Visto en medios, visto en el monte 2.

Un momento del programa.

¡QUÉ ANIMAL! 5-11-22

El programa presentado por Evelyn Segura y dirigido por Elisabeth Anglarill nos lleva en esta ocasión al apasionante mundo del rastreo de fauna. Para adentrarnos en el tema han contado con la carismática Luisa Abenza.

Obviamente, el programa no puede profundizar en exceso en el asunto por cuestiones de tiempo. Sin embargo, si consiguen transmitir el espíritu y sensaciones que brinda el rastreo. Por supuesto, se habla de huellas, escarbaduras, heces, cantos, escayolas, nocmig, resultando una excelente presentación del tema tratado..
Lo podéis ver aquí.

Mas sobre bilistados y Antonio Sandoval resume la temporada de paso de aves marinas. Subalpine Live P5-T2

Esta entrega, con Ana Rivas, Xabi Varela y Jana Marco a los mandos, nos deja un impresionante y detallado trabajo de identificación, conocimiento fenología del bilistado y sus diferencias con el mosquitero de hume.

Como invitados, Antonio Sandoval y Hugo Blanco hablan de sus impresiones sobre la temporada de paso de aves marinas desde Estaca de Bares y Cabo Raso respectivamente.

Ya no sabemos como decirlo sin que se nos note el plumero. Pero si: todas las entregas de Subalpine son esenciales.

Para verlo, pincha aquí.

La entrega que todo aficionado a las aves debería ver: Subalpine Live P4-T2

Este cuarto capítulo de su segunda temporada es sencillamente una demostración empírica de las razones por las que si te gustan las aves no puedes perderte este Twitch semanal, aunque sea en su versión en diferido de Youtube.

En esta ocasión, y con ciertos problemas de audio solucionados una vez avanza el programa, Guille, Jana y Marcel -tras su cuché semanal de últimos y asombrosos avistamientos- desarrollan un monográfico generoso, adjetivo que mejor lo describe. Todo ese conocimiento, adquirido con tiempo y esfuerzo, explicado con sorprendente claridad y aclaradores gráficos, puesto al alcance de todos, impresiona.

Bajo el título: ¿Por qué no salen (mega) rarezas en España? los tres presentadores al alimón, con ese ritmo y cadencia que siempre tienen en Subalpine, se lanzan a una amplia explicación. Desde unas pinceladas básicas de los sistemas de guía que usan las aves para viajar, hasta los errores a los que nos inducen las representaciones gráficas del planeta, pasando por circunstancias orográficas y fenómenos climáticos, llegan a conclusiones que dejan, efectivamente, a España rodeada de sitios estupendos para ver bichos raros. Pero solo rodeada.
Si pincháis aquí lo podréis ver en su canal de Youtube.

Juan Arizaga y Aranzadi. La Radio del Somormujo 167.

Solo por conocer un poco mejor qué es y cómo se estructura la Sociedad de Ciencias de Aranzadi, merece la pena escuchar este podcast. Juan Arizaga, Director del Departamento de Ornitología de la Sociedad de Ciencias Aranzadi desde 2007, nos habla de la oficina de anillamiento y, sobre todo, pone de manifiesto el terrible problema por el que pasa la gaviota patiamarilla, con poblaciones cayendo hasta el 80% en los últimos 20 años en toda la cornisa cantábrica, y ayuntamientos tomando medidas brutales para eliminar nidos, huevos e, incluso, pollos.

También es un placer escucharle hablar del rigor con que se gestiona el tema del anillamiento desde Aranzadi: “Aquí se anilla siempre bajo proyecto: nadie anilla por anillar”.
Si pincháis aquí podréis escucharlo..

El maquillaje de los quebrantas. Quercus noviembre 2022.

El número 441 de esta revista arranca con un interesante artículo firmado por Juan Antonio Gil, Gonzalo Chéliz, Stéphane Duchateau y Pascual López, que profundiza en la coloración cosmética de los quebrantahuesos. Porque sí: los quebrantas buscan aguas ferruginosas para darse baños y teñir sus plumas de ese precioso naranja que contrasta tanto en su plumaje.

Para fotógrafos y videógrafos, los “Cómo se hizo” de BBC Earth en Movistar+

En realidad, son para todo el mundo, pero a los participantes de estos gremios estos miniespacios les parecerán puro oro.

No son una novedad, claro, pero mientras dure este canal la frecuencia de emisión y la variedad de capítulos es muchísimo mayor. Creemos que es una oportunidad bastante buena para ponerse las pilas y saciar las ganas de saber cómo se ruedan los mejores documentales de naturaleza.

Visto en medios, visto en el monte 1.

Captura de pantalla de la última emisión de SubalpineLive.

SubalpineLive P3-T2

En la tercera entrega de su segunda gloriosa temporada, este fabuloso programa semanal sobre la más rabiosa actualidad pajarera nos trae, de la mano de la maestra de ceremonias Ana Rivas, sus secciones habituales y el verdaderamente agradable ritmo del programa, con Xavi Varela y Marcel Gil.

SubalpineLive P3T2. (enlace a video)

En el repaso semanal de avistamientos más llamativos, nos hablan de las cifras de paso de aves marinas, destacando los págalos polares y el piquero pardo, localizado por Daniel López Velasco, en Peñas. Sin ser una semana espectacular, respecto a citas sorprendentes, la lista de especies interesantes para el pajarero medio no deja de ser muy apetecible.

Dentro del mismo apartado, como no podía ser de otra manera, Marcel Gil hace referencia al grupo de diez grullas damisela fugadas de algún zoo, que andan sobresaltando al personal. Y entre las citas de paseriformes, los primeros escribanos lapones y nivales, bisbitas de Richard, las primeras citas de mosquitero bilistado de la temporada, entre otros muchos.

La sección de identificación, siempre recomendable, se la dedica Marcel al págalo polar -especie que acabará por competir por ser el avistamiento más codiciado del otoño- y su diferenciación sobre el págalo grande. Solo podemos calificar como magistral esta intervención.

La sección Local Patch hace una incursión hacia el mundo internacional y Ferrán López describe magníficamente lo que supone irse de pajareo a la Isla do Corvo en las Azores. El resumen es que esta pequeñísima isla que está en mitad del Atlántico, se juntan hasta 80 pajareros en una sola jornada y los habitantes se vuelcan con los turistas de prismáticos y con las aves. Todo ello debido a que la posibilidad de ver conjuntos impensables de aves americanas es más que probable, durante el mes de octubre. Tanto el espacio como la explicación y documentación fotográfica de Ferran merecen mucho la pena.

“Cause I like birds”.

