El largo oasis del Ziz y los cortados al oeste de Risani.

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Javier Marquerie

Bosques de alta montaña y la inmensa sorpresa verde en mitad del páramo desértico.

Tras una noche bastante complicada, en la que a duras penas pudimos dormir, enfrentándonos a un viento y frío inesperados, abandonamos el medio Atlas. En las praderas próximas a la hondonada, donde habíamos tratado de refugiarnos para pernoctar, pudimos comparar empíricamente las diferencias entre las famosas collalbas de Seebohm (Oenanthe seebohmi) y las conocidas grises (Oenanthe oenanthe), la presencia de numerosas chovas piquirrojas (Pyrrhocorax pyrrhocorax) y que los gorriones chillones (Petronia petronia) son tan curiosos aquí como allí y que todos ellos, junto a otras especies, estaban mucho más contentos de oponerse al viento fresco de lo que lo estábamos nosotros.

Nuestro siguiente destino era la larga garganta del río Ziz, que nos llevaría hasta el desierto. La garganta, en su mayor parte, forma un tupido oasis de vegetación (palmeras y frutales principalmente) crecido en mitad del páramo rocoso gracias al aporte continuo de agua que hace el río.

Y a su vera, incontables pueblos y aldeas.

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El ave del año que no quería levantar la cola.

El número de especies y la cantidad, en cifras generales, que puede albergar este largo oasis es sencillamente espectacular. Ruiseñores combatiendo por territorios en tierra, oropéndolas reclamando a pleno pulmón, bulbules naranjeros abandonando su usual discreción para atravesar las huertas y claros, rompiendo improbables silencios, mirlos en cantidades ingentes, amén de decenas de especies ocupando todos los espacios. Tras una pequeña salida a las tórridas alturas que bordean el oasis, donde se dejaron ver los primeros aláudidos específicos de la zona y los camachuelos trompeteros, la búsqueda de frescor nos empujaba a regresar al cauce. Justo al pie del camino y ya de regreso, un alzacola rojizo (Cercotrichas galactotes) mostraba su deseo de encontrar a hembra reproductora para cópula y lo que surja. Al mismo borde del camino, en la cúspide de una mata no muy alta, no cejaba en sus cantos. Obcecado en sus labores de ligoteo, permitió nuestra moderada proximidad sin alterar su comportamiento. La situación, la altura, la luz, la actitud, todo, era perfecto para obtener una estupenda fotografía. Todo, excepto que los diez minutos que duró la situación, el ejemplar en cuestión mantuvo baja la cola todo el tiempo, salvo un instante.

– ¿Y si no fuera un alzacola?

– No vayas por ahí, Javierito, que sabes que no.

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Mamíferos.

En los planes que manejábamos para este viaje los mamíferos tenían un papel muy importante. Íbamos a hacer una larga incursión en zonas deshabitadas al norte del Sahara, con intención de permanecer allí varios días estacionados. Pero, tuvimos que descartarlo rápidamente, incluso antes de cruzar el estrecho, por la ausencia de tiempo. Viajando como lo hacemos nosotros, para hacer lo que pretendíamos, hubiéramos requerido dos meses. Y para el plan “mamíferos”, sin otro destino, dos semanas. Habrá más ocasiones.

Mientras, nos conformaremos con bichos tan nerviosos como la ardilla de Marruecos (Atlantoxerus getulus).

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Las primeras veces.

Cuando era muy peque, vi un gorrión de colores. Mi madre no tenía ningún conocimiento profundo de ornitología, pero si el suficiente como para decirme que se trataba de un carbonero y sacarme de la oscuridad de la media docena de aves genéricas que era capaz de nombrar. Todo lo pardo eran gorriones -algunos lo eran incluso aunque tuvieran colores-, las rapaces eran águilas, lo marino gaviotas, y así en un continuo que supongo similar al 90% de los chavales de España. Ese mismo día, localizamos el sitio donde anidaba y durante esa primavera y verano tuve mis primeras lecciones autodidactas de etología básica.

Creo que ese fue el momento definitivo en que algo se torció en la neurona.

No pasaría mucho tiempo antes de que mi madre me hiciera prestar atención a un característico reclamo y me indicó donde mirar. Así aprendí a reconocer a los abejarucos.

Parados en un camino, a orillas del Ziz, yo volvía a ver por primera vez un abejaruco y recordaba todo esto en voz alta.

Abejaruco persa (Merops persicus).

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Sin insistencia, pero menos mal.

En este punto donde se agrupaban diversas especies, aparecieron un par de tórtolas senegalesas. Como fotógrafo de naturaleza en funciones, suelo no presionar al animal al que estoy fotografiando, al menos de manera consciente. Pero si además considero o tengo la presunción – mal fundada- de que me toparé esa especie en mejores condiciones, dejo la cámara tras la imagen testimonial y me dedico a la pura observación.

Creo que hice bien, porque no volvimos a ver ningún ejemplar de cerca y relajado y aunque la fotografía solo sea testimonial, pude ver a placer a esta preciosa palomita.

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Al oeste de Risani.

Buscando un golpe de suerte, que luego nos enteramos de que es anual -este año no, el pasado sí, habrá que ir el que viene- fuimos al oeste de Risani. Allí vimos al cuervo desertícola (Corvus ruficollis) con la luz dorada del atardecer, que era uno de los pájaros que más nos apetecía ver. Pero no vimos al búho desértico (Bubo ascalaphus), que es lo que la gente viene a buscar a estos lares.

A esta gran nocturna, prima hermana de nuestro búho real (Bubo bubo), a la que de hecho hasta no hace mucho se la consideraba subespecie de la nominal, como es grande, ya se le ha puesto apellido monárquico. Un poco más exótico que nuestro manido “real”, se le conoce con el rimbombante nombre de búho faraón. Al que si vimos -mejor dicho, él nos vio a nosotros-, fue a Alí. Pero esa es otra historia que contaremos en otro formato.

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Y llegó la noche.

Noche del desierto, donde, más que la bóveda celeste lo que impresiona es el silencio. Silencio absoluto y total, solo roto por los rumores de animales silvestres que pululan alrededor.

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Y llegó el alba.

Y con ella, el vibrar de la vida primaveral. Nunca nos hubiésemos atrevido a sospechar que un páramo árido pudiese albergar tal variedad de vida.

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Vamos con los aláudidos.

Los meses anteriores al viaje estaba realmente emocionado ante la idea de enfrentarme a nuevas identificaciones. Para mí, ver un animal, retener características, apuntar mentalmente rasgos de comportamiento y hacer las primeras elucubraciones hasta el momento de abrir los manuales y guías es, adrenalítico. No voy a decir que sea como desactivar una bomba con un martillo o, yo qué sé, pilotar un avión acrobático, que digo yo que serán auténticos chutes de epinefrina en vena, pero tiene su emoción. Pero los aláudidos marroquíes me tenían un poco tenso. No sé porqué, pensé que serían seres infernales, que se camuflarían entre las reverberaciones del calor y mantendrían distancias prudenciales de trescientos metros. Pero no, las alondras al sur del Atlas son tan encantadoras como las ibéricas.

Cogujada magrebí (Galerida macrorhyncha)

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Otro espeto de dudas.

Al pincho, largo y agudo, de mi desconocimiento, hínquele la posibilidad de una nueva especie, semejanzas muy directas con una vieja conocida y que el ejemplar se trate de un volantón. Cocínese al calor creciente presahariano y tendrá un riquísimo espeto de dudas a la manera del Sahara.

¿Curruca tomillera (Sylvia conspicillata) o curruca de Tristam o del Atlas (Sylvia deserticola)? La ligera tonalidad ocre en las partes inferiores y estar en una ubicación más propia de la Tristam me hacen decantarme por clasificarla como del Atlas, pero…

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Collalba desértica.

A estas alturas del viaje -inclúyase toda la fase de preparación, que es parte fundamental del viaje- el interés por las collalbas era absoluto. En Marruecos es posible ver ocho especies y hay citas frecuentes de otras dos. Y, además, es el típico pajarito con el que te quieres encontrar. Son curiosos, exhibicionistas, bonitos y simpáticos. Con caras de esas de las que si subes una fotografía en el grupo adecuado de Facebook, entre las respuestas, habrá varias animaciones de unicornios rosas que a su paso dejan un arcoíris.

A otro nivel, este grupo de túrdidos tiene el atractivo de ofrecer dimorfismos sexuales, variación de plumajes según edad y semejanzas muy notables entre especies.

En entregas posteriores de esta saga, se mostrará un macho, pero por ahora solo nos topamos suficientemente bien con esta hembra de collalba desértica (Oenanthe deserti) que, de un vistazo rápido y con luz complicada, sería difícil de diferenciar de una hembra de las collalbas culirojas, magrebí o, incluso, Isabel. Menos mal que tiene cola…

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Y el ave más frecuente de Marruecos.

Las preciosas collalbas yebélicas (Oenanthe leucopyga) resultaron ser un compañero de viaje continuo. Los juveniles, de píleo negro, eran realmente entretenidos de observar. Y a pesar de su nombre común (yebélica tiene su raíz en el árabe jabel, montaña) te la puedes encontrar en llanuras bajas, páramos de montaña, cursos de agua medios y bajos e incluso en poblaciones.

Durante el par de miles de kilómetros circulados por las carreteras y pistas marroquíes, la única ave atropellada que vimos fue, precisamente, una yebélica, lo que habla de su nivel de frecuencia.

Animado por el impulso de caer en el más profundo de los ridículos, generado por una impúdica tendencia a mostrar en estos artículos mi desconocimiento sobre la materia, voy a introducir como inspiración de futuros insultos hacia mi persona, una exhibición de mi sentido del humor.

Durante días, cada vez que veíamos una de estas collalbas, le decía a Mar: “Mira, Mar, la más violenta de las collalbas”. Cuando por fin se hartó de oírme la coletilla preguntó el porqué de esta: “Porque es la collalba ye-bélica” (Mar es asturiana).

Los cromos de un viaje bichero por Marruecos.

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¿Quién podría imaginar que el primer primate que vería en su hábitat estaría lejos de frondosas selvas y ocuparía prodigiosos bosques de cedros en un ambiente más propio del Tirol?

Es un clásico que, desde luego, no nos hemos inventado nosotros. Los pajareros de medio mundo empiezan o terminan su periplo marroquí en estos bosques. Hay especies endémicas como el pico de Levaillant (Picus vaillantii), y subespecies locales como las del pinzón común o pico picapinos, que son suficiente reclamo para que se dejen caer por allí, pero lo primero y más impresionante que te encuentras son los macacos de Berbería (Macaca silvanus).

Aquí es cuando empiezo a dejar clara mi poca experiencia fuera del terruño patrio: es el primer primate que puedo ver en libertad. Y voy y me topo con este bicho, tan denostado por ser una pseudomascota en Gibraltar.

Como tantos otros de su orden, está en peligro de extinción, con cifras que oscilan entre los 1.200 y los 2.000 ejemplares. Las causas son: la pérdida de hábitat y las muertes generadas por ser considerados “alimañas” y por los malditos dogmas que las religiones esparcen ante determinadas especies. Nosotros tenemos estigmatizadas a las serpientes y ellos tienen a los monos en su punto de mira. Todo por sendas apariciones estelares en los libros intocables.

Y no, no vimos al pico de Levaillant.

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Lejos de los monos de feria.

Al poco de llegar a la Reserva Natural de Los Cedros, y a pesar de este nombre tan poco creativo, pudimos dar con una pareja de guardas forestales con los que charlamos largo rato. Mohamed y Aziz, entre otras muchas cosas, nos hablaron de la seguridad en Marruecos y de lo permisiva que es la legislación local sobre lo que se puede hacer en los espacios naturales del país. También nos indicaron que, por aquella pista, más allá de los confines turísticos, y dado que la Grajilla era apta para los caminos que nos encontraríamos, podríamos llegar al Aguelmam Afenourir. Allí podríamos ver muchas aves. Sin especificar qué especies -o sí, pero vete tú a traducir los nombres comunes en bereber o árabe- nos lanzamos a recorrer aquel camino. Con esta sencilla acción ya sabíamos que nuestro plan de pernocta se iba a tomar viento y que tendríamos que acampar en un lugar lejos de nuestras previsiones. Pero… ¿para qué viajamos así, si no es para estas cosas?

