Breve guía de la Sierra de Andújar

Aunque a menudo ellos no lo quieran reconocer, es por todos sabido que los adictos a los grandes carnívoros cuelgan mapamundis en las paredes del salón esperando poder acribillarlos con chinchetas de colores. En los planisferios no solo señalan el pasado sino que en una burda topografía de dos dimensiones conjuran sus más burbujeantes anhelos de futuro. De hecho, por las mañanas, antes de salir de casa para ser explotados, vejados, ninguneados y despreciados en sus puestos de trabajo, estos obsesos de lo salvaje observan de reojo al atlas de sus frustraciones y triunfos como definitivo salvavidas de cara a afrontar la pendiente de su vida cotidiana.

Pero ay de aquellos que prolonguen más de la cuenta el pulso visual con su particular atlas del tesoro; en ese caso, los condenados deberán apretar los dientes si cruzan su mirada con las llanuras inundadas del pantanal brasileño, mascullarán al intuir las laderas más pétreas de Ladakh, escupirán sobre el parqué al rociarse en la evapotranspiración de los bosques ecuatoriales en la isla de Borneo, descascarillarán el gotelé de un puñetazo al localizar las praderas del Masai Mara, negarán a Rudyard Kipling cuando se encuentren con las junglas de Madhya Pradesh y perderán el norte detrás de las Torres del Paine.

Los más patriotas de los lectores estarán ya pensando, con toda la razón, que España también cuenta con no pocos pilotitos centelleantes para los cazadores de recuerdos placentarios. En la extensa biogeografía ibérica existe un puñado de localizaciones que son faro en la noche para polillas con prismáticos; y, entre todas ellas, un área específica de Sierra Morena bien podría erigirse como la definitiva meca del turismo predatorio. No en vano, en algún momento de su vida, todo pajarero, fotógrafo, cazador, romero de la Virgen de la Cabeza, o dominguero con ínfulas ecológicas, peregrinará a este oasis de monte mediterráneo con una motivación que se aproximará, al menos tangencialmente, a lo naturalístico. Obvia decir que allí el trofeo total es el lince ibérico (Lynx pardinus) y, por increíble que parezca, las posibilidades de éxito son aceptables incluso en un único acercamiento de pocos días.

No obstante, para el ojo sensible —o, más concretamente, en los abismos a los que se asoma un neurótico— este enclave tiene otros ingredientes que aderezan la experiencia e incluso consiguen que esta trascienda más allá de lo puramente zoológico. En ese sentido, esta publicación pretende orbitar lejos de lo ampliamente consabido y de aquello tan mundanamente presupuesto, para acercarse a las esencias de la visita mucho más allá de sus prolegómenos serranos conformados por simétricos olivares y anárquicas viñas.

Sed entonces, grajas y grajos, bienvenidos a la antesala de los secretos, al preámbulo de las comidillas y, en definitiva, a un estudio anatómico de la Sierra de Andújar.

El viaje hasta el Shangri-la

El desarrollo de este primer epígrafe podría ser muy variable en función de la procedencia de cada penitente. En mi caso, salvo en contadísimas excepciones, siempre me he desplazado desde Madrid y lo he hecho en variada compañía; de hecho, frecuentemente, he compartido vehículo con amigos que se han apuntado a la aventura más desde una motivación planamente turística o con insana curiosidad, que por genuinos intereses biológicos.

La salida desde la capital del reino suele efectuarse a las 17:00, hora a la que acabo mis obligaciones escolares. Teniendo en cuenta que mis contactos con Jaén se suceden en un arco que fluctúa entre el otoño tardío y la primavera temprana (para que todas las horas de luz sean aprovechables, sin que la combustión espontánea sea una amenaza real en el horno vegetal en el que se transforman esos altos en las proximidades del verano), los 340 kilómetros que me separan del Shangri-La andaluz los recorro casi por completo de noche.

El itinerario de descenso mesetario se produciría con más pena que gloria si no fuera por la excitación del unboxing de la bolsa de Doritos (y sus consecuentes manchas de glutamato en la tapicería), por el chute de metadona con el mocho de cocacola («Zero» de un tiempo a esta parte), por el dinamismo que generan las quejas de los pasajeros ante mi negativa a parar para tomar un «cafetito» (yo no bebo alcaloides, detesto el «momento cafelito» y, todavía más, la propia palaba «cafelito») y por la jovialidad en los motines gestados en los contubernios de los asientos traseros —pergeñados por los ocupantes con vejigas de neonato y por aquellos aquejados de diabetes insípidas— para obligarme a hacer periódicas detenciones con el objetivo de ir al retrete.

Y de esta manera, aun permeabilizados por ese optimismo endorfínico que los viernes por la tarde pone a prueba la elasticidad de nuestra barrera hematoencefálica, la conversación no comienza a fluir desenfadada hasta que la oscuridad exterior es total y atravesamos las postrimerías cuarcíticas de las crestas de Despeñaperros.

Sin embargo, mi cabeza suele estar lejos de la cháchara banal, de los radares más traicioneros y de los baches de la N-IV. A poco más de 100 km de la meta, mi cerebro es un torbellino e inventa lances altamente improbables en los que un lince, una nutria o un águila imperial me regalan epifanías y se conjuran en una suerte de visión que, de alcanzar la intensidad deseada, será harto difícil de relatar con palabras.

Los Pinos «food and wines

A lo largo de las décadas, hemos probado en estas serranías variadas opciones de hostelería —algunas de notable calidad como Villa Matilde y la Caracola— pero al final, para lo que nos gusta hacer y con el poco tiempo que realmente disfrutamos en el alojamiento, Los Pinos es (calidad-precio) nuestra madriguera predilecta.

Más allá de sus bondades rústicas (alta gama de enseres domésticos y chimenea funcional) y haciendo la vista gorda con que el agua de la ducha se derrame buscando el Guadalquivir, hagas lo que hagas para evitarlo, como si el río Zambeze hubiera sufrido una crecida, lo que marca la diferencia para mí, entre esta y otras opciones rurales de las cercanías, es el restaurante anexo y homónimo.

La primera vez que fui de paseo por la zona, dicho establecimiento todavía no tenía pretensiones de considerarse un restaurante y era más bien una venta (con todos los respetos a las ventas que, por cierto, están hoy en día en vías de desaparición). Ahora que lo pienso, no estoy seguro de si por aquel entonces, en su acceso lateral (donde también se localiza el panel de las celibrities que han pasado por su photocall), ya estaba presente la jaula conteniendo unas aves tan apropiadas para el ecosistema local como lo son periquitos y ninfas del desierto australiano. Entiendo que la dirección actual ha querido amenizar con cantos exóticos el aperitivo a los comensales que gustan de usar la terraza para colmatar de nicotina y alquitrán sus alveolos pulmonares.