Y con estas palabritas ya muchos saben que vamos a dar un repaso a la última emisión de Radio del Somormujo, concretamente a su capítulo número 166. En esta ocasión, José David Muñoz y José Luis Copete charlan con José Luis Bautista, guía ornitológico en la provincia de Badajoz.

La conversación se centra en el estado actual del ecoturismo y su pulso tras el duro golpe pandémico y la actual crítica situación internacional. Además, Bautista hace una bonita y sincera descripción de la profesión de guía ornitológico y su relación con los clientes y sus necesidades. Es una excelente oportunidad de conocer cómo de esforzado es el día a día de estos profesionales.

Quercus octubre 2022.

Todos recordaremos que durante la pandemia, entre otras muchas ideas, conspiraciones y sueños, era habitual la charla digital especulando sobre el qué estaría pasando en el monte con la fauna salvaje. Desde nuestras casas -urbanas o rurales- apreciábamos una idílica semiocupación de nuestros espacios por parte de la fauna. ¿Pero era real o simplemente estábamos más tiempo en la ventana?

José Pablo Veiga, doctor en biología, se lo ha seguido preguntando y sus conclusiones están en este número de la revista.

BBC Earth, en Movistar+

Para los que no nos avergonzamos de nuestra condición -parcial- de ser ecologetas de sofá, tenemos la buenísima noticia, aunque breve, de que desde el 18 de octubre y hasta el 18 noviembre, Movistar+ pondrá el canal BBC Earth a disposición de sus abonados.

Eso significa tener una emisión continua con los más impresionantes documentales de naturaleza, individuales u organizados en series, para todos los gustos. Pero, sobre todo, significa poder hartarse a ver piezas de una calidad fuera de toda duda, con innovaciones visuales y argumentales sorprendentes, sin olvidar la omnipresencia en el canal del inigualable David Attenborough.

Si participas de un medio de comunicación, un blog o una página web que quieras que tengamos en cuenta, por favor, ponte en contacto con nosotros.

«Eso ha sido así toda la vida».

La primera parte de la receta es el texto y la imagen compartida por el gran Alex Richter-Boix en twitter: “Visualización gráfica del síndrome de las referencias cambiantes y su implicación en la conservación del medio ambiente. Cada generación aceptamos como referencia de «normal» la naturaleza que conocimos de pequeños, usándola como referencia para evaluar los cambios”

Días atrás, discutimos con frecuencia sobre temas como el auge de las especies exóticas invasoras, el movimiento progatos callejeros, el declive acelerado de especies silvestres, los ríos secos que antaño corrían sin mayor problema o las fuentes que manaban en la sierra y de las que bebíamos y bebía toda la fauna. También comentábamos acerca de momentos clave en nuestra niñez que nos hicieron guiar nuestros pasos infantiles hacia la naturaleza y el campo, en vez de hacia otros menesteres que diesen dinero o fama. Y como ingrediente final, hoy al llegar a Madrid afinando oreja (algo que muchos hacemos por defecto o porque muchas veces trabajamos mirando al suelo y así podemos saber qué especies de aves nos acompañan) me he dado cuenta de que solo escuchaba dos especies en el portal y en el jardín: cotorra argentina y cotorra de Kramer. Aunque luego han aparecido unas urracas que han sido recibidas casi con ovación cuando han osado, impertinentes, romper la cacofonía cotorril.

Apoyemos a los científicos, igual que apoyamos al cirujano que opera de corazón a nuestra madre sin discutir su técnica, no cuestionamos al profesional que nos arregla la lavadora, la instalación de fontanería o el embrague del coche, sin intentar parecer “todólogos” expertos que discuten lo que no se puede discutir.

Como contrapunto, mientras repaso estas líneas que envié a Javier Marquerie (El Vuelo del Grajo) en versión preliminar y que me ha hecho repasar y ampliar, mientras escucho los últimos abejarucos y golondrinas daúricas en el pueblo, alistándose para cruzar en pocos días el Estrecho (donde espero verlas en breve). Una tórtola turca y unas oropéndolas dan la turra en la cálida tarde, mientras un bando de gorriones comunes, unos estorninos y algunos pardillos y jilgueros revuelan entre el nogal y el huerto hasta la parra del vecino, se desplazan por los tejados y buscan agua y comida en el seco domingo de agosto, cuando los pollos aún pían intentando camelar a sus progenitores para que les alimenten de gorra, aunque están ya emancipados. Nada que ver con el aburrídisimo, estomagante y monocorde coro de cotorras, que cada vez va a más, mientras la biodiversidad urbana va a menos.

No escribo estas líneas por capricho. Las escribo porque no es solo la biodiversidad urbana, es también la rural, la marina o la de montaña la que está en un declive que, como señala la imagen que acompaña a estas líneas, solo percibe quien trabaja en el tema o quien ha tenido la oportunidad de conocer por actividad y edad durante las pasadas décadas. En este momento, el consenso científico apunta a que estamos sumergidos hasta el cuello en la sexta extinción, la que se produce en el Antropoceno, debido principalmente a la actividad humana. La misma actividad despegada de la naturaleza que nos hace ser responsables del calentamiento global (que no cambio climático), del incremento de eventos catastróficos, del calentamiento del Mediterráneo hasta superar los 30º C en el agua (veréis que gota fría más divertida vamos a tener a finales de verano). Somos los responsables de la desaparición de los glaciares del Pirineo, de que el Danubio o el Rhin bajen casi secos en Centroeuropa, de que en UK mueran docenas de personas por golpe de calor o de que en USA haya migrantes climáticos que abandonan la zona de los tornados o las grandes inundaciones buscando no perder sus casas y sus granjas cada año. Vamos, que estamos de mierda hasta el cuello. Por nuestra culpa. Pero alguien dirá “esto ha sido así toda la vida”. Y ese es el problema.

Pero, además, y en una escala más local, somos los responsables de que las especies exóticas invasoras aumenten y afecten a las delicadas especies mediterráneas, ya de por sí al límite. No tomamos las decisiones correctas y mareamos la perdiz por capricho, queriendo aprobar “listas positivas de mascotas” en modernas leyes escritas por gente sin formación ni información científica. Hay asociaciones y agrupaciones, cinturones ciudadanos y partidos buscando “alternativas éticas”, “soluciones no cruentas”, o simplemente dilatar un proceso que no nos gusta a nadie como es el de capturar y erradicar aquellas especies a las que la ley nos obliga a capturar y erradicar, para proteger (también por ley) a aquellas especies autóctonas protegidas por nuestra legislación. Pedimos derechos para los animales que tenemos cerca, como el ganado doméstico y las mascotas, lo que es altamente recomendable y loable, vaya por delante. Pero a la vez negamos los derechos de las especies silvestres que garantizan el funcionamiento correcto de los ecosistemas de los que depende nuestra supervivencia, y nos negamos a sacrificar de forma rápida e incruenta animales a los que, según algunos, es mejor condenar a cadena perpetua hacinados en jaulas “porque es ético” desoyendo el consenso de los científicos y los expertos.