Esta improvisación nos brindó la oportunidad de observar algunos núcleos familiares de macacos en actitudes mucho más silvestres que las que podíamos ver al lado de los puestos de suvenires. Ya había merecido la pena seguir los consejos. Porque si uno no ve monos comiendo parásitos de otros monos, crías jugando o machos demostrando que son más machos que los otros machos, entonces, es que uno no ha visto monos como Dios manda.

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El famoso estornino ovejero.

Avanzábamos sobre la pista, haciendo esperas en lugares que nos parecían adecuados. En la inevitable lista de especies avistadas íbamos incorporando nombres. Algunos ratoneros moro (Buteo rufinus), una hembra de colirrojo diademado (Phoenicurus moussieri), pinzón vulgar de la tierra (Fringilla coelebs africana) y otras muchas caras conocidas para un aficionado ibérico.

Pero todo queda eclipsado cuando paras para ceder el paso a un rebaño de ovejas, y, ante ti, desfila un estornino cómodamente instalado en la grupa de un ovino. Entonces me acuerdo de Aitor Galán, de cuando muy seriamente me comentó que las garcillas bueyeras deberían pasar a llamarse “tractoreras”, por haber trasladado su gusto por las grupas ganaderas a los capós de la maquinaria pesada.

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Bienvenidos a una nueva sorpresa.

Y subíamos y subíamos, y a 1.800 metros y con viento frío, dimos con el lago natural del que nos habían hablado. Con calificación RAMSAR, la realidad me volvió a abofetear y demostrar que, por mucho que me preparase, era un cateto viajando por el extranjero.

Que el espacio no figurase en los libros consultados y que los viajeros que tuvieron a bien escribir sus aventuras pajareras no parasen en este lugar, no eran razones para que no fuera de máximo interés; solo que la pista y la distancia podían haber echado para atrás a más de uno. Y eso lo sabía hasta la collalba que nos dio la bienvenida. Yo, orgulloso usuario de internet y devorador compulsivo de bibliografía, me sentía conocedor de la ruta -respecto a bichos- que íbamos a hacer, y la primera charla con dos de la tierra me ponía en mi sitio.

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Naranja sobre verde.

¡Qué espectacular combinación de colores! Y qué maravilla ver bandos de tarros canelo (Tadorna ferruginea) pastando sobre esas praderas y charcas, tomadas por las hierbas verdes a rabiar.

Una sensación nueva: saber que no hay participación humana. En la península, antes eran invernantes habituales en el sur. Ahora, cuando ves un canelo en libertad siempre tienes la duda de si es ejemplar escapado de una colección o de un jardín, si alguien lo ha liberado porque ya no es el patito bonito o si realmente se trata de un ejemplar que no ha visto mano humana en su vida. ¿Qué más da? En cualquier caso, es su casa. ¡Qué tranquilidad!

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Los reyes del mambo.

El altiplano donde está situado Afenourir bulle de vida. La única presencia humana son los pastores que gobiernan tres pequeños rebaños. La riqueza de la biodiversidad allí es, al menos en apariencia, plena. En unas construcciones delimitadoras del espacio, bajas en altura, vimos heces pequeñas de mustélido -a juzgar por su contenido- y en una piedra prominente, un zorro no pudo evitar dejar su impronta. En el aire, unos alcaudones comunes (Lanius senator) sembraban el terror a pequeña escala, una pareja de cernícalos (Falco tinnunculus) hacían la sombra de mal presagio a todos los animales de tamaño inferior al de las collalbas y un milano negro (Milvus migrans) se llevaba toda mi atención. Cuando digo negro, quiero decir negro como mi alma, negro como sombra de encina en verano, negro como el petróleo o, como se decía antes, negro como el betún. Pero, para verlo, habrá que esperar a que edite el vídeo.

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Focha cornuda.

Sí, es una mala foto, pero tenía que salir en esta colección de cromos por su nombre. Y sí, sé que su nombre común habitual es focha moruna. Y no, no le he puesto su otro nombre común por ser políticamente correcto, lo hago porque considero muy adecuado no repetir palabras a la hora de escribir. Que se note que soy muy leído, leches. Resulta que la previsión de capítulos de esta crónica en forma de colección de estampitas está plagada de los siguientes apellidos: sahariana, desértica, magrebí y moro/moruno.

Dicho esto, se trata de un grupo de fochas cornuda (Fulica cristata) en el lago principal de Afenourir.

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Los quebraderos de cabeza de un novato. 1ª parte.

Preparé el viaje a conciencia, lo juro. Hice mis deberes y miré y remiré los libros tratando de aprender detalles de aves que iba a ver por primera vez. Horas machacando las guías, intentando adelantar el trabajo de identificación, buscando las diferencias, los rasgos fundamentales, para una tipificación inmediata y exitosa de todas y cada una de las especies nuevas que me iba a encontrar. Por repasar, repasé no solo los nombres en castellano y los latinajos, sino que me hice lista de puño y letra -de puño porque con sangre la letra entra, o no sé qué parecido, se decía- con la traducción de los nombres en inglés, por si acaso.

Luego da lo mismo todo. Te plantas delante de un pajarito y entre prismáticos y cámara tienes que – sí o sí- colgarte las gafas de ver de cerca, porque, hagas lo que hagas o hayas hecho, tendrás que abrir la guía a la mínima.

Caso práctico: una collalba y mi monólogo interno.

– Ese manto gris, esos matices ocres en el pecho… tiene que ser collalba gris.

– ¿Y si es gris, por qué tiene el antifaz tan grande? Es collalba de Seebohm.

– Pero esas plumas ocres en la espalda: ¿Y si es una rubia cambiando de plumaje y me he venido hasta aquí para ver algo que se llama Oenanthe hispánica?

– ¿Si tiene ocre y gris en el manto, será porque es una collalba desértica, no?

– Que no Javier, coño, que tiene las primarias sin unir a la garganta, es una Seebohn de libro.

– Ya, pero tiene ocre en la espalda…

Y vuelta a empezar. Y así a cada parada.

Solución a la cuestión: en las guías viene también el plumaje de otras estaciones y conviene no ser idiota y mirar cómo son los bichos en otoño.

Collalba de Seebohm (Oenanthe seebohmi), macho.

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Podría negar lo anterior.

Pero no: fue así y, además, durante media hora. Y aún al día siguiente volví a revisar el tema. Y es que la fiesta de conmemoración de mi ineptitud no había hecho más que empezar y las collalbas -y más adelante se sumarían los aláudidos- me acompañarían durante todo el viaje.

De hecho, casi me atrevería a decir que todo se complicó cuando una -supuestamente- esclarecedora hembra no tuvo reparos en que la fotografiase, desde todos los ángulos y en todas las actitudes posibles.

– ¿Y si era gris, eh, Javierito?

– Que no empieces de nuevo: mira la brida.

(Y aquí Pepito Grillo se calló por un rato)

Collalba de Seebohm, hembra.

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Y cuando menos te lo esperas, ahí aparece ella.

Da lo mismo donde estés, en Marruecos o en España. En montaña, a 2.000 metros de altura o en una llanura a 200, siempre puede pasar. Miras a un poste o miras a un matojo seco. En grupos o en parejas, te las puedes encontrar. Bueno, si ellas quieren, si se dejan y si las dejan estar sin destruir su hábitat. Al menos esa es mi relación con las carracas (Coracias garrulus).

Ahora que lo pienso, esto me recuerda a mis intentos de protorelaciones sentimentales adolescentes. Y, anda, igual de fascinado con la graciosa belleza de aquella rubia, que con esta turquesa excéntrica.

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Cumpliendo deseos.

Un mes antes de nuestro viaje, España se tiñó de rojo debido a unas tormentas de arena en el desierto. Aquellos vientos, además de polvo, arrastraron hasta la península una cantidad inusitada de ejemplares de diferentes especies norteafricanas.

Rápidamente, se vieron publicadas en redes fotografías de esos exotismos tan delicados. Corredor africano, alondra ibis y, al menos, dos ejemplares de esta gloria del diseño de peluches para niños de 0 a 99 años; de este pajarito que deja a la altura de una gallina vieja al más adorable de los petirrojos. Esta minúscula ave cuyo gesto hace que el dulce mosquitero tenga el rictus de un cóndor de los andes cabreado.

Tan era así, que cuando le propuse a José María de la Peña, diseñador de la imagen de nuestra portada de primavera, que incluyera dos animales, le sugerí el fenek (Vulpes zerda) y a esta preciosidad, el colirrojo diademado (Phoenicurus moussieri).

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No me conozco.

La noche iba cayendo y el frío aumentaba. Estábamos muy lejos de encontrar un sitio donde acampar. Necesitábamos cobijarnos del viento helador que llenaba el medio Atlas. Hacíamos pista tras pista buscando un recodo angosto que nos proporcionase algo de calma. ¡El día había sido tan largo!

Avanzábamos con todas las luces del coche iluminando el camino, con la tentación de subir la velocidad para acortar el tiempo, pero circulando despacio y con la esperanza de que la noche nos brindase la ocasión de ver cualquier tipo de animal.

Y así fue. Un zorro cruzó la pista. Frenamos en seco y el animal continuó corriendo en paralelo a la pedregosa vía. Sin demasiada prisa, me dio tiempo a hacerle un par de malas fotografías. Luego desapareció bajo un pequeño puente que cruzaba nuestro camino.

Y ahí es cuando hice lo que no hay que hacer: dejé el coche donde estaba, con todos los focos encendidos, y corrí cámara en mano tras el bicho. Me precipité bajo el puente y rebusqué – sin mayor fortuna- hasta que me di cuenta de que el acoso no debe de ser nunca la vía por parte del fotógrafo de naturaleza. ¡Cuántas veces habré criticado esa actitud para ahora verme haciendo lo mismo! ¡Qué asqueroso me sentí cuando regresaba al coche!

Mejoramos la Grajilla para Birding-overland

Cuando El Vuelo del Grajo era tan solo un proyecto, ya estaba sobre la mesa el hacer viajes overland. Esto es: moverse de la manera más autónoma posible, sin depender de nadie y con un vehículo que pueda salvar las dificultades de los caminos y pistas que surjan en el trayecto. Para ello elegimos un coche hibrido enchufable, que consumiese lo mínimo posible y lo preparamos para convertirlo en nuestra casa móvil: la Grajilla, tercer miembro de las expediciones de El Vuelo del Grajo.

Ya sabemos que es el overland. ¿Pero si el objetivo de esos viajes es la observación de fauna, no convendría encontrar una expresión que defina ese tipo de acción? Puestos a sumergirse en la piscina de los anglicismos, nosotros lo hemos llamado “Birding-overland”. Su traducción literal es preciosa, pero demasiado pretenciosa: pajarear sobre la tierra.

La Grajilla es un Jeep Renegade 4Xe enchufable. Y es nuestro compañero infatigable que nos lleva a nosotros, nuestros equipos y todo lo que necesitamos para vivir en el campo y la montaña, cumpliendo con las normas y siendo escrupulosamente respetuosos con el medio ambiente y la biodiversidad. Consume poco, es silencioso y nos da la libertad de llegar a sitios complicados.

Es a la vez vehículo, casa, oficina y estación de observación. Es la única forma de plantearse viajar para realizar nuestro trabajo y no morir económicamente en el intento. Es, eso, el tercer Grajo de El Vuelo.

Lo teníamos bien equipado, pero con la experiencia de un año viajando así y con una ruta de tres semanas en perspectiva, pensamos que era más que adecuado hacer algunas mejoras. Y si añadimos los factores Marruecos y Sahara, queda claro que existían verdaderas necesidades.

Hemos realizado un vídeo breve para que conozcáis mejor a la Grajilla y como lo hemos preparado para este nuevo reto.

Día y medio de un pajarero en La Palma

El Cumbre Vieja, destino de un pajarero.