Dejando a un lado inútiles añoranzas, he de confesar que es al alba, mientras la niebla del final del invierno retira su sudario y todavía algún mochuelo reclama desde uno de los postes del tendido eléctrico, cuando este lugar conecta conmigo hasta algún punto medular.

Sí que recuerdo, no obstante, que en aquella jornada iniciática la barra del bar estaba tomada por una partida de cazadores que, ruidosos y campechanos, bien calentados por sus copitas de soberanos, palomitas de anís, aguardientes y miuras, se hacían bromas pesadas entre ellos y recordaban escenas de cacerías míticas emulando disparos y teatralizando impactos en la grupa de formidables bestias. En un vértice alternativo, ubicados en un reservado del comedor y bajo una de tantas macabras cuernas de venado, había una sola mesa ocupada; en ella bebían un tinto muy rojo, sobre un mantel aún más blanco, un par de tipos de melena engominada que terminaba con un tirabuzón en la nuca, ceñidos en ropas impolutas de tanto bregar en cortijos de salón. En contraste con los triunfadores del campo, ocupando la esquina del final del mostrador y comprando una arroba del pan más barato, reconocí a Paco “el Bajo”, a Azarías y a la Régula, esta última meciendo a la “niña chica” para que no se despertase y evitando así que su maullido de gato incomodase a la selecta concurrencia. Mientras Paco contaba pesetas y céntimos, su cuñado (gorra en mano y grajilla en hombro) y su mujer (envuelta en una mantilla heredada) mantenían las cabezas gachas para tampoco importunar con su mirada pobre a los señoritos ricos.

Dejando para otro día metáforas construidas a partir de retratos costumbristas y siendo justo, Los Pinos no solo se ha reciclado sino que ya es considerado el restaurante de referencia en el entorno. Se ha diversificado su clientela (muchas miras telescópicas han sido sustituidas por teleobjetivos de alta gama), se ha ampliado el comedor añadiendo un cenador acristalado de importantes dimensiones que cuenta con una televisión de plasma (conectada de ordinario a un canal de caza y pesca) y, de cara a competir con las mejores cocinas del país por una «estrella Michelín», se ha enriquecido la carta con platos más sofisticados (especial mención debe hacerse a la ensalada de salmón del Jándula sobre lecho deconstruido de endivias belgas), lo que no es ápice para que las gastronomía local siga siendo el infierno de un ovovegetariano. Obviando el aludido remozado inorgánico, el elenco de camareros se mantiene y, con altibajos en función del grado de perroflautismo del comensal, el trato profesional sigue siendo cordial a pesar del obligado encontronazo de civilizaciones. Ni que decir tiene que el conejo con salsa de almendras, el rabo de toro y, especialmente, el paté de perdiz, bien merecen un reconocimiento estatal al buen hacer tradicional y, todavía más, un capítulo de «Las mil y una noches» en lo que a ardores y reflujos ácidos se refiere.

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Por suerte o por desgracia, no todo ha cambiado en el mesón de los amigos del periquito. La nostalgia de otros tiempos impregna indisolublemente las paredes encaladas de Los Pinos. Allí continúan las astas de los muertos en el antiguo pabellón de celebraciones monteras y sus matarifes siguen abarrotando el local al amanecer. De hecho, los miembros del autoproclamado último bastión para la conservación de la biodiversidad hispánica, dejan bien visibles en el parking sus rehalas hacinadas en jaulas infames para que ecologistas y progres puedan rasgarse las vestiduras a tiempo real. Como toda concesión a la vida moderna, los simpáticos escopeteros han diversificado sus bebidas de calentamiento habiendo alcanzado el gremio cierta aceptación hacia el orujo de hierbas, que, quieran asumirlo o no, ha supuesto un importante bajón de virilidad con respecto a ese pasado esplendoroso en el que el personal salía del local con el arma ya cargada, un mínimo permitido de 2,5 gramos de alcohol en plasma y, por ende, un renovado apetito de sangre. En aquel idílico amanecer del estado del bienestar —hoy ya empañado por tanta protección al medioambiente, tanto ecofeminismo, tanto «ahora resulta que el plomo también es malo» y, resumiendo, tanta mamandurria— entre dios padre y sus hijos predilectos, los cazadores, solo se interponía el cielo azul de una única y grande España.

Hace muy poco estuve sentado en Los Pinos. La jornada se había dado bien y yo bebía cerveza, perlaba con aceite de oliva virgen submarinos de paté de perdiz y mojaba pan en la salsa del rabo de toro. Alcé la cabeza hacia la televisión y, justo cuando un jabalí era abatido por un disparo certero, un miembro del personal de sala cambió de canal; como toda innovación audiovisual, los clientes pudimos disfrutar a partir de ese instante del partido de la selección española. Al ser un amistoso con Albania —¿Albania tiene selección de fútbol?—, mi interés hacia el encuentro era nulo y busqué otras atracciones entre bocado y bocado. En esas andaba cuando, al mirar a mi derecha, descubrí que un grupo de jóvenes celebraba en la terraza —junto a los cautivos periquitos— una despedida de soltero: los mozos habían disfrazado al reo de mujer y unos desmesurados pechos de plástico le sobresalían por el escote de una blusa demasiado ceñida. Todos los amigotes del novio ya estaban a copas de balón y reían paroxísticamente porque en una despedida hay que pasárselo muy bien y aún más si esta se celebra en nada menos que Los Pinos. Retiré pronto la vista de ellos —soy propenso a confundir a los borrachos y conseguir que piensen que les estoy retando— y cuando en el giro abría la boca para encajarme otro barquito empapado en rabo de toro, una lágrima de salsa se derramó desde el pan para crear un lamparón perfecto en el pantalón de campo. Supe desde el primer momento que esa mancha no se quitaba ni con radiación gamma y solo recé para que Sara no me hubiera visto errar por enésima vez en el mes corriente. Levanté la cabeza del círculo de grasa para no tentar más a la fortuna y dirigí la vista distraídamente hacia la entrada del comedor. Uno de los camareros, el de mirada más aviesa, me observaba: su mueca sardónica implicaba que conocía mi secreto. Incómodo desenfoqué su gesto y busqué un poco más lejos alguna referencia para evitarle. Entonces, muchos años después de la primera vez que los imaginé, volví a ver a los Santos Inocentes: Paco “el Bajo”, Azarías y Régula, con la niña chica en sus brazos, caminaban hacia la salida. Esta vez no les habían llegado los cuartos para llenar la talega; luego, en la raya, no podrían mojar miga en la salsa de almendras que ahogaría al conejo cazado por Paco esa misma mañana.

