De búhos y de hombres

Este texto (escrito en homenaje al maestro Steinbeck) es, en primer lugar, bastante largo. Lo digo para que los lectores cortos de tiempo —o cortos en general— paren aquí y se pongan a otra cosa.

En segundo término, es de recibo manifestar que los próximos párrafos no tratan sino de buscar una redención. Ahora sé que Javier Marquerie, mi actual mecenas, estaba en lo cierto cuando recientemente me describió como un pajarero «irredento».

Mi pesadilla empezó cuando leí —creo que fue el día 21 de noviembre— que habían desaparecido los búhos nivales astures. Nadie sabía ya en esa fecha dónde estaban y, desgraciadamente, todavía hoy se desconoce su paradero. Lo más doloroso fue que, ese nefasto domingo, muchos pajareros llenos de ilusión no llegaron a tiempo de verlos.

No puedo soportar esta carga, me siento muy culpable por lo sucedido. Necesito confesar…

La verdad, por vergonzante que esta sea, es que los días previos a la referida fecha, cada vez que veía una imagen —y otra, y otra, y venga, y otra…— de los protagonistas indiscutibles en los foros ornitológicos, yo tarareaba (sin que recuerde malicia consciente) la letra de «Ojalá». Seguro que conocéis el estribillo de la famosa canción de Silvio Rodríguez:

“Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve, ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones…”.

Aportaré a modo de atenuante que, como ya sabréis, el legendario cantautor —lo creáis o no, está perfectamente documentado en Wikipedia— compuso sus versos en una situación muy similar a la mía: en el muy crudo invierno de 1969 se citó un búho nival en una playa remota de Punta Hicacos (al nordeste de Varadero) y él, dado que estaba trabajando en Santiago de Cuba (a 842 km del avistamiento), no pudo ir a verlo y rabió de lo lindo.

Una vez dicho esto he de reconocer que, durante los 13 días (el mismo número de jornadas que se prolongó la crisis de los misiles nucleares rusos en la isla natal de Silvio) que los búhos lucieron blanco roto en el norte peninsular, seguí los acontecimientos con un interés que rayaba en lo morboso.

Me cabreaba con todas y cada una de las miles de fotos pálidas publicadas en Facebook, Twitter, Instagram, Forocoches, Hola, Estado de Alarma, Libertad Digital, ABC, Qué me dices, etcétera.

Porfiaba al ver las acumulaciones de observadores en el páramo costero, me inyectaba insulina en la carótida con cada edulcorado texto subido a las redes, lloraba con las faltas de ortografía, me mordía la lengua con los desgarros en el estilo y, en el colegio, cuando me cruzaba con un libro de J. K. Rowling (mi personal némesis) tenía que correr al cuarto de baño para vomitar bilis y hiel —el coñazo que ha dado alguno con lo de «el búho de Harry Potter»—.

El carisma de la especie en cuestión —sin necesidad de tanto cliché rancio— fue tal, que su sola mención devoró, y ridiculizó en visitas y número de «likes», a otros aspirantes coetáneos a rarezas. Eso es exactamente lo que les pasó al triste escribano lapón que campeaba en la misma zona, al ninguneado porrón bola gaditano y al defenestrado coliazul cejiblanco (no lo suficientemente azul en el obispillo y menos aún lo mínimamente blanco admisible en la ceja para el baremo impuesto por la fiebre ártica de aquella época) con visos de pasar el invierno nada menos que en Badajoz.

Por otro lado, y como siempre, me resultó hipnótica la intrahistoria de un evento tan improbable. Me fascinó la controversia —nacional e internacional— sobre su procedencia (¿venían del ártico europeo, siberiano o canadiense?), las dudas respecto a la forma en la que habían llegado (escuché que sospechosamente atracó un barco procedente de la Bahía de Baffin esos días en El Musel), las incertidumbres sobre el posible origen doméstico (argüidas, a menudo, por aquellos que no pensaban, o no podían, ir a verlo), las expectativas y anhelos puestos en el análisis isotópico (desde aquellos que sí que pudieron acercarse) y, como no, me fascinó el eléctrico debate sobre si era tachable o, por el contrario, no era ético apuntárselo.

Pero, especialmente, atendí embelesado a las muchas valoraciones acerca del comportamiento de los ornitólogos desplazados al Principado.

De un tiempo a esta parte, la etología de los pajareros es de lejos mi disciplina de salón favorita. Mi actual curiosidad, en la que prima la psicología inherente a las justificaciones del observador sobre el mero desarrollo de la actividad, la describió maravillosamente bien Albert Pla cuando le preguntaron acerca de la controversia asociada a la figura de Maradona tras su muerte: «…me interesaba como drogadicto, como futbolista no mucho».

Al principio, según reza la crónica de los allí presentes, la actitud de los twitchers fue —paradójicamente— intachable. Leí que muchos, a pie de campo, se sintieron por fin europeos desde un ángulo ornitológico —para contraste conmigo que cada día siento más orgullo de mi acervo africano— y, en los textos publicados casi a borde de acantilado, se entreveía que la orgía de amistad, confraternización y pajareo catapultó la experiencia a estratos orgásmicos. Incluso se ha confirmado, por parte de los juglares desplazados al lugar de la noticia, que no pocos birders necesitaron reanimación profesional tras sufrir cuadros agudos del síndrome de Stendhal.

Sin embargo y lamentablemente, en los últimos estertores de la catarsis, según escuché en La Radio del Somormujo, un fotógrafo —en este caso, quizá sea más correcto hablar de «fotófago»— se saltó el cordón y espantó a uno de los animales para obtener instantáneas en vuelo. Aliviado de que no se le linchara in situ, me dejó epatado su defensa ante los insultos y vilipendios que le dedicaron los observadores de bien: «no pude resistirlo, tenía que hacerlo», dijo el imbécil.

Parece ser que poco después del incidente mencionado, la guardería tuvo que pararle los pies a una turba que, emulando «el juego del calamar», practicaba una zancada hacia delante cada vez que los árbitros de pista miraban para otro lado.

«Qué lástima —recuerdo haber murmurado al escucharlo—, qué poco ha durado el reciente pacto forjado en “La Comunidad del Prismático”».

