Recuperar los mitos pajareros.

¿Con qué destinos sueñan los aficionados a la observación de aves? ¿Cuáles son los puntos calientes que todos y todas las pajareras tienen entre ojo y ojo? ¿Qué especies son las más ansiadas? ¿Son las más esquivas las más anheladas? La lista de deseos en el mundo del pajareo parece interminable. El Vuelo del Grajo, fiel a su línea editorial y siempre con ganas de complicar las cosas, viene a ampliar la lista de los mitos pajareros.

La mítica también es una estética difícil de soslayar. Cresteando, lejos e inalcanzable para el color: no hay mejor forma de ver al leopardo de las nieves.

“Uno no empieza a jugar al bádminton si es feliz”, dice Joserra (Javier Cámara) a una desencajada Mar (Carla Quílez), a la que lo único que le queda en su apenas estrenada vida es, precisamente, ese deporte. Por suerte, creo, los que nos acercamos a esta afición tenemos un mejor pronóstico sobre los niveles de serotonina que los personajes de la serie Yakarta (muy recomendable, por cierto).   

Hay un puñado de razones para caer en las redes de esta afición de la observación de aves. Y otras muchas para continuar en ello. Sin duda, buscar cierta cantidad de bienestar en la azotea estará entre ellas. La forma de encontrar la fuente de la sonrisa neuronal ya es otro cantar. Las posibilidades son múltiples y apilables como las opciones de muebles de cocina de Ikea. 

Unos buscarán la tranquila cotidianeidad del local patch cercano y diario, otras hacer un máster práctico sobre la identificación de todos los cantos y reclamos de aláudidos. Obtener la lista vitalicia más extensa está en la mente del aficionado medio y prácticamente nadie que esté en esto dejará de soñar con viajes remotos. Siempre habrá especies singulares que harán vibrar a unos y otras. Podríamos seguir con conocer cuántos más humedales del país mejor, o todos los sitios reseñables de avistamientos loquísimos, o, que sé yo, degustar una receta típica de cada lugar donde logras ver una especie nueva. Cada cual tiene sus puntos adecuados en los que si clavas la aguja de la acupuntura pajarera se desencadenan las reacciones cerebrales positivas. Así, el del local patch acudirá en primavera a su parque urbano soñando con un vulgar ruiseñor común, la de los cantos acariciará la idea de comprobar si una hipotética numerosa población local de Dupon desataría un conflicto entre ellas por mejorar sus trinos, y el de los viajes calculará presupuestos para llegar a las Malvinas. Y todos y todas soñamos con ver un águila moteada al salir de casa y no morirnos sin haber observado una harpía. Por favor, cambiad las especies y obsesiones, que todos tenemos esos coloridos objetos del deseo. Esos mitos que nos hacen vibrar.

El sonido. ¿Qué fue antes: el primer trompeteo o la primera V?

¿Pero, ay, y si no son mitos sino fetiches que una vez satisfechos desaparecen de la pantalla de nuestro radar? Se van acumulando experiencias, hitos y especies. Las alegrías de aquel momento se desvanecen en la niebla con la consecución del fulgurante rayo de lo nuevo, sea lo que sea esa novedad que ocupa los intereses del momento. La muerte de los mitos.

Miko estaba hablando algo de trabajo con Mar a través del teléfono con el manos libres en acción. Miko, además de ser un tipo que despierta mis simpatías, ha tenido el buen gusto y la sensatez de hacerse con la última edición de la Guía Collins. Se ha adentrado en el mundo de la observación de aves de una forma un tanto particular y que denota su naturaleza artística e intelectual: tiene la mejor de las guías pero, que a mí me conste, carece de prismáticos. O al menos, si los tiene, no parece enloquecido por usarlos. Más que observación de pájaros, él está a punto de fundar la escuela de la contemplación pasiva de aves. Aprovechando la situación, me contó que unos días antes, mientras se refrescaba en un pilón, un pajarillo se mantuvo revoloteando en un árbol cercano el tiempo suficiente como para poder identificarlo. Estaba muy contento porque era una especie que le hacía mucha ilusión ver.  

Es siempre una satisfacción mayúscula, una dicha superlativa y un subidón del copón. Es, pues, un regodeo redundante por tres, y me quedo corto.

Y es que es verdad. Un liferbimbo o, sencillamente, uno nuevo siempre es algo especial. Una alegría que, seguro tiene explicaciones químicas y psicológicas, pero que para un pajarero o pajarera se define perfectamente aludiendo al tamaño. Es siempre una satisfacción mayúscula, una dicha superlativa y un subidón del copón. Es, pues, un regodeo redundante por tres, y me quedo corto. Al mismo tiempo, es minimalista. Apenas unos segundos, quizá minutos, en silencio y muchas veces en soledad. Sin poder gritar de júbilo, contenido hasta en los gestos y sin poder distraerse. Una sonrisa para compartir, un rápido apunte y ya está. Quizá, y si has viajado es lo más probable, nunca lo vuelvas a ver.

Miko, alejándose de la conversación seria que mantenía con Mar, rodeó la narración con la limitada épica que puede tener una observación involuntaria mientras estás refrescándote los pies en una pileta de agua fría de finales de marzo. Hasta que llegó a la clave del asunto: la especie. Había visto su primer mito.

La emoción de la persona que te lo enseñó y la emoción que surgió al enseñarlo. Anexos inseparables a la urraca piquirroja y el abejaruco persa.

Tras convenir que los Agietatus caudatus son unas aves muy japo -parecen directamente extraídos de un manga- le conté mi primer mito. Mientras escuchaba su avistamiento, en un segundo plano de mi cerebro se había desencadenado la función recuerdo y todo vino a mí. Las ruinas del castillo donde jugaba a imaginar lo que allí pudo pasar, mis padres echando una partida a las cartas en el bar del hotel con la pareja amiga, de toda la vida, con la que viajábamos, el aburrimiento preadolescente de estar fuera de lugar y las pequeñas bolas de algodón rosado que lo arreglaron todo. ¡Mi primer mito! ¡Qué pajarillo tan deseado era!

A partir de esta situación, he especulado con un ejercicio que quiero pensar como recurrente. Esforzarme por recrear el momento de la primera vez de cada una de las especies. Tomados en orden alfabético, en orden temporal, en orden taxonómico o en orden aleatorio, da lo mismo. No se trata de otra lista, va de las emociones que contienen las listas. Seleccionar una especie y tratar de rememorar todos los detalles. El lugar, la temperatura, la luz, el lance -que diría un cazador pedante-, el estado de ánimo, todos los detalles del momento salvaje en que vi por primera vez aquella especie. Recordar para volver a pasar por el corazón, como dijo Galeano, y que algo del pasado regrese al presente para sacudirme una descarga espinal que agite el cerebro como maza sobre gong de 150 pulgadas. No como ejercicio de nostalgia, sino como mendrugo de pan recogiendo los restos de la salsa del plato.

El vencejo que revoloteaba desquiciado por el salón de casa hasta que salió por la misma ventana que había entrado; mi madre -que me mostró la primera media docena de pájaros- enseñándome el canto que se escuchaba del abejaruco antes de que lo viese por primera vez; el pollo de sisón que Félix el pastor metido a agricultor puso en mis manos y que había recogido en un lugar donde ahora hay una urbanización; la oropéndola muerta al pie de la higuera. O Mar señalándome una minúscula prinia desértica entre unos matorrales mientras circulábamos por una pista en el Sahara Occidental; la satisfacción generalizada de todos los presentes cuando Dani López cantó “págalo polar a las 2” mientras yo contenía mi chum estomacal a bordo del Eureka; o la alegría desbordante, en un momento en que la tristeza de la inminente separación temporal lo empezaba a teñir todo, cuando vimos delante de nosotros el primer ampelis europeo. Son recuerdos, grandes momentos, recientes, antiguos o de especies que, por la razón que sea, tenía ganas de ver. ¿Pero qué pasa con los tiempos intermedios y las especies menos señaladas?

Metiéndose bajo un pequeño puente en Abanades, Guadalajara. Esta otra daurica la fotografié años más tarde en Campoamor, Alicante. Mojando pan.

Voy a hacer el esfuerzo de revisarlo todo. Para recuperar lo que pueda y reforzar lo que tenga claro. Que mis pájaros no sean solo un subrayado con marcador fluorescente en el All birds of the World  (Linx Nature Books, 2020) y una fecha y lugar reseteados a el momento de arrancar mis notas en Ebird.

Quiero, para mí, que el mito no se desvanezca.  Me gustaría, en las noches de insomnio, poder cerrar los ojos y sumergirme en el momento de la primera curruca capirotada y me temo que eso ya no podrá ser. Así que pondré todo de mi parte para retener lo que ya tengo y lo que vendrá no perderlo. Y sé que una vez más me propongo metas imposibles. Hay aves que vi hace menos de un año y ya no soy capaz de visualizar el momento. ¡Qué se le va a hacer! No se lo merecen y no me lo merezco, pero tenía que haber tenido esta revelación hace 10 años. O mejor, hace 40. (Nota mental: tengo que comentarle a Miko que no sea idiota y que memorice y tome notas de todo, ahora que está a tiempo).

En cualquier caso, voy a hincharme a mojar pan y volver a pasar por el corazón muchas cosas.

El pajareo es mucho más que aves. Y hay muchas primeras veces. Hay un primer lobo y luego hay la vez que un lobo clavó sus ojos en mi espina dorsal.

En el valle del Pasvik.

Cuando piensas que tus expectativas están plenamente satisfechas con lo que has visto en la península de Varanger, llegas a Pasvik. No encontrarás la variedad de especies de la tundra ni las obscenas cantidades de aves de Hornoya, pero el carácter salvaje de esta tierra y la impresionante fauna que alberga te conmocionará.

El valle del Pasvik es una parte de Varanger que no tiene nada que ver con el resto de la región del Condado de Finnmark, salvo por ser un destino pajarero de primer orden. Sales de la durísima tundra ártica y en cuestión de unos kilómetros estás en los bosques de la taiga. Pasas de las carreteras en un estado adecuado de conservación que van de aldeas pequeñas a pequeños pueblos, a baches unidos por pavimento que te llevan a casas aisladas que, en ocasiones, son asentamientos. Según te adentras en la comarca, las construcciones -siempre de madera- en su mayoría dejan de estar primorosamente pintadas de brillantes colores como ocurre más al norte. Aquí son de un sobrio rojo mate oscuro y con cierta tendencia a necesitar un repasito.  

Es una cuña que se adentra en el continente hacia el sur. Al oeste Finlandia y al este, al otro lado del rio Pasvikelva que hace de frontera, el óblast de Murmansk, Rusia. 

A finales de abril, salimos con La Numenius de la Reserva Natural de Falsterbo, en el extremo sur de Suecia, a través de la autopista E-6 con rumbo norte. Tras cruzar a Noruega y bordear Oslo, la E-6 se convirtió en carretera de dos sentidos. Un par de días más tarde sobrepasamos el Círculo Polar Ártico y, aunque mayo, de algunas casas solo se veía la cumbrera del tejado. Por entonces, en algunos tramos la carretera era de dos sentidos y un solo carril y con curvas difíciles de negociar con una fragata terrestre de más de cinco metros y medio de longitud y 3000 kg. Tras los ires y venires por la península de Varanger, el 23 de mayo y después de recorrer los 3140 km que tiene la E-6, entraba en Kirkenes. Con sus 3300 habitantes y a pesar de tener nombre escocés, Kirkenes es la principal población de Pasvik. Desde allí hay otros 100 kilómetros por una carretera en la que, a pesar de ser eminentemente recta, sobrepasar una velocidad de 30 km/h puede suponer la destrucción de la amortiguación del coche, arruinar todas las inversiones en empastes bucales y recalcular el posicionamiento de las vértebras lumbares de los ocupantes del vehículo.l. 

Esta obligada velocidad reducida resulta ser una bendición. Hay poco tráfico y los escasos locales circulan despacio. Como resultado, los animales se dejan ver en el asfalto con facilidad. Incluso puedes parar con seguridad y observar y fotografiar el bicho con bastante tranquilidad.

Por momentos da la sensación de que cada lago tiene su pareja de colimbo ártico o chico.

Y ahora viene lo bueno. Lo más frecuente en la carretera son los urogallos, los gallos lira y, si eres afortunado, los grévoles. Si aminoras la velocidad más aún y prestas atención a lo que hay más allá de las cunetas, aun corriendo el riesgo de que tu vehículo se precipite por el acantilado de uno de los socavones de la vía, tus ojos pueden explotar. Confundidas entre los líquenes y musgos, las dos especies de gallinas siguen con su mirada el movimiento del coche esperando su turno para bajar al asfalto.