Autopista hacia el cielo

Si hay una ruta paradigmática en la Sierra de Andújar, esta es la carretera que se dirige desde Los Pinos hacia el Salto del Jándula. Sus 17 kilómetros no tienen desperdicio y todos sabemos que, de cara a sacar petróleo moteado, debe hacerse muy despacito tanto a primera como a última hora. Desgraciadamente también es el camino que deben tomar los pescadores que fletarán sus barcas en las aguas del embalse para pasar el día capturando presas alóctonas que ellos mismos liberaron para demostrar su conocimiento de las complejas dinámicas ecosistémicas. Esta otra estirpe de cruzados en pos de la pervivencia de las tradiciones rurales siempre tiene prisa y además suelen acarrear una lancha (construida a partir de algún novísimo polímero ultraligero) en un remolque tras su todoterreno, generando con sus rebrincos socavones de muy diferente calado en el firme.

Durante el recorrido (una vez que los palangreros se pierden por delante del polvo que levantan) la presencia de gamos y ciervos en el safari-park es constante y no es raro encontrarse con algún jabalí, o con un rebaño de muflones, si se ha escogido el momento adecuado para la marcha. Las comunidades de aves son también un buen reclamo para acelerar la lentitud en el camino: en función de la época se pueden hacer fantásticas observaciones de especies invernantes, migrantes, estivales o residentes.

Otro cantar es el de las vallas cinegéticas, las concertinas, las alambradas y los verjas con los que los terratenientes de las fincas han establecido tanto los límites de sus dominios como el redil a sus poblaciones de ungulados para que no se ausente ni uno solo cuando comience el tiroteo. Los turistas nos hemos acostumbrado a circular por las avenidas de un campo de concentración, o de una cárcel modelo, porque a pesar de lo horrendo de transformar lo natural en cibernético, contamos con la fortuna de que nuestra mente borra lo artificial y lo rellena con recuerdos orgánicos. Tampoco es sencillo conseguir que la sangre no te hierva cuando uno piensa que, dentro de la más pulcra legalidad —dios nos libre de osar a pensar lo contrario—, esas dehesas milenarias pertenezcan, incomprensiblemente, a un puñado de oligarcas con apellido compuesto de salvapatrias legendario.

Corriendo un tupido velo sobre los anacronismos feudales y volviendo a concentrarnos en el camino, aunque las manchas mediterráneas que atravesamos no tienen ya parangón a escala global, todos los que hemos pisteado durante años este capilar andujareño contamos con nuestros enclaves favoritos. Sin excepción, cada cual tendrá en el imaginario su especie totémica posando en el ápice de un conglomerado granítico tapizado por musgo fresco.

En conclusión, el área recreativa del Encinarejo —y no voy a escribir más de ella porque llegados a este punto las palabras sobran— es el Rolls-Royce de los merenderos de este puto planeta.

En durísima competición con los prados de la ganadería Flores-Albarrán, cuyos responsables sacrifican pingües recursos y océanos de tiempo con el único objetivo de salvar al toro bravo de la extinción para que lo puedan disfrutar las generaciones venideras libres del yugo comunista, probablemente el culmen del trayecto se produce cuando en el último kilómetro (antes de que comience el descenso hacia la presa) la pista bordea el precipicio que delimita la finca de Los Escoriales de la de Cabeza Parda. Con el tamaño de Moldavia, estos dos cotos son un universo en sí mismos y las curvas en el cortafuegos que los secciona sirve a rastreadores de cinco continentes (y últimamente también a empresas cuyos tourlíderes se coordinan cual comandos tácticos mediante walkie-talkies) como trinchera para conseguir encontrar un ejemplar del cotizado felino de penachos.

La primera vez que recorrí el sancta sanctorum jienense lo hice guiado por mi colega Miguel Ángel Díaz Portero (él, por aquel entonces, era responsable del seguimiento de la colonia de buitre negro en la Sierra) y allí no había ni cristo; bien es cierto que era mayo y que el calor era insufrible hasta para los lagartos ocelados. En cambio, desde hace algunos años la afluencia ha aumentado espectacularmente. Hay señaladas fiestas de guardar que aquello parece una feria ornitológica y solo faltan foodtrucks vendiendo hamburguesas de tofu. Es por esto que actualmente se han tenido que habilitar observatorios con un aforo máximo de vehículos que el personal se pasa con mucho tacto por la zona inguinal.

En un obligado análisis sociodemográfico, el perfil de la concurrencia a pie de trocha fluctúa desde el arquetipo de familias gritonas con un riguroso outfit de Decathlon, hasta el de etólogos profesionales que juzgan con evidente desprecio a la chusma. Y luego, en otro plano existencial, está la hipnótica pareja que ha acampado allí a perpetuidad. Ellos, a los que se les ha cronificado la humedad en el tuétano y van abrigados como el pueblo inupiat de Alaska, no solo conocen todos los enigmas gatunos sino que se han autoproclamado guardianes de los peñascos y centinelas de los cantuesos.

Tengo personalmente muchos recuerdos en este tramo de carril. Allí, hace ya muchos lustros, vi mi primer lince un domingo muriente que a la postre explotó como una supernova. En otra ocasión, inmersos en una primavera tardía, vi llegar un bando espectacular de halcones abejeros en migración prenupcial buscando copas de encina para pasar la noche tras haber cruzado ese mismo día el Estrecho. Ese mismo día, en el que, todo sea dicho, ningún gato se dignó a aparecer, atendí angustiado a cómo una culebra de escalera se llevaba varias crías de un nido de lirones caretos mientras sus progenitores salvaban a los hijos que podían; también rememoro con aprensión la tarde que Frida (la perra beagle que alguna vez me acompañó en las jornadas de pajareo) engulló un murciélago que había perdido pie en la oscuridad del túnel atravesado por el carril una vez cruzada la presa; de hecho, y a este respecto, he de confesar a título póstumo —de Frida, me refiero— que no creo que el tsunami del coronavirus comenzara en Wuhan: sospecho que la pandemia arrancó a orillas del Jándula.