Pero me equivoqué. A la postre, soy consciente de que fue muy injusto por mi parte —amén de tararear repetidamente «Ojalá» convocando un irrevocable apocalipsis— valorar lo sucedido quedándome solo en la anécdota. Los pajareros que participaron en el diálogo radiofónico con los Somormujos aseveraron que el 99% de los observadores —y atendiendo a los números censados de asistentes e insurrectos, la cifra parece del todo certera—el comportamiento fue ejemplar. Se confirmó entonces que, definitivamente, podíamos sentirnos europeos.

Creo que también es destacable la extraordinaria difusión del suceso. El acontecimiento fue trascendido por periódicos locales, provinciales y nacionales, inundó las redes sociales —y alcanzó, por lo tanto, todos los confines del planeta— e, incluso, tuvo cobertura en la televisión nacional. Estoy convencido de que es muy positivo que la ornitología, o la información sobre esta actividad ejecutada con respeto, sea expandida lo máximo posible.

Y no menos desdeñable, a pesar de que algunos miserables hiciéramos sangre y chanzas movidos por la envidia (e incluso mascullásemos estrofas de revolucionarios comunistas), por retorcimientos genéticos personales o por puro aburrimiento particular, es que ese búho tan cuqui, mullido, achuchable y cabezón (llegara cómo llegase y viniese de dónde viniese) hizo felices a cientos de personas que cambiaron sus planes anodinos y cotidianos por tener un encuentro con lo que era solo una utopía —o poco más que una estupidez— hasta un único minuto antes de que se recogiera el primer ejemplar en la playa de La Virgen del Mar en Santander.

Yo no viajé a Asturias. Podría justificarme diciendo que no me gustan las aglomeraciones, que se me antojaba una observación no canónica al haber sido asistidos en su viaje, o que tenía dudas de que su presencia fuese fruto escape de un particular…Pero todo eso no solo no se ajustaría a la verdad sino que sería una cochina mentira.

Yo no fui porque ya lo había visto: pasé unas vacaciones de Navidad (las comprendidas entre 2017 y 2018) entre Massachusetts, Minnesota, Ontario y Quebec viendo búhos nivales, cárabos lapones y lechuzas gavilanas. Concretamente, en Amherst Island (en la orilla canadiense del lago Ontario) observé hasta doce ejemplares distintos de scandiacus en cuatro horas. Allí, con las pestañas congeladas y el corazón ardiendo, mi sed de esta especie totémica —así la definió perfectamente en antena Alfonso Rodrigo— quedó por fin saciada. Como ya comentaron otros por ahí, doy fe de que no es necesario viajar a latitudes árticas (en vehículos oruga y con un rifle en previsión del encuentro con osos polares) para acordarse de la madre de Hedwig.

De no haber sido así, podéis estar seguros de que habría conducido hasta Moniello, Verdicio o Gijón —o hasta el infierno, si hubiera hecho falta— y, de haber llegado de noche por mis compromisos laborales, habría instalado reflectores para iluminar Gozón enterito hasta ver ese maldito pájaro. Cuando se me echaran en cara las molestias ocasionadas por haber creado la luz, jugando a ser dios, en el opaco escenario de tundra donde descansaban estas pobres criaturas, probablemente hubiera contestado: «no pude resistirlo, tenía que hacerlo».

En cualquier caso y conociendo mi legendaria fortuna, de haberlo intentado, seguro que hubiera llegado tarde a la cita, como les pasó a tantos otros. No obstante, en mi experiencia, nada espolea más la mordiente de un pajarero que un revés ornitológico. No en vano, por no haber podido ir a la isla de Ré a ver un «búho de Rowling» que pasó allí un tiempo en los albores de 2014, disfruté posteriormente de las mejores navidades de mi vida en Norteamérica hartándome de rapaces nocturnas boreales y tarta de arándanos, sin poder obviar el simpático accidente bajo la nevada en Michigán, y su asociado siniestro total, el mismo día de Año Nuevo.

Pero basta ya de expiación: no tengo justificación ni tampoco perdón. Estoy ya fuera —al igual que el psicópata fotófago— de juego, no tratéis de convencerme ni restéis importancia a lo que hice, no quiero vuestra condescendencia. He decidido autoexiliarme de «La Comunidad del Prismático».

Fui yo el que los echó —sí, tal cual, así os lo digo: sin paños calientes—, yo solito precipité el final de los 13 días más bonitos de vuestra vida pulsando el botón rojo de lanzamiento de los misiles nucleares cubanos. Mientras los pajareros acudían como pastorcillos al portal y algunos ya adoraban al mesías blanco en Asturias, yo tarareaba a Silvio Rodríguez:

Cantad conmigo (todos juntos en este macabro pero níveo karaoke): “Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve, ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones…”.

Ya sabéis, queridos grajos, cómo sigue el conjuro:

“Ójala que no pueda tacharte ni en canciones…”

Fotografía y conservación: Andújar 2021

La Asociación Española de Fotógrafos de Naturaleza (AEFONA) convoca a sus socios durante los días 12, 13 y 14 de este mes para debatir sobre el papel de la fotografía de naturaleza en la conservación de la biodiversidad.

En palabras de la Asociación: La fotografía es una herramienta para la conservación que permite tanto ilustrar los grandes problemas ambientales de nuestros tiempos como divulgar nuestro patrimonio natural y cultural. Los encuentros para la conservación de AEFONA tienen como objetivo proporcionar un espacio de encuentro para los fotógrafos de naturaleza interesados en la conservación de la naturaleza en los que compartir actividades, iniciativas y proyectos en los que la fotografía juega un papel notable. Junto con los fotógrafos de naturaleza en los encuentros participan habitualmente otros actores implicados en el gran reto colectivo de la conservación de la naturaleza como son las administraciones ambientales, las asociaciones conservacionistas, asociaciones de fotografía y otros actores locales.