Cerca de las pocas casas que se encuentran en esta zona se abren pequeños claros destinados a cultivos o zonas de pasto para el ganado.  En esas praderas, además de ser potenciales leks de gallo lira, aparecen limícolas de pico largo -agachadizas, zarapitos y agujas- junto a los omnipresentes chorlitos dorados y algún andarríos bastardo entre otras especies. 

La carretera asfaltada termina en la sorprendente estación de policía de Nyrud, con instalaciones grandes y cuidadas de varios edificios, rodeadas de una impoluta pradera de hierba y una alambrada sencilla, pero donde no se ve a nadie, ni dentro ni fuera. El lugar es de visita obligada por la promesa dictada por Dave Gosney en su cuadernillo dedicado a Laponia, donde cita este sitio como el idóneo para encontrar lechuza gavilana posada en los tejados, usando la mencionada pradera como territorio de caza. Me encantan los fanzines del británico, con sus páginas fotocopiadas y sus clarísimos mapitas hechos a mano con precisión impecable y datos sorprendentes. Pero en esta ocasión falló.

De hecho, allí no vi nada, salvo la mirada más asustada del mundo. Caminando por una senda animal por el bosque de Nyrud, escuché un meneo en la verja que tenía a la izquierda, seguido de un golpe sordo. La vegetación no me dejaba ver qué había ocasionado el ruido, así que me aproximé. No tenía ni idea de qué podía ser y no hubiese acertado ni por aproximación. Un alce macho adulto había intentado saltar la valla con tan poca fortuna que sus pezuñas traseras habían quedado atrapadas, yendo a parar al suelo. A pesar del colchón de líquenes, los 700 kilos de animal produjeron el sonido al caer. Tumbó varios metros de la verja. Respiraba agitado y sin mover la cabeza me seguía con sus ojos desorbitados. Corrí al coche para hacerme con unas tenazas para liberar las pezuñas traseras del animal que seguían enganchadas en la trampa de acero. Cuando cortaba los cables tenía muy presente que una coz de semejante ejemplar me haría añicos la tibia y el peroné de la pierna que alcanzase. Pero el animal estaba inmóvil. Desde una posición segura, le toqué para ver como reaccionaba y así valorar mis siguientes acciones. Se orinó de miedo al contacto de mi mano en el cuarto trasero. Algo se había quebrado dentro de él y ya jamás se levantaría de allí. 

Deshice la carretera para ir a las instalaciones de la reserva natural de Pasvik para avisar. Allí me comentaron que era raro ya que las verjas en cuestión están pensadas para que los alces las puedan saltar sin problemas, pero no así los renos domésticos y que su fin es, precisamente, impedir que el ganado cruce a nado a Rusia.  Me dijeron también que ellas no podían hacer nada y que se trata de una especie cinegética. Eran dos voluntarias muy jóvenes y una mujer de más edad al mando. No sabía si me estaban entendiendo muy bien. Insistí subrayando que el animal estaba vivo y probablemente sufriendo mucho. Me comentaron que pasarían la información a la estación de policía. 

Al día siguiente regresé a la zona. No quise mirar qué había pasado. No tenía valor suficiente. La mirada más asustada del mundo era la de aquel magnífico animal. Y yo sentía exhibir la más triste. Fue mi paseo lúdico y sigiloso para ver animales en el bosque lo que espantó al alce y causó semejante sufrimiento. Hoy todavía me cuesta encajarlo.

Los alirrojos son infinitamente más frecuentes y tranquilos que cuando migran a la península. En cambio los arrendajos siberianos son difíciles de ver posados.

Puentes dinamitados

Muy cerca de la estación de policía está el lago Vaggatem. El hecho de que sea relativamente estrecho, unos 200 metros, y de que el agua corra despacio en dirección al mar de Barents, recuerda que se trata de un mero ensanchamiento del rio Pasvikelva. En la orilla de este lado, postes amarillos, en la de enfrente, rojos y verdes y altas torres de vigilancia que advierten de que se trata de la frontera con Rusia. Y eso no es ninguna tontería. Hay carteles informando en varios idiomas de que estás siendo video vigilado y de un montón de cosas que no puedes hacer. Entre ellas, usar ópticas de más de 200 mm y equipos de observación en dirección al país vecino. Tampoco puedes comunicarte o lanzar objetos a personas del otro lado. Sabiendo que ya he incumplido dos de los diez mandamientos fronterizos, estoy deseando sumar la tercera y comentar con un hipotético pajarero ruso las novedades zoológicas del Pasvikelva.

Ahora, y a pesar de la invasión de Ucrania, la línea es relativamente tranquila (más tarde descubriría que no tanto), pero es, junto a la que tiene Finlandia, la única frontera de Rusia con la Europa occidental. Y eso desde 1945 y hasta 1991 no era ninguna broma. De aquellas tensiones quedan los restos de un puente de hierro reventado con explosivos.

Incluso aquí, el potente movimiento pajarero y conservacionista de Varanger está presente. En el lado noruego las ruinas del puente han servido para la instalación de cajas nido, igual que en los árboles que dan directamente al río. Imagino que el esfuerzo va destinado a mejorar la población de porrón osculado y serretas. Junto a ellos, en las láminas de agua se ven cisnes, serretas grandes y medianas, gaviotas enanas y canas, charranes árticos y colimbos chicos y árticos. Todas especies tremendamente llamativas. Pero son los colimbos, con sus nadares y, sobre todo, voces, los que por sí solos me empujarían a volver a este sitio.

La densidad de las poblaciones es muy baja, pero constante. Hay muchas aves, pero también hay mucho árbol viejo, mucha charca, mucha pradera inundable, mucho riachuelo e incontables lagos de todos los tamaños. Y todos esos lugares, todo el valle del Pasvik, reúnen las condiciones óptimas para albergar vida animal. 

La baja concentración de habitantes silvestres también tiene excepciones. Me paré porque vi un precioso macho de aguja colipinta con sus mejores galas nupciales que andaba distraído con algo. Él y su pareja miraban a un gallo lira haciendo su display ante ellos, como único público asistente al show. O eso me pareció. No pude seguir buscando, ya que a mi espalda y muy cerca resonó el trompeteo de la taiga. Si ese sonido ya es suficiente para erizar todo el vello del cuerpo, adornado por el eco de la acústica de los bosques y la ausencia total de contaminación sonora, la llamada de la grulla es inapelable. No costó encontrarlas. Una pareja estaba alimentándose, en compañía de un pequeño grupo de ánsares campestre, algunos chorlitos dorados y una pareja de zarapitos trinadores. El acento sonoro lo ponía la vibración de las plumas prodigiosas de la agachadiza común haciendo sus vuelos nupciales. Luganos, los abundante y omnipresentes zorzales reales y alirrojos, un bando de ampelis europeos y pinzones reales completaban el elenco. Y como es lógico, un bufé de esa variedad y calidad no podía pasar desapercibido: un pigargo europeo montaba guardia en la rama de un pino mientras que un búho campestre se dejaba ver volando a baja cota. 

Gallo lira macho, tan frecuente como espectacular.

Más allá.

Al final la carretera describe un largo giro de 180º para llegar a la estación de policía. Pero antes, al principio y fin de la curva, parten dos pistas de tierra, o más bien de barro. La primera estaba cerrada por una barrera azul, pero la segunda solo tenía unas grandes piedras que limitaban el ancho del vehículo. Aunque justa, la Numenius pasó.

Ese era el camino. Estaba entrando en el Parque Nacional de d’Ovre Pasvik, el sancta sanctórum, y no había absolutamente nadie a la vista. En realidad, llevaba tres días en los que, salvo a la gente de la comunidad donde estaba el punto informativo del parque, no había visto a nadie más.

El bosque de pino rojo pasa por ser de los más viejos del país. Los alces abundan y, por lo visto, la mayor parte de los osos y glotones de Noruega están aquí. Yo no los vi. Los pigargos, urogallos, arrendajos siberianos y carboneros lapones, se puede decir, cada uno a su manera, eran abundantes. Pero incluso aquí llega la peste de las especies invasoras. Las ratas almizcleras, criadas en cautividad en el SXIX y comienzos del XX por su piel y aceite son, quizá, el mamífero más frecuente.

Según leí, en el parque llueve poco y en invierno las temperaturas bajan hasta -45º.  Ahora, finales de mayo, la primavera ya empieza a dejarse ver en forma de brotes en los abedules, las temperaturas apenas bajan de los 0º y las precipitaciones de nieve son ligeras y breves. Hace días que ya no se pone el sol.

La ausencia de noches dentro de los bosques es el colmo de la locura horaria. A nivel físico y psicológico todo se trastabilla. ¿Cuándo paras de pasear y buscar maravillas? ¿Cuándo cenas y duermes? ¿Es hora ya de beber una cerveza?

El camino termina en un punto construido para encender fuego y cocinar. Bancos con sólidos paravientos de madera, reserva de leña y retretes secos, son el habitual conjunto de servicios públicos para picnic y acampada, tan frecuente en Noruega y Finlandia. Unos 200 metros más allá y con el acceso prohibido con grandes aspas de madera pintadas de rojo, se levanta una impresionante torre de vigilancia fronteriza noruega.

No tengo tiempo que perder. Solo voy a pasar una noche y solo tendré unas horas antes y después de dormir. La ausencia de noches dentro de los bosques es el colmo de la locura horaria. A nivel físico y psicológico todo se trastabilla. ¿Cuándo paras de pasear y buscar maravillas? ¿Cuándo cenas y duermes? ¿Es hora ya de beber una cerveza?

El carbonero lapón, otra de las delicatessen que ofrece el Pasvik.

En este tipo de decisiones andaba, cuando escuché que un vehículo se acercaba potentemente a la Numenius. Deshice lo andado todo lo rápido que pude. Me recibieron dos soldados totalmente pertrechados que habían llegado en un vehículo oruga. Aunque sonrientes y muy amables, uno tenía el fusil de asalto cruzado en el pecho y la mano donde yo hubiese preferido que no la tuviese, y al otro, como si fuera un complemento perfecto de su chaleco antibalas táctico, le asomaba la cacha de su pistola automática a la altura del hígado.

Tras interesarse muy amablemente por mis intenciones en el lugar y los motivos de mi presencia y equipos de observación, me informaron de que no estaban autorizados a pedirme la documentación, pero que harían su trabajo más tranquilamente si les permitía ver mi DNI.

Les llevó varias comunicaciones por radio y varias preguntas para aclarar la situación. Por lo visto, el sitio es perfectamente público, pero el acceso está cerrado (la barrera azul) hasta junio, ya que el camino no suele estar en condiciones para otros vehículos que no estén equipados con orugas. Al comentarles que yo había ido por el otro, por el que está más pegado al río, les contestaron por la radio que ese camino que yo decía haber usado no está cerrado, ya que no suele ser practicable, por estar permanentemente inundado. La verdad es que en algún momento pensaba que iba a naufragar a bordo de La Numenius.

El sitio posee un doble interés militar y turístico. A una hora de camino, está la triple frontera. Un punto, vértice, donde Noruega, Finlandia y Rusia se encuentran. Los dos soldados pensaban que era mi destino y que podía quedarme a dormir y que al día siguiente me acompañarían a él, si eso es lo que deseaba. Que solo no podía ir, dada la situación bélica -“¡hostiaputa!”, para mis adentros- y que luego debería marcharme. 

Había tenido suficiente. A las 7 de la mañana, puntualmente, y ya sin chaleco, uno de los soldados esperaba con su blindado para despedirse y asegurarse de que me largaba.

De regreso a Kirkenes, una lechuza gavilana cruzó la carretera. ¿O no lo era? ¿Cómo estar seguro de que ese perfil chato, cabezón y de cola larga y plumaje más bien claro, no era otra especie? Una de esas observaciones, comentó Carlos Lozano a mi regreso, que es preferible no tener y así evitar esa duda.

Esa última noche en Pasvik acampé en un apartadero de la carretera donde ya hice la primera pernocta. A la ida, con unas vistas increíbles sobre un brazo del fiordo de Bok, cuyo nombre no he sido capaz de encontrar, vi cómo un zorro intentaba cruzar los 500 o 600 metros de hielo de la lámina. Los abedules apenas enseñaban unas yemas. Seis días y seis noches de trabajo solar después, el agua corría con furia y las hojas ya daban sombra.

Miré el mapa para ver mi ruta del día siguiente. Sin darme cuenta, buscaba qué me había quedado por ver. Empezaba a justificar un regreso al valle del Pasvik.

Alces, su tamaño es imponente.

Aguja, a la izquierda, y charrán ártico sobrevolando el puente dinamitado.

Mudando de blanco impoluto a marrón. Los franceses las llaman liebres variables

Rata almizclera. Incluso en el remoto ártico continental el ser humano ha conseguido introducir especies.

La felicidad compartida.