Conseguimos quemar cientos de miles de hectáreas de naturaleza por diversos motivos, entre los que abundan la codicia, negligencia, mala gestión y egoísmo y escasean los pirómanos reales (los considerados como enfermos mentales). Cuando pasa el tema incendios aparece la sequía y los “todólogos”, que no asistieron a clase el día que se explicó el ciclo del agua, nos hablan de más embalses, de imposibles transvases y de otras milongas, para perpetuar un modelo de gestión imposible de mantener. Son los mismos que niegan la contaminación del Mar Menor o la ilegalidad del dragado del Guadalquivir, la desecación de Doñana o el mercantilismo y las mafias ligadas a la extracción ilegal de agua en Levante, el Jerte o Doñana, asociadas a la moderna técnica de poner en regadío hasta los almendros y los olivos (o los cerezos). Los que consideran que la contaminación por purines de las macrogranjas o los nitratos agrícolas no deben preocupar a la ciudadanía, que solo debe consumir sus productos, que nos matarán a medio plazo, por agotamiento de los recursos naturales. “Esto ha sido así de toda la vida”, volverá a decir alguien.

Aún más: frente a los hechos irrefutables que hablan de extinciones, agotamiento de los recursos naturales y calentamiento global por causas antrópicas, aparecen los que llaman “ofendiditos”, “preocupaditos”, “progres”, “ecolojetas” o “genocidas” a quienes intentan poner coto y freno a la sarta de barbaridades sin sentido; a los que luchan por preservar Doñana, por evitar el expolio del agua, la contaminación por fosfoyesos en Huelva o por lindano en Aragón, las presas absurdas en terrenos deslizantes, las urbanizaciones de lujo en espacios naturales protegidos o los hoteles en dominio público hidráulico. Y así, la mierda que llegaba hasta el cuello empieza a estar insoportablemente cerca de la boca, mientras nos ponemos de puntillas para no tragarla.

Ahora mismo creo, cada vez más, que en muchas ocasiones todas estas discusiones a causa de las EEI, el calentamiento global, las mascotas y la pérdida de biodiversidad urbana, rural, planetaria o cósmica se dan con gente muy ligada a entornos urbanos, o muy jóvenes. O ambas cosas. Sin contar a los que tienen claros intereses económicos y niegan todo por sistema, claro. Gentes con las que a veces me siento tentado de citar a Rutger Hauer en el tremendo monólogo final de la épica Blade Runner con aquel “he visto cosas que vosotros jamás creeríais”. Cambiando las naves de ataque más allá de Orión y las ráfagas de rayos cerca de la puerta de Tanhauser por bandos de miles de sisones en invierno en La Serena, baños en el Duero en Zamora capital, millones de saltamontes en los caminos y campos en verano, explosiones de efémeras en el Ebro, que ya casi no se dan, muchísimas golondrinas, tórtolas, codornices y vencejos en primavera… o compartir poza con un desmán ibérico un septiembre en Gredos cuando era estudiante de Biología. Y es que, como ilustra Alex en su hilo, no tenemos las mismas referencias de partida. Y es una pena y un problema, pero a la vez nos conciencia de la importancia, la urgencia y la necesidad de luchar por recuperar la biodiversidad, sin necesidad de que nos lo imponga nadie más que el más elemental sentido común.

Lo positivo es que hay varias generaciones que podemos dar la batalla; generaciones que casualmente coinciden con los que crecimos con las grabaciones de radio y los programas de Félix Rodríguez de la Fuente, los documentales de Jacques Cousteau y David Bellamy, la sabiduría y divulgación científica de Sagan, Attenborough o Asimov, con el Fauna Ibérica, el Fauna Mundial y los cuadernos de Félix. Los que pasábamos en el campo los fines de semana, los veranos y cualquier momento disponible, escapándonos a correr pollos de perdiz, buscar nidos de cernícalo, dormideros de búhos chicos, cuevas con murciélagos, ríos con cangrejos o canchales con lagartos que, de vez en cuando, nos propinaban algún que otro pellizco o mordisco para espabilar al listo de las rodillas sucias que los cogía a mano desnuda.

Esas generaciones tenemos que espabilar ahora de nuevo. Y muy especialmente los que nos dedicamos a la conservación, a la divulgación, a la ciencia o al ecologismo. Porque tenemos lo que poca gente tiene: datos, información veraz, experiencia de campo y un bagaje acumulado que nos hace ver con perspectiva y mantener esas referencias de partida donde la biodiversidad era muy alta. Y explicársela a quienes se ven limitados por la falta de información y conocimientos. Nos toca remangarnos como tantas otras veces. Y alzar la voz y defender lo que el sentido común dicta, y que coincide con las recomendaciones de los grupos de especialistas en las materias que nos ocupan: el Grupo de Especialistas en Especies Invasoras de la IUCN, el Panel Intergubernamental de Cambio climático (IPCC) de la ONU, la “satánica” Agenda 2030 de la UE y hasta el Papa Paco, que al paso que lleva me obligará a replantearme mi ateísmo si no sufre antes un “misterioso accidente” por su posicionamiento en tantos temas incómodos. Todos insisten en actuar rápido, en atajar el problema identificado de forma rápida y efectiva antes de que vaya a más, en contar con la opinión de los expertos y científicos y dejar de tocar las narices, básicamente.

Hay que volver a hacer las cosas bien, no porque nos lo marque la política europea o el Tratado de Kioto, o el de Estocolmo, que lleva desde los años 80 penando por los rincones sin que le hagan mucho caso los políticos y magnates del mundo. Si ya en el siglo XIX había científicos avisando del potencial problema en el planeta si se seguía quemando carbón a lo loco, ¡joder!. Y eso que la cosa acababa de empezar. Aquellos científicos no eran muy sospechosos de estar comprados por el NOM, Soros, Gates, los comunistas judeomasónicos de la Agenda 2030 o los illuminatti, pienso yo. Pero ya decían lo mismo que hoy con más del 97% de consenso científico. Y eso, aunque Aznar, el primo de Rajoy, “Isidoro” (solo los de cierta edad entenderán esta referencia) o los negacionistas de ultraderecha quieran que cerremos los ojos y traguemos.