La propuesta es interesante e incluso necesaria, ya que llega en un momento en que los fotógrafos interesados en capturar instantáneas de la naturaleza comienzan a ser legión. Obviamente, no todos los que cargan con equipos por el campo, sacando horas de inmenso disfrute, sienten la necesidad de participar de una u otra manera en la protección y conservación de la fauna y flora y sus ecosistemas. Y mucho menos participar activamente de proyectos y programas de manera individual o dentro de organizaciones. De hecho, AEFONA recalca que no se trata de una convocatoria reivindicativa. Pero la fotografía, ya sea a nivel ilustrativo o científico, juega un papel fundamental en la conservación. Y en ese punto AEFONA se ha basado para realizar una selección de ponentes muy interesante y, a priori, muy inspiradores. Por ejemplo, Vicent Ferri hablará sobre hides y actividades en un proyecto de Conservación de la
Naturaleza, relacionados con la Fundación Victoria Laporta en el P.N. Serra de Mariola, en un tiempo en que ya somos muchos los que en ocasiones nos cuestionamos la viabilidad ética de utilizar un comedero con el único y exclusivo fin de hacer fotos. O la interesante propuesta de Roberto García-Roa con el título “La otra Fauna, fotografía para su conservación”.

Las 12 ponencias y mesas redondas se verán complementadas con 3 salidas guiadas a la Sierra de Andújar. Un plan absolutamente equilibrado y tentador diseñado para tan solo 50 fotógrafos y que es posible gracias a la colaboración del Ayuntamiento de Andújar.

El Vuelo del Grajo estará allí.

OrnitoCyL2021: Más que pájaros

Ahora que levantarse de la cama de la pandemia se hace tan cuesta arriba, el equipo de OrnitoCyL se ha desperezado con energía inusitada. Tras el éxito alcanzado en las primeras ediciones y la consabida versión digital, llegó el momento de dar el paso. Y ellos, además, se atrevieron con un cambio de fecha, con el que, a priori, la “meteo” podría haberles jugado una mala pasada. En octubre y en Ávila jugar con el frio y la lluvia es mucho apostar. Pero no solo ellos, que ahí estuvieron un buen grupo de personas, instituciones, asociaciones y empresas que apoyaron la iniciativa y permanecieron fieles a la convocatoria, ahora que acompañar en estos momentos complicados es tan importante. En cualquier caso, el sol brilló, el público relució y el programa resplandeció.

Una feria de verdad.

La cita respondió absolutamente a la práctica totalidad de las acepciones que recoge el diccionario de la Real Academia Española: mercado, intercambio, promoción, festividad, paraje público, exposiciones, divulgación, entretenimiento y diversión. En la despejada loma que domina el pueblo de La Cañada, dependiente del municipio de Herradón de Pinares, se desplegó un campamento de carpas al que se accedía por un gran portal. En un paseo, de izquierda a derecha, la bienvenida la daba un amplio espacio destinado a la cantina, que funcionó bien, rápido y con un buen humor siempre de agradecer cuando se trata de esperar a que te den algo que calme el rugir ventral. Seguía un lineal en el que se alternaban marcas comerciales, representación de tiendas vinculadas a la observación de fauna, artesanos y varias fundaciones/ONG/asociaciones conservacionistas.

A continuación, dando el placer de ver que ayuntamientos y otras instituciones apuestan por el ecoturismo y la observación, estaban los puestos de promoción institucional. Por supuesto, confirma lo que todos sabemos: la propuesta OrnitoCyL es ya un marchamo de calidad y solvencia al que adherirse.

El último tramo físico comenzaba con una empresa de guías y safaris por el Parque Nacional Monfragüe con excelentes presentaciones y algunas propuestas muy interesantes, incluso para los más veteranos. Y asalta otra pregunta, que probablemente tenga la misma respuesta: ¿dónde está el resto de las empresas del sector, que sin duda aquí plantaría en tierra abonada? En un futuro inmediato sería glorioso que existiera una vinculación natural y de beneficio mutuo entre guías, esta feria y público aficionado al ecoturismo y la observación.

Al lado, lona con lona, los cinco atractivos escaparates de los artistas asistentes. Una orfebre con un catálogo impresionante de pequeñas joyas confeccionadas con plata, resinas, hojas y flores. A continuación, tres maestros del pincel y un cuarto de la escultura ofreciendo sus obras. Cuatro estilos para representar la fauna y esa sensación de pura envidia que se siente al ver cómo alguien puede deleitarse tanto y durante tanto tiempo con las especies observadas. Siempre pienso que debe de ser como zamparse una delicia y que después, durante horas, con solo mover la lengua, aparezca un nuevo sabor, o un matiz del original, o un retrogusto que no has apreciado antes. Así es como imagino el trabajo del artista de fauna: “¡qué rico ese plumaje que pintaste, chacho!”.

Podría ser un pero, pero en realidad es una invitación. Creo que la afirmación pasaría de universal a obviedad, si digo que para cualquier aficionado o profesional de la observación de fauna una de las grandes expectativas al acudir a un evento de estas características es poder salir con molestias de espalda tras pasar por los puestos de librerías y editoriales y cargar con la mochila resultante el resto de la jornada. En esta ocasión esto no pudo ser, sin duda debido a que son tiempos complicados para quien más y quien menos. Seguro que en próximas ediciones el mundo del papel estará presente y dispuesto a llenar nuestras estanterías.

El ágora.

El camino imaginario trazado en la feria terminaba en la gran carpa de las conferencias. Es el lugar donde los organizadores del sarao se la juegan de verdad. El plan insensato es -estando en el campo, con buena meteorología, con un montón de cosas interesantes que ver, con buenos compañeros y decenas de amigos por conocer- convocar una docena de conferencias de una hora de duración y con el público entre cuatro paredes y un techo. ¡Pero si hasta en el suelo bajo la carpa las quitameriendas (Colchicum sp.) explosionan con fuego malva entre la hierba verde y a mí me quieres sentar! Hace falta valor, hace falta valor.

También es donde se encierra el mayor de los valores, el tesoro de la feria. Siempre habrá otro monte en el que quedar con ese compañero, una página web que visitar para ver la obra de ese artista o ir a la tienda a probar esos prismáticos. Pero escuchar doce ponencias breves, bien preparadas y mejor combinadas, es un poco más difícil. Además, es dónde OrnitoCyL demostró que es más que pájaros: es biodiversidad, es conservación, es ocio, es cultura y es ciencia. Programas de conservación explicados por científicos, un entomólogo hablando de polinizadores y la falsa bondad de la apicultura semi-industrial, un poeta metido a hostelero presentando su libro de fotografía de aves o un viajero contando sus experiencias en una isla remota, son algunos de los temas tratados en un amplio, suculento e interesante catálogo. ¡Cuánto derroche de conocimiento y experiencia! ¡Qué panzada a aprender y soñar con próximos viajes! Embotellado y con etiqueta, sería vino gran reserva y no apto para todos los bolsillos, pero era el programa de conferencias montado por la gente de la organización y, sí, era gratis.