Cuando la bocacha del fusíl del soldado me quitó las gafas de la cara con un golpe tan preciso como involuntario, el bailecito inquieto de Néstor se convirtió en una sardana lisérgica. El marroquí uniformado no lo había hecho adrede. Llevaba el M-16 cruzado en el pecho y cuando se acercaba a mi móvil para que el traductor de Google cumpliese su función, el arma pasaba a escasos centímetros de mi sien. Eso ya bastaba para que mi amigo diese un salto de pura alarma cada vez que el soldado tras decir guguel-guguel, se agachaba para continuar con el repetitivo discurso. Luisa lo llevaba mejor y yo definitivamente estaba disfrutando. Cuando el del fusil, por puro tedio, jugó con la palanca de montar el arma, el asunto dejó de ser divertido por un instante. 

Y así ya podré decir «yo ví un bando de 400 gangas ibericas».

Todo había empezado unas horas antes en la desembocadura del Oued Moulouya, donde habíamos tenido la primera sesión de pajareo de nuestro breve viaje por el noreste de Marruecos. Por el momento estábamos Néstor Mira, Luisa Abenza y yo, en el papel de experto de saldo en el país africano. La troupe se completaría dos días más tarde cuando recogiéramos a Mar López en la frontera de Beni Ensar. Aunque la segunda semana de octubre quizá no sea -por unos días- el mejor momento para viajar a este sistema dunar semi inundable, la visita fue muy nutritiva. Alimentándose en el agua salobre y protegidos por una vegetación arbustiva de mediana altura, había un buen número de especies que íbamos descubriendo a cada paso. Solo los flamencos y las garzas reales quedaban expuestos por encima de la capa verde protectora. En la playa, una legión de limícolas típicas corría esquivando las omnipresentes botellas de plástico tras las pulgas de arena. Bajo un cielo dominado por los laguneros y un águila pescadora, se encendió un foco de luz imaginario que recayó tras una breve duna. Allí, en una mancha de agua y protegido del viento racheado marino, descansaba un grupo mixto de gaviotas reidoras y picofinas y dos preciosos charranes bengalíes.  

Pero también había un militar de esos que habitan en las pequeñas casas de vigilancia permanente con las que el ejército marroquí jalona cada 500 metros las zonas calientes de sus costas. De nuestro paseo en Sahara Occidental de hace un par de años nos trajimos aprendida la lección de que estos vigilantes armados están muy aburridos y que, como es lógico, pequeños grupos de occidentales vestidos como Navy Seals de paseo por Mogadiscio y equipados con prismáticos, telescopios y cámaras de tamaños inimaginables captan toda su atención. Sabiendo esto, me acerqué al soldado cuando ya nos enfilaba; pasaportes y la consabida explicación de que más que un comando espía lo que somos es pajareros. Y es en ese preciso instante cuando recuperé la sensación de estar adentrándome en el territorio del escepticismo: “¿Te has venido desde Europa con esa cámara y esos prismáticos con aspecto de, por lo menos (link), ser de visión nocturna, para ver aves?”

Antes de que fuera demasiado tarde nos trasladamos un par de kilómetros hacia el oeste para encontrar un lugar más tranquilo donde acampar y asegurarnos una noche llena de paz y un amanecer rebosante de cantos de aves. 

Al llegar, tras instalarnos en un parking de arena decorado con botellas de plástico de todos los colores imaginables y protegidos del viento por una duna en la que había dos tiendas de campaña del Decathlon, apareció un soldado en chancletas y montado en una scooter. Después de esconder la moto bajo una lona dentro de un matorral se acercó para, muy educadamente, preguntarnos por nuestras intenciones y mirar nuestros pasaportes. Tras este paréntesis, seguimos con nuestra cena y cambiamos la cerveza por una botella de vino. Estábamos felices y agradablemente cansados. La noche anterior la habíamos pasado durmiendo de cualquier manera en el ferry de Almería a Melilla y como desayuno habíamos cruzado la interminable frontera. Tras meses de incertidumbre y años soñando con viajar juntos, por fin estábamos en Marruecos.

Navy Seals de ocasión. Fotografía de Néstor Mira.

Este momento de felicidad ligeramente etílica lo interrumpió otro soldado que acababa de llegar en otro scooter. Escondió la moto bajo otra lona al lado de la anterior y se aproximó. “Guguel, guguel”, tras inspeccionar pasaportes, muy educadamente, nos pidió los DNIs para confirmar algo y la tarjeta de importación temporal de nuestros vehículos. A juzgar por los gritos que le daba a la radio, estaba claro que no tenía buena recepción, así que se subió a lo alto de la duna. Imaginé que al otro lado de las ondas estaba aquel otro militar que miraba con curiosidad mis prismáticos estabilizados Kite Optics. Este alejamiento con toda la documentación fue el punto de partida del nerviosismo de Néstor, al cual, muy sensatamente, no le hacía ninguna gracia. Protestaba airadamente amenazando con la boca chica, mientras miraba la silueta en la duna al tiempo que sostenía la bolsa de plástico con autocierre donde debía estar cuidadosamente guardada su documentación.

-“Guguel, guguel… Esta es una frontera peligrosa y es nuestra obligación asegurarnos de que todo está en regla por vuestra seguridad y por la nuestra: hay que vigilar por los traficantes de drogas, los migrantes extranjeros ilegales y el ejército al otro lado de la frontera”.

La famosa frontera que tanta tensión generaba no era la relativamente cercana a Argelia. Todos esos desvelos los propiciaba la presencia de las Chafarinas a unas pocas millas náuticas al noroeste. Aceptando que, efectivamente, el Mar de Alborán sea utilizado por las diversas mafias para colar en las costas de Almería cargamentos de estupefacientes o que es utilizado como vía de salida de personas en busca de un futuro mejor, la mención al miedo militar resultaba muy cómica. Se estaba dando la situación de que los soldados marroquíes nos estaban comunicando con insistencia, como españoles que éramos, que estaban allí para protegernos de soldados españoles. Si a la ecuación añadimos la también paradójica propiedad de los terrenos insulares, la situación geográfica de los terruños, los pesos históricos y varios factores diplomáticos que escapan a mi conocimiento, es fácil entender que los militares lo que temían era una implosión del equilibrio neuronal de algún responsable en un despacho.

-“Guguel, guguel… ¿Tienen un mechero?”

Diez minutos.

-“Guguel, guguel: ¿Qué estáis bebiendo? ¿wiski? Estamos aquí por su seguridad y no queremos molestar. Necesito ver su documentación (fotografía a los pasaportes) y oler la botella para comprobar lo que están bebiendo (hocico del tipo con fusil ridículamente cerca del orificio de la botella)”. 

Néstor caminando hacia La Chorlita y La Numenius.

– “Lejos de nuestra intención está complicar la importante labor de seguridad que llevan a cabo. Si así lo consideran podríamos marcharnos inmediatamente”.

De manera involuntaria, me había convertido en portavoz del grupo y estaba disfrutando de mandar mensajes vía traductor de Google en lo que yo consideraba lo más parecido a la poética diplomática del soldado marroquí medio.

– “Guguel, guguel: pueden permanecer aquí, ya que nuestra misión es vigilar y proteger esta peligrosa frontera y blabliblu”.

Y apareció otro tipo que se identificó como policía, pero que vestía con un chándal de Decathlon y que tenía aspecto de ser un joven militar “de carrera”. Me resultó directamente antipático incluso antes de que nos pidiese los pasaportes y nos contase la razón de su presencia allí.

El goteo continuo de amables inquisidores continuaba. Se interesaron por equipos de visión nocturna, por mapas de papel y, en menor medida, por las cámaras, siendo esto último lo único que teníamos. Al menos, fueron ocho las veces que vinieron a pedir la documentación.

Y finalmente surgió, bañándose en el mar de luces parpadeantes azules y rojas de los rotativos de su coche patrulla, el jefe local de la gendarmería, con todos sus entorchados blancos y el mismo gesto y discurso amable, nos volvió a pedir la documentación, volvió a fotografiarla y en una mezcla de francés, español y unas pinceladas de inglés, nos informó sobre la frontera, su peligrosidad y la importante misión que cumplían. Pero añadió que “dernière revisión”. Felices sueños para nuestra primera noche en Marruecos.

Habíamos venido a este país por varios motivos. Quizá demasiados. Bajo la idea principal de inspeccionar los territorios del este marroquí, de los que no hay muchos registros respecto a visitantes en busca de vida salvaje, nos íbamos a meter durante cinco días en el altiplano de Rekkam. Lo íbamos a hacer por pistas y alejados de toda población conocida. Luisa y Néstor iban a rastrear en busca de todos los bichos posibles. Y sobre todo íbamos a compartir diez días juntos viajando con La Chorlita y La Numenius, nuestras dos fragatas 4×4 bien capaces de surcar océanos de arenas saharianas.  

Huellas de humano y de búho desertícola.

Tras recoger a Mar el día 9 de octubre, resumirla los días de viaje que llevábamos, avituallarnos y comprar una tarjeta para su móvil, pusimos rumbo sur. Al llegar la noche ya tenía claro que ni por asomo podríamos cumplir el plan trazado. De hecho, no llegamos a subir al Rekkam. Los cientos de kilómetros por pistas maravillosas y llenas de biodiversidad desconocida se convirtieron en rápidos trayectos por asfalto y los apartados sitios desconocidos fueron sustituidos por otros de más rápido acceso. 

¿Cómo podía haber sobrevalorado tanto nuestras posibilidades? ¿Creí realmente que en una cueva del desierto iba a encontrar la fórmula física para desdoblar el tiempo y que de hacerlo sería capaz de descifrar el enigma matemático y duplicar el número de días disponibles? Esto y otras causas -que no vienen al caso- hicieron que en la mañana del segundo día elimináramos el plan de viaje y nos tirásemos a la piscina de la improvisación parcial. Por suerte había agua y no nos dimos un planchazo.

Pero no todo era debido a mi sobrestimación del tiempo. Este viaje no era una expedición para levantar planos ornitofaunísticos en territorios desconocidos ni era la versión 4×4 de Aventura en pelotas. Cada uno de nosotros podía pensar lo que quisiera, pero lo cierto es que estábamos de vacaciones. Ir a ver bichos por placer y consumiendo los valiosos días libres no entra de ninguna de las maneras en el concepto racional de vacaciones, las cosas como son. Así que nosotros teníamos una urgencia menor por dar con el bicho y una mayor por disfrutar con un poco más de calma de todo lo que sucedía. Desde desperezarse tranquilamente aun en el saco, hasta optar por tener sobremesas nocturnas en lugar de tratar de ver la fauna que asoma el hocico cuando baja el sol.

También había que aceptar -y de manera muy positiva- que viajar con rastreadores no es precisamente lo mismo que hacerlo con bird twitchers recalcitrantes. Y Néstor y Luisa aman los rastros. Por mucho que conozcas este detalle aún pasa que un mediodía cualquiera, la mirahuellas más famosa de España diga “ahí veo un alcaraván” y como un resorte levantes los prismáticos al grito contenido de ¿dónde?

Un grupo de pajareros al uso, además de haber llegado a esa balsa de agua a una hora decente, hubiera liquidado el tema con un barrido de prismáticos que se hubiese saldado con tres cucharas, un chorlitejo chico, una collalba gris y cuatro cogujadas comunes, de las del pico más largo que un día sin agua, la subespecie magrebí. Cuestión de minutos. Hacerlo con estos escaneadores minuciosos de arenas y limos llevará más de una hora y varios pow-pows en torno a una marca en el suelo para consensuar opiniones. Aunque, sorprendentemente para el ajeno, no había mucha duda entre los dos siux para determinar el género e incluso señalar la especie concreta. 

Ellos, los rastreadores, en lugar de sentarse a ver la película que fluye ante sus miradas, rebobinan la cinta. Dan marcha atrás y revisan todo lo que ha pasado allí en las últimas horas o días.

Un observador de fauna al uso busca el sitio adecuado y se dispone para la espera. Llamamos aguardo al espacio seleccionado para parapetarse y decimos aguardo a la acción de esperar la aparición del animal. El lugar y la acción temporal se funden y pasan a ser prácticamente el mismo asunto.

Ellos, los rastreadores, en lugar de sentarse a ver la película que fluye ante sus miradas, rebobinan la cinta. Dan marcha atrás y revisan todo lo que ha pasado allí en las últimas horas o días. E interpretan lo que ha ocurrido: “¿Por qué ese alcaraván ha aumentado el ritmo de su carrera hasta el punto de patinar en el limo?” De esta manera, a lo largo de los días podían localizar búho y cuervo desertícola, andarríos chico o grande (difícil de decidir sin poder comparar), zorros fennec y rojo, erizos, varias especies de jerbos, sapos, lagartos, una serpiente compatible con víbora cornuda o unas magníficas huellas de la subespecie específica del jabalí del Moulouya.

Y que bonito es verlos trabajar.

El lugar más sórdido de Marruecos.

Ni rastro, nunca mejor dicho, de hubaras o gangas.