Debemos hacerlo aún a riesgo de tener que tomar posturas y decisiones impopulares entre políticos y gente con otras referencias o sin ellas (especialmente referencias científicas y de infancia natural). Debemos hacerlo a pesar de lo que nos duele a quienes, con una profunda vocación, nos pusimos a militar en el ecologismo y el naturalismo y a estudiar biología, veterinaria, forestales, ecología o a intentar ser divulgadores o “bichólogos”, porque nos gustaban los bichos y su conservación. Porque nos gustaban – y nos gustan- todos los bichos, pero en los ecosistemas en los que son funcionales y no un problema. Igual que nos gustan los eucaliptos y los pinos en su justa medida, los cultivos de regadío donde tocan y son legales, el bienestar animal y que la gente tenga mascotas (perros y gatos) en casita, y dejemos los animales silvestres en paz. Y apoyemos a los científicos, igual que apoyamos al cirujano que opera de corazón a nuestra madre sin discutir su técnica, no cuestionamos al profesional que nos arregla la lavadora, la instalación de fontanería o el embrague del coche, sin intentar parecer “todólogos” expertos que discuten lo que no se puede discutir.

Y es que al final, lo que buscamos es mantener viva la llama de la esperanza y dejar un medio natural a quienes vengan detrás, mejor que el actual, o incluso mejor que el que recordamos de niños. Porque (y con esto termino), no queremos acabar como Roy Blatty con su “…all those moments will be lost in time, like tears in rain. It´s time to die…

Lo que más me jode es que quienes discuten y niegan la pérdida de biodiversidad o el calentamiento global tampoco habrán visto Blade Runner. Y si la han visto, no han entendido nada…

“RURAL. RURAL NADA MÁS”. NADA MENOS.


Que los vecinos de Molinicos están tocados por la varita del talento está fuera de toda duda. No sé si el milagro lo obró el “altísimo” (como llaman algunos) asomado desde los altos peñones de la Sierra del Segura, o si fue obra del dios Cuerda, que tuvo una premonición al elegir esta población como uno de los protagonistas de su maestra Amanece, que no es poco.

¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? José Luis Cuerda fue antes.

Rural. Rural nada más. (enlace a video)

Cuando me invitaron al Festival Retorna a acompañar a la gran graja, Mar López, a Molinicos, me gustó la propuesta. Me gustó la idea de participar en la presentación del documental de El vuelo y me gustó mucho el nombre del pueblo, Molinicos, me pareció entrañable. Sonaba acogedor.

Luego, buscando datos y ubicación, descubrí que, en aquella zona, alguna vez, crecieron hombres en los bancales.

Ya antes de llegar a Retorna, ya desde la carretera que une Albacete con las localidades de la sierra, efectivamente, asomó el cariño. No me había equivocado. Una vez en el pueblo donde tiene lugar el Festival, el abrazo y la calidez fluían por doquier, por sus calles en cuesta, desde lo alto hasta el arroyo y desde el arroyo, al lavadero y la plaza.

Y en ese fluir, murales y placas respondían entre risas a mis preguntas de forastera. ¡Las paredes de este pueblo saben mucho más que yo! ¿Qué os voy a decir de sus gentes?

En muchas de las calles del pueblo se pueden ver murales, algunos referidos a la película de Cuerda.


En Molinicos sigue habiendo asambleas. Y asambleas de mujeres. Asambleas en las que si a alguien se le ocurriera plagiar a Faulkner, sería nuevamente descubierto. En Molinicos las mujeres son muchas y muy altas. Elevadas. Son mujeres importantes. Hay mujeres artistas a la vuelta de cada esquina. Ilustradoras, bailarinas, cantantes, actrices. Mujeres que bailan en naturaleza y proponen arriesgadas coreografías y mujeres que entonan hermosos madrigales tocadas, como digo, por la varita del talento.

Formar parte, por un rato, de ese grupo, fue una suerte. Sentirse Pastora Vega, Queta Claver, ChicaCharcos o La Galana es una gran fortuna.

Y entre estas mujeres, nuestra graja, Mar López, que en la edición 2022 del Festival Retorna presentaba La osa que dejó una huella en el cielo.


Tras una charla sobre economía sostenible y circular, el salón de actos de la Casa de Cultura de la localidad fue ocupado por Luisa, por Sofía y por Lorena, que, sin estar, estuvieron, a través de los ojos de Mar. Ellas tres se sumaron a este festival de muy altas mujeres artistas (hay hombres en la organización, claro, pero a mí las mujeres me llamaron especialmente la atención; lo llenaban todo) que disfrutaron interesadas con el tempo y la fuerza del documental.

Tras la proyección, durante el coloquio, pudimos obtener esa devolución, el feedback gracias al que comprobamos, una vez más, que la película gusta. La película gusta más allá de entornos familiarizados con la conservación o la fauna. La osa atrae porque atrae la manera en que está narrada, porque engancha la historia de tres mujeres en el medio natural, que lo viven, lo respetan y lo aman.

Tras el coloquio, el intercambio continuó entre cervezas artesanas. Que los creadores de este Retorna tienen todo controlado y hasta cerveza producen.


Rural, Plural, Cultural

Retorna es un encuentro en el que la música, la magia, el cine, la danza y, en definitiva, la creación, nacen del pueblo y para el pueblo, gracias a la acción directa de Resilencio, colectivo sin ánimo de lucro que surge en Albacete hace cinco años (2017) y que se desplaza a Molinicos, con el valiente objetivo de acercar la cultura al pueblo y que pueda convertirse en motor para que otros retornen al campo. Rural-Plural-Cultural es su lema, una clara declaración de sanas intenciones.

Tres días visten de arte el otoño de la Sierra. Los grajos ya tenemos señalado en nuestro calendario esta celebración sostenible y esperamos que se convierta en cita para aquellos a los que gusta disfrutar de la cultura, de los aromas, de amplios paisajes y evocadores rincones y, sobre todo, del abrazo y la cercanía.

Retornaremos. Y lo haremos acompañados. Todos a Molinicos, que no es poco.

Bosquegrafíes: un diálogo con el bosque 

Una mirada hacia la naturaleza desde las distintas artes que de ella se nutren y con ella se inspiran. Bosquegrafíes propone un encuentro en espacios naturales donde literatura, música, escultura, ilustración, cine, baños de bosque y gastrobotánica encuentran su espacio. Pero no un espacio meramente escénico sino un espacio vital, ya que este festival reúne durante tres jornadas a creadores/as de diferentes disciplinas vinculados de un modo directo y expreso con la naturaleza.