1. Antecedentes

Llevábamos, Sara y yo, mucho tiempo queriendo ver un volcán activo. De hecho, a finales de agosto del año en curso, al conocer por la televisión que el Etna había despertado, nos planteamos volar a Palermo. Una vez allí, alquilaríamos un coche, conduciríamos hasta el Rifugio Sapienza y, desde ese mirador, disfrutaríamos de una lejana panorámica de la erupción. Sin embargo, tras expulsar un par de espumarajos carmesíes, su cono decidió aletargarse.

21 días después de abandonar el proyecto siciliano, reventó el Cumbre Vieja. De inmediato, estudiamos ir para allá. Tras seleccionar los vuelos que mejor encajaban con nuestro trabajo —o mejor dicho: los únicos que lo hacían— y habiendo elegido el fin de semana idóneo, fuimos conscientes (gracias al aluvión de datos que todos recibíamos) de la magnitud del desastre que estaban generando las coladas de lava. A su vez, nos alcanzó la información de que se habían producido encontronazos entre los palmeros y los medios de comunicación desplazados; y, aún más importante para nosotros, escuchamos que los cuerpos del estado se quejaban del entorpecimiento en sus labores que estaban provocando los muchos cazavolcanes que se habían personado raudamente en la zona.

Ambos estuvimos sincrónicamente de acuerdo en que, en esas condiciones, no nos apetecía ir; en consecuencia, decidimos esperar y analizar en las sucesivas semanas la evolución de los acontecimientos.

Tras el posterior anuncio, por parte de la comunidad científica especialista, de que la erupción iba para largo, y la consecuente confirmación de que el cabildo insular esperaba la llegada de turistas, pues estos iban a suponer el motor fundamental de la economía isleña en los complicados meses venideros, el 13 de octubre compramos billetes para el fin de semana del 6 y 7 de noviembre; esperábamos que, para ese entonces y siendo lo menos dañino posible para la población local, todavía hubiese un volcán con cierto dinamismo que ver en La Palma.

Inesperadamente, al comentar nuestra apuesta en un reducido círculo social, se apuntaron al relampagueante viaje cuatro colegas: a los tempraneros María (hermana de Sara) y Edu (su marido), se unieron más tarde Chema y Gabi (colegas míos desde la época de facultad, con los que, en un pasado remoto, visité Alaska, Marruecos e Islandia).

En ese punto, me llamó mucho la atención que cuando explicaba a otros amigos, y a compañeros de trabajo, nuestra futura escapada, existían al respecto dos tipos extremos de reacciones: la mayoría expresaba su envidia sanamente y confesaba que les gustaría hacer lo propio; sin embargo, un significativo porcentaje de ellos cuestionaba desde un ángulo moral la iniciativa. Argüían, estos últimos, que la situación en la isla era de emergencia humanitaria y les parecía una frivolidad que hubiéramos decidido ir a disfrutar de aquello que tanto daño estaba haciendo a los habitantes de La Palma. .

No llegué —ni tampoco actualmente lo hago— a entender su postura y me cabreaba —y me cabrea— la gratuidad con la que se nos juzgaba —y todavía se nos juzga—..

«¿Sufren menos aquellos que han perdido sus casas, sus negocios, sus coches o sus cabras, si yo me quedo en casa?, ¿mi viaje a la isla implica que empatice menos con su sufrimiento o ha de suponer necesariamente una falta de respeto?», me pregunto ahora y también me preguntaba entonces. .

Sinceramente, no comprendo esta —tan común últimamente— aproximación «buenista» y no menos «simplista», y estoy cada día más harto de pieles finas de entretiempo, hipocresías de salón comedor, e hipersensibilidades de sofá y manta. .

2. Los días previos

Acercándose la fecha de la partida, las noticias que recibíamos eran muy preocupantes en lo que a la consecución de nuestro objetivo tocaba; al mismo tiempo, entendíamos que algunas de estas informaciones suponían a la vez un alivio para los residentes en las zonas que potencialmente iban a ser arrasadas a corto plazo por el magma.

En primer lugar, el viento en el fin de semana anterior al de nuestra partida (concretamente en el puente de Todos los Santos), provocó que la nube de ceniza afectase no solo al aeropuerto de Santa Cruz de La Palma sino que esta llegó hasta La Gomera. En consecuencia, se cancelaron todos los vuelos y hubo pasajeros que tuvieron que desplazarse en ferry a Tenerife esperando poder conseguir un billete de avión desde allí a la Península. .

Por otra parte, la erupción comenzó a dar muestras de estabilización: bajaron los valores de dióxido de azufre emitido, descendió la sismicidad y la boca expulsaba menos —o nada— de lava. .

La suerte quiso que, hacia finales de la semana en la que íbamos para allá, el viento rotara a nordeste; los gases, por lo tanto, se perdían en el mar por el sudoeste y, de esa manera, era probable que no tuviésemos contratiempos en volar el sábado 6 a primera hora; dado que, según la predicción, se mantendría dicha dirección anemométrica, deberíamos asimismo, y en condiciones normales, poder regresar el domingo a Madrid evitando sobresaltos y sin poner en riesgo hasta seis puestos de trabajo. .

En contrapartida, el volcán seguía sin emitir magma desde la abertura principal, lo cual suponía hacer el viaje para perdernos probablemente la parte más espectacular del fenómeno. En ese sentido y previamente, decidimos por consenso que, si el vuelo se confirmaba, viajaríamos fuesen cuales fuesen las circunstancias imperantes. A las peores, valoramos y acordamos que, manteniendo el plan, podríamos al menos ver los ríos incandescentes y dado que la mayoría no habíamos estado nunca en la isla de La Palma, y como premio de consolación, visitaríamos La Caldera de Taburiente.

El viernes por la tarde preparamos el equipo —gafas de ventisca, mascarillas testadas en la batalla del Somme, cámara de juguete, prismáticos de verdad, un pijama decoroso y una muda aterciopelada— y conseguimos que cupiese todo en la maleta de mano (en la mochila, más bien).

Acechándonos la noche, yo gastaba la batería del móvil cada dos horas a base de consultar la meteorología, el estado del vuelo, y el streaming en Youtube de la actividad volcánica.

Cenamos, entre consulta y consulta a las tres webs susodichas, pizza casera regada con cerveza Mahou y nos acostamos no más tarde de las 21:30. Arropadito, e ilusionado como un niño en la víspera del día de Reyes, me conjure para, en las próximas seis horas y en compañía de una versión geológica de Morfeo, localizar peridotitas metafóricas en el malpaís de mi conciencia.

Junto a las pesadillas habituales acerca de retrasos de camino al aeropuerto, pérdida de mi documentación y un robo de coche a mano armada, me vinieron a visitar nuevas alucinaciones en un contexto mucho más vulcanológico. Así experimenté oníricos terremotos de 9,8 en la escala de Richter, tsunamis devastadores, huracanes de lapilli, dragones volando alrededor de la zona de exclusión y la amenaza de un balrog saliendo por el cono.

El despertador se activó a las 4:15 para salvarme de mi cotidiano desfase REM. Al proceder a levantarme, a modo de regalo por el madrugón —«a quien madruga, Guayota le ayuda», dice un proverbio guanche—, recibí un latigazo en la espalda que a punto estuvo de mandarme de vuelta al colchón.

Renqueando como un anciano, en un ángulo recto casi perfecto, me desplacé hacia el cuarto de baño para adecentarme. No en vano, tenía una cita a mediodía con un volcán estromboliano.

3. La Llegada

«Me despierto cuando el Teide es visible emergiendo sobre el mar de nubes. Me retuerzo para apreciarlo mejor y los músculos de mi lado derecho lumbar se quejan aplicando un calambrazo que me hace reproducir un quejido. Decido conformarme con observar el volcán tinerfeño de reojo y mantengo mi espalda pegada al comodísimo asiento de clase turista que, en lugar de permitir recostarme, me obliga a inclinarme hacia delante como el costalero de una procesión en Cuenca.

El avión comienza su descenso y pronto nos hundimos en la lámina de vapor de agua tan simbólica de la Macaronesia. Lo primero que veo por el rabillo del ojo —sigo muy tieso— es el muro de laurisilva de la cordillera que secciona La Palma en dos cuencas. Poco después, sobrevolando un mar encrespado, pasamos a muy baja altura frente al Faro de Arenas Blancas para encarar el aterrizaje.

Recogemos el coche de alquiler en Cicar —para mí la mejor compañía de alquiler de vehículos del mundo—, con la comodidad habitual. Previo paso para arreglar los trámites del alojamiento, almorzamos en el muy recomendable Bar París en Breña Baja.

Mientras damos cuenta de las generosas pulgas de carne mechada —hay pocos sitios en el mundo en los que se trabaje tan bien el bocadillo como en Canarias—, entre sorbo y sorbo de Tropical (como única terapia para mi contractura de espalda), enfrentamos la televisión donde se repiten imágenes de las coladas y de la humeante fisura principal. Esquivando los salpicones de la salsa —que resbala por los bordes del pan blanco, cuando muerdo, como lágrimas de obsidiana al rojo—, me cuesta creer que esté tan cerca del monstruo que veo por la pantalla.

Pagamos las consumiciones, la tendera nos agradece muy explícitamente la visita, y nos dirigimos hacia el coche. De camino comprobamos que hay una pátina de ceniza en el arcén. Algunos de mis compañeros comentan que quieren recoger unos puñaditos para llevarla de recuerdo o, en el peor de los casos, de regalo. Yo, que ya he pasado por este entuerto no pocas veces (frecuentemente asociado al acopio de vistosas arenas en desiertos ignotos), valoro —calladito, que así estoy más guapo— lo pronto que hemos empezado con las chorradas inherentes a todo viaje de placer.

Ya en el vehículo, tomamos la carretera que nos permitirá cruzar la montaña para trasladarnos a sotavento. Justo cuando comienza a aumentar la pendiente, una garza real pasa volando buscando el sur y una partida de andoriñas (Apus unicolor) caza aeroplancton palmero sobre el dosel de las primeras manchas de bosque termófilo.

Conduzco tenso, no solo debido a que la trazada es sinuosa y hay abundante tráfico sino porque estamos muy cerca de llegar al túnel que nos situará en la vertiente más calentita de la isla. Según adquirimos altura, las nubes comienzan a entrelazarse con los laureles, acebiños, viñátigos y los foráneos castaños, y esta interacción convoca una lluvia ligera.

Por fin, entramos en el pasadizo artificial. El tiempo es condensado en el interior del semicilindro que parece prolongarse hasta el infinito: sus 1200 metros reales se me hacen eternos. Al salir contengo literalmente la respiración.

En el nuevo mundo luce el sol, todo parece tranquilo, y confirmo que mi desazón por lo desconocido era del todo exagerada. Entonces, a nuestra izquierda, aparece una columna de humo —como no he visto otra en mi vida— que, saliendo del cono, se pierde en la inmensidad de la estratosfera.

Más allá de percibir que me acaba de dejar de doler la espalda, el subconsciente me envía dos únicas palabras —a cuál más ordinaria—.

«Hostia puta», susurro.

4. El volcán

Nos dirigimos directamente al pueblo de Tajuya. La población es realmente un arrabal del municipio de El Paso (me encanta ese nombre de spaguetti western). Desde sus cuestas se consigue —hemos leído y oído— una perspectiva completa del fenómeno que nos ha traído hasta aquí.

Aparcar en el barrio es una odisea solo abordable por aspirantes a héroes mitológicos. Obviamente, la zona no estaba preparada para recibir a equipos de televisión de diferentes cadenas y países, científicos, vulcanólogos aficionados, curiosos, turistas y, entre otros idiotas, a la pseudoperiodista Lidia Lozano —tenía, la pajarraca, que apellidarse de semejante manera—.

Tras un rato de dimes y diretes relacionados con la movilidad, estacionamos en un lateral de la carretera que atraviesa el casco urbano, con mucho cuidado de no tocar la línea blanca continua que delimita la vía. Nos ceñimos las gafas de laboratorio, ajustamos el chaleco reflectante, acoplamos la mascarilla «FFP2» y, como si hubiese comenzado el carnaval palmero, nos encaminamos hacia la iglesia de la pedanía.