Las especies típicas de los desiertos pedregosos empezaron a hacerse presentes según bajábamos al sur. Curruca sahariana, collalbas yebélica, núbica, culirroja y desértica, colirrojo diademado, terreras sahariana y colinegra y alondras sahariana e ibis, se dejaron ver. Y, por supuesto, lavandera boyera. En Marruecos existe una máxima que siempre se cumple: da lo mismo el lugar que elijas para bajarte los pantalones para aliviarte, que siempre aparecerá un marroquí (generalmente pastor) y una lavandera boyera.

Como destino alternativo teníamos un pequeño pantano sin nombre bastante apartado de la carretera. La pista nos llevó a uno de esos sitios donde ocurre la magia de lo inesperado. El truco de: “¿quién iba a esperar esto en un lugar así?”. Sería el juego de rosas y salmones de los flamencos recortados contra los tonos terrosos que uno nunca se espera en mitad del desierto. O que las cercetas pardillas, tan raras en la península, aquí son frecuentes. Quizá fuera que localizar fácilmente una docena de agachadizas en los matorrales de la cola del embalse invitara a pensar que allí escondida podía estar la mitad de la población mundial de esta especie. Y sin embargo me quedo para siempre con el bando de perdiz moruna, de quizá unos veinte ejemplares, que no rompió a volar y se marchó peonando con cierta tranquilidad. 

Allí, en ese oasis de un solo árbol, lo dimos todo. Sacamos la última reserva de vino para acompañar a una colección de ristras de morcillas, criollos y chorizos que Néstor asaba al carbón. Era un poco contrarreloj. El horizonte, por momentos, se iluminaba totalmente con los rayos de una terrible tormenta. El viento azotaba y traía las primeras gotas y así La Numenius se estrenó como salón para la celebración de lecturas y banquetes. 

“Que lea su capítulo en el lugar más sórdido de Marruecos”, me dijo Carlos Lozano cuando me dio el ejemplar de Biometría de un encuentro que le correspondía a Luisa por ser una de las 40 personas que participaron en la construcción del libro. La Numenius, sin duda, no responde a esa descripción. El cubículo, aunque pequeño, es confortable, suele estar bastante limpio y tiene algunos lujos. Sin embargo, esa noche estaba abarrotado con los cuatro metidos dentro, olía a chacinas y humo de carbón y habíamos bebido la cantidad suficiente de vino como para que el ambiente pudiera pasar por sórdido. Mar leyó el capítulo en voz alta y Luisa lloró.

Cuando llegamos al Chott Tigri, 90 kilómetros al noroeste de Figuig, supimos que era el lugar adecuado para hacer la parada larga del viaje. Dos noches, eso era todo lo que podíamos conceder al espacio y la fortuna antes de emprender un apresurado regreso. Chott es la palabra árabe para nombrar una laguna salada. El Tigri, dependiendo de las precipitaciones puede ser realmente extenso y además está alimentado por un manantial templado de buen caudal. Las lluvias abundantes hacía meses que no caían, pero la fuente mantenía el pequeño oasis con una buena cantidad de superficie inundada. 

La jornada de descanso nos vendría muy bien. La rastreadora, según nos contó, tras beber de la garrafa equivocada estaba dejando rastros de color verde primavera nada halagüeños; Néstor, por su parte, disfrutaba de los excesos de las pistas de tierra y piedras y su columna vertebral parecía estar recolocándose en sentido contrario al natural; Mar, con temblequeras nocturnas incluidas, rozaba el precipicio de una inoportuna gripe; y yo, en aparente buen estado físico, tenía la olla a presión en la que en ocasiones se convierte mi cabeza a punto de sobre-cocinar mis sesos y reducirlos a puré. Ese era el estado de revista de los aguerridos viajeros.

El macho más joven ganaba ventaja acercándose más.

Mar, que en nuestro raid primaveral por el norte de Europa ya había demostrado que era posible sacar adelante su empresa trabajando con el ordenador mientras La Numenius devoraba kilómetros, había conseguido sacar unos días a cambio de poner en práctica esta técnica. Pero a esta nómada digital involuntaria también le llegó el asueto: en este remoto lugar no había ningún tipo de cobertura o señal. Estábamos, realmente, en la quinta puñeta.

Las espectaculares hormigas plateadas aparecían en ocasiones. Estos bichos pasan por ser los más rápidos del planeta en proporción a su tamaño, ya que son capaces de recorrer un metro por segundo. Eso significa 3,6 km/h, que a simple vista no resulta nada del otro mundo. Pero si se considera que un metro supone 120 veces su tamaño corporal la cosa cambia radicalmente. Si estos datos los proyectamos sobre medidas más abarcables por nuestras entendederas, sería como ver a Isabel Pantoja, que mide 1,70, corriendo a 204 metros por segundo, unos 750Km/h, una velocidad sobrecogedora incluso para la cantante de Marinero de luces.

Por fin vimos gangas. Ortegas en números decentes… y, nada más. Ni hubaras, ni gangas moteadas o coronadas, ni ningún mamífero superior en talla a los abundantes jerbos. No se cumplían las expectativas.

El objetivo del día era desandar todo lo hecho en una sola jornada. Tampoco era para echarse a temblar, pero teníamos por delante bastantes horas de condución. Lo que era ineludible era que a la noche teníamos que estar lo más cerca posible de Nador para cruzar a Melilla. Había pues, prisa, pero, aun así, nos dimos el lujo de hacer una última espera en la charca del Chott Tigri. Nada nuevo.

La búsqueda de posibilidades hace que en el desierto todo el mundo se acerque, como este juvenil de collalba desértica.

Iniciamos el regreso recuperados de los males y muy descansados, pensando que ya estaba visto todo lo que el viaje nos había querido deparar. Sin embargo, circulando a buena velocidad por la pista N19, levantamos un bando impresionante. Paramos los coches. Quizá cuatrocientas gangas ibéricas volaban orbitando a gran velocidad sobre nosotros. Y desaparecieron al posarse. Es increíble cómo estas aves pasan de ser meteoritos en el aire a piedras invisibles en tierra. Ahí estaban, caminando con sus ojos redondos y negros como perlas del collar de la oscuridad.

Todo había merecido la pena. Ahí estábamos, en la cubierta de babor de El Volcán de Timanfaya, armados con los prismáticos y acabando con las existencias de vermú de a bordo mientras contábamos ballenas piloto, pardelas cenicientas y algunos paiños europeos. Cuando el sol bajó hasta casi lamer el horizonte, doscientos delfines saltaban en un cuadro de Rothko de tonos naranjas. Tras seis horas navegando, Néstor y yo éramos los únicos admirando el momento. Corrí a popa con la intención de fotografiar un delfín que había visto saltando en la estela del ferry. Hacía varias horas que se había desvanecido la silueta del Gurugú, donde habíamos acampado la última noche. Allí habíamos visto gato montés africano en nuestra segunda noche y también, en este hito de la iconografía bélica de España, al amanecer la última mañana los macacos del Atlas fueron el colofón del viaje. 

En el capítulo que leyó Mar en voz alta, Carlos recuperaba la frase que Christopher “Supertramp” McCandless dejó antes de morir de hambre en un autobús abandonado en mitad de Alaska mientras vivía su particular regreso a lo salvaje: “La felicidad solo es real si es compartida”.

Yo siento que todo ha sido muy real.

El mar de Rothko.

Galería fotográfica.

Charranes bengalíes en la desembocadura del oued Moulouya.

Alondra sahariana.

Cogujada común magrebí y su descomunal pico.

Perdices morunas.

Al estar acostumbrados a la presencia humana, con un poco de tranquilidad se puede conseguir establecer lazos de confianza con los macacos del Atlas.

Es difícil no perderse en el océano verde de la mirada profunda, limpia y hermosa de los macacos.

Pantanal: el latido del agua.

Al atardecer y a bordo de la barca, el calor sigue siendo intenso, solo sumergiendo el pie en el agua, una engañosa sensación de ligero frescor alivia, en parte, el bochorno. Aunque la temperatura ha bajado, todavía estamos a más de 30 grados. Avanzamos lentamente por un idílico río tropical flanqueado por bosques de ribera, con árboles inmensos separados de la lámina de agua, sin apenas corriente, por praderas flotantes de camalote o jacinto, especie invasora en nuestro país que aquí acoge una explosión de vida. Tras haber dejado atrás una pareja de tapires que bebían en la orilla del río, semisumergidos bajo la atenta mirada de varios yacarés, el barquero reduce aún más la velocidad. En medio de unos arbustos de la orilla, acecha una garza agamí, poco a poco sale a una pradera flotante y continúa su pesca a pocos metros de nuestra barca. El silencio solo lo rompen los sonidos de las cámaras y algún susurro de admiración ante el impresionante plumaje de una de las aves más espectaculares de El pantanal.

Guacamayo jacinto.

El Pantanal es el humedal temporal más extenso del mundo, con más de 182.000 km2 de extensión (700 km de norte a sur y 600 de este a oeste), situado fundamentalmente en Brasil (Mato Groso) aunque se extiende a Bolivia y Paraguay. Se trata de una gran depresión rodeada de mesetas y pequeños cerros, ubicada en el centro geográfico de Sudamérica y con una altitud media de 120 metros sobre el nivel del mar que desagua por el río Paraguay en su extremo sur, al que aún le quedan más de 1.000 km para verter al Océano Atlántico. Este mínimo desnivel dificulta el drenaje, durante los meses húmedos de diciembre a marzo: “la llenura” o “cheia” convierte esta inmensa depresión en un gigantesco paisaje acuático, jalonado de islas donde unos pocos metros facilitan que pequeños bosques sobrevivan a la inundación periódica. En este tiempo, aves, reptiles y mamíferos acuáticos se extienden a lo largo de miles de kilómetros cuadrados de humedal somero; en este momento, la única manera de visitar estos humedales es en ligeras piraguas o a caballo. Las elevadas temperaturas y ausencia de lluvias dan pie a “la seca” que va reduciendo semana a semana la extensión de estos horizontes drásticamente, hasta que en los meses de septiembre y octubre solo queda agua en los ríos más caudalosos, es el momento en el que se acumulan parte de las 152 especies de mamíferos, 582 de aves y 127 de reptiles en las riberas y en los menguantes humedales, a los que en pocas semanas volverá la ansiada inundación… Esa fue la ocasión que elegimos para organizar una incursión de once días, en la primera quincena de octubre de 2024, a uno de los destinos más impresionantes y más generosos para la observación de fauna del mundo.

Los preparativos, con sus correspondientes dosis proporcionales de ilusión y trabajo, comenzaron un año antes. Se trata de un destino cada vez más demandado y con no demasiada oferta de alojamientos (afortunadamente) que se llena rápidamente y dificulta la organización del viaje, especialmente si, como nosotros, viajas sin agencia ni guía. Con información, la de varios trip reports, especialmente el de Paco Chiclana, disponible en su blog, y las escasas guías de aves de la zona, organizamos un itinerario que nos llevó desde Cuiabá, aeropuerto de entrada al Pantanal norte, hasta Porto Jofre, 180 km al sur, en el extremo de la carretera Transpantaneira, eje principal de cualquier visita al Pantanal norte, ya que se trata del único acceso por tierra. Si bien la propia carretera tiene numerosas paradas interesantes, que varían en función del nivel de inundación, es en las “fazendas”, grandes fincas atravesadas por esta vía, donde se encuentran los alojamientos y desde donde salen distintos itinerarios y zonas de observación de fauna a los que normalmente solo tienen acceso los alojados allí.

Llegado el gran día, el 3 de octubre, y una vez recogidos los coches en el aeropuerto de Cuiabá, nos dirigimos a Poconé, ultimo pueblo con carretera asfaltada y zona de servicios (combustible, alimentación, etc…) hacia la primera parada de nuestro itinerario: la mítica Pousada Piuval. Esta fazenda es parada obligada en cualquier viaje a El Pantanal, pionera en ecoturismo y enclavada en un hábitat que supone la transición entre el ecosistema de El Cerrado y los llanos inundables. Allí disfrutamos de los primeros capibaras, yacarés, tapires y zorros cangrejeros, pero las joyas peludas de esta fazenda son el oso hormiguero gigante y el tamandua, a ambos los pudimos disfrutar escudriñando el herbazal, jalonado de termiteros, al amanecer, a bordo de una de las excursiones que organiza la fazenda con las primeras luces del día. 

Garza agamí y busardo caminero.