También la ciencia tiene cabida en estas jornadas. Muchos de los artistas que participan en Bosquegrafíes son biólogos/as o naturalistas además de escritores, chefs o músicos. El bosque es un estado de vida transversal a las distintas ramas del conocimiento. Decía el poeta Antonio Gamoneda que “todo es verdad bajo los árboles” y precisamente de recuperar esa autenticidad, esa mirada atenta sobre nuestro entorno, habla este encuentro.


Tras celebrar su primera edición en el concejo de Ponga (Asturias) en 2021, Bosquegrafíes regresa a este enclave de La Casona de Mestas, ubicada entre los ríos Ponga y Taranes. Este año el cartel se abre a nuevas experiencias. Contará con la presencia de la escritora Clara Obligado en diálogo con el poeta Raúl Vacas; la cineasta asturiana Sonia Fernández, que proyectará algunos de sus cortometrajes, fuertemente vinculados al mundo de la infancia y la adolescencia en el rural; una actividad de gastrobotánica dirigida por la chef Amanda Bataller, con la que degustaremos lo que la tierra nos ofrece en el concejo de Ponga; compartiremos un té con los protagonistas del célebre programa de radio El bosque habitado (Radio 3): María José Parejo, Ignacio Abella y Raúl Alcanduerca.

El bosque es un estado de vida transversal a las distintas ramas del conocimiento. Decía el poeta Antonio Gamoneda que “todo es verdad bajo los árboles”


El grupo de música post-folk asturiano L-R, la ilustradora Ester García, la actividad de baños de bosque ofrecida por Alicia Andrés y una charla emboscada de Joaquín Araújo cerrarán la programación de este año.


En los últimos años vivimos un auge de la creatividad vinculada a la naturaleza. El término anglosajón “nature writting” ha irrumpido con fuerza en las mesas de novedades de nuestras librerías y el relato verde y austero de los árboles está presente en la obra de creadores/as de todos los ámbitos, desde la danza al cine, pasando por todas las citadas. Hablar de naturaleza es hablar de nuestra propia condición humana. Como se ha repetido hasta la saciedad, somos naturaleza, no existe una brecha entre ambas realidades.

Encuentros como Bosquegrafíes nos convocan al asombro. A entrar en un tiempo fuera del tiempo y rehacer el camino entre la ciudad y la naturaleza, entre la naturaleza y la ciudad. A renovar la esperanza y el diálogo con los pájaros, con los árboles, con los ríos.

De búhos y de hombres

Este texto (escrito en homenaje al maestro Steinbeck) es, en primer lugar, bastante largo. Lo digo para que los lectores cortos de tiempo —o cortos en general— paren aquí y se pongan a otra cosa.

En segundo término, es de recibo manifestar que los próximos párrafos no tratan sino de buscar una redención. Ahora sé que Javier Marquerie, mi actual mecenas, estaba en lo cierto cuando recientemente me describió como un pajarero «irredento».

Mi pesadilla empezó cuando leí —creo que fue el día 21 de noviembre— que habían desaparecido los búhos nivales astures. Nadie sabía ya en esa fecha dónde estaban y, desgraciadamente, todavía hoy se desconoce su paradero. Lo más doloroso fue que, ese nefasto domingo, muchos pajareros llenos de ilusión no llegaron a tiempo de verlos.

No puedo soportar esta carga, me siento muy culpable por lo sucedido. Necesito confesar…

La verdad, por vergonzante que esta sea, es que los días previos a la referida fecha, cada vez que veía una imagen —y otra, y otra, y venga, y otra…— de los protagonistas indiscutibles en los foros ornitológicos, yo tarareaba (sin que recuerde malicia consciente) la letra de «Ojalá». Seguro que conocéis el estribillo de la famosa canción de Silvio Rodríguez:

“Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve, ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones…”.

Aportaré a modo de atenuante que, como ya sabréis, el legendario cantautor —lo creáis o no, está perfectamente documentado en Wikipedia— compuso sus versos en una situación muy similar a la mía: en el muy crudo invierno de 1969 se citó un búho nival en una playa remota de Punta Hicacos (al nordeste de Varadero) y él, dado que estaba trabajando en Santiago de Cuba (a 842 km del avistamiento), no pudo ir a verlo y rabió de lo lindo.

Una vez dicho esto he de reconocer que, durante los 13 días (el mismo número de jornadas que se prolongó la crisis de los misiles nucleares rusos en la isla natal de Silvio) que los búhos lucieron blanco roto en el norte peninsular, seguí los acontecimientos con un interés que rayaba en lo morboso.

Me cabreaba con todas y cada una de las miles de fotos pálidas publicadas en Facebook, Twitter, Instagram, Forocoches, Hola, Estado de Alarma, Libertad Digital, ABC, Qué me dices, etcétera.

Porfiaba al ver las acumulaciones de observadores en el páramo costero, me inyectaba insulina en la carótida con cada edulcorado texto subido a las redes, lloraba con las faltas de ortografía, me mordía la lengua con los desgarros en el estilo y, en el colegio, cuando me cruzaba con un libro de J. K. Rowling (mi personal némesis) tenía que correr al cuarto de baño para vomitar bilis y hiel —el coñazo que ha dado alguno con lo de «el búho de Harry Potter»—.

El carisma de la especie en cuestión —sin necesidad de tanto cliché rancio— fue tal, que su sola mención devoró, y ridiculizó en visitas y número de «likes», a otros aspirantes coetáneos a rarezas. Eso es exactamente lo que les pasó al triste escribano lapón que campeaba en la misma zona, al ninguneado porrón bola gaditano y al defenestrado coliazul cejiblanco (no lo suficientemente azul en el obispillo y menos aún lo mínimamente blanco admisible en la ceja para el baremo impuesto por la fiebre ártica de aquella época) con visos de pasar el invierno nada menos que en Badajoz.

Por otro lado, y como siempre, me resultó hipnótica la intrahistoria de un evento tan improbable. Me fascinó la controversia —nacional e internacional— sobre su procedencia (¿venían del ártico europeo, siberiano o canadiense?), las dudas respecto a la forma en la que habían llegado (escuché que sospechosamente atracó un barco procedente de la Bahía de Baffin esos días en El Musel), las incertidumbres sobre el posible origen doméstico (argüidas, a menudo, por aquellos que no pensaban, o no podían, ir a verlo), las expectativas y anhelos puestos en el análisis isotópico (desde aquellos que sí que pudieron acercarse) y, como no, me fascinó el eléctrico debate sobre si era tachable o, por el contrario, no era ético apuntárselo.

Pero, especialmente, atendí embelesado a las muchas valoraciones acerca del comportamiento de los ornitólogos desplazados al Principado.