En el corto paseo descubrimos que, a este lado de la isla, la cantidad de ceniza acumulada es incalculable y se amontona por doquier. Mis compañeros, tan necesitados de un suvenir emblemático, a la par que sofisticado, devoran con los ojos el sedimento cristalino y no ven el momento de comenzar a rellenar palés con inminente destino peninsular.

En el patio del edificio religioso, cuyo cuerpo principal tiene abiertas sus puertas para todo aquel que quiera acceder a su interior, comprobamos que hay reunidas un mínimo de 50 personas. Conseguimos, sin mucha dificultad pues hay mucho reciclaje de personal, hacernos un hueco para poder asomarnos, correctamente sostenidos por las barandillas que confinan el espacio, y así proceder a admirar el Parque Natural Cumbre Vieja —o más bien, lo poco que queda de su antigua fisionomía—.

Había visto muchas imágenes del volcán, tanto en fotografías como en vídeos, pero ninguna le rinde justicia. A pesar de que su boca no está emitiendo lava, y que el brillo de las coladas está atemperado por el exceso de luminosidad de la mañana, el espectáculo es sobrecogedor.

Desde la abertura principal vemos como cada pocos segundos se producen explosiones en las que son lanzadas bombas piroclásticas, de proporciones formidables, que ascienden varios cientos de metros para luego caer y resbalar por las laderas de la enorme construcción ejecutada sin arquitecto conocido en únicamente 48 días.

Asimismo, la magnitud de las coladas es sencillamente pantagruélica y siento escalofríos al detectar construcciones humanas (o parte de ellas) sepultadas o acosadas por las paredes de magma. La lengua negra serpentea hacia el océano, ridículamente balizada por plantaciones plataneras y aguacateras, solo protegidas con envoltorios de plástico frente a la autoridad de presiones incomprensibles.

Me retiro unos metros de la primera fila, muy sobrepasado por lo que acabo de ver. Soy consciente de que echo en falta el famoso tremor: ese ruido peristáltico de la bestia del que todos los medios hablaban —de hecho, yo no escucho nada salvo los clicks en los móviles de los selfies—.

Me quito las gafas, pues están empañadas, y noto como la ceniza se introduce en mis ojos. Froto para irritarme apropiadamente la córnea y me las vuelvo a ajustar. Observo de nuevo el panorama ante mí: el cuadro general es tan desmesurado como terrorífico.

Miro alrededor: la puerta de la parroquia sigue abierta, dentro de ella hay gente sentada en los bancos en actitud de descanso y, justo delante, una cadena de televisión hace un directo. Vuelvo a estudiar el cono por detrás de las cabezas de la multitud que contempla la dantesca composición desde las barandillas. Una nueva bocanada acaba de producirse y una amalgama de tonalidad opaca, y textura plasmática, evoluciona en sentido ascendente liberando pedazos rocosos, del tamaño de un contenedor de vidrio, en perfecta vertical.

Sara se me acerca y me dice que es una pena que el volcán no expulse lava, tal y como venía haciendo las últimas semanas. Le contesto que siempre lo queremos todo: «…queremos que la nube de ceniza no afecte al aeropuerto, que la explosividad no sea excesiva, que las coladas no sigan dañando infraestructuras…».

Cuando he terminado mi equilibrado discurso, y Sara se gira asintiendo a lo impecable de mi razonabilidad, en esa misma línea tan ecléctica y comedida, yo mascullo: «el puto volcán tenía que parar de expulsar lava justo hoy».

5. Cae la tarde sobre Tajuya

Para hacer tiempo de cara a que vaya disminuyendo la luz, vamos a comer a La Cascada. Aparcamos el coche en el conocido establecimiento de El Paso y desde el mismo lugar de estacionamiento las vistas del Cumbre Vieja son tan impactantes como las que ofrece Tajuya. Entramos en el restaurante y allí, como esperaba —dado que la recomendación vino de mi amigo Juan José Ramos Melo—, el último contacto en la cocina con un brote pigmentado de clorofila sucedió mucho antes de la erupción del Teneguía en 1971.

La parrilla del restaurante antivegetariano está más caliente y activa que la cámara magmática del Cumbre Vieja y devoramos carne, y proteína animal, en todas las versiones posibles, a un precio —eso sí— más que competitivo.

Una vez terminado el banquete nos acercamos al barrio de Tacande. Desde esta pedanía hay también vistas decentes del volcán. Allí un cordón policial impide el paso tanto a coches como a personas. Dado que no hay cambios significativos en las emisiones, aparentemente tan secas como el cráneo del último ostrero negro majorero, aprovecho para disfrutar de la evolución de los bandos de canarios residentes. En el mismo arbusto donde se ha detenido el grupo de serinus, un mosquitero (canariensis) canta su estrofa con acento indígena.

Reconozco un gañido en la distancia y me quedo de piedra pómez al confirmar que dos chovas piquirrojas vuelan directamente hacia la zona de exclusión. No recordaba —torpe de mí— que existía una población de Pyrrhocorax en medio del Océano Atlántico y estos dos bichos me han suavizado la frustración derivada de la actual ausencia de efusividad volcánica.

Puerilmente, se me antoja que las chovas se dirigen hacia las coladas más fluidas esperando poder esmaltar sus picos con lava fresca.

Regresamos a la iglesia de Tajuya. Su doble puerta sigue abierta de par en par y ahora se está ofreciendo en ella el servicio de misa de tarde. Parroquianos locales, y fieles de varios continentes, colman las bancadas. Fuera hay también un respetuoso silencio. Intuyendo desde mi posición el sermón que entiendo trata de aplacar la aflicción de los allí congregados, recuerdo el trágico destino de la parroquia de Todoque, recientemente devastada por el empuje de las morrenas magmáticas.

Chova de pico de lava.

Aceptando el humor —tan negro como los anfíboles— que se gasta el creador de los pájaros, los volcanes y los hombres, en adoración del cual estos últimos construyeron ese templo hoy destruido, escucho por primera vez un estallido de entidad importante. Miro hacia su origen y detecto un retazo bermellón dentro de la onda expansiva de basalto en polvo.

Decidimos, animados por el cambio de tendencia, probar entre las calles aledañas, y ganar algo de altura, para obtener una mejor visibilidad de la boca principal. Chema, que está on fire, ha encontrado un descampado entre dos chalets y, desde allí, sentados en ergonómicos adoquines, nos disponemos a disfrutar del ocaso.

Inversamente proporcional a la desaparición de la claridad, el volcán está aumentando su violencia, dando la impresión de haberse desbordado la presión en sus cañerías inferiores. La expulsión de lava chiclosa comienza a ser un disparate y las detonaciones, previas a la emisión de chorros perpendiculares, son tan intensas en reverberación sonora que a veces me encojo un par de segundos después de que su luz impacte contra mi retina.

Las coladas refulgen ahora como un metal precioso en pleno proceso de fusión y me cuesta imaginar la temperatura a la que se encuentran las rocas semilíquidas que fluyen camino de la laguna Estigia donde les espera Caronte.

Se rumorea entre los viejos del lugar que cada vez que a la isla le crecen nuevos colmillos ígneos, el barquero de Hades, ancla su paquebote entre el Puerto de Naos y el de Tazacorte.

Es ya noche cerrada y hace un frío impropio de estas latitudes tropicales debido al viento norte que sopla a 23 km/h. Aun así, los flujos ascendentes, junto a los desbordamientos horizontales, se comen cualquier distracción posible de la oscuridad.

El tremor es ahora constante —«¿de dónde surgirá ese rumor que provoca una vibración casi eléctrica en el ambiente?», me cuestiono— y el reflejo de las coladas tiñe fantasmagóricamente las nubes de ceniza con un tono sanguinolento.

Nos saca del ensimismamiento una mujer que ha salido de la casa que queda a nuestra izquierda. Asegura pertenecer al equipo de noticias de Antena 3 desplazado a La Palma; ya de paso, deja caer que el terreno en el que estamos lo tienen alquilado para rodar el directo diario del telediario nocturno. Para acabar, nos informa de que, en un rato, deberemos dejar el espacio a los profesionales para que monten el escenario. No dejo pasar la oportunidad de hacerme el gracioso y comento que, en lo que a mí respecta, o viene el mismísimo Matías Prats o no me pienso mover del comodísimo ladrillo en el que reposo mis partes bajas; ella ríe el chiste y contesta: «eso es solo cuestión de tiempo».

Cuando un ladrillo es un ladrillo suizo multiusos.

Llegado el momento, nos apartamos dócilmente y los técnicos comienzan a preparar el set. Por allí se pavonea una joven reportera, ya maquillada y con su pelazo desatado al viento, repitiendo el speech que vomitará de memoria cuando llegue su minuto de gloria. Su camarógrafo, esperando a la señal convenida desde el continente, y también a que la diva esté lista, nos enseña espectaculares fotos de las jornadas previas; nos confiesa que lleva un mes, resignado a su peculiar día de la marmota, repitiendo cada madrugada la experiencia en este preciso lugar.

Yo, emocionado con todo lo que estoy viendo y viviendo, me animo a establecer una vídeo-llamada con mis padres. En señal de respeto, tanto mis amigos como también los periodistas de Antena 3, guardan silencio. Se suceden varios tonos y mi madre responde: le pido que mire detrás de mí pues la erupción está aún más desmelenada que la reportera. Ella, para mi estupefacción, me contesta que están en el coche, camino de una gasolinera en Alpedrete, y me solicita que les llame en otro momento más apropiado. A mi espalda, el volumen de la carcajada de propios y extraños ensordece el tremor.

Termino la conversación esperando que mi familia encuentre el instante adecuado para que yo les pueda mostrar como el Cumbre Vieja vomita el infierno.

Ya no podemos más: ha sido un día demasiado largo y decidimos regresar al alojamiento para dormir un rato. Cuando llegamos al lugar donde estacionamos el coche muchas horas atrás, otro espectáculo muy distinto —pero también hipnótico— está allí teniendo lugar.

Un operativo amplísimo de la Guardia Civil se ha desplegado para retirar vehículos con la grúa y poner multas a discreción. El nuestro todavía no ha sido afectado por sanción de ningún tipo pero según pulso el botón del mando para abrir las puertas, y se encienden las luces del interior, se hace corpórea una agente de uniforme verde araucaria para indicarnos que el coche está mal estacionado. Alego que, igual que hemos visto conos y balizas en otras zonas, no existía en esta ubicación advertencia alguna y, siendo así, estábamos convencidos de que habíamos aparcado correctamente. Ella, muy educada, me contesta que estamos impidiendo el paso de peatones por el arcén y que de haber llegado un poco más tarde habríamos tenido que ir a recoger el coche al depósito. Resumiendo: me convence de que me puedo dar con un canto de grafito en los dientes porque solo voy a ser sancionado con una infracción leve.

Yo me callo porque sé que, en una subsiguiente interpelación por mi parte, atendiendo a la alta concentración de ácido sulfhídrico que hoy ha sustituido a la sangre en mi sistema coronario, todo va a ser meter la pata; recojo la receta y la agente, con su tez seductoramente iluminada por las sirenas azules y un averno lávico reflejándose en sus escleróticas, se despide con un gesto muy a lo John Wayne.

Como definitivo rescoldo de nuestra corta pero intensa relación, siempre nos quedarán los 40 euros (una vez aplicada la reducción del 50 %) pendientes de pago que yo jamás olvidaré.

6. Turismo rural isleño

A las 5:00 a.m. en punto estamos otra vez en la iglesia de Tajuya. La puerta del templo sigue abierta —me gusta el estilo de esta iglesia after hour— y hay gente desparramada muy indecorosamente por las bancas.

En el patio, frente a las barandillas, la situación no es muy diferente y, mientras el volcán sigue escupiendo y chorreando sirope, pasamos junto a turistas tirados por el suelo, o escondidos entre las adelfas, que duermen en el interior de sacos de dormir. Cruzándonos con algún zombi volcánico iluminado por un frontal, nos acercamos al plató abierto —ahora de nuevo vacío— de Antena 3.

El amanecer es indómito y extraterrestre. El ruido ha disminuido pero sigue habiendo frecuentes exhalaciones de lava. A su vez, ha aumentado la emisión de ceniza junto a la de vapores, más claros, de alta concentración en azufre. Por suerte, unas y otras columnas de gases, se dirigen de nuevo hacia el horizonte marítimo sudoeste.