Llevábamos 24 horas allí y ya habíamos disfrutado de estas dos especies a las que tantas ganas teníamos. Además, pudimos observar más de cien distintas: inolvidables los primeros jabirús, ñandúes, guacamayos jacintos, tucanes y seriemas, así como la concentración de cientos de aves acuáticas: espatulas rosadas, mycterias, jacanas, busardos camineros y tachás que se movían entre los yacarés, en los restos de una gran laguna. Con este buen sabor de boca, continuamos rumbo sur hacia Pouso Alegre. Esta fazenda, regentada por el entrañable Luiz y dotada de estratégicos puntos de agua, comederos de aves y torres de observación con lo que íbamos completando la enorme lista de aves, es especialmente interesante para aves forestales y mamíferos en sus estratégicos puntos de agua permanente donde se refrescaban taira, primer ocelote, tapires, agutíes, ciervos de los pantanos… Seguimos la transpanataneria hacia el sur en una calurosa tarde, en un ambiente irreal, debido a la humareda procedente de los numerosos incendios que asolaban El Pantanal durante la “seca”. La parada fue necesaria en el Hotel Pantanal para comer, refrescarnos y pajarear un rato en los humedales y en el río Pixaim que lo flanquea. 

Recuperadas fuerzas y con un sol que nos vigilaba tras la cortina de humo, llegamos al final de la tranpantaneira: Porto Jofre, fin de la carretera y el pantanal más salvaje. Aquí pasaríamos los siguientes tres días en una pousada(antigua Pousada do Neco) sencilla, pero cómoda, situada en la orilla del río Cuiabá, uno de múltiples brazos de agua de la red de ríos y arroyos permanentes donde se refugia la fauna acuática durante el periodo seco.

Los siguientes dos días transcurrieron en barca por la red de vías de agua, en busca de jaguares o yacarés que patrullan las orillas acechando a su presa principal: el caimán o yacareté. Estos días supusieron uno de los momentos más intensos de todo el viaje, la navegación mientras se observan multitud de aves en las orillas y pequeñas playas: rayadores, patos silbadores, limícolas, avesoles, anhingas, cormoranes, capibaras, yacaretés, tapires, y grupos de nutria gigante pescando y jugueteando en familia, interrumpidos por un acelerón de la embarcación en busca de un jaguar observado por el barquero o por otra barca. 

Tucancillo caricastaño.

Conseguimos realizar nueve observaciones de jaguares en los dos días de navegación: en silencio y a escasos 20 metros (distancia de seguridad para los animales). Disfrutamos del tercer felino más grande del mundo acechando a caimanes, pescando grandes peces, nadando, soleándose, marcando… Y es que la calidad y duración de las observaciones son muy elevadas, constituyendo una de las mejores experiencias integrales de observación de la naturaleza que he vivido. 

Algo muy importante en este tipo de turismo es que podemos erróneamente centrarnos en los objetivos de observación, pero la calidad de las observaciones y el disfrute de los periodos de búsqueda son, al menos para mí, tan importantes de cara a la sensación final de la experiencia como la propia observación de las especies objetivo.

Durante estas expediciones en busca de jaguares solíamos observar diariamente desde la barca unas 60 especies de aves y varias de mamíferos y reptiles. Esta excepcional vivencia se completó la última noche en Porto Jofre, donde aprovechamos para visitar uno de los hides fotográficos de ocelote gestionado por nuestra pousada. La impresionante sensación de ver un ocelote a 10 metros de distancia durante 40 minutos compensaba esa cierta sensación de artificialidad que rodea todas estas técnicas de atracción de un animal salvaje.

Termina el día en el rio Cuibá, nutria gigante y una pareja de tapires.

Era el momento de subir y hacer de vuelta la transpantaneira hacia el norte, pero haciendo paradas en las fazendas de Rio Claro y Santa Teresa para visitar hábitats y rincones que completaran nuestra exploración de El Pantanal norte. En el camino a nuestra primera parada seguíamos disfrutando los pocos puntos de agua que desafiaban al sofocante calor, situados bajo los numerosos puentes de la carretera, y fotografiábamos a corta distancia numerosas especies de aves. En una de las paradas, refugiados en una construcción abandonada sacada directamente de una película de zombis, encontramos una colonia de vampiros, estos murciélagos parasitan a los grandes ungulados bebiendo la sangre que mana de las heridas que les producen con sus afilados colmillos. 


La llegada a Río Claro en el polvoriento mediodía recordaba la entrada a un oasis, los cuidados jardines, la piscina y los puntos de agua que rodean el alojamiento estaban llenos de aves: loros, cotorras, pavas, cardenales y hasta monos capuchinos estaban por cualquier lugar de los jardines de esta fazenda, uno de los cursos de agua permanentes con un limpio y fresco caudal que se mantiene hasta en los momentos más secos del año. Durante los dos días que pasamos aquí disfrutamos de caminatas por los bosques de ribera en busca de las numerosas aves que albergan: jamacares, saltarines, carpinteros, treparoncos…, pero lo más memorable fueron las navegaciones buscando martines pescadores (las cinco especies de El Pantanal), garzas (entre ellas a agamí), carpinteros, rapaces como el caracolero y el busardo caminero. 

La siguiente y ultima pousada fue Santa Teresa, especializada en turismo fotográfico con salidas en barca, y hides de ocelote y monos aulladores y una torre junto a un nido de jabirú, varios puntos de agua y un arroyo casi seco. La vocación fotográfica de sus instalaciones y excursiones es clara y muy recomendable para aquel que se quiera llevar una buena colección de imágenes memorables. La melancolía de nuestras últimas horas en El Pantanal se hacía notar, pero seguíamos engordando la lista de especies, especialmente de pequeñas aves, como tangaras, saltarines, trepatroncos y de varios chotacabras que viven en los interesantes bosques y pastizales secos que rodean la fazenda.

Durante los últimos tres días de estancia en El Pantanal, el intenso calor mañanero acabó en aguaceros, de no más de una hora, que dejaban varias decenas de litros de precipitación. Esto nos avisaba de que el final de la estación seca se aproximaba y pronto el corazón de El pantanal comenzaría a bombear el agua que lo inundaría por completo durante varios meses. Con esta sensación de cambio nos dirigimos al norte, al siguiente destino del viaje brasilero: el cerrado en Chapada de Guimaraes y, más tarde, a la exuberante Mata Atlántica… pero esta es otra historia.

Trio de cigüeña americana.

El Pantanal es uno de los grandes destinos mundiales para disfrutar de la observación de fauna salvaje y probablemente el mejor destino del mundo para observar jaguar. En general, la calidad y cantidad de las observaciones son muy altas, en nuestro caso, pudimos observar 22 especies de mamíferos y más de 230 especies de aves, fotografiando gran parte de ellas. Mas detalles aquí

Jaguar y jotes negros.

La indispensable visita al Hostal Almanzor (y a Gredos).

Ser bichero -no necesariamente pajarero- o aficionado a la fotografía de naturaleza y no haber ido al Hostal Almanzor para utilizarlo como campamento base para las salidas al macizo de Gredos es ser afortunado: por muy viajado y experimentado que seas, aún tienes una buena experiencia que vivir.

¿No os pasa que en ocasiones acudís a un epicentro faunístico y os sentís bichos raros? Con vuestras botas, prismáticos, cámara o telescopio, la guía debajo del brazo, entráis en un bar después de haber visto algo absolutamente magnífico. Esperáis encontrar dentro un grupo de personas, o al menos al camarero, con la misma cara de haber tocado el cielo al haber visto esos galanteos de las avutardas enceladas al tiempo que un búho campestre les sobrevolaba mientras un atardecer sobrecogedor teñía de rosa el inmenso cielo. Pero os encontráis al sempiterno grupo de galgueros que llevan acodados en la esquina de la barra desde la mañana y que os miran con gesto que más hubieran querido tener los cuatreros del saloon de cualquier película de John Ford.

Villafáfila, Villar de Ciervos o Andújar y mil espacios más, da lo mismo cual, alimentarse entre cráneos con cuernos, toros con ojos de cristal y bichos naturalizados y apolillados es la tónica habitual. Son muchos años de tradiciones ancestrales y “sabiduría de monte”. Todo naturalista lo sabe: o te acostumbras a las miradas retorcidas y los decorados macabros o no encuentras donde comer y dormir.

Pero hay magníficas excepciones. Oasis dónde el imperio del plomo de la zona se queda fuera. Pasa, en ocasiones, que al entrar en un lugar en concreto esos prismáticos o ese gesto de haber encontrado el grial con pelo serán entendidos y recompensados con una cerveza fresca en una preciosa terraza, rodeado de reyezuelos, mitos y agateadores y quizá, con suerte, con la entendida conversación de un verdadero sabio de la zona.

Es el caso del Hostal Almanzor. Situado en el mejor lugar posible para organizar tus salidas a Gredos, en un entorno inmejorable – vecino del Parador Nacional e infinitamente más asumible en lo económico- y que puede presumir de tenerlo todo para convertirse en un paraíso para el naturalista medio. La decoración, el ambiente, la comida, los espacios, es todo impecable. Hay un aguardo para pequeñas (y no tan pequeñas) aves de bosque para que el visitante ya pueda desayunar con las manos en la masa y un hide elevado y otro en el suelo para carroñeras sin salir del establecimiento.

Pero, sobre todo, este Camelot, resistente castillo dorado del turismo de naturaleza, tiene a Luisal y Loli. Ellos lo son todo. Propietarios y aparejadores de este maravilloso y veterano proyecto. Son además figuras clásicas del pajareo peninsular y se dejan ver con frecuencia por las ferias y saraos ornitológicos. Luisal se maneja tan bien con la cámara como con las rimas y, por supuesto, está al cabo del día de todo lo faunístico que ocurre en su tierra. Autor de la primera referencia de la editorial El Guardabosques, se atrevió a contar lo suyo con la naturaleza con poesía y, además, a ilustrarlo con fotografías tomadas por él mismo.

Y ahora que empieza la temporada de primavera ya es tiempo de ir buscando el fin de semana para subir a Gredos a ver el elenco de aves de alta montaña.

La combinación es perfecta. Como la pizca de sal en un tomate de huerta, el pan en el huevo frito o la ginebra en la tónica, la caminata por Gredos y regresar al Almanzor lo mejora todo. No ya la experiencia, que también, si no la proporción de cosas buenas en cuerpo, corazón y mente. Los niveles de serotonina, dopamina, endorfinas y oxitocina combinados en sangre harían reventar el cacharro de soplar de la benemérita. El umami del prismático. Al leer esto puede sonar a exageración. Tanto es así, que mejor mira el par de vídeos que ilustran esta reseña y juzga por ti mismo.

Si aún no conoces este coctel, te felicito: vas a pasar uno de los fines de semana más bonitos de tu vida pajarera peninsular.

Alaska salvaje.

Una pradera inabarcable tapizada de tussoks1 y amplias zonas empantanadas llenas de larvas de mosquitos y reznos; caribús, osos, zorros, lobos, carneros de Dall, bueyes almizcleros, glotones, ardillas terrestres; ni un solo camino, ni una sola pista de que Homo sapiens existe y domina el mundo. En sus entrañas, la tunda ártica esconde restos de mamuts y otros animales prehistóricos; también de civilizaciones pasadas que no pudieron adaptarse a los tiempos modernos. Aquellos antiguos habitantes del Ártico medraban gracias a lo que obtenían de la tierra. Vivían en un entorno severo e implacable, y se servían de habilidades aprendidas de generación en generación para sobrevivir. Eran indígenas para los conquistadores, aunque ellos se identificaban simplemente como personas. En la distancia solo se distinguen montañas, ríos cubiertos de aufeis2s, valles, acantilados…

Cantos y bailes tradicionales del pueblo gwitch’in. Fotografía: Tato Rosés.

Para muchas personas esta somera descripción del ecosistema ártico no resulta especialmente atractiva. Poca gente estaría dispuesta a explorar un lugar así durante varias semanas en total autonomía y sin ninguna comodidad, exponiéndose a elevadas dosis de riesgo e incertidumbre. Nosotros lo vamos a hacer. Será nuestra tercera ruta por Alaska, quizá la más ambiciosa. 

A lo largo de casi 400 km recorreremos a pie y en packraft3 una de las zonas más prístinas de Alaska y de la Tierra, actualmente amenazada por la avaricia del ser humano. Nuestra ruta discurre por uno de esos escasos y preciados lugares que todavía se pueden calificar como verdaderamente remotos. En inglés existe un término para ese conjunto de virtudes que describen la naturaleza salvaje: wilderness. Nuestro propósito es realizar un documental de aventura centrado en la conservación de la naturaleza para enfatizar y transmitir la importancia de conservar las últimas zonas sin humanizar que quedan en la Tierra.


Debajo de la superficie de la tundra se extiende una capa helada de varios cientos de metros de espesor llamada permafrost y que alberga ingentes cantidades de carbono y metano procedentes de épocas pasadas. Más allá de esta capa helada, a varios kilómetros de profundidad, la Tierra esconde energía solar empaquetada desde hace millones de años en forma de hidrocarburos: una mezcla de átomos de carbono e hidrógeno que sustenta a la sociedad moderna, que con más de 8200 millones de personas somete de forma abrumadora al resto de especies. El origen de ese “sol concentrado” se remonta al Carbonífero y a la era mesozoica, cuando el Ártico de Alaska era muy diferente y estaba poblado por enormes bosques inundados. Con el paso del tiempo, la materia vegetal y los microorganismos enterrados dieron lugar a gigantescos depósitos de hidrocarburos, que permanecieron ocultos hasta que el ser humano descubrió su enorme potencial energético.