Por desgracia, esta tentación permanente por escuchar y ver en el ágora impedía totalmente la asistencia a las actividades de exterior. El programa de actividades propuesto resultaba igual de completo, variado e interesante. Talleres, rutas y visitas que incluían arte, educación, ecología, observación y ciencia y todo ello para niños, adultos, expertos, aprendices, curiosos… Observación astronómica, construcción de comederos, iniciación al retrato de aves, fotografía de paisaje, paseos por el pinar o la montaña, algo de arqueología o juegos para niños, no faltaba de nada.

Y así, en un año complicado, trascurrió la feria OrnitoCyL 2021, los días 8, 9 y 10 de octubre. ¿Qué tendrán en mente para el 2022? Da lo mismo: es cita obligada.

Si quieres saber quien está detrás de OrnitoCyL, conocer los nombres de las personas que impartían las conferencias o ver el listado de empresas, instituciones, organizaciones y artistas que tuvieron un puesto en la feria, visita https://ornitocyl2020.es

La tórtola europea temporalmente a salvo en España.

En España solo quedaban dos comunidades autónomas que insistían en desviarse de las recomendaciones emitidas desde Europa. Extremadura y Castilla y León, pese a todos los estudios y lógicas, seguían introduciendo esta especie en sus órdenes de veda, eso sí, con un cupo, considerado por ellos, pequeño. Esta noticia pone, además, fin a la situación que se vive en Cataluña, donde el Tribunal Superior de Justicia admitió a trámite un recurso interpuesto por la Federación de aquella autonomía contra la prohibición de esta ave durante la media veda 2021. El presidente de dicha entidad ha reconocido a medios afines que esta recomendación, emitida desde Europa, pone fin a sus esperanzas de seguir matando tórtolas, ya que en el caso de que prospere su recurso y sea reintroducida en la orden de veda, su cupo sería de cero.

La demanda popular, conservacionista y científica de poner a la tortola europea a salvo del plomo se ha visto cumplimentada.


Sin embargo, el presidente de la Federación de Caza de Extremadura, José María Gallardo, no da su brazo a torcer y ha presentado un recurso administrativo, basándolo en que este año, y siempre según sus censos, la tórtola europea ha subido ligeramente su presencia y cuenta con el número más amplio de ejemplares registrado desde 2014.

La población española ha descendido un 25% en los últimos 20 años. En el mismo periodo, se calcula que la población total lo ha hecho entre el 50 y 70%.


Recordemos que a España, al igual que a Francia, ya se le abrió un expediente sancionador cuando en julio de 2019 comenzaron los procesos por el incumplimiento de los artículos 3, 4 y 7 de la Directiva de Aves. Estos artículos obligan a los Estados miembros a mantener los niveles de población de las especies de aves, especialmente de las migratorias, asegurándose de que exista suficiente diversidad de hábitats, tanto dentro como fuera de los espacios protegidos. Además, los Estados miembros también tienen la obligación de garantizar que la caza de cualquier especie de ave no ponga en peligro los esfuerzos de conservación.

Pese a la alegría que pueda suscitar esta noticia, lo cierto es que no se trata de una prohibición total, sino de una moratoria, que podría ser revisable año a año, dependiendo de los informes de los técnicos. En principio, nada parece indicar que una decisión así, siguiendo instrucciones directas y precisas de la Dirección General de Medioambiente de la Comisión Europea y avalada por todos los informes técnicos posibles, tenga marcha atrás. Sin embargo, el sector cinegético deposita su confianza en ello y en que un futuro Gobierno del Estado, de otro color, menos afín a la disciplina europea y con menos sensibilidad hacia la conservación de la fauna, pueda abrir cupos con razones peregrinas.

Verkami recaba financiación para publicar El gallipato (Pleurodeles waltl).


La obra fija su atención en este endemismo, para desgranar su etología paso a paso.

El gallipato (Pleurodeles waltl) será el primer libro monográfico dedicado a esta especie, tan interesante como desconocida. La obra, que pretende hacerse imprescindible en cualquier biblioteca naturalista o herpetológica, fija su atención en este endemismo, para desgranar su etología paso a paso. De la Fuente ha organizado el trabajo en capítulos ordenados de manera cronológica, tomando como punto de partida el momento en que los gallipatos abandonan sus refugios de invernada. A partir de ese momento, el tratado estudia todo el proceso reproductivo de la especie, hasta que la nueva generación termina la metamorfosis. Por supuesto, el estudio aborda temas como hábitats, alimentación o quienes son sus depredadores. También profundiza en el asunto de conservación y en el impacto de plantas fotovoltaicas y parques eólicos. Enfermedades que les afectan, planes y proyectos de conservación son algunos de los temas que completan El gallipato.

El libro, de 160 páginas y algo más de 150 fotografías, está editado en color y con un tamaño de 14,8 x 21 cm. Como suele ser habitual en los crowdfundig, Verkami ofrece una serie de opciones para hacer una precompra de la edición y así convertirse en mecenas del proyecto. Por unos módicos 21€ puedes colaborar con su publicación y tener este indispensable en tu biblioteca. Por supuesto, la totalidad de la recaudación va destinada a cubrir los gastos de la impresión física y distribución del libro.

IV Festival de los Vencejos en Alange.

Ponentes de las jornadas técnicas junto a la alcaldesa y el teniente alcalde

Han vuelto los vencejos,
como ellos vuelven…¡siempre!:
con su alegre chillar el aire agitan
y el cielo, con su raudo ir y volverse,
al caer de la tarde cobrar vida parece.
Miguel de Unamuno

Alange es probablemente el único lugar de la Península Ibérica donde se pueden observar a cinco especies de vencejos. Cuatro de ellos, el común, el real, el cafre y el pálido, crían allí y, el quinto, el vencejo moro, ha sido citado en varias ocasiones. Un pueblo que adelanta la apertura del lavadero municipal -preciosa arquitectura popular de principios del siglo XX- para recibir a los participantes del IV Festival de Vencejos, es un pueblo que da pistas muy claras sobre su hospitalidad e importancia para con estas aves. Es un ejemplo de lo que debería ser la normalidad, el respeto a la naturaleza y nuestra implicación en su cuidado. Para muestra un botón: en el vídeo de promoción del Festival colaboran vecinos y vecinas de Alange y, además, está realizado por un joven ponente de la mesa redonda, también próximo a esta localidad. A esto se suma la presencia en la inauguración de la alcaldesa Julia Gutiérrez Dios.  El Festival se celebró durante los días 28 y 29 de mayo con diversas actividades como jornadas técnicas, rutas ornitológicas y talleres

El agua en general y el embalse en particular está muy presente en Alange.

