Grajo, por ejemplo, ha asistido este año, de una u otra forma, a la Feria Internacional de Ornitología (F.I.O.) y al Festival del Vencejo en Alange (Extremadura), a la Feria de Ornitología de Castilla y León (OrnitoCyL) y al Festival de los Buitres de Tuéjar, en la Comunidad Valenciana. Tuvimos que cancelar nuestra visita a la Fiesta del Buitre en Castilla y León y al Delta Birding Festival por diversas razones. Terminaremos el periplo anual en el entrañable Letras Verdes de Canarias. Y empezaremos el 25, si no hay imprevistos, en el más radical de todos los encuentros: ‘El Raro’, de Galicia. Es tan así, que ni siquiera sé si se puede hablar de él en un medio de comunicación.

Sí, somos muy festivaleros. ¿Cómo no serlo si es una mezcla perfecta y equilibrada entre ciencia, conservación, diversión, amigos y panceta?

Tras la inauguración oficial del II Festival del Buitre de Tuéjar, Carlos de Hita introdujo a los asistentes en medio de una carroñada para aprender los roles de los buitres en una situación de competencia, según los sonidos que emiten. Mostró las voces de las diferentes especies de buitres ibéricos y como extra-ball puso la grabación que hizo recientemente, al encontrarse rodeado y en proximidad de una manada de lobos.

Receta sencilla para un buen festival.

El Festival de los Buitres de Tuéjar es una iniciativa que parte de un ayuntamiento con sensibilidad hacia los temas naturales y la conservación, y que se materializa con la participación de Numenius, con Virgilio Beltrán al frente y con la inestimable colaboración de Yanina Maggiotto.

La cita no estaba planteada como las del tipo “prepárate una agenda para poder encajar todas las actividades a las que quieras asistir”. No necesitas llevar un carné de baile para organizar lo que vas a hacer. Más bien se trató de un plan de fin de semana bien pensado. Fue una apuesta a un programa único. Del modelo: “empiezas por un lado, una cosa lleva a la otra, y, para cuando te das cuenta, has pasado dos días fantásticos”.

Pero si todo lo que se le ofrece al público es una combinación de actividades y conferencias, sin alternativas, sin una avenida llena de puestos comerciales o promocionales, ni una carpa con otras actividades, entonces los organizadores tienen que afinar bien. Si no dan con la combinación correcta y con los ponentes adecuados, el asunto se puede convertir en catastrófico.

Hay que tener algo especial para que si en una salida para la observación de fauna el cielo se abre y cae lo que no está escrito, el plan no se interrumpa y el resultado sea igual de interesante. Yanina Maggiotto lo tiene, vimos los buitres y disfrutamos de su buen humor y de una naturaleza impactante.

¿Y si además quieres que los habitantes del pueblo (invadidos por la manada de pajareros conservacionistas) se vinculen a los actos? No es fácil. Nada fácil.

Se trató de un plan de fin de semana bien pensado. Fue una apuesta a un programa único. Del modelo: “empiezas por un lado, una cosa lleva a la otra, y, para cuando te das cuenta, has pasado dos días fantásticos”.

Con esa trama, Virgilio se empeñó en tejer una buena manta que abrigase las expectativas de los asistentes. Los hilos a emplear –ahí está el secreto- tenían que tener buena calidad y una combinación de colores atractiva y armoniosa, pero con contrastes que le diesen chispa al asunto.

Como él mismo dijo, quizá se trate de un nuevo libro, pero por el momento Antonio Sandoval hizo recapacitar a todos los asistentes sobre las diferentes -y a menudo sorprendentes- razones para pajarear.

Si en el programa lees que todo empieza con un taller de ilustración impartido por Nacho Sevilla, ya sabes que la fiesta es de las buenas. El mismo Virgilio dirigió una de las salidas al campo que se organizaron durante la celebración del festival. Hubo anillamiento científico y hasta un concierto de jazz en un programa de actividades que, sin abrumar, resultó sencillamente perfecto.

*La descripción del resto del programa lo puedes encontrar en los pies de foto que ilustran este artículo.

La quinta especie. Javier Elorriaga, desde su experiencia como observador conservacionista, introdujo a los asistentes en el mundo del moteado, que es ya el quinto tipo de buitre presente en la península.

Bienvenidos a Tuéjar.

Si hay algo que sorprendió a todos los que acudían por primera vez a este festival fue el lugar de la cita y su entorno.