A las 8:45, tras templar el cuerpo con cafés y poleos en el Bar Cumbre de El Paso, nos presentamos en el centro de visitantes del Parque Nacional de La Caldera de Taburiente. Una alpispa (Motacilla cinérea), abanando con la cola, nos recibe en su entrada y, ya dentro, nos acreditan el vehículo para subir al mirador de La Cumbrecita. A las 9:15, después de hacer un uso intestinal (casi piroclástico) de los impolutos cuartos de baño —como ha sido tradición en todos y cada uno de los centros de interpretación a nivel mundial que he visitado—, emprendemos el ascenso por una carretera vacía.

Llegamos al final del asfalto y allí, en el aparcamiento de uno de los lugares más frecuentados de La Palma, no hay nadie y solo se escucha rugir al viento.

El caso es que las vistas en el mirador son tremendísimas. El mar de nubes se vierte desde las cornisas forestadas de pinos canarios, tal y como recuerdo que también lo hace en los murales de los restaurantes chinos en Madrid, emulando las formaciones calizas de Huangsan («la montaña amarilla»).

Una pareja de bisbitas camineros se aproxima a nosotros mendigando algún tipo de limosna y un cuervo porfía en la distancia para romper la tensión estática.

Bisbita caminero y canario.

Impresionadísimos por las dimensiones de «la caldera», decidimos visitar la remota plataforma de El Roque de Los Muchachos, ubicada en el extremo norte de la isla, para tener una perspectiva diferente del vetusto cráter. Deshacemos la carretera hasta el centro de visitantes, se nos cruza una inesperada paloma rabiche en medio del bosque de coníferas, y viramos hacia el oeste para buscar la ruta costera que nos permitirá trepar hasta la cumbre de este peñasco esmeralda.

A medio trecho, nos detenemos en el «mirador—vaya nombre curioso que tiene— del Time». Desde allí, entre jirones de calima, divisamos la fajana que ha sido creada por las coladas más incisivas y que, en tan poco tiempo, ha ganado un asombroso terreno al mar.

Continuamos por la exigente pista de ascenso y atravesamos la corona forestal de la montaña que ha amanecido envuelta en un sudario de estratos blancos; poco a poco, los pinos van dando paso a los codesos, tajinastes y a las violetas palmeras. Pronto tenemos también a la vista los famosos observatorios astronómicos asociados al Roque (Los MAGIC, el GTC, el Isaac Newton, el Galileo…) y, en esa atmósfera tan fina, siento respeto por este lugar que es un límpido homenaje a la ciencia.

Detenemos el coche y ahora paseamos por el sendero que permite llegar al confín último del famoso mirador. El sol brilla por encima de los cúmulos, el cielo es ozono puro y las vistas son tan dramáticas como escénicas. Las quebradas del boquete geológico me dejan atónito y la profundidad de los despeñaderos es angustiosa de tan vertiginosa. Desde lo alto, enfocando hacia el sudeste, se ve el volcán y, lo que es aún más impresionante, se escucha su latido.

Un par de cuervos —identificados por un turista inequívocamente como grajos: «el cuervo es más grande», dice sentando cátedra el ornitólogo de pacotilla—, sostenidos en las barras protectoras, posan para la concurrencia frente el mar de nubes a cambio de la voluntad. Por si el conjunto fuese poco estético, el Teide saluda desde Tenerife por encima del edredón de alisios.

De repente, siento que imperiosamente debo buscar un arbusto para orinar. Encuentro la formación herbácea endémica adecuada y, en pleno proceso de micción, se me acerca una curruca tomillera. Tanto llega a aproximarse el paseriforme a mi anatomía descubierta, que acierto a sentir un insólito pudor pajarero.

Arreglado el problema fisiológico, ya con todo guardado en su sitio, me cruzo con un par de chovas piquirrojas que deambulan por el sendero como dos forasteros más. Ambos córvidos lucen picos reflectantes gracias al consabido lacado en magma.

De vuelta hacia el parking, mientras observo a un cernícalo detenido en el espacio a la espera del póstumo movimiento de un ortóptero, decido que es este uno de los enclaves más despampanantes que he visto en mi vida y que, sin duda, puede competir sin complejos con aquel también fenomenal que visité en la isla de Madeira, asociado a las barranqueras del Pico do Arieiro.

El margen se nos acaba y, además, tenemos que comer —no solo de pájaros y tremores vive el hombre—. Volvemos a hacer caso a Juan José Ramos Melo y cogemos el vehículo para dirigirnos hacia su última recomendación gastronómica. Al cruzar, por cuarta y última vez, la cordillera divisoria, la meteorología cambia y, de nuevo, se cuaja la garúa. Atravesamos la eterna condensación canaria y ya avanzamos bajo la «panza de burra». Tras mucho chirriar de frenos en el descenso y, poco después de dejar a nuestra izquierda el aeropuerto, aparcamos a orillas del mar en una atestada Casa Goyo.

Hora y media después —tercio de Dorada más, tercio de Dorada menos— nos dan mesa. Pedimos más cerveza, vino blanco de la casa, gofio, lapas, rosados «alfonsiños», papas arrugadas, abundante mojo y, alcanzado el postre, quesillo.

Reímos con las bromas soeces de Gabi mientras Chema le pone pegas, para variar, a cada uno de los platos; María se sirve una copita más de vino afrutado sin perder oportunidad de mofarse de lo chiquitito que sale Edu en todas las fotos; Sara, a lo suyo, hunde otro generoso currusco de pan en un mojo que parece extraído directamente del manto superior.

Detengo el tiempo unos segundos: querría quedarme en este instante para siempre. Miro el océano desde la terraza en la que nos han ubicado. Pasan dos gaviotas patiamarillas atlánticas y una de ellas reclama en vuelo.

Antes de que el discurrir de mi vida vuelva a encauzarse por la colada habitual, me permito paladear una pizca de orgullo por haber venido hasta aquí en contra de toda sensatez y comodidad. Doy gracias por haber construido recuerdos sobre un volcán en erupción en la inverosímil isla de La Palma. Y, como tantas otras veces me ha pasado en los viajes con respecto a la naturaleza, me siento abrumado y minúsculo —casi tanto como le sucede a Edu en todas las fotos— frente al poder de una geología mayúscula.

Pero, por encima de todo, me congratulo por ser el descubridor de que el pico de las chovas piquirrojas está polimerizado a partir de lava semisólida.

7. un regreso como epílogo

En el control del aeropuerto, les confiscan a Sara y a Edu la botella y la bolsa que, respectivamente, rellenaron de ceniza como suvenir. Cinco minutos después colman nuevos recipientes con el detrito que hay acumulado en la terraza, de libre acceso, existente en el área de embarque.

Ya sentado en el avión, y tras recibir el primer aviso de mi aún traumada espalda, veo entrar a Javier Ortega Smith en la cabina. Con su mascarilla militar, decorada con la reglamentaria bandera de España, y su porte de pertenecer a un selecto equipo de mercenarios capaces de tomar una república bananera en media tarde, Smith (así también se apellidaba el primer oficial en el bajel del Capitán Garfio) mira suspicazmente a los pasajeros colindantes —se percibe que no los siente tan patriotas como a él le gustaría—. Finalmente, como a regañadientes —sabe que, en justicia, alguien como él debería volar como mínimo a Mach 2 en un caza F-18—, se sienta en una de las plazas en cabina que permiten disfrutar de un espacio extra. Al mismo tiempo, dos tipos de pelo rasurado y cuello fornido, muestran la placa de policía a la azafata para exigir posicionarse cerca del congresista.

Pienso que si algunos partidos —de izquierda y de derecha (no empecemos…)— dejaran de polarizar el debate político, y de forzar nuestra ideología, no sería necesario que yo, además de desembolsar el billete de avión, tuviera que pagar de mi bolsillo a dos funcionarios del Estado cuya misión sea la de proteger a semejante mequetrefe y, con seguridad, a muchos otros politicuchos de su pelaje, que adolecen de su misma falta de escrúpulos y responsabilidad a la hora de pronunciar barbaridades en los medios de cara a rapiñar votos a cualquier precio.

Corriendo un tupido velo de vientos alisios, y a pesar de que de nuevo reclinarse es imposible y mi cabeza va volcada hacia delante gracias a esta nueva estrategia aeronáutica que consigue que el pasajero no se relaje en todo el vuelo, cierro los ojos e, inevitablemente por el cansancio y la tensión acumulada, me adormezco.

En mi último sueño dentro del espacio aéreo canario, aprecio que un silencio plomizo se ha apoderado de la isla. La iglesia de Tajuya ha cerrado sus puertas y descubro que, en lógica consecuencia, el volcán ha detenido por completo su actividad. Cuando todo parece haber acabado definitivamente, desde el abismo de la boca inerte del Cumbre Vieja emerge Quetzalcóatl, la serpiente emplumada.

La fantástica criatura —cuya observación, entiendo, supone su primera cita para el paleártico occidental—, revestida con escamas de color escarlata y tupida de plumón con raquis de cristales de olivino, es inmediatamente arropada por un enjambre de chovas y cuervos, que comienzan a diseñar una doble hélice a su alrededor.

En el común ascenso, la nube de grajos grazna protectora y amenazadoramente al unísono. Solo a la postre, y completamente dormido, acierto a comprender el origen biológico del famoso tremor volcánico.

Dedicado a Chema, Gabi, María, Edu, Sara y a todos los palmeros (sean estos grajos o humanos).

Diario de abordo. Migrando

31/08/2021

Bajamos la ventanilla del coche y nos inunda ese calor húmedo que te advierte de que el verano aún no ha terminado. Lo conozco bien, es denso, podrías palparlo con la yema de los dedos. Me recorre una sensación placentera; todavía podemos disfrutar un poco más del estío. Visitamos el observatorio y el viento se torna frío mientras, al fondo, el sol se derrite en el Atlántico. Parece que esa imagen es muy conocida y en unos cinco minutos vemos varios coches pararse delante de esa zambullida del astro, pero han llegado tarde. Pienso que el sol está disfrutando de sus últimos baños del verano.

01/09/2021

Volvemos a la mañana siguiente para ver el paso migratorio, la niebla es baja, algo densa, huele a hinojo y los vencejos pálidos vuelan con los aviones en torno a un pequeño valle. No escuchamos los gritos ni las persecuciones tan características. Hay unos cuatro tranquilos abejeros, casi planeando sobre nosotros. Es curioso porque el único sonido que se escucha es el de los cencerros de las vacas que pacen cerca y el ruido de las ruedas de los coches en el asfalto. Se despeja la niebla y los insectos ascienden. En un instante aquellos vencejos silenciosos están perfilando el cielo por encima de nuestras cabezas y los abejeros deciden ir cogiendo altura porque ya es hora de cruzar al otro lado.

Esto se va llenando de gente, básicamente fotógrafos y conservacionistas y con ellos llega esa apacible comodidad de la existencia compartida en forma de lugar y de vivencia. Como en muchas ocasiones, sale a relucir la desesperanza en torno a la falta de sensibilización y educación ambiental. Siempre quién lo dice sigue trabajando en esa área, constante e hipertérrito. Culebreras, alimoches, abejarucos, un gavilán, un grupo de palomas comunes, buitres, milanos, cuervos y algunas calzadas nos tienen entretenidos. Aquí estamos, casi en línea, sentados o de pie, con un montón de chismes (cámaras, objetivos, prismáticos y telescopios) especialmente hechos para visualizar cómo por fin cruzan exhaustos esos, con suerte, catorce kilómetros aéreos sobre el mar. Desde tierra, algunos les mandamos ánimo, es como ver la vuelta ciclista, solo nos queda hacer las salvas correspondientes. De golpe: “¡Juan, cigüeña negra!” Todo el mundo mira hacia arriba. “¡Las primeras, tío!”. Es emocionante, la verdad.