El leitmotiv de este año ha sido la importancia del mundo rural como desarrollo de lo sostenible. En el mes de mayo, en Fitur, se otorgaron los premios de Turismo Sostenible y el balneario de Alange lo recibió en la categoría a la innovación en la cooperación público-privada. Es en el hotel de este balneario donde se han realizado las Jornadas Técnicas de esta edición. Un espacio lleno de vida en el que las hortensias te reciben en pleno apogeo y visten los pies de los plátanos de sombra que dan cobijo a jilgueros, pinzones, gorriones y varias parejas de oropéndolas, que acompañaron durante toda la mañana con sus saltos, vuelos y cantos. Algo a destacar de estas jornadas fue su amplio rango de aspectos tratados:lo científico, lo divulgativo, el asociacionismo voluntario, el modelo educativo práctico y el sector de turismo de naturaleza y desarrollo sostenible, dando como resultado una visión muy completa del estado de conservación de la especie y las opciones de protección directa que se pueden acometer. La nota más vital y alentadora la dieron los ponentes más jóvenes de la mañana. Aroa Domínguez, profesora del colegio de las Carmelitas de Cáceres, que habló del proyecto educativo “Vedruna. Amigos de los vencejos” y Luca García, joven artista, que resolvió de una manera sencilla y real una pregunta esencial: “¿Para qué valorar la naturaleza? Para disfrutarla, para compartirla en lugar de competir”. Por lo que se ve, para mirar al futuro de nuestras aves tenemos que mirar al futuro de nuestra especie. Es por eso que parte del público indispensable al que va dirigido el evento son los jóvenes y los más pequeños, que pudieron trabajar su creatividad y aprendizaje sobre las aves a través de los talleres, de una excursión rural pajarera y de los cuentacuentos que se realizaron.

La iglesia de Alange tiene una colonia de vencejo pálido y como vecinos varias parejas de grajillas y una de cernícalo común. Al atardecer, la atención se la llevó un ejemplar de nutria en el rio.

Al mismo tiempo que se desarrollaban las ponencias el día 28, una ruta ornitológica te llevaba a conocer a los cerca de 1.000 vencejos reales que nidifican en la presa y a todas las especies características del Cerro de la Culebra y del Embalse de Alange, que pertenecen a la ZEPA “Sierras Centrales y Embalse de Alange”. De los más característicos que se pudieron observar estaban el alimoche, el roquero solitario y la collalba negra, bajo el calor que ya iba avisando de la entrada del verano extremeño. Otras dos rutas conformaban el programa. La de la tarde del primer día, que ampliaba la visita a la ZEPA, en la que también se describió el paisaje característico que la compone y cuyo paseo acababa en la presa donde retozaba y disfrutaba del atardecer una pequeña nutria que quitó protagonismo a sus reales vecinos, que no paraban de chillar y demostrar sus capacidades acrobáticas. La otra, cerraba el Festival y visitaba la ribera del río Matachel en su tramo final, al encuentro con el Guadiana. No nos olvidamos del interesante curso de fotografía “Duelos con vencejos” en el que pudieron participar desde profesionales, amateurs, niños, jóvenes y público en general y que más de una edición ha dado alguna que otra sorpresa.

*Audio de lectura. Grabado en el parque público de Alange al amanecer. Tres oropéndolas dialogan por encima del estruendo de gorriones y jilgueros. De fondo, unos gallos nos recuerdan que Alange sigue teniendo sabor a pueblo.

Pésimas noticias desde Villadangos del Páramo

El bando hacía referencia a las grajas (Corvus frugilegus) que habitan a la salida de su pueblo y por trasladar se refería a destruir la colonia. La presión social y mediática puso en apuros a Alejandro Barrera. Hasta allí se desplazó la rastreadora de fauna silvestre Luisa Abenza para comprobar el estado de la colonia, encontrándose con varios arboles talados y pollos de la especie muertos en el suelo, hecho que fue denunciado ante las autoridades competentes. Finalizada la época de cría el asunto pareció olvidarse.

Juvenil y adulto de graja de la colonia de Villadango del Páramo tal y como fueron encontrados. Fotografía: Luisa Abenza.


La población de grajas en España descendió un 37% entre 2006 y 2019: solo ese dato bastaría para incluirla en el listado de especies en régimen de protección especial.

Abenza, preocupada por la ausencia de noticias de la colonia, se desplazó recientemente a Villadangos, para comprobar sobre el terreno su estado. El resultado ha sido desalentador: pollos muertos colgando desde los nidos con cuerdas sintéticas de uso agrícola enredadas en las patas, cadáveres de ejemplares adultos muertos y también los cadáveres de un adulto junto a un juvenil con aspecto de haber sido abatidos con un arma de aire comprimido. Este último aspecto ha sido puesto en conocimiento de los agentes forestales con el fin de que hagan la retirada de los restos y sean trasladados para serles realizada una necropsia que confirme la causa de la muerte.

Ante el susceptible acoso hacia la especie y la situación de desamparo legal que padece la colonia y la graja en general, El Vuelo del Grajo va a desplazarse hasta las comarcas de León donde la graja mantiene sus últimas poblaciones para documentar su estado e informar a través de este medio.

La graja en España solo mantiene colonia de cría en la vega del río Órbigo, en la ciudad de León y la comarca del Páramo. Su población se estima en tan solo 1399 parejas (censo 2019), mientras que en 2006 era de 2199, lo que supone un alarmante descenso del 37%. Este dato por si solo, debiera bastar para incluir a la especie en el listado de especies en régimen de protección especial.

Señor, dame paciencia… ¡pero ya!