Llegar a Tuéjar desde cualquier punto de la geografía que implique no pasar por Valencia, te expondrá a utilizar una carretera de esas que hacen que se te caiga la mandíbula: la CV390. Hay que tomarse su tiempo para recorrerla. Es estrecha, revirada y con ascensos a varios puertos de montaña. Poco reformada -aún hay tramos con quitamiedos de pilones de hormigón con tela de valla rojiblanca entre ellos- de esta carretera podríamos decir que tiene “aires vintage”. Perfecta.

Esta ruta te llevará por el valle del Turia, cruzándolo por la presa del pantano de Benagéber, las estribaciones de la Sierra de Javalambre (cubiertas de pino carrasco principalmente) y atravesando la comarca de Los Serranos, topónimo que da una idea clara de por dónde nos movemos.

El lado más duro de la conservación lo mostró Itziar Almarcegui que habló de los trabajos para la recuperación del águila de Bonelli.

El pueblo de Tuéjar, además de bello, es agradable de visitar. Con 1.200 habitantes y mucho movimiento de fin de semana, tiene todo lo que hay que tener para que el ecoturista pueda disfrutar de unos buenos días. Camping, hoteles, restaurantes y, lo que es más importante, una red de pistas y caminos por los que acceder a paisajes realmente preciosos.

El festival, pueblo y comarca son cita y destinos muy recomendables.

Acabemos con los ahogamientos en las balsas de riego.

URGENTE. El borrador del Real decreto de seguridad de balsas de riego será aprobado próximamente. Necesitamos, los amantes de la fauna silvestre, una colaboración masiva para remitir alegaciones que impidan perpetuar las trampas mortales.

Los Grajos hemos venido a Ornitocyl, la Feria de Ornitología de Castilla y León, y nos hemos encontrado como siempre con asuntos interesantes y urgentes. Queremos compartir nuestra preocupación y a la vez la posibilidad de solucionarla o al menos intentarlo.

Ha salido a información pública el borrador del Real Decreto que regula la Norma Técnica de Seguridad de las más de 70.000 balsas de almacenamiento de agua en España. Desde GREFA (Grupo de Rehabilitación de la Fauna Autóctona y su Hábitat) dedicado al estudio y conservación de la Naturaleza, han elaborado un documento con alegaciones al mencionado borrador debido a que existe una gran preocupación ya que las medidas planteadas para la prevención de mortalidad de fauna son mínimas y muy superficiales.

Si os interesa y tenéis ganas de colaborar en la mejora del Decreto os planteamos dos maneras de hacerlo:

En este enlace del MITECO está toda la información y hasta el 30 de septiembre podéis remitir alegaciones a través del buzon-itdga@miteco.es indicando en el asunto: “Observaciones Normas Técnicas Seguridad Balsas”.

En GREFA ya han elaborado un dossier de propuestas que podéis apoyar siempre a través de entidades o personalidades relacionadas con la Conservación y el Medio Ambiente. Para conocer y apoyar dicho documento podéis dirigiros a carlos@grefa.org antes del martes 17 de septiembre.

Almeida y la garduña.

El consistorio madrileño parece empeñado en minimizar el efecto beneficioso para la biodiversidad que supone la renaturalización del Manzanares a su paso por la capital y ,aparentemente, apuesta por convertirlo en un nuevo lugar para eventos iluminando su cauce.


Recreación del resultado final.

Recientemente, el Ayuntamiento de Madrid ha anunciado su plan para iluminar cerca de un kilómetro del tramo urbano del Manzanares. Para ello, se emplearán 61 proyectores lumínicos -ampliables si así se requiriese- y 950.000€ de las arcas públicas. El objetivo es “impulsar el atractivo del ámbito, poniendo en valor su arquitectura, su patrimonio verde y ofreciendo una experiencia nocturna amable y más segura a vecinos y visitantes”. El proyecto recalca su supuesto carácter sostenible ya que “se realizará de manera compatible con los criterios de naturalización del tramo urbano del Manzanares, sin reducir las zonas con especies vegetales consolidadas ni aquellas en las que existe un desarrollo incipiente de especies que, en los próximos años, se afianzarán”. Especies vegetales, que aquí la fauna silvestre no cuenta.

Curiosamente, la propuesta destaca que se evitará la contaminación lumínica, ya que “los focos se sitúan en un cajetero del río, limitando las emisiones luminosas hacia el cielo”.

El proyecto termina con una amenaza: “El conjunto lumínico permitirá crear y activar espectáculos de luces desde cualquier lugar, con muchas posibilidades”.

Las obras comenzarán a finales de junio.

Sobra decir que la posibilidad de que la fauna, en especial las aves, elija Madrid Río como lugar de invernada o reproducción desaparece ante la idea de mantener el Manzanares iluminado.