Dos caribús se aproximaron prestándonos atención. Fotografía: Tato Rosés.


“Petróleo” es una palabra mágica que despierta en muchas personas un renovado interés por el Ártico basado en el dinero y el poder. El nuevo gobierno de Estados Unidos, liderado por Donald Trump, ha dado luz verde a la explotación de hidrocarburos en el Ártico de Alaska, aduciendo la necesidad imperiosa de expoliar extensas zonas antaño reservadas a la naturaleza por su extraordinario valor estratégico, tanto para Estados Unidos como para el resto del mundo. 


Si no conoces este lugar quizá te resulten convincentes los argumentos a favor de su explotación: “Es una zona inmensa, y solo vamos a perforar en una parte muy pequeña, donde no hay prácticamente nada salvo hierba, turba y mosquitos”; “los nuevos y modernos sistemas de prospección, perforación y extracción apenas dañan el medio ambiente”; los caribús y los osos polares tienen terreno de sobra para hacer lo que quieran”; “la nueva América necesita petróleo y gas para no depender de mercados extranjeros que podrían poner en riesgo nuestra hegemonía”; “es nuestra tierra y los recursos están ahí para que los podamos aprovechar en beneficio de todos”.

“Petróleo” es una palabra mágica que despierta en muchas personas un renovado interés por el Ártico basado en el dinero y el poder. El nuevo gobierno de Estados Unidos, liderado por Donald Trump, ha dado luz verde a la explotación de hidrocarburos en el Ártico de Alaska

Pero cuando has recorrido a pie este prístino ecosistema sin rastro de artificialidad y has visto de cerca cómo se entrelaza la existencia de los innumerables seres vivos que lo habitan, ya sean vegetales o animales, entonces las palabras de esas personas distantes, poderosas y bien vestidas, sin tierra en sus zapatos, son como un puñetazo en la cara, un insulto despreciable e ignorante hacia el valor intrínseco de la naturaleza 

La sombra de nuestra avioneta se proyecta sobre el mar de Beaufort, en el océano Ártico. Fotografía: Marta Bretó.

Vamos a retroceder un poco en nuestro relato, porque creemos que conviene explicar por qué la explotación de hidrocarburos en el Ártico de Alaska es especialmente dañina. 

En esta vasta extensión de tierra, decenas de miles de caribús (Ranfiger tarandus) migran anualmente desde las zonas de invernada en Canadá hasta las zonas de cría en la llanura costera de Alaska, donde se encuentran más seguros frente a los depredadores, los mosquitos y los reznos.

Para el pueblo gwich’in, el lugar donde los caribús dan a luz es tierra sagrada. Esta gente, que habita Alaska desde mucho antes de la llegada del hombre blanco, ha dependido tradicionalmente de la migración del caribú. Cuando eran nómadas seguían constantemente los movimientos de este animal, y hoy en día el caribú sigue siendo el símbolo de su existencia. No en vano se hacen llamar “el pueblo del caribú”.

Lamentablemente, las perforaciones para extraer petróleo, de llevarse a cabo, se ubicarían exactamente en este terreno sagrado, modificando las rutas migratorias anuales del caribú, y la vida y la identidad de los gwich’in se vería trastocada para siempre. Es probable que con el paso de los años acabaran siendo asimilados por el mundo moderno, o borrados del mapa de la humanidad.

Algo similar sucede con los inupiaq, situados más al norte, junto al océano Ártico. Este pueblo vive principalmente de la caza de ballenas, que realizan de forma artesanal desde hace siglos. Sin embargo, el ruido y las vibraciones de las plataformas de perforación, tanto en tierra como mar adentro, interferirían con el sistema de comunicación de los cetáceos, que se alejarían para siempre de la costa ártica. Como consecuencia, los inupiaq perderían su fuente tradicional de alimento, y con ella su identidad.

Un lobo de la tundra nos observa con curiosidad antes de continuar su camino. Fotografía: Marta Bretó

Además de multitud de aves, la costa es el hogar de una de las especies que más sufren las consecuencias de la crisis climática: el oso polar. Este superdepredador hiberna bajo la tundra y es muy sensible a las perturbaciones de su hábitat, por lo que sin duda su existencia se vería amenazada por la presencia de los pozos de petróleo y las infraestructuras asociadas: carreteras, vehículos de gran tonelaje, viviendas, oleoductos…

En 2022 documentamos el Ártico de Alaska por primera vez. El Arctic National Wildlife Refuge, en el noroeste de Alaska, llevaba años en el punto de mira de muchos políticos. Durante su primer mandato, la administración de Donald Trump apoyaba vehementemente la idea de perforar el Ártico, argumentando que esa zona remota era un lugar desértico y sin ningún interés. 

Tres años más tarde nos proponemos documentar otra zona de alto riesgo para el medioambiente. Reserva Nacional de Petróleo en Alaska es sin duda un nombre poco atractivo, pero su significado es engañoso, pues se trata de un lugar más extenso que Andalucía totalmente virgen, sin domesticar por humanidad. 

Nosotros no esperábamos documentar un contraste tan brutal con dichas palabras: jamás hemos visto tanta vida salvaje. Durante los 18 días que pasamos recorriendo el ANWR vimos miles de caribús, tres osos grizzly, un lobo de la tundra, decenas de ardillas terrestres del ártico, decenas de carneros de Dall, puercoespines, perdices nivales, águilas calvas y otras rapaces, sin contar la presencia a través de sus rastros de otras especies como el zorro rojo, el zorro ártico y el alce.

Un grupo de carneros de Dall juguetean de madrugada, bajo la suave luz del sol de medianoche. Tato Rosés.

El resultado de ese proyecto documental fue Los caminos del Caribú. Una película creada con un presupuesto mínimo en la que no había más participantes que nosotros dos: protagonistas, directores, guionistas, cámaras, editores y todo lo que podáis imaginar. Este filme participó y continúa participando en festivales internacionales, ha recibido algunas menciones de honor y actualmente se proyecta en los consulados de Argentina, Honduras, Paraguay, Bolivia, Perú, Uruguay, México, Costa Rica, El Salvador, Chile, República Dominicana, Guinea Ecuatorial, Guatemala, Nicaragua, Panamá y las embajadas de Colombia, Cuba, Ecuador y Venezuela. Todo esto contribuye a difundir el mensaje de conservación que queremos transmitir, pero no vamos a detenernos aquí.

Tres años más tarde nos proponemos documentar otra zona de alto riesgo para el medioambiente. Reserva Nacional de Petróleo en Alaska (National Petroleum Reserve in Alaska) es sin duda un nombre poco atractivo, pero su significado es engañoso, pues se trata de un lugar más extenso que Andalucía totalmente virgen, sin domesticar por humanidad. Esta zona remota, situada en el noroeste de Alaska, está permanentemente desprotegida de la explotación de hidrocarburos y su futuro depende del hambre energética del mundo, del gobierno de Estados Unidos y de la voluntad del pueblo.

Este inmenso territorio, de algo más de 93.000 km2, fue designado en 1923 por el presidente Warren Harding como suministro de emergencia de hidrocarburos para uso militar. Alberga hábitats de extraordinario valor ecológico en los que medran especies como el oso polar y el grizzly, el lobo de la tundra, el glotón, el buey almizclero, el zorro ártico y el rojo, diversas rapaces, el colimbo, el éider y otras aves acuáticas.

En esta valiosa reserva se encuentra la zona de cría de una de las mayores manadas de caribús del país (164.000 ejemplares en 2023). Aquí crían millones de aves de los seis continentes y de la mayoría de los océanos del mundo. Es la tierra ancestral de los primeros pobladores de Alaska desde hace más de 10.000 años. Aquí se encuentra el yacimiento de Liscomb Bonehead, el depósito más prolífico de huesos de dinosaurio de todas las regiones polares de la Tierra. El porcentaje de protección permanente frente a la explotación de hidrocarburos es del 0 %.

Nuestro destino es la zona especial de Utukok River Uplands, el mayor ecosistema intacto de praderas que queda en Estados Unidos. Tenemos la intención de recorrer los casi 300 kilómetros del río Utukok desde las proximidades de su nacimiento en las montañas Delong, en las estribaciones de la Sierra de Brooks, hasta su desembocadura en Kasegaluk Lagoon y el mar de Chukchi, en el océano Glacial Ártico. Hasta la fecha, solo un puñado de personas han visitado este lugar. 

Chorlito dorado americano. Fotografía: Marta Bretó.

El siglo IX fue el siglo de oro de la exploración: hollar la cima del Everest, encontrar el paso del Noroeste, circunnavegar el planeta, alcanzar el polo Sur… Fueron grandes hazañas y sus protagonistas encontraban patrocinio en la realeza, en grandes empresas y en los bolsillos de adinerados comerciantes y filántropos. Asimismo, las conferencias que impartían los exploradores tras sus extraordinarios viajes les proporcionaban pingües beneficios.

Esa época dorada de la exploración y el descubrimiento hace tiempo que quedó atrás. Hoy se persigue la rapidez y la dificultad; la integridad de la naturaleza está en un segundo plano.

En INDOMITUS queremos formar parte de la naturaleza de un modo intenso y contagiar el espíritu de la aventura, la ecología y la protección del mundo natural. Para ello tenemos herramientas muy potentes: determinación, creatividad y espíritu aventurero. Fatalmente, el tema económico, un pilar que por desgracia es importante, no lo llevamos tan bien. Una sola persona no cambia el mundo, pero puede añadir su voz para crear una revolución. Nosotros queremos sumar nuestro documental a un mar de propuestas e iniciativas que defienden la protección de la naturaleza por su valor intrínseco. Si piensas así, puedes aportar tu granito de arena colaborando en nuestra campaña de micromecenazgo en Verkami.

Los jefes indios Noah Sealth y Toro Sentado resumieron de forma simple y efectiva la importancia de frenar la depredación del ser humano: “Solo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenenado y el último animal muerto, nos daremos cuenta de que el dinero no se puede comer”. 

Nuestras sombras se proyectan sobre el paisaje. Fotografía: Marta Bretó.

  1. Tussocks: Grupo de especies de gramíneas de la familia Poaceae. Suelen crecer en matas formando montículos de hasta casi un metro de altura, cubriendo grandes extensiones en praderas y pastizales. Las raíces pueden alcanzar dos metros o más de profundidad, lo que contribuye a la estabilización de taludes, al control de la erosión y a la porosidad del suelo, facilitando la absorción del agua. Los tussoks son muy resistentes al fuego y proporcionan hábitat y alimento a insectos, aves y roedores. Son un incordio para caminar, pero sin ellos las praderas árticas no existirían tal como las conocemos. ↩︎
  2.  Aufeiss: Cuando llega el invierno y los ríos comienzan a congelarse, se forma una capa superficial de hielo que va aumentando de grosor a medida que baja la temperatura, que en el ártico puede alcanzar los 40 ºC negativos. El agua que circula por debajo sale a la superficie a través de grietas y se congela rápidamente. El canal por el que fluye el agua se estrecha, lo cual incrementa la presión, provocando nuevamente el flujo del agua hacia el exterior, que se congela. La acumulación sucesiva de láminas de hielo forma el aufeiss u overflow ice (hielo desbordante), que en algunos ríos llega a alcanzar más de dos metros de grosor y cubrir grandes extensiones. ↩︎
  3. Packraft: Se trata de una embarcación hinchable, portátil y resistente parecida a un kayak pero más ancha y estable. Los modelos diseñados para realizar viajes de larga duración suelen rondar los 3 kg de peso.  ↩︎

Hemos hecho un viaje.

Los que viajamos motivados por ver las glorias del mundo natural que se desvanece ante nosotros, somos unos afortunados. Somos de los pocos que, en ocasiones, podemos decir: “yo he hecho un viaje”.

Lago Iriki, 1 de enero 2025.

Si Roy Batty hubiese dicho “he visto atascos kilométricos a las afueras de Burdeos que no creeríais; vi encender las luces de navidad de Vigo desde el puente de Rande sobre la ría”, hubiese dado lo mismo que sus recuerdos se perdieran como lágrimas en la lluvia o como detritus intestinal por el sumidero. Su “autoepitafio” no habría pasado a la historia del cine como la frase más épica que un robot jamás pronunció, y la cita más recurrente de los cinéfilos de tres al cuarto podría haber sido: “como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar”.

Ese gato del pantanal transoceánico que has inmortalizado es el mismo magnífico ejemplar que han fotografiado 52 turistas antes que tú, ese mismo día. Y ¡mira que madrugaste!