Pero quizá lo mejor que me ha pasado allí sucedió en una escapada en la que mi amigo Edu se vio obligado a pasar la jornada de aguardo sentado en una sillita de playa —a lo Stephen Hawking— aquejado de una lumbociática aguda. Así llevaba postrado horas cuando un fotógrafo ya talludito se le acercó para interesarse por su dolencia. Edu le explicó los detalles médicos con rictus de veterano de la guerra de Vietnam, a lo que el tipo, restándole importancia a su cuadro clínico, le confirmó que él le iba a dar la solución para resolver sus pinzamientos discales en un santiamén. «Mira así…Así tienes que hacer…», le explicaba mientras, para espanto de Edu y mi absoluto deleite, el sujeto repetía perfectas sentadillas al más puro estilo de la gimnasia que se describía en El florido pensil. «Pero yo no puedo hacer eso», se justificó Edu con voz meliflua, igual que Clara lo hacía con Heidi, a lo que el señor como toda respuesta aceleró el ritmo de sus rígidas flexiones. Todavía hoy cuando vuelvo a Andújar busco entre los observadores presentes al que apodamos ese día como «el doctor»: quiero darle las gracias por aquel rato y por tamaña lección de comedia alternativa.

Dejando a un lado inútiles añoranzas, he de confesar que es al alba, mientras la niebla del final del invierno retira su sudario y todavía algún mochuelo reclama desde uno de los postes del tendido eléctrico, cuando este lugar conecta conmigo hasta algún punto medular. Al disponer de suficiente claridad, enfoco el telescopio hacia los eucaliptos que dan sombra a las ruinas del cortijo y es habitual que en uno ellos alguna de las imperiales esté esperando impaciente —como así mismo yo lo hago— a la llegada del primer rayo de sol. Entonces se romperá el estatus quo del monte y el depredador (un cazador de verdad, no como la caterva que desayuna alcohol en Los Pinos), se levantará aprovechando el aumento de desorden en el aire y matará un conejo (como Paco “el Bajo”) o una perdiz para vivir.

El paraíso está en el Encinarejo

En animada charla, siempre que tengo oportunidad, aprovecho para apuntar —con el fin de hacerme el interesante y buscando algo de polémica— que en la periferia de los entornos protegidos con elevado valor ecológico, se deberían construir merenderos, barbacoas y columpios, junto a llamativa cartelería anunciando los méritos biológicos del espacio natural en cuestión; de esa manera, las familias con camadas insoportables y los omnipresentes macarras acompañados de su música ratonera, podrán decir que pasaron un día en tal Parque Nacional o en aquella Reserva de la biosfera sin dar el coñazo a la fauna, a la flora y, especialmente, a los auténticos wildlifers.

A pesar de estar de capa caída, pues en las últimas dos décadas el desarrollo vertical del bosque de ribera y el avance horizontal de la cobertura vegetal próxima, ha empeorado sensiblemente la visibilidad desde los miradores tradicionales, el área recreativa del Encinarejo (a menos de 8 km de Los Pinos) cumple con todos los requisitos que proponía en el anterior párrafo pero con un matiz fundamental: en ese maldito sitio, puedes estar asando morcillas o pegándole un capón al más insufrible de tus sobrinos y, al mismo tiempo —mirando hacia el río—, ver la cabeza de la nutria arrastrando una carpa; pero no solo eso, allí tienes opción —mirando hacia arriba— de observar a las águilas imperiales cortejándose, no sería descabellado —mirando a tu espalda— que un lince caminase entre las matas de jaras buscando la merienda y a última hora de la tarde, si bajas el volumen del reguetón y después de abrirte la lata de cerveza número 23 en lo que va de sábado, es más que factible escuchar el canto de uno de los búhos reales residentes. De tal forma que habría holandeses, ingleses y finlandeses que se prestarían gustosos a una orquiectomía (extirpación de uno o dos testículos), sin anestesia y ejecutada con cuchillo y tenedor, por tener la oportunidad de —además de contar con un mínimo chance de presenciar lo anteriormente descrito— fotografiar un bando de azure-winged magpie (“rabilargo” en español), mientras les chorrea manteca de lomo por la comisura de los labios y se les vidrian sus ojitos azules.

En conclusión, el área recreativa del Encinarejo —y no voy a escribir más de ella porque llegados a este punto las palabras sobran— es el Rolls-Royce de los merenderos de este puto planeta.

Bonus-track: El santuario de la Virgen de la Cabeza

Mal que me pese, lo siento sinceramente, si hay algo en la Sierra de Andújar tan emblemático como su aclamada biocenosis, debo reconocer que es el Santuario de la Virgen de la Cabeza.

Estés donde estés en el Parque Natural, ya sea viendo un lince copular, al rececho de un berraco, rebañando una cazuela de paté de perdiz o, tranquilamente, haciendo de vientre a la umbría de un lentisco, el Santuario es siempre apreciable en lontananza; o mejor dicho, tú eres apreciable para el Santuario, porque el Santuario te observa, te vigila y te juzga constantemente desde el momento en el que reservaste el alojamiento en Los Pinos.

Aun habiendo estado bien cerca de él tantas veces, no lo he visitado nunca y he aguantado estoicamente las solicitudes que en alguna ocasión se me han hecho por parte de acompañantes respecto a la posibilidad de pasarnos por allí para añadir un plus cultural al viaje.

Cuando lo miro por encima de las nubes, un escalofrío recorre mi piel y siempre me viene a la cabeza «el ojo de Sauron» escrutando desde el centro de Mordor las debilidades, vergüenzas y miserias más inconfesables de todos aquellos herejes que voluntariamente deciden no presentar sus respetos en el complejo religioso.

Asimismo, repaso neuróticamente los fallos estratégicos: tenía que haber madrugado un poco más, no aguardamos suficiente tiempo en aquella curva de la pista, me sobró la última cerveza en Los Pinos…

Sé que existe una multitudinaria romería en honor a la Virgen de la Cabeza —la más antigua de España, tengo entendido, con la friolera de 800 años de historia— en la que se exalta la devoción litúrgica, se consume rebujito a espuertas y se practica twerking y petting como si a la conclusión de este evento, de supuesta índole mística, fueran a desatarse sobre Jaén las diez plagas de Egipto (a saber: conversión de agua en sangre, invasión de ranas, piojos/mosquitos, moscas, peste del ganado, úlceras, tinieblas —mi favorita—, langostas y saltamontes, lluvia de fuego y granizo y, no por ser la última menos letal, Isabel Ayuso presidenta de España).

Ahora hablando en serio, no penséis que la inclusión de este capítulo en el texto es simplemente una frivolidad atea. La realidad es que lo he añadido porque se asevera en los mentideros de la Plaza Rivas Sabater (en la mismísima almendra de la villa de Andújar) y en los mercadillos de fruta de la comarca que los últimos domingos del mes de abril las facciones romeras más ultraortodoxas sacrifican un lince adolescente en culto a un dios animista, el cual, según refieren los historiadores de la Universidad de Sevilla, fue representado en unos pocos grabados del siglo XIII con forma de huito de aceituna.