En la carrera por recuperar las viejas políticas medioambientales.

Una lectura de los frecuentísimos programas electorales de anteriores elecciones despeja las dudas sobre las ideas regresionistas en el campo medioambiental que propugnan las derechas. La radicalización de ambas formaciones y su tendencia al mimetismo para pescar votos en los mismos caladeros, hacen que sea difícil saber de qué partido es cada promesa electoral. Así, por ejemplo, VOX proponía que para acabar con los problemas de contaminación del Mar Menor de Murcia sencillamente se quitasen a las lagunas todas las protecciones medioambientales. Mientras que el PP en su programa electoral hacía referencia al “medio natural” siempre como parte del “medio rural” y todas sus propuestas acababan por hacer referencia a la explotación agrícola, ganadera, cinegética o forestal.

Al contar este tipo de propuestas con lo que podríamos catalogar como “tradiciones arraigadas”, el paso entre teoría y práctica, que a priori podría parecer difícil de tomar, sorteando una multitud de barreras legales, a los lideres conservadores les basta un “sujétame el cubata, que voy” para aplicarlas.  Por desgracia, sobran los ejemplos. Recordemos, como muestra, que en Extremadura se puede cazar el meloncillo, que ha pasado a ser un temible depredador de ganado -con sus formidables 2 kilos- sin que, aparentemente, nadie en sus cabales haya revisado dicha norma.

Si la derecha propone que los espacios naturales estén fundamentados en un uso, disfrute y regocijo -tanto de ocio como económico- de los seres humanos, Almeida lo lleva a la práctica. Y su objetivo es reivindicar el curso renaturalizado del Manzanares y sus márgenes, como espacio de ocio y para la celebración de eventos.

Debimos todos darnos cuenta de ello cuando Almeida importó de Valencia la mascletá. El espectáculo pirotécnico, pagado a cinco veces su precio y que no cuenta con ningún tipo de arraigo o tradición en Madrid, fue programado en Madrid Río. De nada sirvieron los avisos sobre la presencia de fauna sensible en el rio y el próximo comienzo de la actividad reproductora.

El evento se realizó. Isabel Díaz Ayuso se permitió, incluso, hacer bromas sobre ello y la aparición de animales muertos relacionados con los petarditos.

Pero lo más sintomático era el uso de ese tono chulesco y despectivo con el que ambos políticos se referían tanto a las advertencias como a los que emitían los avisos. En cada una de sus declaraciones se transmitían, de manera más o menos velada, varios sencillos mensajes: “esto es un espacio humano, no animal”, “ya hay muchas palomas, me importan un bledo tus agachadizas chicas” y “¿qué más da ese valor medioambiental, si solo disfrutáis de él cuatro frikis?”.  Porque es así: tanto vales tanto importas. Y aquí el valor se mide en votos.

Las tres palabras al final del proyecto –“espectáculos de luz”- en realidad parecen significar mascletás, castillos de fuegos, conciertos, programación regular de eventos culturales o un nuevo lugar para Veranos de la Villa.

Almeida, la garduña.

Este dislate medioambiental podría estar inspirado en la técnica de marcaje territorial de las garduñas. Muy celosas de su territorio -como los zorros- las garduñas defecan con intenciones fronterizas. Y si encuentran en sus dominios la hez de otro carnívoro no dudarán en plantar encima su monolito oloroso.

Pues bien, el equipo municipal de Almeida, lo que está haciendo con esta cagada medioambiental es plantar un hito territorial.

Hay que remontarse unos años. En el primer mandato consistorial de Alberto Ruiz Gallardón se ordenó el soterramiento de la M-30. En mayo de 2007, sobrecostes faraónicos de por medio, la obra estaba terminada. Mientras los madrileños valorábamos positivamente el resultado y la balanza del “si nos lo podíamos permitir” parecía decantarse afirmativamente, los buitres especuladores afilaban sus uñas. La hecatombe de la zona se evitó gracias a la crisis de 2008. Pero Gallardón se iba, habiendo dejado para la posteridad el soterramiento de la M-30.

Luego llegó Carmena y optó por naturalizar el canal que era el Manzanares. Las impolutas y muertas aguas estancadas que adornaban dieciochescamente el rio capitalino empezaron a correr libres. Mucho más pronto de lo esperado, llegó una vegetación exuberante, autóctona y natural y, también de manera inmediata, una fauna espectacular. La nutria que localizó y fotografió Paco García, colaborador de esta publicación, fue el culmen, pero también se ha visto zorro y especies de aves bastante inimaginables un año antes. Agachadizas chica y común como invernantes, hasta cinco especies de láridos y otras tantas de ardeidas, una población fluctuante de martín pescador y así hasta un total de cerca de 140 especies avistadas. Éxito absoluto.