No sabemos si el personaje encarnado por Rutger Hauer, en su misión como “supersoldado”, viajó hasta la constelación de Orión para quemar naves de ataque o estaba allí de paso hacia las puertas de Tannhäuser. No sabemos, por tanto, si esos eventos increíbles fueron el objetivo del viaje o fruto de la contemplación durante el trayecto.


Mucho se dice que lo importante del viaje es el trayecto y no el destino, que es algo muy bonito. Pero se dice en un tiempo en que el trayecto se compone, en la mayor parte de los casos, de fase 1, avión, fase 2, Uber. Destino: centro ciudad.

Y, a su vez, ese objeto del deseo por el que se han atravesado continentes enteros (en tres horas de vuelo, si no hay retraso) es algo que sabes encontrar porque lo tienes localizado en Google maps con una chincheta que le copiaste a un influencer, con varios millones de seguidores.

Hay viajes, por muy costosos, exóticos y lejanos que sean, que directamente se pueden guardar en la lata de las anécdotas y solo ser sacados de ahí si las condiciones sociales son muy determinadas o se quiere acabar con una reunión en casa que ya va durando demasiado.

Esto también puede decirse de esos viajes en el que nuestro codiciado destino natural -paisaje o animal, da lo mismo- sea algo localizado, seguido y, en cierta medida, garantizado.

Ese gato del pantanal transoceánico que has inmortalizado es el mismo magnífico ejemplar que han fotografiado 52 turistas antes que tú, ese mismo día. Y ¡mira que madrugaste! Esas 186 imágenes obtenidas en ráfaga de cámara sin espejo, en el 99% de las ocasiones, solo van a tener un valor realmente trascendental para el autor de las mismas.

Sí, tenemos que aceptarlo: somos parte de ese contingente turístico responsable del 8,8% de las emisiones de CO2. La diferencia es que las colas que hacemos para ver un quetzal en mitad de la selva son mucho más discretas que las que hay frente a la Gioconda. 

Sin embargo, hay ocasiones en las que surge la oportunidad de hacer un viaje al que llamar viaje. Un ir en el que tanto el camino como el destino suman los componentes esenciales para que el que está en ello sienta lo excepcional, lo único. 

Paisajes de noche y paisajes diurnos: ambos inolvidables.


En el camino y en el destino.

Imagino que los que han hecho el Camino de Santiago tendrán en su memoria la satisfacción por haber llegado a la plaza del Obradoiro. Pero apostaría a que lo que cuentan a familia y amistades, más que el abrazo al santo, serán los problemas con las ampollas a partir del sexto día, el calor terrible al pasar por San Miguel del Camino o lo cerquita que el narrador se sintió de aquella atractiva persona de procedencia austrohúngara. 

Si se lee En el camino, de Jack Kerouac, en la juventud, es fácil recordar algunos pasajes treinta años más tarde. ¿Pero cuál era su destino al comenzar el viaje? 

Alejandro, por conquistar la India, llegó a Samarkanda. Y los comerciantes de seda que iban y volvían de la China tenían en Samarkanda el punto central de la ruta. ¿Cuántos hoy se acuerdan de cuál fue la última ciudad que tomó el conquistador o en qué comarca se compraba la seda? La ciudad Uzbeka era el hito en el viaje, el lugar de encuentro donde hacer aguada y conseguir víveres. Era el viaje y hoy es la ciudad con resonancias épicas.

Quizá la más conocida de las excepciones fue el viaje de Colón, que iba a la India, se topó con un continente -claramente un componente de la parte viaje de la expedición de Cristóbal- y se olvidó del destino.

Cuando los cuervos grandes dejan espacio a los cuervos desertícolas.

Especulando y generalizando a lo loco, podríamos decir que el destino es el objetivo de comerciantes y conquistadores. Y de la misma forma charlatana, apuntar que el trayecto es lo codiciado por geólogos, biólogos y literatos.

Pero la realidad es que son muy pocos los que en 2025 pueden disponer de tres meses -o años- y las perras para viajar, y son muchas las facilidades para poder ir y volver en el día a ver un eider de anteojos a Holanda. Y menos mal que es así.

Y, sin embargo.

Sin embargo, este pasado cambio de año viajamos. Y lo hicimos en el más amplio sentido del concepto. Con su destino, su objetivo y su trayecto, como fines en sí mismos.

Tras cuatro años de intensas lluvias, el lago Iriki, al sur de Marruecos y en el borde noroccidental del Sahara, se había inundado. Hacía 50 años que el humedal, si acaso, no pasaba de charca.

A consecuencia de lo anterior, los reportes de viajeros atentos hablaban de “desierto florido”.

Objetivo: cabalgar por las dunas saharianas teñidas de verde hasta alcanzar el espejo del lago Iriki y quitarse el polvo del camino en sus saladas aguas. Y, además, pasar el fin de año en su orilla norte.

1.739 kilómetros a Mhamid para llegar al punto de partida y 1.609 desde Foum Zguid hasta Madrid, para regresar. Entre esos dos pequeños pueblos, 139 kilómetros de arena, piedras, dunas. En medio Iriki, el destino.

Hacer de un camino algo interesante se puede lograr de varias formas. Esos 139 kilómetros como viaje con mayúsculas, con una distancia tan ridículamente corta y con la mística reventada por un número asombroso de todoterrenos con chofer, dedicados a pasear a turistas a toda velocidad, se sostenía en este capítulo por algo más que el paisaje y el omnipresente sentimiento de aventura que invade a la mayor parte de europeos, en cuanto salimos del asfalto y el alfabeto latino.  

Cuando los franceses se apropiaron de las tres cuartas partes occidentales del Sahara, se encontraron con su impenetrabilidad. El mismo borde ya da miedo. Incluso hoy en día, en cuanto te adentras unos cientos de metros en la arena y compruebas que el GPS del móvil tiene una señal débil, se acciona un motorcito que hace que el esfínter de cola pase a estar sometido a un sobresfuerzo sorprendente.

Ellos, los colonizadores franceses, trataban de trazar rutas dirección sur desde los puertos mediterráneos hasta las ciudades situadas al otro lado del desierto, ya en el Sahel, ciudades que eran conocidas o supuestas. Tampoco era muy importante. El asunto era atravesar el infierno. Ya en el purgatorio encontrarían lo necesario. 

A principios del XIX, dieron con una ciudad llamada Tombuctú. Laing y Caillé fueron los primeros occidentales que pusieron sus ojos en ella, pero el primero murió en un asalto de los tuaregs durante el viaje de regreso y el segundo almacenaba suficiente carga microbiana como para despedirse del mundo poco después de llegar a Francia. 

Hasta 1880 se lanzaron un buen número de expediciones que se saldaron con la muerte de la mitad de los exploradores que lo intentaron. No fue hasta 1913 que se materializase la unión entre el Mediterráneo y Tombuctú y para 1920 llegó la primera columna mecanizada. Cinco auto-orugas Citroën lo lograron.

Pero mucho antes de que los blanquitos llegásemos para buscar algo que robar hasta en el mismísimo desierto, alcanzar la ciudad de Mali era ya una necesidad para los habitantes del norte y centro de África. Las rutas comerciales llegaban a Tombuctú desde los cuatro puntos cardinales.

Camachuelo trompetero y el desierto tapizado de manzanilla.

En 2019 Mar y yo peregrinamos en Tánger, a la tumba de uno de los más grandes viajeros que nunca pisó la tierra: Ibn Battuta. En su ir, que comenzó en 1.325, cuando contaba con 22 años, con la inocente idea de cumplir con el mandato de acudir a La Meca, recorrió el noroeste, las costas orientales y norte de África; parte del sur y el este de Europa; Oriente medio, Asia central y, haciendo la Ruta de la Seda, grandes zonas de China; el sureste asiático y la India. Para cuando regresó a su Tánger natal 24 años más tarde se calcula que había recorrido 120.000 kilómetros. En cuestión de viajes, se merendó a su contemporáneo Marco Polo.

Cuatrocientos años antes de que los franceses soñasen con la ciudad dorada al otro lado del Sahara, Ibn Battuta había estado ya en Samarkanda y Tombuctú.

Varios siglos después de que las caravanas bereberes de dromedarios cargados de sal se arriesgasen a una ruta transahariana de 50 días, expuestos a la climatología y los asaltos de las tribus del desierto, los grajos recorríamos un tramo de aquella pista. Sin ningún riesgo, sin más peligro que un pinchazo, con aire acondicionado y las app de orientación y de listas de música, por si la cosa se alargaba, sí. A todo, sí. Incluso cerveza fría, sí. No es comparable, pero estábamos recorriendo un tramo de la mítica ruta transahariana a Tombuctú.

31 de diciembre de 2024. Acampamos a la orilla del Iriki. El lago tenía agua, pero estaba claro que meses atrás la superficie inundada debía de quintuplicar su tamaño. Con apenas unos centímetros de profundidad, la idea del baño reparador desapareció más rápido que mis pies engullidos por la masa viscosa sobre la que trataba de caminar.

Habíamos llegado tarde. El paso postnupcial debió de ser un absoluto espectáculo. Fosilizadas en el que fuera el limo más fino que uno pueda imaginar, las huellas de miles de aves de todos los tamaños tapizaban la superficie, a 200 o 300 metros de donde estaba ahora el agua.

Al día siguiente, lo primero que escuchamos fue el “cur-liii” de un zarapito real. 50 tarros canelos sobrevolaban nerviosos la superficie del agua, mientras un faraón oteaba desde la cresta de una loma hacia el oeste. Por la perspectiva, daba la sensación de que la hubara caminaba demasiado expuesta al búho, mientras otros dos ejemplares volaban de manera más ligera de la que cabía esperar. 

En el suelo había zonas donde las huellas indicaban que allí se habían reunido las gangas, pero ninguna apareció esa mañana. Hacía dos tardes, siete Lichtenstein en vuelo, a través de la depresión entre dos dunas, fueron la gran alegría pajarera del viaje.

La noche anterior encendimos una buena hoguera con encina acarreada desde Madrid. Guisamos un estofado durante cuatro horas en una olla de hierro fundido. Bebimos cerveza y brindamos con vino. Mantuvimos los ojos abiertos con esfuerzo el tiempo suficiente para ver el 00:00 en el reloj y descansamos.

Estábamos haciendo un viaje y el desierto florido olía a manzanilla. 

La máquina de viajar: La Numenius.

Toni y su consejo chrismas special edition 2024.

Nuestro influencer ornitólogo está de vuelta. Antonio Cerecillo, también conocido como Toni el Cáspico, regresa en exclusiva a nuestro canal de Youtube para seguir difundiendo su conocimiento y su concepto del pajareo. 

Toni nos comenta algo importante

Toni El Cáspico no es muy de felicitar las fiestas, sin embargo, es muy consciente de las tradiciones nacionales y por eso quiere regalar a todos los aficionados un poco de su experiencia.

En este derroche especial de conocimiento nos habla de la importancia de la capacidad asertiva y la generosidad, especialmente cuando se comparte un tiempo de observación con nuevos aficionados que se dejan llevar con facilidad por sus ganas de ver especies raras.

En El Vuelo del Grajo nos sentimos muy honrados con la confianza que Toni tiene en nosotros y conscientes de su valor queremos que este vídeo, ahora si y por nuestra parte, sirva de felicitación de fiestas para todos nuestros lectores.   

Toni el Cáspico viaja a Tenerife.

Nuestro influencer ornitólogo está de vuelta. Antonio Cerecillo, también conocido como Toni el Cáspico, regresa en exclusiva a nuestro canal de Youtube para seguir difundiendo su conocimiento y su concepto del pajareo. 

En esta ocasión Toni ha volado a Tenerife para disfrutar no solo de la fauna si no que, gracias a un guía local, ha descubierto la flora, la cultura y las tradiciones locales. Su experiencia, don de gentes y discreción habitual le llevan a firmar uno de los vídeos más didácticos de cuantos circulan por las redes sociales mundiales y que sin duda será comentado durante años.

Toni señala con certeza el camino pajarero a seguir.

Obviamente nada de lo anterior es cierto. Toni sigue siendo él, fiel a sus ideas y principios, impasible el ademán que está presente en su afán por mostrar la riqueza de la fauna nacional.

Estad atentos, que las grandes esencias vienen en videos pequeños.

Birding hardcore: Estaca de Bare’s way.

¿Qué puede empujar a 60 aficionados y aficionadas a la observación de aves, a reunirse en un remoto lugar? ¿Qué es lo que hacen cuando están todos juntos? El secreto mejor guardado de Estaca de Bares.