De un tiempo a esta parte, la etología de los pajareros es de lejos mi disciplina de salón favorita. Mi actual curiosidad, en la que prima la psicología inherente a las justificaciones del observador sobre el mero desarrollo de la actividad, la describió maravillosamente bien Albert Pla cuando le preguntaron acerca de la controversia asociada a la figura de Maradona tras su muerte: «…me interesaba como drogadicto, como futbolista no mucho».

Al principio, según reza la crónica de los allí presentes, la actitud de los twitchers fue —paradójicamente— intachable. Leí que muchos, a pie de campo, se sintieron por fin europeos desde un ángulo ornitológico —para contraste conmigo que cada día siento más orgullo de mi acervo africano— y, en los textos publicados casi a borde de acantilado, se entreveía que la orgía de amistad, confraternización y pajareo catapultó la experiencia a estratos orgásmicos. Incluso se ha confirmado, por parte de los juglares desplazados al lugar de la noticia, que no pocos birders necesitaron reanimación profesional tras sufrir cuadros agudos del síndrome de Stendhal.

Sin embargo y lamentablemente, en los últimos estertores de la catarsis, según escuché en La Radio del Somormujo, un fotógrafo —en este caso, quizá sea más correcto hablar de «fotófago»— se saltó el cordón y espantó a uno de los animales para obtener instantáneas en vuelo. Aliviado de que no se le linchara in situ, me dejó epatado su defensa ante los insultos y vilipendios que le dedicaron los observadores de bien: «no pude resistirlo, tenía que hacerlo», dijo el imbécil.

Parece ser que poco después del incidente mencionado, la guardería tuvo que pararle los pies a una turba que, emulando «el juego del calamar», practicaba una zancada hacia delante cada vez que los árbitros de pista miraban para otro lado.

«Qué lástima —recuerdo haber murmurado al escucharlo—, qué poco ha durado el reciente pacto forjado en “La Comunidad del Prismático”».

Pero me equivoqué. A la postre, soy consciente de que fue muy injusto por mi parte —amén de tararear repetidamente «Ojalá» convocando un irrevocable apocalipsis— valorar lo sucedido quedándome solo en la anécdota. Los pajareros que participaron en el diálogo radiofónico con los Somormujos aseveraron que el 99% de los observadores —y atendiendo a los números censados de asistentes e insurrectos, la cifra parece del todo certera—el comportamiento fue ejemplar. Se confirmó entonces que, definitivamente, podíamos sentirnos europeos.

Creo que también es destacable la extraordinaria difusión del suceso. El acontecimiento fue trascendido por periódicos locales, provinciales y nacionales, inundó las redes sociales —y alcanzó, por lo tanto, todos los confines del planeta— e, incluso, tuvo cobertura en la televisión nacional. Estoy convencido de que es muy positivo que la ornitología, o la información sobre esta actividad ejecutada con respeto, sea expandida lo máximo posible.

Y no menos desdeñable, a pesar de que algunos miserables hiciéramos sangre y chanzas movidos por la envidia (e incluso mascullásemos estrofas de revolucionarios comunistas), por retorcimientos genéticos personales o por puro aburrimiento particular, es que ese búho tan cuqui, mullido, achuchable y cabezón (llegara cómo llegase y viniese de dónde viniese) hizo felices a cientos de personas que cambiaron sus planes anodinos y cotidianos por tener un encuentro con lo que era solo una utopía —o poco más que una estupidez— hasta un único minuto antes de que se recogiera el primer ejemplar en la playa de La Virgen del Mar en Santander.

Yo no viajé a Asturias. Podría justificarme diciendo que no me gustan las aglomeraciones, que se me antojaba una observación no canónica al haber sido asistidos en su viaje, o que tenía dudas de que su presencia fuese fruto escape de un particular…Pero todo eso no solo no se ajustaría a la verdad sino que sería una cochina mentira.

Yo no fui porque ya lo había visto: pasé unas vacaciones de Navidad (las comprendidas entre 2017 y 2018) entre Massachusetts, Minnesota, Ontario y Quebec viendo búhos nivales, cárabos lapones y lechuzas gavilanas. Concretamente, en Amherst Island (en la orilla canadiense del lago Ontario) observé hasta doce ejemplares distintos de scandiacus en cuatro horas. Allí, con las pestañas congeladas y el corazón ardiendo, mi sed de esta especie totémica —así la definió perfectamente en antena Alfonso Rodrigo— quedó por fin saciada. Como ya comentaron otros por ahí, doy fe de que no es necesario viajar a latitudes árticas (en vehículos oruga y con un rifle en previsión del encuentro con osos polares) para acordarse de la madre de Hedwig.

De no haber sido así, podéis estar seguros de que habría conducido hasta Moniello, Verdicio o Gijón —o hasta el infierno, si hubiera hecho falta— y, de haber llegado de noche por mis compromisos laborales, habría instalado reflectores para iluminar Gozón enterito hasta ver ese maldito pájaro. Cuando se me echaran en cara las molestias ocasionadas por haber creado la luz, jugando a ser dios, en el opaco escenario de tundra donde descansaban estas pobres criaturas, probablemente hubiera contestado: «no pude resistirlo, tenía que hacerlo».

En cualquier caso y conociendo mi legendaria fortuna, de haberlo intentado, seguro que hubiera llegado tarde a la cita, como les pasó a tantos otros. No obstante, en mi experiencia, nada espolea más la mordiente de un pajarero que un revés ornitológico. No en vano, por no haber podido ir a la isla de Ré a ver un «búho de Rowling» que pasó allí un tiempo en los albores de 2014, disfruté posteriormente de las mejores navidades de mi vida en Norteamérica hartándome de rapaces nocturnas boreales y tarta de arándanos, sin poder obviar el simpático accidente bajo la nevada en Michigán, y su asociado siniestro total, el mismo día de Año Nuevo.

Pero basta ya de expiación: no tengo justificación ni tampoco perdón. Estoy ya fuera —al igual que el psicópata fotófago— de juego, no tratéis de convencerme ni restéis importancia a lo que hice, no quiero vuestra condescendencia. He decidido autoexiliarme de «La Comunidad del Prismático».

Fui yo el que los echó —sí, tal cual, así os lo digo: sin paños calientes—, yo solito precipité el final de los 13 días más bonitos de vuestra vida pulsando el botón rojo de lanzamiento de los misiles nucleares cubanos. Mientras los pajareros acudían como pastorcillos al portal y algunos ya adoraban al mesías blanco en Asturias, yo tarareaba a Silvio Rodríguez:

Cantad conmigo (todos juntos en este macabro pero níveo karaoke): “Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve, ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones…”.