Tristemente y sin necesidad de practicar ritos paganos, es raro el año en la que algún imbécil, a más velocidad de la permitida —seguro que exaltado por el fervor mariano y probablemente escuchando a Camela, Malú o algo peor si cabe, a todo decibelio— no atropelle un ejemplar de uno de felinos más amenazados del planeta.

El regreso a ninguna parte

Cuando vuelvo a Madrid desde Andújar, habitualmente un domingo por la tarde, las endorfinas ya se han disuelto, la conversación es más espesa y le doy muchas vueltas compulsivamente a lo que fue pero no tantas como a lo que podía haber sido: el lince no estaba en aquella piedra donde yo esperaba, no vi al águila imperial cazar, la nutria no emergió a comer un pez en una de sus orillas favoritas y, especialmente, me castigo al recordar que tampoco en esta ocasión conseguí esquivar el goterón de salsa de rabo de toro.

Asimismo, repaso neuróticamente los fallos estratégicos: tenía que haber madrugado un poco más, no aguardamos suficiente tiempo en aquella curva de la pista, me sobró la última cerveza en Los Pinos… y sé muy bien que cuando vi de reojo al lince sobre la tapia, a menos de seis metros de mi ventanilla, no debía haberme detenido y, en su lugar, tenía que haber avanzado con temple 50 o 100 metros y así evitar primero que el coche que iba detrás —cuyos ocupantes con alta probabilidad no habrían visto al animal— me cerrara el paso impidiéndome recular y, por otro, que estos no bajarán las ventanillas con la música puesta en el interior, espantando al bicho y disparatando mis remordimientos.

Pero en el fondo sabéis que todo lo aquí escrito es exageración y artificio, no hay rencores hacia nada y, aún menos, hacia nadie, porque Andújar —con foto de lince en la tapia o sin ella— es sencillamente un regalo (quiero pensar que de parte del dios con forma de huito de aceituna) para un urbanita.

Hace unos pocos fines de semana, a finales del pasado marzo, volvía desde allí en compañía de Sara. Íbamos en silencio, cada uno pensando en las emboscadas que nos aguardaban en nuestra inminente semana laboral y, al tiempo, en todo lo que habíamos aprendido en nuestra reciente visita a la Sierra. Justo cuando me planteaba si se reproducirían en cautividad los periquitos de la jaula de Los Pinos, levanté la vista por encima del volante y descubrí un gran bando de milanos que volaban junto a ejemplares dispersos de mis primeras calzadas, culebreras y aguiluchos laguneros del curso. Las planeadoras seguían exactamente el trazado de la N-IV y nos acompañábamos mutuamente en nuestra necesidad de volver al norte. Ellas regresaban de la ausencia de invierno en el trópico y nosotros habíamos buscado oxígeno y el comienzo de la primavera en un bosque templado.

Mientras veía a los migrantes tomar altura justo encima de la carretera, me pregunté qué opinarían ellos de las vallas metálicas en la Sierra de Andújar, qué pensarían cuando sobrevuelan el Santuario, qué sensaciones les merecerían los cazadores… y, lo más importante, con esa vista de águila y desde ese techo manchego que parece un mosaico de azulejos de Talavera, ¿serían capaces las rapaces de detectar, como hizo el camarero de Los Pinos, el lamparón de salsa de rabo de toro en mis pantalones de campo?

Algo más que un parque: el Isabel la Católica de Gijón

Refugio de ciudadanos en los días de calor, visita fundamental para turistas, plató improvisado para sesiones de fotos, lugar recurrente para que el niño estrene la bici y la pelota que le trajeron los reyes, sueño predilecto del perro urbanita, megaescenario donde dar la turra con los tambores o lugar romántico para cientos de primeros besos, los parques urbanos cumplen incontables funciones.

Parque de día, dormidero de noche.

Otros, se ve que más sensibilizados con asuntos importantes, destacan sus funciones potabilizadoras del aire que se respira en las urbes. Los llaman pulmones y les aplican una función tan antropocéntrica como las anteriores.

Luego están los parques urbanos pensados y organizados como recursos naturales para la fauna silvestre. Como variante de los anteriores, nos encontramos con los jardines que, aun habiendo nacido como lugares de evasión humana, alguien, tras ver cómo reaccionan los animales autóctonos, toma la decisión de mantener y fomentar esa interacción con lo salvaje. De los primeros se puede citar el anillo verde de Vitoria -conjunto de parques periurbanos de la capital alavesa en el que se han citado cerca de doscientas especies de aves y existe, incluso, una población del amenazadísimo visón europeo- o la renaturalización del Manzanares a su paso por Madrid, que se concibió como canal natural para el tránsito de fauna, entre las zonas protegidas del norte de la ciudad y el parque regional del sureste y que ha sido un absoluto e inusitado éxito. Para hablar de los segundos, nos fijaremos en el Parque de Isabel la Católica, de Gijón.

Un parque no muy antiguo

Isabel la Católica está situado en unos antiguos cenagales originados por la desembocadura del río Piles. Debía de ser un foco de infecciones demasiado próximo a la ciudad y en los años 30 del pasado siglo decidieron colmatarlo con escombros. En 1941, el ayuntamiento consideró adecuado convertir lo que de facto era un basurero, en un parque. Hasta el año 55 no tuvo nombre y fue a partir de esa fecha que se sucedieron la inauguración del Parador Nacional, el parque infantil o la estatua del Doctor Fleming.

El parque tiene, además, una arboleda muy racional con variedad de especies y portes, un estanque de mediano tamaño y un canal, rodeado de amplias praderas de césped. Aunque al sur y el oeste la ciudad encorseta el jardín, hacia el este limita con el río Piles y al norte, prácticamente, con la playa. En un momento dado, se incorporó a la dotación de entretenimientos un aviario y en el estanque se inició una colección muy variada de aves ornamentales. Los grandes jaulones del aviario albergan un muestrario de pájaros tropicales y, tras él, una amplísima colección de animales de corral con muchas razas sorprendentes de gallinas y unos inmensos emúes. Por su parte, al estanque se incorporaron una surtida variedad de aves de colección, típicas de este tipo de instalaciones: cisnes, patos espectaculares y barnaclas, todos ellos preparados para que no puedan volar y convertirse en un problema para la fauna autóctona.

Especies bioindicadoras compartiendo espacio con humanos.