El pajareo, la sana práctica de realizar salidas periódicas con el único fin de disfrutar con las aves, presenta múltiples facetas: desde el sencillo ánimo de pasear por un parque urbano con unos prismáticos que te permiten ver las más próximas, hasta formidables viajes al confín del mundo con la intención de cruzarte con ese animal que te quita el sueño desde hace años. Puedes colaborar con programas de recuperación de espacios, elaborar listas y pequeños estudios estadísticos, coleccionar recuerdos avícolas en forma de fotografías o tener una excusa para mover un poco las piernas. Y puedes conocer gente, tener un quehacer los fines de semana o desarrollar el musculo neuronal aprendiendo datos, etologías y cantos. Mil razones, todas buenísimas, para guardar un poco de tu corazón, tiempo y cuenta bancaria para las aves.

¿Qué es lo que hacen cuando están todos juntos?

Sea como fuere, todos y todas asociamos esto a paseos de mayor o menor intensidad, a adentrarnos por los caminos en biotopos magníficos y variados; a pasar unas horas dinámicas en las que el cuerpo y mente funcionan en perfecta sincronización para luego regresar satisfecho al hogar con otro día -fin de semana, vacaciones o intenso mes- para el recuerdo.

Enseguida se aprende, aunque hay singularidades, a hacer las cosas bien para no molestar a la fauna. Tener paciencia, no intentar acercarte más de lo prudente, esperar sabiendo que regresará o incluso tener presente que siempre se puede volver al día siguiente a ver si hay más suerte con ese pajarito que viste pasar. La observación de aves casi siempre se ve satisfecha con ese tipo de máximas. Estas criaturas, salvo excepciones, se dejan ver. Es una afición generosa.

Obviamente, requiere del aficionado poner de su parte y estar alerta a movimientos entre ramas, en el cielo, cerca y lejos; escuchar cantos y ruidos entre las hojas, moverse con discreción e ir a los puntos adecuados. Como decíamos antes, se trata pues de una afición muy dinámica.

Y la bendita experiencia, que hace que, a cada paso que das, las cosas sean más fáciles.

Y con esta alabanza para rendir devota pleitesía a los que realmente saben de esto, se acaba la lista de tópicos más o menos constatables.

Bienvenido a donde las cosas no son así.

– Muy buenas. ¿Qué tal?
– Bien. Llegué ayer y ya se me está haciendo el ojo.

Y esto te lo dice alguien que sabes perfectamente que lleva veinte años pegado a un telescopio y que su mano se siente incompleta si no está sujetando sus viejos prismáticos. ¿Hacen falta 24 horas para acostumbrarse a qué?

Predomina el gallego, pero se escuchan los acentos vasco y manchego (del suave de Albacete y también del bien curado, quizá de Ciudad Real). Al fondo a la izquierda, a la vuelta de la casa, junto al deje andaluz, suena murciano, y a la derecha, muy cerca, el inconfundible soniquete francés, pero con castellano muy trabajado. Observadores de aves venidos desde cualquier coordenada geográfica se reúnen en el punto más norteño de la península, en torno a una solitaria casa.

En realidad, la casa es el objeto físico reconocible, la esquina popular para todos, que es buena para citarse y luego ir al vermú. Es un refugio-observatorio que sirve de lugar para la intendencia y de plataforma para los observadores. Pero la referencia real no es una construcción, es una persona. Antonio Sandoval -del que pronto conoceremos más, ya q es el protagonista de Local Patchers 2– y su tenaz trabajo de conteo de aves, divulgación y promoción de este espacio, es la referencia -en todos los sentidos- en Estaca de Bares. Él pasa allí interminables jornadas, durante meses. Y eso lo lleva haciendo desde hace más años que edad tienen algunos de los entusiastas que allí recalan. Se puede decir para quedar: “donde el observatorio”, pero sería mucho más sabio decir: “nos vemos donde Toño”.

Sandoval venía diciendo que el sábado, dadas las condiciones meteorológicas de esos días y según la sucesión y progresión de cambios que se avecinaban, iba a ser un día histórico. Estaba claro que no era magia, pero el conocimiento y las aplicaciones meteorológicas, cada vez más precisas, hacen que suene como tal. Si hace 500 años hubiese dicho: “y al quinto día los vientos de poniente cambiarán, el amanecer será tan oscuro que las candelas de los carros se encenderán solas, las olas romperán con fuerza y las escasas aves apenas podrán avanzar en el aire y nada podrá indicar que exista más vida hacia el horizonte: pero en verdad os digo, que al llegar el sol a lo alto, las nubes se abrirán y miles de aves negras volarán ante vosotros” lo hubiesen quemado en la plaza del pueblo. Bien por bocachancla, bien por acertar, hubiese acabado carbonizado.

Este mensaje caló con fuerza en WhatsApp y para cuando llegó el sábado se habían congregado 60 fieles con telescopio y otros 30 con grandes teleobjetivos venidos de Alemania.

Ir donde Toño tiene un poco de peregrinación. No por devoción, sino por cuestiones mucho más físicas. Estaca de Bares está al norte, no puede estar más al norte, pero también está muy próximo a ser lo que está más al oeste. Y encima es el extremo de un cabo. Lo de que todos los caminos llevan a Roma es broma en este caso. Para llegar allí hay que ir allí: no pilla de paso a ningún lado, ni por él se llega a nada. Aunque, por la dureza del clima, cuando Dante escribió “Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor” quizá se refería a que por Estaca de Bares sí se llega a algún sitio.

– ¡Grissea a las 10!
– ¿A qué diez?
– Al de la esquina de la casa. Media distancia, donde el segundo liso.

En el camino del bosque se anda. En la cola del embalse incluso reptas. Y en Cazalla te quedas de pie, girando 360º alrededor del telescopio, siguiendo a los miles de aves que cruzan el Estrecho. Aquí te traes una confortable silla plegable y te pegas diez horas sentado.

– Cerca. Paiño europeo.

Cerca, para estos bestias, es 300 o 500 metros de distancia. Y un paiño es menor que un palmo…

Normalmente, en cualquier salida al campo, ves con los ojos, localizas con los prismáticos y observas con el telescopio. Este orden te permite batir con la mirada todo en el aire, la vegetación y la tierra que te rodean. En Estaca acoplas el ojo al ocular del telescopio -con el zoom quizá no al mínimo- y elijes un lugar al que mirar. Que cubra una buena cantidad de mar en dirección al horizonte, pero permitiendo encuadrar una línea de cielo y quizá un punto de referencia (una boya, un pesquero faenando quieto). Y esperas a que algún bicho cruce tu retina.

– ¡Peterodroma! Ahora pasando detrás del barco. ¡Es Madeira!

¿Pero estás de broma? ¿Cómo has podido ver eso? ¿Y cómo lo has identificado? Sobre todo, eso: ¿cómo sabes lo que es?

Esa actitud pasiva de esperar a que pase un ave se rompe cuando te lanzas a la locura de seguir las instrucciones que da el que ha cantado ese grupo de charranes. Lo que es una divertida prueba de interpretación de una mezcla de referencias para llegar al punto donde las aves blancas andan cazando, se torna en agonía contrarreloj cuando lo avistado es un petrel de Madeira. Ahora es difícil mantener la calma necesaria. No es una aguja en un pajar, pero ojito con lo de encontrar, por muchas pistas que te den, un ave de mediano tamaño en un mar agitado.

– ¡Ocho pichonetas! Cerca.

Esta vez has sido tú el que has cantado. Es la más frecuente y la que pasa más cerca de las aves de las que ese día se lleva un conteo preciso. Pero las has visto tú el primero y gracias a eso el dato de estas pardelas pasa a estar contabilizado. Has necesitado más de 24 horas, pero ya tienes el ojo hecho. Al ver las texturas del mar ya entiendes con claridad lo que es “un liso”. Consigues no sonreír irónicamente ante la idea de buscar el paiño “a media distancia” que Antonio ha cantado. Pero, sobre todo, te das cuenta de que, dirijas donde dirijas tu óptica, no tardarás en ver aves. Han estado ahí todo el rato, pero no habías hecho el ojo. No estabas viendo, solo mirabas.

Y llegó el día.

Temprano y frio, a pesar de que la lluvia es inminente ya hay una veintena de personas ocupando la práctica totalidad de los dos laterales utilizables del observatorio. En realidad, ocupan cualquier sitio al resguardo de los vientos de oeste-noroeste que ya traen gotas.

Unos lo dan ya por imposible y aceptan que la lluvia y el mojarse van a ser inevitables. La mayoría, en cambio, se las apañan de forma misteriosa para sujetar un paraguas, al tiempo que manejan un telescopio.

Ni los potentes alcatraces son capaces de vencer al viento y cuando alguno se asoma al alcance de los pajareros, permanece clavado en el espacio. Bate alas inmóvil. Lucha de titanes. La lluvia hace de bruma difusa que sirve de telón mágico por el que brotan y se desvanecen las pardelas, siluetas borrosas que tan pronto se materializan, como se deshacen. El océano es más vasto si se camufla tras las gotas de lluvia horizontal.

Todo ese infierno meteorológico es lo que está reteniendo. Cuando el viento role y cesen las lluvias, se verá si al profeta hay que quemarlo o invitarlo a chipirones.

A pesar de las condiciones un grupo de irreductibles permanece oteando y cantando lo poco que ven. Contad y otros lo contarán.

El día anterior, que no era el señalado, se triplicó el conteo máximo histórico de págalo rabero para una sola jornada. ¿Y si el día mágico hubiera sido el día anterior al vaticinado? Espera e incertidumbre.

Y la lluvia cesó y el sol picante calentaba a retazos. La luz brillante y directa hacía resaltar todo en aquel escenario. Sobre el océano oscuro -daba miedo ver las pesadas olas del mar de fondo- los pechos blancos de los págalos brillaban incandescentes.

Para cuando el desembarco de aves amainó, las expectativas se habían cumplido.

Los 60 allí reunidos terminaron la jornada con 1.353 págalos raberos anotados. Pero, al igual que el Sil lleva el agua y el Miño la fama, tras esa cifra histórica, en la lista “oficial” subida por Ana Rivas para ese 24 de agosto del 24, también se citaron delicias como petrel de gongón o pardela chica macaronésica. Quizá, entre las estrellas de ese teatro solo faltó el págalo polar, pero se dejaron ver 7.000 aves de 38 especies.

Al mago de Bares, definitivamente, había que invitarlo a chipirones.

Hardcore.

Pasadas las horas de adaptación al medio, el famoso hacer el ojo; aceptado el quitar y poner ropa que va desde la manga corta hasta el forro polar, con cortavientos y paraguas y vuelta a empezar; sobrepuestos al hecho de haberse cambiado los pantalones empapados, aprovechando para renovar el protector solar – y todo en lapsos temporales brevísimos- uno llega a la savia que mana de la amapola blanca que es el pajareo en Estaca de Bares.

Ver a una persona sentada en una silla y mirando, quieto, a la infinidad del océano a través de un telescopio ya da para mucho pensar. Durante horas. Desde lejos casi se podría hablar de inactividad física: de vez en cuando la mano derecha se mueve para ajustar el enfoque o variar el zoom. Por lo demás, ojo pegado al ocular y postura inamovible. ¿Es observación o contemplación?

En ocasiones las aves pasan cerca. En otras, detienen su viaje para poder alimentarse. A veces la actividad aérea es muy intensa y la variedad de especies y numero de ejemplares fascinante. Pero las más, victoria total, las aves pasan lejos, rápidas, sin pausa.

Ir a Estaca, definitivamente, es otra cosa muy diferente a lo que se entiende normalmente por pajarear. Allí el pajarero no busca. Al menos no lo hace como acostumbra a hacerlo. No vale de nada tener buen oído o un micrófono para el Merlin. Por supuesto, no hay dormideros, sitios dónde acudan a bañarse, comer o beber. No hay leks para ver displays. Y, por supuesto, ni hides, cebaderos o reclamos sonoros.

En Estaca (y por extensión en todos los cabos) las citas de “megas” duran el tiempo proporcional a la velocidad de vuelo que la especie es capaz de desarrollar.

Se puede ir a tachar especies de la lista, pero tacharás si a los pájaros les da la gana y quieren.

El pajarero amante de la velocidad en los resultados de su salida de observación allí puede ir de lado.

Y no hay guía de campo que resuelva las complicadísimas dudas de identificación que surgen al pie del acantilado.

A Estaca hay que ir con tiempo, paciencia, conocimiento y, si eres nuevo en los cabos, de la mano de alguien que sea capaz de enseñarte a diferenciar el vuelo de una sabine a dos millas de distancia, o a apreciar en la silueta el estado de la muda de las primarias de un skua polar. Hay que ir cargado de ropa y mucha, en plan derroche, humildad.

A Estaca se va a pajarear. A nada más. No hay cobertura, conversaciones las justas -para que se note que eres humano- y delante, tan solo el gran océano.

Ves al ave a una milla. Identificas, y, en ese momento, ya solo estas tú y el págalo. Los dos juntos, en la soledad del océano del telescopio.

Droga dura.