Ya sabéis, queridos grajos, cómo sigue el conjuro:

“Ójala que no pueda tacharte ni en canciones…”

Fotografía y conservación: Andújar 2021

La Asociación Española de Fotógrafos de Naturaleza (AEFONA) convoca a sus socios durante los días 12, 13 y 14 de este mes para debatir sobre el papel de la fotografía de naturaleza en la conservación de la biodiversidad.

En palabras de la Asociación: La fotografía es una herramienta para la conservación que permite tanto ilustrar los grandes problemas ambientales de nuestros tiempos como divulgar nuestro patrimonio natural y cultural. Los encuentros para la conservación de AEFONA tienen como objetivo proporcionar un espacio de encuentro para los fotógrafos de naturaleza interesados en la conservación de la naturaleza en los que compartir actividades, iniciativas y proyectos en los que la fotografía juega un papel notable. Junto con los fotógrafos de naturaleza en los encuentros participan habitualmente otros actores implicados en el gran reto colectivo de la conservación de la naturaleza como son las administraciones ambientales, las asociaciones conservacionistas, asociaciones de fotografía y otros actores locales.

La propuesta es interesante e incluso necesaria, ya que llega en un momento en que los fotógrafos interesados en capturar instantáneas de la naturaleza comienzan a ser legión. Obviamente, no todos los que cargan con equipos por el campo, sacando horas de inmenso disfrute, sienten la necesidad de participar de una u otra manera en la protección y conservación de la fauna y flora y sus ecosistemas. Y mucho menos participar activamente de proyectos y programas de manera individual o dentro de organizaciones. De hecho, AEFONA recalca que no se trata de una convocatoria reivindicativa. Pero la fotografía, ya sea a nivel ilustrativo o científico, juega un papel fundamental en la conservación. Y en ese punto AEFONA se ha basado para realizar una selección de ponentes muy interesante y, a priori, muy inspiradores. Por ejemplo, Vicent Ferri hablará sobre hides y actividades en un proyecto de Conservación de la
Naturaleza, relacionados con la Fundación Victoria Laporta en el P.N. Serra de Mariola, en un tiempo en que ya somos muchos los que en ocasiones nos cuestionamos la viabilidad ética de utilizar un comedero con el único y exclusivo fin de hacer fotos. O la interesante propuesta de Roberto García-Roa con el título “La otra Fauna, fotografía para su conservación”.

Las 12 ponencias y mesas redondas se verán complementadas con 3 salidas guiadas a la Sierra de Andújar. Un plan absolutamente equilibrado y tentador diseñado para tan solo 50 fotógrafos y que es posible gracias a la colaboración del Ayuntamiento de Andújar.

El Vuelo del Grajo estará allí.

OrnitoCyL2021: Más que pájaros

Ahora que levantarse de la cama de la pandemia se hace tan cuesta arriba, el equipo de OrnitoCyL se ha desperezado con energía inusitada. Tras el éxito alcanzado en las primeras ediciones y la consabida versión digital, llegó el momento de dar el paso. Y ellos, además, se atrevieron con un cambio de fecha, con el que, a priori, la “meteo” podría haberles jugado una mala pasada. En octubre y en Ávila jugar con el frio y la lluvia es mucho apostar. Pero no solo ellos, que ahí estuvieron un buen grupo de personas, instituciones, asociaciones y empresas que apoyaron la iniciativa y permanecieron fieles a la convocatoria, ahora que acompañar en estos momentos complicados es tan importante. En cualquier caso, el sol brilló, el público relució y el programa resplandeció.

Una feria de verdad.

La cita respondió absolutamente a la práctica totalidad de las acepciones que recoge el diccionario de la Real Academia Española: mercado, intercambio, promoción, festividad, paraje público, exposiciones, divulgación, entretenimiento y diversión. En la despejada loma que domina el pueblo de La Cañada, dependiente del municipio de Herradón de Pinares, se desplegó un campamento de carpas al que se accedía por un gran portal. En un paseo, de izquierda a derecha, la bienvenida la daba un amplio espacio destinado a la cantina, que funcionó bien, rápido y con un buen humor siempre de agradecer cuando se trata de esperar a que te den algo que calme el rugir ventral. Seguía un lineal en el que se alternaban marcas comerciales, representación de tiendas vinculadas a la observación de fauna, artesanos y varias fundaciones/ONG/asociaciones conservacionistas.

A continuación, dando el placer de ver que ayuntamientos y otras instituciones apuestan por el ecoturismo y la observación, estaban los puestos de promoción institucional. Por supuesto, confirma lo que todos sabemos: la propuesta OrnitoCyL es ya un marchamo de calidad y solvencia al que adherirse.

El último tramo físico comenzaba con una empresa de guías y safaris por el Parque Nacional Monfragüe con excelentes presentaciones y algunas propuestas muy interesantes, incluso para los más veteranos. Y asalta otra pregunta, que probablemente tenga la misma respuesta: ¿dónde está el resto de las empresas del sector, que sin duda aquí plantaría en tierra abonada? En un futuro inmediato sería glorioso que existiera una vinculación natural y de beneficio mutuo entre guías, esta feria y público aficionado al ecoturismo y la observación.

Al lado, lona con lona, los cinco atractivos escaparates de los artistas asistentes. Una orfebre con un catálogo impresionante de pequeñas joyas confeccionadas con plata, resinas, hojas y flores. A continuación, tres maestros del pincel y un cuarto de la escultura ofreciendo sus obras. Cuatro estilos para representar la fauna y esa sensación de pura envidia que se siente al ver cómo alguien puede deleitarse tanto y durante tanto tiempo con las especies observadas. Siempre pienso que debe de ser como zamparse una delicia y que después, durante horas, con solo mover la lengua, aparezca un nuevo sabor, o un matiz del original, o un retrogusto que no has apreciado antes. Así es como imagino el trabajo del artista de fauna: “¡qué rico ese plumaje que pintaste, chacho!”.

Podría ser un pero, pero en realidad es una invitación. Creo que la afirmación pasaría de universal a obviedad, si digo que para cualquier aficionado o profesional de la observación de fauna una de las grandes expectativas al acudir a un evento de estas características es poder salir con molestias de espalda tras pasar por los puestos de librerías y editoriales y cargar con la mochila resultante el resto de la jornada. En esta ocasión esto no pudo ser, sin duda debido a que son tiempos complicados para quien más y quien menos. Seguro que en próximas ediciones el mundo del papel estará presente y dispuesto a llenar nuestras estanterías.

El ágora.