Este conglomerado de aves domésticas y domesticadas no dejaría de ser un mero zoo plumífero -aceptable para la educación y sensibilización, aunque delicado para la fauna y la ética humana si su gestión y cuidado cae en manos poco adecuadas- que no tendría cabida en el espacio de El Vuelo del Grajo, de no ser porque, de manera casual, se ha convertido en foco de biodiversidad y refugio de aves silvestres. Su situación geográfica, el inequívoco reclamo que supone para los pájaros el movimiento de tanta ave y, quizá lo más importante, la voluntad y actitud de brazos abiertos hacia los visitantes silvestres, han hecho del Isabel la Católica un parque de visita muy interesante para aficionados a la ornitología y fotógrafos de aves.

Por supuesto, no todo es de color de rosa y existe cierta presión política que considera que aquello es un foco de infecciones y que la salubridad es deficiente. Puede ser que tras esas palabras exista algo de verdad, aunque la querencia de las aves silvestres por el lugar y la presencia de pájaros bioindicadores, como los esquivos y montaraces zorzales alirrojos o los martines pescadores, parecen decir lo contrario. Probablemente se trate, una vez más, de ese omnipresente terror a que lo animal comparta espacio con lo humano. O, más probablemente, una china convertida en “pedrolo” que arrojar de una bancada política a la otra, con intención de hacer pupa en el temple del votante.

Las aves del parque están especialmente acostumbradas a la presencia humana.

Un buen equilibrio

Aunque nosotros entendamos que las cosas tienen un límite físico (que el Piles esté pegado al parque no quiere decir que sea parte del parque, faltaría más), los animales se empeñan en unir: que el parque esté unido al Piles, el Piles a la playa, la playa al mar Cantábrico y este te lleve hasta Inglaterra, para un petirrojo británico significa “mira que chalecito invernal tan majo he encontrado”. Por ello, sugerimos al visitante aficionado a estos temas que entienda que el “biotopo Isabel” incluya el río, su desembocadura y aledaños marítimos.

Es perfecto para iniciar a terceros o autosumergirse en este fascinante mundo y esto incluye a los niños y niñas, a los que se quiere acercar al conservacionismo dada la cercanía y confianza de los animales.

Cuentan, incluso, de un tiempo en que una familia de nutrias residente en algún punto del Piles visitaba con asiduidad el estanque, al que consideró como buffet libre repleto de suculentas aves y que esa es la razón por la que la lámina de agua cuenta con un pastor eléctrico. Otras fuentes orales dicen que fue para impedir la depredación y molestias causadas por parte de perros de dueños desaprensivos.

Aunque se eliminase el muy deseable equilibrio natural proporcionado por el mustélido amigo del agua y de los patos, la naturaleza tiende a instalarse en el parque. Así, además del control que ejercen las numerosas ardillas y urracas -especies que no mirarán a otro lado en caso de toparse con unos huevos- la pareja residente de cárabo y la de peregrino, que parece empeñada en instalarse, se imponen en lo alto de la pirámide alimenticia del lugar. Ese punto cuenta, además, con la ventaja de que en el parque no hay ni una sola colonia de gatos, evitando así el desgaste sobre la fauna que podría suponer la presencia de felinos domésticos.

Para los amantes de la fotografía, las posibilidades son muchas. En ocasiones, son especies muy comunes como el carbonero garrapinos.

Pero ahí no queda la querencia de la fauna por esta manzana verde y la noche lo deja bien claro. Con la caída del sol, la isleta del estanque empieza a recibir una nutridísima población de aves que acuden a tan seguro lugar para pernoctar, especialmente en invierno. Cientos de garcetas con aires japoneses, negros cormoranes, garzas grises que se piensan invisibles y muchas otras especies tienen al parque por dormidero.

Las especies presentes que allí -siempre teniendo en cuenta la desembocadura del Piles- se pueden localizar llegan hasta las 150, en números redondos. A las gaviotas de varias especies frecuentes se añaden citas de otras menos habituales, de manera puntual: vuelvepiedras y correlimos oscuros extrañamente amigables, una buena gama de fringílidos, entre los que se encuentran los siempre vistosos camachuelos y picogordos, y todas las aves que uno puede esperar encontrarse en un parque, en invierno. En épocas de migración el observador puede incorporar a sus registros citas muy satisfactorias.

O no tan frecuentes, como este vuelvepiedras, fotografiado en el entorno de la desembocadura del Piles.

Para iniciarse, para matar el gusanillo y para fotógrafos y fotógrafas.

El contacto cercano y directo entre aves y humanos, la vegetación muy espaciada y el hecho de que las aves situadas en la famosa isleta tengan un protector brazo de agua, hacen que el lugar sea idóneo para el observador de aves. Independientemente del nivel de conocimiento. Es, por supuesto, perfecto para iniciar a terceros o autosumergirse en este fascinante mundo. Esto incluye a los niños y niñas, a los que se quiere acercar al conservacionismo y el estudio de la fauna, dada la cercanía y confianza de los animales.

Todo ello, no descarta el interés para pajareros más avezados. Siempre es interesante ver el baño de un reyezuelo, localizar a un rascón en la maraña o toparse con una garceta cangrejera cazando en el río. Sin olvidar las sorpresas con que uno pueda encontrarse dentro del paquete de aves migratorias, que no hay que obviar esta posibilidad tratándose de una localización pegada al Cantábrico.

José, responsable y cuidador del aviario y estanque del parque.

Definitivamente, es un oasis para los amantes de la fotografía de aves. Esa misma tranquilidad que muestran las aves ante la presencia humana es una ventaja. Una ventaja -y esto es muy importante subrayarlo- que no causa un impacto sobre las aves, ya que están curadas de espanto y aceptan, sin perjuicio alguno, ver a una persona a escasos metros, con un enorme teleobjetivo y tirada en el suelo buscando el mejor encuadre.

Que el parque esté unido al Piles, el Piles a la playa, la playa al mar Cantábrico y este te lleve hasta Inglaterra, para un petirrojo británico significa “mira que chalecito invernal tan majo he encontrado”.

Por supuesto, un sitio así también da refugio a ornitólogos y ornitólogas que encuentran en el Isabel y alrededores un sitio perfecto para desarrollar su afición y estudios. La lectura de anillas a distancia, en especial de gaviotas, que lleva a cabo de manera infatigable Ignacio Vega, es un excelente ejemplo de ello: la información que suministra sobre avistamientos a diversos proyectos europeos de anillamiento es muy cuantiosa y de indudable valor.