Cambiamos de ordenador para ganar 2 milésimas de segundo de proceso de datos. No nos mejora la vida en nada, pero invertimos dinero cada año. Y no es una crítica, simplemente es un hecho. Invertimos en velocidad y cantidad de información, pero no en tiempo y dedicación para asimilarla. Compromiso, curiosidad y dedicación ya parecen incompatibles con la velocidad de la wifi.

Muchos se ofendieron al leer que se les sugería que, antes de preguntar, estudiasen mínimamente una guía. Por analogía, sería como ofenderse porque te digan que estás leyendo las soluciones al crucigrama sin intentar resolverlo primero.

Corrían los albores del siglo XVI cuando Sir Francis Bacon escribía (en latín, como mandaban los cánones de la época) aquello de «scientia potestas est«, que traducido a la lengua de Shakespeare vendría a ser «knowledge is power«, y en castizo “el conocimiento es poder”. Algo debía de saber del tema el buen señor, considerado como uno de los padres del pensamiento científico moderno por precisar las reglas del método científico experimental, y por desarrollar una teoría empírica del conocimiento, allá por 1620.

Viene la introducción a colación de cómo y para qué usamos la información (y la sobreinformación) que generan las redes sociales. Y hablaremos de ello en el contexto de cientos de foros y grupos sobre naturaleza, aves, rastreo, mariposas o plantas que uno puede localizar en segundos desde cualquier pantalla. Y de cómo la gente se relaciona y pregunta, aprende o desaprende, en el contexto de estos foros digitales.

La idea nació hace unos meses, cuando se me ocurrió plantear la cuestión del aprendizaje y la adquisición de conocimientos en una red social que no nombraré («Mark, disculpa por esto»). Durante las semanas previas, invertí algunas horas en analizar la forma en que las personas piden y reciben información sobre identificación de especies (aves en el caso concreto) a partir de fotos que se comparten en redes sociales. Naturalmente, se montó un cierto jaleo y muchos se ofendieron al leer que se les sugería que, antes de preguntar, estudiasen mínimamente una guía. Por analogía, sería como ofenderse porque te digan que estás leyendo las soluciones al crucigrama sin intentar resolverlo primero.

La sensación existente, que hemos comentado repetidamente en tertulias con un café (o con unas cervezas) entre amigos del gremio naturalista, es que se ha producido un cambio brutal en el acceso a la información: ahora la tenemos toda a un solo movimiento del pulgar, que para algunos ya presenta hipertrofia. Incluso con las modernas técnicas de inteligencia artificial y las apps para móvil, podemos fotografiar cualquier cosa y será identificada con un grado (aún variable) de fiabilidad por un algoritmo que no siempre acierta y que a veces nos confunde, pero que otras nos orienta o reduce mucho el abanico de posibilidades. Mientras, los fabricantes de óptica inventan binoculares bluetooth con cámara que identifican lo que enfocamos, llevamos la guía digital en el móvil, los foros de internet están ahí para colgar la foto desde el hide y que alguien nos “chive” de qué bicho se trata. Y con todo esto, el órgano más perezoso y rezongón que tenemos (nuestro cerebro), nos dice eso de “mejor que trabaje otro que nos resuelva el problema”. El mismo proceso que hace que nos invada la pereza para no salir a correr en invierno: una vocecilla cabrona que nos convence para reservar energías y que apliquemos la “ley del mínimo esfuerzo”. ¡Error!

Sir Francis Bacon dijo lo de “knowledge is power” y acertó de pleno. Pero en el Siglo XXI John Bell completó la frase con su “Yes, knowledge is power, but data is not!”. Y esto se relaciona directamente con la aparición del término “infoxicación”: el exceso de información que recibimos y la imposibilidad de analizarla y procesarla en su totalidad. Literalmente, nos ahoga el exceso de información. Igual que esa “necesidad” artificialmente generada de inmediatez.

Si volvemos por un momento la vista no muy atrás, hace menos de 15 años cualquier naturalista -entre los que me incluyo- tenía al menos una librería repleta de guías y manuales de campo: huellas y rastros, anfibios y reptiles, aves (varias guías), huevos, pollos y nidos, mariposas, libélulas, setas y hongos, árboles y arbustos… más luego las guías específicas de cualquier país al que viajabas, mapas y libretas de campo repletas de esquemas, dibujos, planos y anotaciones de cosas vistas.

Y con todo lo anterior, se intentaba llegar al conocimiento con una mezcla apasionante de salidas al monte con expertos que te tutelaban en el aprendizaje, con horas de campo y estudio de la escasa y no siempre perfecta bibliografía disponible. Aprendías a base de esfuerzo y de la pasta que te dejabas en cada librería. Cada visita a una tienda especializada o a un museo implicaba aligerar el bolsillo de todo lo ahorrado durante meses o años. Todo por el momento impagable de abrir el libro en casa e intentar absorber aquel conocimiento, saboreando cada página, cada ilustración e incluso el olor del papel en un proceso que disfrutabas durante años. Aún hoy, abrir uno de aquellos libros hace que vuelvan recuerdos, también impagables, a la memoria.

Todo el proceso se acompañaba de un cierto componente romántico al identificar la especie que habías visto por la mañana entre niebla y frío, con los dedos agarrotados mientras dibujabas, fotografiabas o te grababas a fuego en la cabeza al bicho, su postura, su comportamiento y todo lo que pudieses recordar. Esa especie de la que habías anotado la fecha, hora, el hábitat circundante y la climatología, con la esperanza de que ayudase a identificarla. Un proceso que se repetía con cada nuevo bicho visto, en un proceso de aprendizaje “clásico” que ha cambiado poco, con la salvedad de que la moderna fotografía digital y la tecnología han contribuido mucho a mejorar la vida del aficionado a la naturaleza y las especies silvestres.