El camino imaginario trazado en la feria terminaba en la gran carpa de las conferencias. Es el lugar donde los organizadores del sarao se la juegan de verdad. El plan insensato es -estando en el campo, con buena meteorología, con un montón de cosas interesantes que ver, con buenos compañeros y decenas de amigos por conocer- convocar una docena de conferencias de una hora de duración y con el público entre cuatro paredes y un techo. ¡Pero si hasta en el suelo bajo la carpa las quitameriendas (Colchicum sp.) explosionan con fuego malva entre la hierba verde y a mí me quieres sentar! Hace falta valor, hace falta valor.

También es donde se encierra el mayor de los valores, el tesoro de la feria. Siempre habrá otro monte en el que quedar con ese compañero, una página web que visitar para ver la obra de ese artista o ir a la tienda a probar esos prismáticos. Pero escuchar doce ponencias breves, bien preparadas y mejor combinadas, es un poco más difícil. Además, es dónde OrnitoCyL demostró que es más que pájaros: es biodiversidad, es conservación, es ocio, es cultura y es ciencia. Programas de conservación explicados por científicos, un entomólogo hablando de polinizadores y la falsa bondad de la apicultura semi-industrial, un poeta metido a hostelero presentando su libro de fotografía de aves o un viajero contando sus experiencias en una isla remota, son algunos de los temas tratados en un amplio, suculento e interesante catálogo. ¡Cuánto derroche de conocimiento y experiencia! ¡Qué panzada a aprender y soñar con próximos viajes! Embotellado y con etiqueta, sería vino gran reserva y no apto para todos los bolsillos, pero era el programa de conferencias montado por la gente de la organización y, sí, era gratis.

Por desgracia, esta tentación permanente por escuchar y ver en el ágora impedía totalmente la asistencia a las actividades de exterior. El programa de actividades propuesto resultaba igual de completo, variado e interesante. Talleres, rutas y visitas que incluían arte, educación, ecología, observación y ciencia y todo ello para niños, adultos, expertos, aprendices, curiosos… Observación astronómica, construcción de comederos, iniciación al retrato de aves, fotografía de paisaje, paseos por el pinar o la montaña, algo de arqueología o juegos para niños, no faltaba de nada.

Y así, en un año complicado, trascurrió la feria OrnitoCyL 2021, los días 8, 9 y 10 de octubre. ¿Qué tendrán en mente para el 2022? Da lo mismo: es cita obligada.

Si quieres saber quien está detrás de OrnitoCyL, conocer los nombres de las personas que impartían las conferencias o ver el listado de empresas, instituciones, organizaciones y artistas que tuvieron un puesto en la feria, visita https://ornitocyl2020.es

La tórtola europea temporalmente a salvo en España.

En España solo quedaban dos comunidades autónomas que insistían en desviarse de las recomendaciones emitidas desde Europa. Extremadura y Castilla y León, pese a todos los estudios y lógicas, seguían introduciendo esta especie en sus órdenes de veda, eso sí, con un cupo, considerado por ellos, pequeño. Esta noticia pone, además, fin a la situación que se vive en Cataluña, donde el Tribunal Superior de Justicia admitió a trámite un recurso interpuesto por la Federación de aquella autonomía contra la prohibición de esta ave durante la media veda 2021. El presidente de dicha entidad ha reconocido a medios afines que esta recomendación, emitida desde Europa, pone fin a sus esperanzas de seguir matando tórtolas, ya que en el caso de que prospere su recurso y sea reintroducida en la orden de veda, su cupo sería de cero.

La demanda popular, conservacionista y científica de poner a la tortola europea a salvo del plomo se ha visto cumplimentada.


Sin embargo, el presidente de la Federación de Caza de Extremadura, José María Gallardo, no da su brazo a torcer y ha presentado un recurso administrativo, basándolo en que este año, y siempre según sus censos, la tórtola europea ha subido ligeramente su presencia y cuenta con el número más amplio de ejemplares registrado desde 2014.

La población española ha descendido un 25% en los últimos 20 años. En el mismo periodo, se calcula que la población total lo ha hecho entre el 50 y 70%.


Recordemos que a España, al igual que a Francia, ya se le abrió un expediente sancionador cuando en julio de 2019 comenzaron los procesos por el incumplimiento de los artículos 3, 4 y 7 de la Directiva de Aves. Estos artículos obligan a los Estados miembros a mantener los niveles de población de las especies de aves, especialmente de las migratorias, asegurándose de que exista suficiente diversidad de hábitats, tanto dentro como fuera de los espacios protegidos. Además, los Estados miembros también tienen la obligación de garantizar que la caza de cualquier especie de ave no ponga en peligro los esfuerzos de conservación.

Pese a la alegría que pueda suscitar esta noticia, lo cierto es que no se trata de una prohibición total, sino de una moratoria, que podría ser revisable año a año, dependiendo de los informes de los técnicos. En principio, nada parece indicar que una decisión así, siguiendo instrucciones directas y precisas de la Dirección General de Medioambiente de la Comisión Europea y avalada por todos los informes técnicos posibles, tenga marcha atrás. Sin embargo, el sector cinegético deposita su confianza en ello y en que un futuro Gobierno del Estado, de otro color, menos afín a la disciplina europea y con menos sensibilidad hacia la conservación de la fauna, pueda abrir cupos con razones peregrinas.

Verkami recaba financiación para publicar El gallipato (Pleurodeles waltl).


La obra fija su atención en este endemismo, para desgranar su etología paso a paso.

El gallipato (Pleurodeles waltl) será el primer libro monográfico dedicado a esta especie, tan interesante como desconocida. La obra, que pretende hacerse imprescindible en cualquier biblioteca naturalista o herpetológica, fija su atención en este endemismo, para desgranar su etología paso a paso. De la Fuente ha organizado el trabajo en capítulos ordenados de manera cronológica, tomando como punto de partida el momento en que los gallipatos abandonan sus refugios de invernada. A partir de ese momento, el tratado estudia todo el proceso reproductivo de la especie, hasta que la nueva generación termina la metamorfosis. Por supuesto, el estudio aborda temas como hábitats, alimentación o quienes son sus depredadores. También profundiza en el asunto de conservación y en el impacto de plantas fotovoltaicas y parques eólicos. Enfermedades que les afectan, planes y proyectos de conservación son algunos de los temas que completan El gallipato.

El libro, de 160 páginas y algo más de 150 fotografías, está editado en color y con un tamaño de 14,8 x 21 cm. Como suele ser habitual en los crowdfundig, Verkami ofrece una serie de opciones para hacer una precompra de la edición y así convertirse en mecenas del proyecto. Por unos módicos 21€ puedes colaborar con su publicación y tener este indispensable en tu biblioteca. Por supuesto, la totalidad de la recaudación va destinada a cubrir los gastos de la impresión física y distribución del libro.