No siempre que me encuentro con el mar hablo con él, pero cada vez que entablo una conversación, es un empático y misterioso interlocutor, tengo la sensación de que se avecinan cambios. En particular, tienen que ver conmigo, en general, hoy creo que tienen que ver con todos y todo. Supongo que es por el estado de semiinconsciencia que va despertando cada día un poco más y que se relaciona con el mundo natural del que formamos parte, aunque insistamos en estar fuera. Miro a los delfines y me quedo embobada, me entran ganas de zambullirme en estas aguas inmensas. Hemos visto a los cuatro residentes: el listado, el común, el mular y el calderón. Estar dentro del mar, incluso sin llegar a verlos, es de lo más vibrante y misterioso que he experimentado.

En el Observatorio de Aves de Algarrobo nos volvimos a encontrar con conocidos y volvió la emoción. Una culebrera con una culebra en la boca, abejarucos, vencejos, aviones, cuervos…, un no parar. Paco cuenta una anécdota detrás de otra. Los chicos se van a ir, pero siempre encuentran una excusa para aguantar un poco más. Se nos hace de noche viendo el atardecer con Algeciras al fondo..

03/09/2021

La pareja de únicos desconocidos que nos acompañó la tarde anterior vuelve al observatorio, justo cuando acabamos de desayunar. Aprovechamos para saludar y para contarles sobre nuestro vuelo.

De nuevo on rute dirección Ibis eremita. No ha habido suerte. Aun así, las grajillas vienen al rescate haciéndonos pasar un buen rato con sus juegos y esa manera de mirar al sol con las alas extendidas, los ojos desorbitados y la boca abierta. Habiendo visto mi especie favorita y satisfecha por haber disfrutado de esas asolaciones no podía sospechar que me esperara una sorpresa más grata aún. Cuando llegamos a La Janda un guía, al que preguntamos cuáles eran los lugares óptimos a esa hora, se apiadó de nosotros -debimos de darle la suficiente confianza- y nos llevó, con la condición de que no desveláramos su ubicación, donde dormían, escondidos en su camuflaje natural, dos preciosos y muy discretos Chotacabras cuellirojos. Me quedé maravillada. Por supuesto, no los había visto nunca, pero el hecho previo de tener que afinar la mirada para poder verlos, aún sabiendo que estaban allí… no sé… Era como si apareciesen y desapareciesen a su antojo, como pequeñas figuras delicadas y quebradizas, efímeras. Ahí, inmóviles, con un ojo semiabierto, con toda la calma: la mayor espiritualidad e indefinición que he visto nunca. La definición exacta de la desaparición.

Encontramos un lugar cerca de un pantano para cenar y dormir. Abrimos una botella de vino que acompañó a unas chuletas. Noche perfecta.

04/09/2021

Anoche nos despertó un ruido de chasquidos de mandíbula y pisadas acompañadas de resoplidos “hociqueros”. Pensamos que teníamos visita salvaje, un jabalí, tal vez. Nos asomamos por las ventanas de la tienda de campaña y vimos una sombra que delataba un macho de envergadura admirable. Parece que le gustó el sitio y nuestros restos de chuleta, así que, visto que seguía absolutamente confiado y tranquilo, volvimos a asomarnos. Era un perro precioso y negro, el mismo que vemos ahora a lo lejos acercándose al tractor de su dueño. Vamos a volver a La Janda.

Esta mañana hemos visto un precioso bando de moritos que teñían de ese negro de mil colores los terruños de una tierra labrada. Justo en frente, otro bando de garcillas y garcetas con ese blanco de pocos colores, posadas elegantemente mientras se limpian el plumaje. Ahora estamos en la cola del pantano de Bornos. Mientras veo este horizonte tengo la sensación de estar en pleno desierto californiano, en el que nunca he estado más allá de la imagen que nos venden las películas.

Casi tengo decidido que hoy dormiremos en un camping, ya he visto algunos cercanos. Hoy mi atrevimiento ante los pocos lugares aptos que nos rodean se ha venido abajo, a ver si convenzo a Javi.

Es un gran placer descubrir la convivencia más próxima y más respetuosa, en un sencillo camping dónde las niñas juegan y se sientan en las escaleras del lavadero, que a su vez hace de plaza alrededor de donde se sitúan las parcelas. Es como la plaza de cualquier pueblo después de la cena, cuando los más pequeños se reúnen con linternas para descubrir el misterio de la noche mientras se escucha al fondo la berrea de algún macho cercano. Esto, me hace sentirme como en casa, una más de las que se van conformando alrededor del mundo que vamos rodando con nuestra grajilla.

Del ayer y del hoy. Cosas de grajas

Hoy me encuentro con el ayer y a los dos tiempos los miro, los siento y les pongo palabras. Hoy escribo sobre grajas, esos córvidos que eran desconocidos hasta hace poco para mí, pero que conectan con algo muy antiguo, profundo, como si hubieran estado a la espera para decirme: “aquí estamos, aquí estás”. “Esto es lo que fuimos, esto es lo que fuiste mientras tanto”. Volver a León para veros, para encontrarme con lugares desconocidos y conocidos, apela a la urgencia de reflexionar y de compartir, pero, sobre todo, de echarlo hacia fuera como un graznido.

No he olvidado el huerto donde comía manzanas y ciruelas verdes. En mi infancia no recuerdo ver maíz en León, siempre he pensado que León es tierra de legumbres o de secano. Ese huerto producía lechugas, pimientos, tomates y mucha escarola, de lo que viene a mi memoria… la mejor escarola se plantó ahí. Mis orígenes paternos están justo en ese huerto. Antes había una casa y un huerto. Después hubo una casa abandonada y un huerto más pequeño con higuera, manzanos y ciruelos. Yo miraba aquellos muros y podía ver los azulejos del suelo de la cocina, no había casi paredes y eran muros de adobe, pero había imaginación y preguntas para completar aquella casa. Ahora queda una parcela de tierra silvestre y poca imaginación… ¿Pero, maíz? No, de eso nunca hubo.

León era para mí aquellos domingos atravesando la tierra de secano para comernos los bocadillos de nocilla después del baño en la piscina del tío Fernandín, el sabor de los chorizos rojos y secos y el cocido que hacía mi abuela, la cecina que colgaba en la trastienda y el caño donde bebíamos y lavábamos la ropa. Hoy cogimos agua de ese caño, pero ya no había jabón. Recuerdo el zumbido de las cigarras en verano al sol del mediodía, las bolsas de agua caliente que usábamos para calentar los pies en invierno, dentro de aquellas camas con colchones de lana, la facilidad para cazar saltamontes con las manos y el ruido de los coches que circulaban por la nacional 120. Hoy el sonido es otro, otro en el que nunca me había fijado: el batir de las hojas de los álamos. Con el aire en primavera, ese sonido se hace casi ensordecedor.

Es, en esos árboles ruidosos, cómo no, donde habitan la mayoría de las grajas. Esos córvidos chillones y traviesos. Ahora me entran dudas y pienso que igual son los árboles que las fuerzan a gritar por encima de los palmeos de sus hojas. ¿Será que alzan la voz para entenderse? Su árbol, su casa, su alter ego.

La primera vez que vi las colonias de graja me vino a la cabeza aquella historieta de Francisco Ibáñez que podías ver en la última página de los tebeos de la colección Olé. Sí, exacto; 13, Rue del Percebe. Como aquella comunidad de vecinos, ésta se extiende en diversas alturas y en cada nido y cada rama suceden escenas vecinales. Algunas se roban, como Ceferino Raffles, el famoso ladrón del tercero. Otras observan expectantes, como aquella portera cotilla.  Otras no paran de hacerse travesuras, como aquellos hermanos que traían loca a su madre. En muchas ocasiones los nidos, desgraciadamente, se parecen al ascensor de 13, Rue del Percebe, que para hacerlo funcionar se ponían hasta cartuchos de TNT, aquí los llenan de nuestra basura. Otras hablan, otras se besan, dan de comer o se gritan. El vocerío que generan las colonias es muy nuestro, muy español, como el tebeo. Así que nos hacen ese tributo, nos regalan sus graznidos a ver si por casualidad suenan más alto que todo el ruido que nosotros generamos, pero va a ser que no, que ni aun así.

Cada colonia tiene una energía particular, una presencia única, en definitiva, un carácter, aunque a veces se confunden todas las capas que pone la mirada que posamos sobre ellas, con lo que ellas son en realidad. Creo que en ese diálogo está la verdad o al menos la poesía, que también tiene mucho de verdad. Algunas son tristes, pobres, sucias, estresadas, otras son más serenas, un poco más acomodadas, más peleonas o más pobladas. Pero todas están en una situación peligrosa; son muy pocas colonias y al estar muy pobladas el riesgo de descenso en su número de individuos es muy elevado, además de otros factores que ya quedaron comentados en una publicación anterior. Y esto, desgraciadamente, no es poesía.

Una imagen que me enternece es cuando se posan sobre las ramas y se sientan escondiendo los pies, de manera que sus plumas rebosan y forman casi una bola, en ese instante, parecen más etéreas que nunca. Me gusta su silueta cuando planean de esa forma tan personal. Es tan bonito verlas en el jolgorio de su comunidad de vecinos, como negociando tiempo con el viento. Se protegen criando en alturas inaccesibles rodeadas de sus congéneres y comen en el suelo burlando al peligro con ingenio. Son sociables y protectoras, parlanchinas y traviesas, divertidas e inteligentes. A mí me recuerdan a otra especie…

A unos kilómetros de una de esas colonias, existe una pequeña laguna con una portería de fútbol. En el ayer, mi padre jugaba al fútbol allí y cazaba ranas. Hoy esa portería se mantiene en pie y con ella el recuerdo vivo de aquellos juegos de los chavales del pueblo. Mirar aquella charca y ese trozo de tierra que pertenece a aquellos niños me hace pensar que hoy el partido está más cerca de que lo ganemos todos. Y si no, dará igual, ya vendrá Doña Señora Madre Naturaleza a ponernos orden. Me reconforta ese pensamiento, me reconforta la idea de formar parte de ese paisaje. Los insectos revolotean cerca del agua mientras los aviones se los comen y las ranas, libres ya, cantan. Desde fuera, yo los observo, como un voyeur y pienso en aquella historieta de Ibañez. Cuando era pequeña me encantaba, no solo leerla, sobre todo me encantaba mirarla. Mirar su forma de casa, las relaciones internas de los vecinos, las cosas que siempre estaban allí construyendo y manteniendo esas cuatro paredes. Hoy, esa idea de “casa” podría ser esta escena, esta laguna con sus aviones y su portería. Hoy, esta idea de casa, formada en el ayer, podría ser la de todos. En la mía me enseñaron a dejar las cosas mejor de lo que estaban, a aportar algo al otro, a ser generoso. Podríamos construir una casa en la que el respeto y la empatía que fomentan los conocimientos nos proporcionen las bases para hacer un futuro mejor.

A vosotras queridas grajas, que vuestras generaciones nos enseñen a cuidar el ayer, ese que vosotras transmitís en vuestros genes de 18.000 años. Que vuestro “hoy” se transforme en un mejor y certero futuro. Que podamos ayudaros a que eso se cumpla y con ello ganemos todos. Que comprendamos que nuestra casa es la vuestra.

Montamos en el coche y encendemos la radio justo en los últimos minutos… Hoy el partido lo ha ganado el Atleti.

De aguiluchos y nocturnas

A primeros de mayo todavía estábamos bajo las estrictas normas de seguridad con respecto a la enfermedad y en Castilla y León a las diez de la noche se acababa la verbena, en todos lados. A mí me había caído el tiempo encima y las hijas de Jesús habían echado el cierre al mesón El Palomar. Así que recurrí a la cocinita que llevamos en La Grajilla para hacer unos espárragos a la plancha en la zona de caravanas del pueblo. Villafáfila no se caracteriza precisamente por la densidad de su arbolado, por eso fue toda una sorpresa escuchar a mi derecha a un autillo emitir, desde la chopera y con claridad, su reclamo. Prácticamente al mismo tiempo, vi pasar fulgurante una lechuza común -lechuza cuya voz se convertiría en una alegre constante el resto de noches en la población zamorana- bajo la primera de las farolas del pueblo. La banda sonora la completaba un chotacabras europeo, con ese soniquete de película exterior/noche/selva que tiene, y un macho de ruiseñor bastardo diciendo “aquí estoy yo”.