Precisamente cuando podemos acceder a toda la maravillosa información existente sobre cualquier especie, con terabytes de posibilidades que nos ponen el mundo al alcance de un “clic”, es justamente cuando menos utilizamos el método científico, la curiosidad y la capacidad de dedicar algo de esfuerzo al estudio. Voy con un ejemplo real: cuando escribo esto, alguien ha colgado en un grupo de serpientes una foto de culebra lisa con su típico patrón de color y algo casi más importante (y raro hoy día): ha descrito el lugar, la altitud y puesto la fecha; además, se aprecia el comportamiento de esconder la cabeza, algo que una víbora no hace nunca pero sí algunas culebras. En menos de una hora había ya 85 opiniones afirmando categóricamente que era una víbora (“muy peligrosa, cuidado con los perros” añadían muchos con evidente buena fe). Varias personas con conocimientos explicaban porqué no era una víbora y cuál era la identificación correcta. Y algunos -ofendidos- rebatían la identificación correcta con el manido argumento de “tengo razón porque en mi pueblo hay muchas”, o el consabido “llevo toda la vida en el campo, me vas a explicar a mí lo que es una víbora cuando he matado cientos (sic)”. Y así es como se produce la falsa democratización de las redes sociales y crece imparable el efecto Dunning-Kruger (la inconsciencia de la ignorancia), cuando personas con poca formación o información ponen en duda y rebaten acaloradamente las explicaciones de expertos, con afirmaciones basadas en su limitada experiencia personal o en ver algún documental.

En vez de esto, se podría consultar una guía y aprender por uno mismo para luego, en caso de dudas, recurrir a un foro de gente con experiencia que aclarase dichas dudas. El resultado sería un aprendizaje en base al esfuerzo personal y al estudio. Y no sirve decir que las guías son caras: tenemos cientos de libros y guías descargables en «pdf» totalmente gratuitas. Lo que parece que no tenemos es curiosidad y ganas de leer y aprender por nosotros mismos.

Precisamente cuando más urgente es promover el conocimiento sobre el entorno y la biodiversidad; cuando la educación ambiental y el conocimiento deberían ser pilares básicos para respetar la biosfera, es cuando la gente hace gala de esta falta de curiosidad científica. Hemos limitado el circuito de formación/información en redes sociales a participar en grupos de identificación de especies en alguna de ellas y colgar fotos de la especie “X” con un escueto «¿Qué es?. Visto en mi jardín”. Sin más. Sin decir siquiera dónde se encuentra el jardín asumiendo que todos lo conocen. A veces repitiendo la misma foto y pregunta en varios grupos. Por supuesto, si corta es la pregunta más lo es la respuesta, que suele ser “gorrión común” con 75 respuestas clonadas, salvo alguno que suelta “tarabilla norteña” y otro que comenta jocoso “velocirráptor” y se queda tan ancho. Casi nadie se lee las respuestas previas, y casi nadie argumenta; uno se pregunta: «si ya hay 4 respuestas de “gorrión común”, ¿para qué repetir 70 más?».

Al final, la cuestión que se plantea es la de cómo aprendemos a identificar al humilde gorrión o a la culebra. Si “sirve” igual salir al campo, mojarse o pasar calor, patear el monte y diferentes hábitats, formarse y estudiar (y usar internet, por supuesto), frente a escribir “¿esto que es?”, y esperar a que lleguen el chorreo de respuestas que pueden (o no) ser correctas. Yo lo tengo claro y espero que muchos de los lectores también: sin esfuerzo, sin curiosidad y sin compromiso por aprender, las redes sociales y la información se convierten en inservible broza. Nada puede reemplazar el salir al campo con los ojos y la mente abierta, disfrutar de y en el monte con todos los sentidos (y lo dice uno que lo pisa descalzo), comprender la sutil importancia del silencio y de la inmovilidad y ejercitar la paciencia que se nombraba en el título. De la misma forma, nada puede reemplazar la sensación de pasar las páginas de un libro o una revista, complementando la lectura con el olor y el tacto de las páginas. Aprender es un proceso que integra un conjunto de sensaciones y de experiencias que hay que vivir. No queda otra.

Decía el entrañable Profesor Challenger a su némesis, el Profesor Summerlee, en la maravillosa El mundo perdido de Conan Doyle: “Sin duda, señor, que un conocimiento limitado llevaría a ese resultado. Pero cuando el conocimiento es exhaustivo, se llega a conclusiones diferentes”. Puestos a pedir algo, me gustaría que todos intentásemos no quedarnos en el conocimiento superficial y profundizar, llegar a ese conocimiento exhaustivo por todos los medios a nuestro alcance. Especialmente ahora, cuando tanta falta hace para reconectar y respetar el medio del que formamos parte. Nos va la vida en ello.

La opción NatureWach

NatureWach propone un turismo de observación conservacionista.

Durante los días 5, 6 y 7 de mayo se ha celebrado en Villafáfila (Zamora) el ‘IV Encuentro NatureWach’ cuyo hilo conductor son las aves esteparias y su situación. Su fondo, inequívoco y contundente, es sentar las bases para que el creciente turismo de observación de fauna no solo sea una fuente de trabajo para profesionales y habitantes de los parajes, sino que sea sostenible y tenga un marcado carácter conservacionista y que su práctica tienda a cero en cuanto a impacto sobre la fauna.

La asociación NatureWatch se define a sí misma como “una invitación al impulso ordenado de una de las modalidades turísticas con mayor potencial de crecimiento en nuestro país: el Ecoturismo (con letras mayúsculas) centrado en la observación de la gea, la flora y la fauna”.

Con un pequeño número de asistentes presenciales -muchos de ellos ponentes a lo largo de los días- y un número mucho mayor en público digital, las jornadas comenzaron con la participación del Consejero de Fomento y Medio Ambiente de la Comunidad Autónoma, Juan Carlos Suárez-Quiñones, dando la bienvenida. Su presencia no pasaría de ser un buen gesto e impulso para el evento de no ser porque demostró, además, conocer muy bien el terreno del ecoturismo y la fauna, salpimentando su discurso con datos y cifras que manejaba con soltura y precisión y sin necesidad de lectura. Este detalle, por sí solo, demuestra la necesidad de la existencia de NatureWach y sus encuentros. Si en las altas esferas se manejan así los datos, toca prepararse para hacer bien las cosas. Y al final es de eso, de hacer bien las cosas, de lo que fue este encuentro.

El plan de trabajo durante los tres días que duró el ‘IV Encuentro NatureWach’ consistía en una sucesión de ponencias breves (30 minutos cada una) que se completaba con una salida de campo y visita a la Casa del Parque. La salida para conocer la reserva y su fauna, con las avutardas como especie estrella, se hizo en cuatro pequeños grupos para cumplir con las normas anti-covid y con la fantástica colaboración de los agentes y celadores forestales de la reserva. El conocimiento del terreno y los datos censales y etológicos que manejan hacen de ellos los guías de excepción más interesantes que se puede tener.