Aunque se habla de mejores tiempos pasados y a pesar de que existan sectores de la población que no acepten la intromisión de lo silvestre, y, por tanto, les desagrade el parque, no cabe duda de que el Isabel la Católica es ejemplo de que una gestión adecuada puede hacer de un jardín de tamaño medio un recurso natural de primer orden.

Y sí: es una visita ineludible para cualquier aficionado a la observación de fauna.

Los carabos están en el vértice de la pirámide del parque. Y las palmeras, bueno, es Ásturias.

Valle del Guadarranque

El valle de Guadarranque, un lugar para la observación de ungulados.

Desde rocas en sierra hasta valles planos, pasando por bosques húmedos, este es el paisaje que puedes recorrer en Las Villuercas. Toda la variedad de verdes que nos ofrecen sus robles, alcornoques, encinas y madroños, se ven flanqueados por grandes tajos de cortafuegos que atraviesan el paisaje como una cicatriz. El valle está incluido dentro del Geoparque Villuercas Ibores Jara con un marcado interés, debido a la antigüedad del terreno y los fósiles encontrados en él. Este relieve apalachense huele a jara y a tomillo.

El amanecer siempre es un momento especial, el cuerpo aún está pesado y calmo y parece que ese estado alerta aún más nuestra percepción. Entramos por un camino de la carretera CC-20.2 entre Navatrasierra y Guadalupe. Estamos rodeados de montañas. Atravesamos la enorme herida que dejan entre ellos. Desde aquí, vemos la cima de dos riscos coronada por una nube. Los robles que se concentran en esta zona son viejos y grandes, los pequeños duran poco, debido a las necesidades alimenticias del mayor habitante herbívoro del lugar, el ciervo. Es por esto que vemos muchos pequeños árboles plantados y rodeados con red, para evitar ser comidos. Sobre ello nos cuenta Pepe que hay que cuidar de la regeneración de este lugar y propone que incluir a un depredador natural podría ser una buena solución..

Ahora accedemos a un llano. Por encima del amarillo del suelo se ven los verdes y grises del paisaje. La luna todavía mantiene su huella en el cielo. Cualquier lugar del camino es apto para refugiar un ciervo o acompañar su carrera. Subiendo una pequeña loma con el mínimo ruido que pudimos, nos cruzamos de frente con una cierva. Ni ella ni su cría ni nosotros esperábamos un encuentro tan cercano, unos cuatro metros. Es imponente escuchar la salida del aire filtrado por su nariz y esas pequeñas pezuñas frenando en seco y buscando el camino hacia la libertad.

La sierras se suceden en paralelo hasta llegar a los riscos cuarcíticos.

Donde crees que no vas a encontrar asentamiento reciente humano, ahí aparece humilde una construcción de los años 90, la quesería bioclimática construida por José Luis Martín, más conocido como Martín Afinador y en la que se concibió el queso, muy premiado, de Guadarranque. Los perros vienen a saludarnos, conocen muy bien a Pepe, nuestro guía y regalo caído del Facebook. Pepe no solo conoce a los perros y la historia de la quesería, sino que casi podría mimetizarse con el lugar, igual que los muchos rabilargos y arrendajos que cruzan entre las ramas de los árboles abriendo el camino a nuestros oídos.

Al llegar a la Lorera de la Trucha, donde podemos encontrarnos con una acumulación importante de Prunus lusitánica -la mejor considerada de España-, recordamos casi instantáneamente un lugar de Madeira. Esta isla está arropada por la poca laurisilva que ya queda en las antiguas selvas y, al igual que aquí, tiene esa esencia mágica de los lugares sabios. Volvimos con nuestros recuerdos a aquel lugar, al intuir la luz que entraba por las grandes copas y esos verdes brillantes del musgo que tapiza todo a su paso. Sabes que estás en un sitio húmedo, aunque no veas agua. En un primer vistazo, sientes que ahí también podrían ser reales los cuentos de hadas y duendes.

Sabes que en cualquier centímetro de tierra explota la vida a nivel micro, ese nivel que es difícil ver y al que cada vez tratamos de acercarnos con mayor conocimiento y respeto.

Parece que entre la historia natural de este geoparque también hay historias de humanos. Dicen que es una zona empobrecida y que fue tierra de maquis. Allí también, escondidas en las cuevas, las mujeres parían, cuidaban, mataban y formaban parte de la naturaleza de una manera salvaje y sencilla (no en cuanto a penurias) que hemos querido abandonar y que poco entendemos ya.

Ahora también hay historias de humanos, unos que hacen carreras montados en dos ruedas atravesando Las Villuercas, sin ningún miramiento hacia el lugar, por simple diversión personal, que no revierte en nadie más ni en nada más y que, por supuesto, perjudica todo a su alrededor.

Las actividades humanas en entornos naturales deberían conllevar cierto grado de participación, comunicación y aportación, con respecto, a lo que tienes bajo tus pies y no bajo tu bolsillo. Apelemos a esa diversidad de sensibilidades ocultas tras siglos de educación y cultura, que son las que verdaderamente hacen cambiar los comportamientos y empatías necesarios para la convivencia mutua.

Seamos motoristas y naturalistas y abramos así los múltiples y ricos contextos que nos rodean, las prioridades, las opciones y las decisiones para poder encontrar así nuestro verdadero poder: la capacidad de flexibilidad y adaptación sobre lo que nos une.

Con este pensamiento, dirigí mi mirada a la Canchera del Ajo, llena de buitres leonados. Subimos hasta allí y vemos de cerca los aviones comunes y zapadores, de paso hacia el estrecho, que vuelan con agilidad en torno al pico, rodeándolo y haciendo cabriolas en el aire, mientras van cogiendo todos los insectos que se encuentran. Juegan y comen. Ahí, en ese lugar, podíamos divisar toda la heterogeneidad del paisaje. Girabas a la derecha y era completamente diferente de si lo hacías hacia la izquierda o delante o detrás. Veíamos el campo amarillo con encinas diseminadas, los bosques bajos, las piedras grises que componen los riscos con sus afiladas puntas y su perfil fino (extrañamente fino, delgado, de hecho), la jara mano a mano con los madroños. Las nubes, con esa luz dura de la mañana, creaban sombras sobre los valles y, de repente, todo tenía un volumen especial. Los colores formaban capas múltiples y relieves que demarcaban los espacios, tan claramente que podían ser únicos. Era como si pudieras quitar trocito a trocito, recortando por los bordes bien definidos de cada color y llevarte en el bolsillo una calidad única e indivisible de toda esa belleza. Como si alguien hubiera puesto las cosas juntas pero muy ordenadas, sin mezclarse.