Por desgracia, el primer contacto del día con las nocturnas de la comarca, tuvo lugar once horas antes. Casi llegando a Villalpando vi un búho real atropellado. Al haber ido a parar al arcén y estar fuera de la acción desmenuzadora de los neumáticos, el ahora suculento trozo de carroña podría convertirse en una trampa mortal para algún otro animal, así que aprovechando un desvío próximo y que era posible andar detrás del guardarraíl, lo saqué del asfalto (posiblemente rompiendo media docena de normas de tráfico). En los 250 kilómetros del trayecto, fue el único animal silvestre atropellado que pude ver. Claro está, sin contar con los insectos que se estampaban contra el parabrisas.

¿Si en tan pocas horas diurnas este era el programa, qué no sería pasar unas horas más tarde con la vista, olfato y oído de cualquier animal nocturno?

Esa misma mañana, nada más llegar, vi un mochuelo a plena luz de mediodía en Otero. Se trataba de un viejo amigo, descarado y figurón, que parece estar siempre visible para quien lo quiera ver. Un poco más tarde, un pollo de búho chico en La casa del Parque y rematé jornada -antes de los espárragos plancha- con un búho campestre, a mucha distancia, con sus acrobáticos vuelos de caza a baja altura.

¿Si en tan pocas horas, sin entrar en la noche y con los mediocres sentidos de un humano, este era el programa, qué no sería unas horas más tarde con la vista, olfato y oído de cualquier animal con ese horario vital? Aquel día yo estaba absolutamente satisfecho, pero…

La gran familia Circus

La combinación de estepa cerealista más o menos bien conservada y cierta disponibilidad regular de agua obra la maravilla: vida a espuertas. Pero que no lo llamen milagro, que es conservación. Así debían ser muchos lugares de iberia hace setenta años, antes de que se desecasen humedales, se empezase a emponzoñar la tierra con venenos y herbicidas y de que matar cualquier “alimaña” tuviese cien años de perdón y un par de duros en el ayuntamiento de turno para el cazador. La comarca de las Lagunas de Villafáfila mantiene ciertos usos agrarios y agrícolas tradicionales: ganado ovino en extensivo, de rebaños medianos; se conservan lindes y barbechos sin roturar. Las buenas hierbas no han sido exterminadas del todo con los agentes químicos y el mosaico de cultivos exhibe variedad de plantaciones. El resultado de todo ello, de que exista lo bueno con lo menos bueno pero excluyendo casi todo lo malo, es que allí se conserva el ecosistema seudoestepario en buenas condiciones. Las consecuencias son esos parabrisas llenos de insectos que, paradójicamente, alegran la mente ante la tristeza -cada vez más habitual- de los cristales impolutos; caminos por los que ves algún roedor pasar; poblaciones sanas de conejo y liebre y ofidios y anfibios, en cantidades aparentemente aceptables. Una cosa lleva a la otra y con suerte y atención puedes cruzarte con una comadreja, un zorro e incluso con algún lobo. Con buenos cimientos se hacen buenas pirámides tróficas.

Con este equilibrio tan estable reafirmado, la Reserva Natural de las Lagunas de Villafáfila es un lugar muy adecuado para la observación de rapaces diurnas. Tal y como pasa con las nocturnas, el catálogo de posibles avistamientos de aves de presa es muy amplio tendiendo a pleno. El paraje es especialmente querido para la familia Falco y, de manera muy destacada, para la Circus, siendo relativamente fácil ver ejemplares reproductores de aguilucho lagunero, cenizo y pálido. Si la suerte va a favor, aparecerá algún ejemplar melánico. De manera excepcional -hay un par de registros en el ultimo decenio- se dejará ver un papialbo.

En Villafáfila hay vida a espuertas, pero que no lo llamen milagro, que es conservación.

Lo realmente excepcional de Villafáfila es que las observaciones sobre estos aguiluchos son perfectas. La suave ondulación del terreno permite poder mantener a las aves durante mucho tiempo a la vista y así poder ver la evolución de sus infinitas cacerías, las rivalidades y pequeñas disputas entre ejemplares de la misma o distintas especies, y volverse loco con sus maravillosas técnicas de vuelo. Si además se da la coincidencia de que sople brisa de oeste al atardecer, puede ser que atiendas al espectáculo de verlos volar sin desplazarse, manteniéndose sobre un área muy pequeña y a una altura muy próxima a la de nuestra mirada, todo ello con la luz dorada del ocaso.

Y así es la primavera en Villafáfila.

Sin elevaciones que aceleren la caída del sol con oscuras sombras y con los rayos dorados haciendo brillar las lagunas, el día termina en Villafáfila. Y lo hace como empezó, con necesidad de ir añadiendo prendas de abrigo que durante el día sobraron. Son paisajes inmensos donde la soledad del árbol destacado en la loma subraya su belleza. Las últimas avutardas levantan perezosamente el vuelo y en la pequeña chopera del Camino del Trancalón, la cigüeña que está echada en el nido castañetea con su pico para recibir a su compañera -alegría, cortesía o, quizá, sencillamente amor-, ya casi en penumbra.

Disfruto de la amabilidad parca de palabras, tan castellana, de la regenta del económico hostal Los Ángeles y de la simpatía punzante de Jesús y sus hijas dándote charla en el mesón El Palomar mientras me tomo esa merecida cerveza con una croqueta. Y pienso, como tantas veces he hecho antes, en qué acertado fue Aitor Galán cuando años atrás me dijo: “Villafáfila nunca defrauda”.

Melilla exprés

Si todo falla, siempre quedará el cementerio. Pinzón vulgar africano (Fringilla coelebs africana).

Cualquier oportunidad es buena para poner los ojos en la fauna que nos rodea y el tiempo libre en un viaje de trabajo es una de estas ocasiones.

Se entiende, en esta ocasión, por “viaje” a ese desplazamiento a otro punto distinto a nuestro lugar de residencia, pero del que no decidimos ni el destino, ni el motivo, ni los tiempos. Llamémoslo de trabajo, de compromiso social o de lo que sea, pero, en cualquier caso, no será un viaje completo si no hacemos una anotación en nuestros registros. Cargar con un pesado y voluminoso equipo de observación o de fotografía no siempre es posible. Por suerte unos prismáticos siempre pueden encontrar acomodo en una maleta. Basta con ellos y con un poco de planificación, para encontrar el momento de escaparnos y disfrutar de las aves en cualquier viaje. Todo consiste en localizar un par de lugares donde poder tener unos buenos avistamientos. Incluso tratándose de un desplazamiento corto podemos obtener alguna recompensa como, por ejemplo, estirar las piernas, desconectar durante un rato o -¿a quién pretendo engañar?- apuntar una nueva especie a la lista.

Estar situada en África y su proximidad al estrecho, hacen de Melilla un lugar que merece ser investigado con más tiempo.

Pistas para preparar una salida rápida

Dando por hecho que en ese tipo de viajes lo difícil será tener la cantidad de tiempo deseable -esto es: de orto a ocaso, sin interrupciones y comiendo el bocadillo mirando una zarza por si acaso- es fundamental la planificación. Existen muchísimas formas de hacerlo, pero hay cuatro puntos fundamentales:

– Echar un vistazo a las guías para refrescar o memorizar las aves que se pueden encontrar en la zona. Una vez más, la guía Svensson es idónea, si no vas a irte muy lejos, ya que incluye toda la región paleártica.

– Escudriñar E-bird para localizar puntos calientes, avistamientos y listas de los usuarios.

– A través del visionado de fotos satélite y mapas detallados, tratar de ubicar zonas verdes o parques y trazar posibles trayectos interesantes.

– Y, por último, y, casi más enriquecedor, buscar y leer todos los blogs locales y publicaciones de otros aficionados que hayan explorado la zona con anterioridad.

Por ejemplo, Melilla

A finales de febrero de 2020, antes de que la pandemia empezase a golpearnos con mazo de acero, me desplacé hasta Melilla para realizar un reportaje de promoción turística. Pasadas las horas de la mañana -donde la iluminación y la actividad social son idóneas para las imágenes de este tipo de trabajos, y a la espera de la hora dulce del atardecer y ocaso- disponía de algo de tiempo para escaparme a pajarear. Aunque Melilla no es el delta del Okavango, sí es África y hay algunas especies y subespecies muy interesantes que no quería dejar escapar.

Había hecho mis deberes con no muy buenos resultados: con las aves locales totalmente memorizadas, me encontré que el E-bird no tenía apenas registros para esta ciudad y el mapa reducía las zonas verdes a las márgenes del río de Oro y un par de parques públicos. El muy instructivo y bien documentado blog Elcabodelasaves.blogspot.com, de Fran Pérez, parecía indicar que lo mejor de ver aves en Melilla está en cruzar la frontera, algo totalmente descartable para mí. Aún así, me fijé un par de lugares y me guardé un as infalible en la manga. En las primeras caminatas por la ciudad, buscando las imágenes para mi artículo, me encontré con un barrio de arquitectura modernista en cuyas alturas mandaba una pareja de cernícalos comunes (Falco tinnunculus) que frecuentaban la zona de la plaza de España. Me tomé el tiempo para observar a estos pequeños halconcitos desenvolviéndose en la ciudad y comprobar, una vez más, que el cernido como técnica de caza pasa a un segundo lugar a favor del campeo, las esperas, los ataques por sorpresa o, incluso, las persecuciones inútiles. También me sorprendió la llegada de los vencejos pálidos (Apus pallidus) para pasar su temporada de cría, mucho más tempraneros que en la península.

Izda.: Melilla tiene una buena población de cernícalos vulgares (Falco tinnunculus). Dcha.:El bulbul naranjero (Pycnonotus barbatus), una de las aves indispensables en una visita a Melilla.

Dispuesto a aprovechar mi tiempo, comencé mi ruta. En el Parque Hernández, conseguí apuntarme el primer avistamiento puramente africano. Este jardín, de palmeras e inmensos ficus, posee algunas masas de arbustos y unas bonitas trepadoras, hay presencia abundante de agua y césped e, imagino, que de enormes cantidades de fitosanitarios, ya que un oasis de esas características debería de haber tenido una gran riqueza ornitológica. También podría ser que no fuera ni el día ni el momento. Aún así, lo escuché. Una voz, un fraseo nuevo y una sombra oscura que se movía ágilmente por los bajos de un arbusto. Sin el trino hubiese dicho que estaba persiguiendo un mirlo común, hembra, para más datos. Pero no era así. Una pareja de bullbul narajero (Pycnonotus barbatus) se movía inquieta entre las partes inferiores del arbusto, en un frenesí propio de aves de menor porte. Las hormonas afiladas por la próxima primavera me facilitaron la misión de ver y fotografiar al macho que, de tanto en tanto, se exponía para cantar.

No lejos de allí se encuentra el puerto. Ningún reportaje ni ninguna visita a una ciudad marítima debería cerrarse sin un paseo por el puerto. Son el origen de la urbe, el principio de la historia local y, para los “bicheros”, una oportunidad dorada de ver aves y fauna marina. Tras hacer las correspondientes fotografías del extraño skyline melillense, me centré en un grupo de aves que reposaban al final de un dique. Junto a algunos cormoranes grandes (Phalacrocorax carbo) y las previsibles gaviotas patiamarillas (Larus michahellis), el grupo más numeroso era el que formaban las gaviotas de audouin (Ichthyaetus audouinii). Esta preciosa gaviota mediterránea, antes muy escasa, parece que sale de la zona de riesgo y aumenta sus áreas de nidificación en las costas españolas. En nuestras playas e islas se ha pasado de 800 parejas en los años 60 a unas espectaculares 12.000 en la actualidad. Esa cifra es el 90% de los efectivos mundiales de la audouin. Un tesoro que no ha de pasar inadvertido.

Pero si hay una gaviota que ver -mejor dicho, visitar- en Melilla, esa es la situada en la avenida Castelar. El restaurante La gaviota es el bar al que hay que ir para conocer la gastronomía y el mundo de la tapa melillense. Larga barra de acero, tubos fluorescentes, mesas de formica y televisión con fútbol, paredes de baldosines y tendencia al griterío: lo tiene todo para salir de espantada. También hay un equipo de camareros -de esos que saben exactamente qué es lo siguiente que te va a apetecer, e, importantísimo, ofrecerte otro botellín en el preciso instante en que empiezas a dudar si apurar el anterior, antes o después del último salmonete de la ración- y, sobre todo y antes de nada, un maestro del tiempo y la energía, a los mandos de la parrilla. Pescados, mariscos y verduras son cocinados a la perfección por una persona que sabe convertir una tapa a la brasa en una delicia.