Ponencias

Las ponencias, salvo las más institucionales, fueron impartidas por profesionales del sector. En ellas se exponían, a grandes rasgos, experiencias relativas a la situación del ecoturismo y la conservación con especial énfasis en el ecosistema estepario ibérico. Algunas eran resúmenes de resultados de trabajos de campo; otras explicaban las formas de acometer un negocio de manera no solo sostenible, sino beneficiosa para las especies afectadas y el entorno; otras eran presentaciones de proyectos. Hubo espacio para que los guías de naturaleza explicasen al resto de profesionales su situación, perspectivas de futuro y visión del estado de las estepas, con óptica histórica. Sectores como el de las ferias y hides comerciales tuvieron su representación e incluso se presentó La Ruta 5, último trabajo literario de Alfonso Polvorinos y del que pronto hablaremos en nuestra sección La Biblioteca.

La avutarda es la especie que mejor representa la recesión de la biodiversidad esteparia, aunque no sea la que se encuentra en peor situación.

Especialmente interesante y participativa fue la sesión abierta para definir los puntos fundamentales de comportamiento que ha de tener el observador ante una salida para conocer la fauna esteparia. El objetivo final será la publicación y distribución de dichas recomendaciones, pero durante la sesión de trabajo se puso de manifiesto el verdadero y sincero nivel de preocupación y conocimiento de los profesionales del sector y su involucración en la conservación de las especies y sus espacios.

La opción

Las jornadas, celebradas con una programación de contenidos y una coordinación humana y técnica muy destacable, de la mano de Aránzazu Marcotegui, Joaquín López y con Luis Frechilla y Alfonso Polvorinos a la cabeza, fueron intensas e interesantes.

Es difícil, máxime si se tiene la intención de no nombrar ni empresas ni personas para tener una visión panorámica del asunto, hacer un resumen más extenso de lo que dio de sí el ‘IV Encuentro NatureWach’. La impresión es que, independientemente del campo de trabajo de cada cual, del interés personal o laboral que le mueva, o de los objetivos de los proyectos que cada uno tenga, en torno a NatureWach se han reunido una serie de personas con una visión muy curtida, pero muy amplia. Las lecturas que se podían hacer de la mayor parte de las ponencias, las conversaciones mantenidas en los momentos libres y las impresiones personales de unos y otros no dejan lugar a dudas: el objetivo común y principal es velar por la biodiversidad y los ecosistemas.

«La primavera silenciosa» se mencionó repetidas veces durante las jornadas, en referencia a la perdida de aláudidos en los mosaicos cerealistas.

Está la conclusión lógica, egoísta y rápida de que, claro, si no hay fauna no hay negocio para los profesionales de la observación de fauna, Perogruyo dixit. Pero detrás de esto está la rotunda preparación y conocimiento de las personas que allí se reunieron. Y más adentro aún, aunque bien claro y a la vista, está el respeto y amor verdadero por el medioambiente que la cita transpiraba por cada poro. Y eso es quizá lo interesante de estas jornadas: proponer un desarrollo del ecoturismo absolutamente respetuoso con la fauna. Lo contrario sería alimentar un monstruo terriblemente peligroso y al que sería difícil eliminar más tarde. Y todos allí eran conscientes de ello.

NatureWach 2021 en Villafáfila

Los Encuentros natureWatch llegan a Castilla y León. Desde su nacimiento en la primavera de 2017, estos encuentros de turismo de observación responsable de la naturaleza se han convertido en referente nacional por la calidad de sus ponencias y actividades, y el fuerte compromiso con la conservación y el medio ambiente. Los días 5, 6 y 7 de mayo  , la Reserva Natural de las Lagunas de Villafáfila (Zamora) acogerá una IV edición nacional en la que las aves esteparias, el grupo de aves más amenazado de Europa, tendrán especial protagonismo.

Imagen del evento.


La parte presencial de natureWach tendrá lugar bajo las medidas de protección frente al COVID

La  Reserva Natural Lagunas de Villafáfila  es el espectacular marco elegido para la celebración de la próxima edición nacional de natureWatch. Estas lagunas zamoranas son el enclave más significativo para las aves acuáticas, esteparias y migradoras en Castilla y León. La Casa del Parque “El Palomar”, en Villafáfila, será la sede en la que durante tres días los asistentes compartirán, aprenderán y debatirán sobre el ecoturismo y el turismo de observación a nivel nacional y regional. Como es habitual, tendrán ocasión de realizar visitas de campo a la reserva para conocer sus principales recursos naturales en una de las mejores épocas para su observación y también disfrutar con las Noches Temáticas dedicadas a libros y cine de naturaleza conducidas por el escritor, naturalista y divulgador Antonio Sandoval.

Debido a la situación derivada de la Covid-19, las  plazas son limitadas. En esta ocasión -siempre sujeto a la situación epidemiológica- se abrirán 30 plazas para  asistentes presenciales  y  hasta 200 plazas más para  asistentes online. La asistencia online será gratuita y dará acceso a las ponencias, mientras que la asistencia presencial contará con una cuota de inscripción (destinada para proyecto de conservación y cálculo y compensación de la huella de carbono) que permitirá asistir a las ponencias, las noches temáticas y las salidas de campo (una en las lagunas de las instalaciones exteriores de la Casa del Parque y otra en diferentes enclaves de la Reserva).

Compromiso con la Sostenibilidad

NatureWatch  contribuye de forma activa a la conservación de la naturaleza y a la lucha contra el cambio climático  mediante el apoyo económico a un  proyecto de conservación local, desarrollando acciones de  educación ambiental  y celebrando un  encuentro Carbono Neutral. natureWatch Villafáfila 2021 tendrá este sello de identidad.

Patrocinio y colaboradores

NatureWatch Villafáfila 2021 cuenta con el patrocinio de la Junta de Castilla y León y la colaboración, entre otras entidades, de la Diputación de Zamora, la dirección de la Reserva Natural lagunas de Villafáfila, la Asociación de Ecoturismo en España, Oryx la tienda del amante de la naturaleza, Carbono Gestión, y la revista Elecoturista.com. Como siempre, con la organización y dirección técnica de Luis Frechilla y Alfonso Polvorinos.