Y yo me pregunto:¿cómo es posible que se cumplan todas las necesidades que cada lugar requiere, si están en un mismo espacio? Y pienso que tenemos la diversidad diseminada en nuestra tierra, pero creo que, en el fondo, aunque lo entendamos, aunque tengamos respuestas científicas, nos cuesta abrazarlo. Parece que no deberíamos ni alejarnos ni contemplarnos como especie, fuera de lo que ocurre en la naturaleza y, muchísimo menos, como especie a extinguir. Formamos parte de esta ecuación y podemos, de hecho, ayudar a resolverla. ¿Estamos preparados para comprendernos dentro de ella?

El Pardo, Madrid

Este enorme encinar, en su mayor parte adehesado, pero con parte de carrasca, tajado por el río Manzanares, se encuentra embalsado en la mitad norte del paraje. También hay piñonero, quejigo, alcornoque y enebro, todo tapizado con jara, especies que van dejando hueco a los chopos, álamos y otros árboles propios del bosque de ribera, según descendemos hacia el río y sus arroyos tributarios. Esta riqueza y variedad, el estado de conservación y las posibilidades que ofrece el pequeño pantano y su cola, hacen de El Pardo una riquísima reserva animal. Sin duda, hoy en día, la ausencia de una presión cinegética real y la absoluta protección del lugar también han favorecido que se dé está situación. De las 16.000 hectáreas que ocupa, solo 900 son visitables por el público. Las otras 15.100 están detrás de una verja -y del antiguo muro- y están continuamente vigiladas por un nutrido equipo de agentes forestales y vigilantes de seguridad que dependen directamente de Patrimonio Nacional. Solo algunas organizaciones científicas y conservacionistas obtienen la autorización para pasar a hacer algunos trabajos muy determinados. La biodiversidad se ve reforzada con la presencia de núcleos urbanos, palacios, los jardines de estos últimos, construcciones aisladas y algunos establos de equinos. Todo ello junto hace que sea un lugar excepcional para la observación de fauna… al que, por suerte y por desgracia, no se puede entrar.

El Pardo es una riquísima reserva animal de la que solo son visitables 900 ha.

La buena noticia

De acuerdo que casi toda la riqueza de El Pardo se queda detrás de la reja y del muro, pero llegado este punto hay que recordar que: 1º el cielo es muy permeable a las aves y 2º los equipos de observación y fotografía permiten tener una buena perspectiva desde puntos elevados y, por suerte, el monte de El Pardo es una sucesión de colinas y cerros con buenos balcones a la zona prohibida. Desde el norte, y ya en el Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, hay buenas vistas sobre la cola del pantano, desde algunos puntos. Alrededor de estos puntos, se congregan gran cantidad de aves y durante las migraciones nos puede sorprender la presencia de cualquier especie, incluso en bandos muy notables.

En El Pardo se observan todas las especies características del monte mediterráneo



Al oeste, detrás del restaurante El torreón, el paisaje es adehesado, muy abierto, y es un buen punto para ver los cásicos -a corta distancia-, ciervos, gamos, jabalíes, con suerte algún zorro, y todas las aves propias del bosque mediterráneo: desde el águila imperial y el buitre negro, hasta las paseriformes que cabe esperar. Todos, aves y mamíferos, muy habituados a la presencia humana, para lo bueno y para lo terrible (gente dando de comer porquerías como espaguetis y pan duro a los de pelo). Al este, los caminos que parten de la zona recreativa de El Pardo, junto al Lar de Domingo, nos llevarán hasta la verja en una zona también muy interesante para observar ungulados, esta vez, con su carácter silvestre más inalterado.

Muy recomendable, especialmente para los más interesados en pequeñas aves, es el paseo a ambos lados del Manzanares, desde el barrio de El Pardo hasta la presa del pantano. Aunque quizá demasiado frecuentado por gente no siempre silenciosa, en las horas más tranquilas, el paseo puede depararnos buenos avistamientos. El bosque de galería y la vegetación de ribera, además de ser ricos en biodiversidad y con un buen grado de conservación, ofrecen ese resquicio de frescor en los veranos castellanos capitalinos.

En definitiva

En definitiva, es un paraje al que puedes llegar subido en un autobús municipal desde el centro de la ciudad, bajarte y ver un águila imperial en su posadero, mientras en el cielo ves perderse una cigüeña negra que ha salido disparada, asustada por el berrido de un ciervo, para, poco después, mientras descansas sentado a orillas del río, sobresaltarte por el chapoteo de una nutria. Y aunque este cuadro es complicado conseguirlo, sí puede estar en tu lista de deseos: al ir a El Pardo ya la posibilidad es real.

Si eres de Madrid, El Pardo es un lugar perfecto para iniciarte o, si ya posees experiencia, para introducir al tema a otros. Y si no eres de la capital, pero las cosas de la vida te llevan a ella a pasar unos días, no olvides los prismáticos y prepárate para disfrutar de los mejores paseos de avistamiento que puedes hacer sin salir -geográficamente- de la ciudad.

Cazadero real

Para comprender cómo es posible este grado de conservación a menos de diez kilómetros del centro de la capital, es importante conocer, de manera esquemática, un poco de la historia del lugar. Tan pronto los Austrias instalaron su corte en Madrid, pusieron sus ojos y sus manos en el monte de El Pardo. Carlos V convirtió, en el siglo XVI, un antiguo pabellón de caza de la época de Enrique III (1405), en él vivieron, de manera temporal, todos y cada uno de los monarcas. Fernando VI, decidió levantar un muro de 66 kilómetros de longitud para hacer un gran corral para sus presas y ponérselo difícil a los cazadores furtivos. Luego llegó el dictador e instaló allí su residencia permanente. Y fue este mismo señor bajito el que el 24 de diciembre de 1961 tuvo un accidente de caza allí. Su sucesor en la jefatura del Estado, Juan Carlos I, se instaló en el palacio de la Zarzuela, también situado en ese monte. La propiedad de los terrenos recaía en los sucesivos monarcas hasta que en 1931 el gobierno de la República optó porque la importante cantidad de palacios, parques, tierras, conventos y obras de arte a nombre de la corona, pasasen a ser de titularidad pública agrupados en el ente Patrimonio de la República. En 1939 el organismo pasó a llamarse Patrimonio Nacional y su disfrute se mantuvo más o menos de la misma manera: las residencias oficiales de los jefes de estado (Palacios del Pardo y Zarzuela sucesivamente) y el 95% del Monte de El Pardo quedaban para uso y disfrute exclusivo del dictador y posteriormente de la Casa Real.