Volviendo al tema, ya había visitado mis dos zonas y no estaba satisfecho en absoluto. Al día siguiente, pondría en marcha el plan de emergencia: ¿qué lugar tranquilo, poco frecuentado y con grandes antiguos y tupidos árboles, hay en todas las poblaciones? Subí la cuesta de Lerchundi y llegué al cementerio. Tampoco es un derroche de vegetación, pero sí la suficiente como para albergar las dos especies que no quería dejar escapar. Sin adentrarse mucho en el camposanto -acción que no estará de más, ya que es bastante sorprendente y tiene unas excelentes vistas- hay un pequeño grupo de árboles de buen porte. Ahí encontré primero al pinzón vulgar africano (Fringilla coelebs africana) y luego al hererillo africano (Cyanistes teneriffae). El primero es subespecie muy azul del que vemos en la península, y el segundo es especie diferenciada del común hace poco y se distingue por gastar una boina prácticamente negra, complemento que, por cierto, le sienta muy bien.

Ahora sí tenía todo lo que buscaba. ¿Quién me iba a decir a mí que en los siguientes meses me tendría que conformar con anotar lo que iba a ver, desde casa?

La gloria del buitre está en el cielo

Seguro que acudiendo al local adecuado podremos ver a Perico Delgado apretándose unos judiones de La Granja y un cochinillo. Tanto el pequeño cerdo como las legumbres son algo muy segoviano, como él. Así que estaremos atendiendo al momento en que un famosísimo deportista se alimenta con fruición, de la misma manera que podría hacerlo cualquier otro humano que accediese a un banquete. Por esa misma razón, esta observación sería anodina y carente de interés y emoción. Sí, estaremos ante el gran Perico Delgado y su fama y triunfos nos hará apreciar el momento, pero, para valorarlo en toda su dimensión, habría que verlo encima de su bicicleta, donde la ocasión se convertía en un momento épico, digno de ser recordado y narrado a las generaciones venideras.

Su envergadura, su forma de vuelo, su elegancia y, sencillamente, su belleza flotando son total y absolutamente maravillosas

Obtuvo grandes resultados, pero su palmarés quedó eclipsado por un compañero de equipo -un tal Indurain-, ganó el Tour y la Vuelta Ciclista en dos ocasiones, pero la mala suerte le hizo perder otras tantas rondas. Le faltaba velocidad en las contrarrelojes, pero trepando, escalando los puertos más duros, no tenía rival. Y su manera de bajarlos le hizo recibir el apelativo de “el Loco”, al otro lado de los pirineos.

Con los grandes buitres ibéricos pasa un poco lo mismo. Sus espectaculares reuniones en los muladares, con las cabezas ensangrentadas por haberlas metido previamente en el tórax de una vaca reventada, riñendo con un par de docenas de congéneres por un trozo de intestino delgado, levantando polvo y arremolinados por cientos, se han convertido en las imágenes icónicas de estas aves. Es la experiencia y fotografía que todos los aficionados quieren tener. Es Impresionante, si, pero no excepcional, ya que comer en grupo, pelear por el mejor pedazo y carroñear, por costumbre o excepcionalmente, lo hacen muchas especies. Por ejemplo, yo he visto a mi familia hacer desaparecer en un santiamén a una hembra de jabalí encontrada recién atropellada en la carretera, aunque todo sea dicho, no nos peleábamos -aparentemente- por los solomillos y el veterinario analizó antes la pieza.

No, verlos comer es casi vulgar. Los buitres encuentran la verdadera gloria en el cielo. Su envergadura, su forma de vuelo, su elegancia y, sencillamente, su belleza flotando son total y absolutamente maravillosas. Podemos disfrutar de sus interminables espirales mientras hacen altura en lugares insospechados: de las arribadas a sus nidos, desde el otro lado del cañón del Duratón o en el Salto del Gitano en Monfragüe, o verlos despegar intempestivamente de cualquier carretera secundaria al ser sorprendidos mientras acaban con algún animal atropellado. Pero siempre será a distancia, rompiéndonos el cuello o en una fase de vuelo corta y reiterativa, como es la llegada o despegue de la colonia de cría. Y esto sería hablando de buitre leonado (Gyps fulvus), que para ver al negro (Aegypius monachus) la cosa se complica, por su menor número de efectivos, su distribución más limitada y por ser menos gregario.

No es el espectáculo del movimiento propio de una buitrera con cientos de parejas yendo y viniendo. No es la cantidad, sino la calidad de la observación

El balcón de los buitres

Sin embargo, existe una alternativa, totalmente respetuosa con las aves, para ver a ambas especies en su elemento, observar sus vuelos en térmica o en ladera, mientras cobran altura o se desplazan de un lugar a otro, desde una posición más elevada que ellos. Mejor dicho, primero desde una posición más elevada, luego a la altura de los ojos y después a una escasa veintena de metros de tu cabeza mientras rebasan la sierra. No es el espectáculo del movimiento propio de una buitrera con cientos de parejas yendo y viniendo. No es la cantidad, sino la calidad de la observación. No es ver a los individuos moviéndose en el cielo, sino observando sus evoluciones durante minutos, pudiendo seguirlos con la mirada 360º y con una perspectiva de cientos de kilómetros para que nada se interponga. Y que cuando estés atento a la evolución de un grupo de leonados en el valle, el silbido de las alas cortando el aire de un negro te avise de la presencia de un animal de tres metros de envergadura a 15 metros de tu cabeza. A tus pies una ladera cubierta de pino y granito y otra tapizada de piornos. La cabeza acariciada – o azotada, que también- por el viento serrano. Es La Najarra, montaña de 2.120 metros que forma parte del Parque Nacional de la Sierra del Guadarrama de Madrid.

Senda de montaña

Para acceder a este magnífico observatorio natural, deberemos llegar al puerto de la Morcuera y desde allí subir por la, inicialmente tranquila, senda de la cara norte, que te llevará al collado de la Najarra, para luego subir, ahora de manera abrupta, hasta la cumbre. El desnivel es de 400 metros, se trata de senda de alta montaña y, aunque sencilla, sobra decir que hay que ir preparado y siendo muy consciente del equipo que se acarrea y de la ropa que se viste. En el collado de La Najarra y mirando hacia el Sur se encuentra el escenario del espectáculo que hemos subido a buscar. La ladera, cubierta de pino, hacia el oeste se transforma en el Hueco de San Blas, hondonada cerrada por tres cuartas partes gracias al collado, el pico de los Bailanderos, y la Pedriza. Ahí veremos ascender a los buitres aprovechando las corrientes térmicas y pasar veloces en dirección a las agujas de la Najarra, donde hay varios nidos de leonado. Pero también habrá ejemplares que ascenderán un poco más y, aprovechando el collado, pasarán al valle del Lozoya en la falda norte. Estos serán a los que puedas ver las pupilas sin necesidad de telescopios.

Exageraciones al margen, el paseo continúa hasta la cumbre de la Najarra. Una vez en ella, tendremos unas vistas más amplias si cabe, y, con ello, el acceso a presenciar otros vuelos de buitre. El paso entre valles es frecuente y cuando llegas al extremo oeste el fenómeno se vuelve grandioso. Tanto leonados como los casi más frecuentes buitres negros aprovechan la depresión natural del puerto de montaña de la Morcuera para transitar entre valles, siendo muy habitual que pasen a una distancia relativamente corta y, lo que es muy interesante, más bajos que la posición en la que nos encontramos.

Seguro que existen más sitios en la geografía peninsular como el descrito, pero este reúne todas las condiciones para estar en el top 10.

Las Lucías

Si has decidido visitar el valle del Guadarranque, la comarca de las Villuercas o el geoparque del mismo nombre, puedes alojarte en Las Lucías. Pernoctar, comer y conocer a la familia que regenta este establecimiento -Cata, Gema, Pepa y Pepe- es una experiencia en sí misma.

Para explicar mejor lo que allí te vas a encontrar, podemos tomar como punto de partida el movimiento Slow food. El Slow food surgió a mediados de los 80 en Italia, como puesta en valor de la producción y recetario local -lo que obviamente tiene un significado y repercusión en lo económico- ensalzando el placer y el conocimiento como parte de la vida. ¿Cómo afecta esto a tu estancia en Las Lucías? En forma de experiencia gastronómica, ya que esta casa es también una granja y muchos de los productos que comerás habrán sido cultivados o criados por ellos. Una excelente huerta, gallinas, rebaños de cabra y cordero y unas cuantas vacas les surten de manjares de primera calidad. Y cuando esto no sea posible, tendrás la garantía de que la procedencia de los ingredientes o productos será principalmente de la comarca o la provincia. Por supuesto, recetario muy local. Y no hay carta: si en la cocina de mercado manda el tendero, en el Slow food las órdenes las imponen el calendario, la cosecha y la despensa.

Alojarse en Las Lucías es también tener una experiencia gastronómica disfrutando de los alimentos allí criados y cultivados.

Gracias a su forma de entender y conocer su tierra, Pepe y Gema harán sentirse muy bien al observador.

Estaremos pernoctando en una casa rural regentada por personas que conocen bien el monte, conservacionistas de los que hablan con conocimiento de causa y que sabrán indicarte bien para tus paseos. Claro está que para un observador la charla animada y extensa está garantizada.

Como guinda del pastel a una jornada de pateo o simplemente como vía para deshacerse de los restos de tensiones y estrés diario, podrás reservar un estupendo masaje. Gema te aliviará dolores y penas musculares o espirituales con sus sabias y fuertes manos.

Equipamiento

Electricidad proveniente de pantallas solares. Pequeña piscina para refrescarse los días de más calor. Habitaciones alejadas de las zonas comunes. El salón, la galería y el comedor reúnen todas las condiciones para la reunión o el trabajo de pequeños grupos en un ambiente y paisaje espectaculares.

Los propietarios han presentado ya la documentación para conseguir la autorización para la instalación de observatorios para aves y mamíferos dentro de la finca donde está situada la casa rural.

Importantísimo para los observadores de fauna: en Las Lucías han obtenido recientemente la autorización por parte del Gobierno de Extremadura para la instalación de cuatro hides. Está previsto que uno de ellos esté dedicado a aves necrófagas.

Qué puedes hacer desde Las Lucías

Observación de estrellas en óptimas condiciones y ausencia total de contaminación lumínica. Observación de mamíferos: ciervos y corzo muy abundantes, posibilidades de ver meloncillo, tejón, nutria y garduña, así como zorro -aunque ya sabemos que la nocturnidad de estas últimas especies y lo esquivo de su comportamiento hacen de su avistamiento una ocasión en la que se deben aliar la fortuna y la experiencia-. Poca presión cinegética y muy localizada.

La observación de aves se verá recompensada con especies como alimoche, buitre leonado y negro, águilas perdiceras y calzada o halcón peregrino, dentro de las rapaces.

Bosques bien poblados, cursos de agua y buenas paredes de roca aseguran una variedad de aves de pequeño porte: desde arrendajos y rabilargos hasta mirlos acuáticos, treparriscos y todo el abanico de aves de bosque y montaña. Sin salir de Las Lucías se puede disfrutar de la presencia de las tres carroñeras, oropéndolas, autillos, papamoscas cerrojillos y las aves ligadas a jardines, huertas y casas con corrales.

Anfibios y reptiles tienen una buenísima representación en las temporadas adecuadas.

Los aficionados a la entomología gozarán, además, en esta comarca, de un buen número de citas reseñables.

Por otra parte, existen en las Villuercas diferentes caminos para los coches, pero atención si ha llovido, puede haber barro, charcos e incluso arroyos.

Extensos bosques de roble y madroño, impresionantes formaciones geológicas…, de todo ello podréis obtener más información en el artículo sobre las Villuercas en nuestro apartado ‘Espacios’.