Con ese espíritu, que por evitar la palabra revanchista diremos reformador, de borrar el paso de la alcaldesa por la ciudad de Madrid, el actual consistorio borró “Madrid Central” del mapa para luego pintar un “Madrid Central” de nuevo cuño llamado “Madrid 360”. Hasta de los marrones quieren apropiarse. Porque, tanto para la derechita cobarde como para la derechona envalentonada, cargarse las limitaciones de tráfico es una inspiración política. Almeida bien podría haber elegido el papel de “a mí no me miréis, que fue cosa de Carmena”. Aunque, también es verdad, siempre quedará el comodín de la pérfida Agenda 2030.

Con Madrid Río, el alcalde, disfrazado de garduña, se dispone a soltar su bosta olorosa y conseguir que el nuevo tesoro medioambiental de la ciudad pase a ser el más glamuroso, chic y refrescante lugar de ocio del sur de Europa. Un nuevo río Sena en el que pedir matrimonio románticamente. Otro destino turístico.

Y toda esa gloria y rédito político/populista volverá a cambiar de manos. A las de la garduña y a las del Partido Popular de Madrid. Quien caga último… la caga más, pero mejor.

Y si no, al tiempo.

(Desde la redacción de El Vuelo del Grajo queremos pedir disculpas si algún lector ha podido sentir que la comparación entre el mustélido y el político encerraba el perverso fin de reducir a la categoría de alimaña a la garduña. Nada más lejos de nuestra intención).

Otra imagen virtual del resultado.

Madrid, la ciudad cateta y Almeida su representante.

No ha habido forma. En poco más de 36 horas, uno de los rincones más importantes para las aves madrileñas se verá atacado por el impacto sonoro de 300 kilos de pólvora explotando.

De nada ha servido que la Sociedad Española de Ornitología explicase desde el conocimiento lo que pasará. Tampoco que Ecologistas en Acción se haya manifestado en contra. Y mucho menos, que asociaciones animalistas y vecinales se hayan pronunciado al respecto.

Mientras la alcaldesa de Valencia nos llamaba catetos por no querer llevar la mascletá a un punto caliente de biodiversidad, el alcalde de Madrid volvía a demostrar su cretinismo político, su nulo respeto por el medio ambiente y su inconmensurable capacidad para tener malas ideas. Y, sobre todo, su sordera para escuchar a los ciudadanos.

Almeida nunca corrige o reconduce sus propuestas. Seguirá talando árboles al grito de “Sánchez tiene la culpa”. Y es que a este alcalde se le escapa el orgullo por todos sus poros. Posiblemente sea debido a la presión que le ocasiona el llevar las americanas dos tallas más pequeñas. O quizá sea que tiene una necesidad desmedida por pasar a la historia como Don Eventos y hacer que el calendario madrileño vaya de carrera, en petardada, pasando por cualquier competencia deportiva que rellene la ciudad de visitantes un fin de semana tras otro. Al final echaremos de menos la versión anterior de la misma teoría del turista continuo: “Madrid, las Vegas de Europa”, las Olimpiadas madrileñas o el intento de afanamiento del Mobile World Congress se antojan jugadas maestras en comparación con el abanico de propuestas del actual alcalde.

No sé si él quiere poner la cara sobre la mesa y decir “aquí estoy yo” para ganar peso entre los suyos, si quiere hacerse amigos poco recomendables a base de favores o si es un genio buscando maneras para maltratar a los ciudadanos. Pero de lo que si estoy seguro es que quien lo va a pagar es la fauna que habita en las proximidades de ese puente. Aves residentes que crían ahí, bichos que empezaron a venir desde miles de kilómetros a pasar el invierno y otros que, sencillamente, han encontrado buen refugio en el Manzanares renaturalizado.

Y mientras tanto seguirá nuestro alcalde sin darse cuenta de que no hay nada más cateto hoy en día que maltratar la fauna silvestre, talar árboles y, posiblemente al mismo nivel, importar tradiciones que descontextualizadas no son más que una garrulada sin sentido.

El rio acoge un gran número de aves, especialmente en invierno.

Entre las 140 especies registradas en el Manzanares urbano está la agachadiza chica.

También se dejó ver una esquiva polluela pintoja.

El éxito de la renaturalización del rio se ve amenazado por la gestión descabellada de la alcaldía.