Santa Fiesta, un documental sobre España

Santa Fiesta (Animal Guardians, 2016), a lo largo de sus 72 minutos de duración, muestra la España de las fiestas populares que comienzan venerando a un santo y terminan santificando la crueldad más asombrosa hacia los animales.

Durante nuestro paso por la Muestra de Cine Medioambiental de Fuerteventura, para la presentación de La osa que dejó una huella en el cielo, tuvimos acceso a la cinta Santa Fiesta, película que hasta el momento y de manera inexplicable se nos había escapado.

La película repite a lo largo de todo su metraje un patrón constante y sencillo. Un equipo técnico mínimo, por necesidad, y sin autorización ni permiso especial de rodaje -grabando exactamente lo mismo que ve el resto de asistentes a los festejos- se infiltra entre el público y registra las celebraciones patronales de diversos pueblos. Procesiones, misas y charangas mañaneras ceden, más tarde, protagonismo al más variado y asombroso conjunto de brutalidades que se pueda uno imaginar. Y así, en este paseo que el director nos da por España, va pasando un pueblo tras otro. Sacan un santo en procesión, revientan un burro cargándolo de personas; veneran una virgen y lancean un toro; procesionan al patrón y arrancan la cabeza a una oca.

No hay voz en off que guíe nuestras opiniones torticeramente, ni presentador que introduzca el tema de manera sensacionalista o demagógica y ni tan siquiera hay subtítulos que nos den más información que la estrictamente necesaria. Solo imágenes y sonido ambiente, registrados de manera aséptica. Casi se podría asegurar que Rolland en algún momento le puso un WhatsApp a la montadora diciéndole: “na, tu pon una cosa detrás de la otra y que cada cual saque sus conclusiones”. Y fuera así, o no, Vanessa Marimbert (Goya 2022 por el montaje de El buen patrón) logró dar al documental las costuras perfectas para que, efectivamente, todo el mundo salga de su visionado con conclusiones bien formadas.

1ª Conclusión. Los animalistas deberían dejar de llamarlo tortura animal.

La Real Academia de la Lengua, en su diccionario, dice de tortura en su primera acepción: 1. f. Grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo.

Palabras que describen mejor lo que sucede en las calles y plazas de España son: barbarie, atrocidad, brutalidad, crueldad, ferocidad, encarnizamiento, sadismo, perversión, depravación, degradación, degeneración, inmoralidad, saña o vergüenza. Mucha vergüenza.

Tras ver este documental está claro que no es tortura. Ningún animal es forzado a reconocer falta o pecado. Y ninguno de los participantes tiene intención de castigar a los animales por nada en particular. Esos hombres solo quieren, así de jodidamente cierto es, divertirse. Solo es eso: diversión, alcohol y testosterona.

Pero no encuentro verbo que sea aplicable a la ejecución de las acciones que se llevan a cabo en nombre de la tradición. Quizá, los animalistas tengan toda la razón y se trate de tortura en otra de sus acepciones.

2ª Conclusión. La pérdida de la razón, el encuentro de la sinrazón y se acabó la tradición.

Si el mozo que es aupado por su cuadrilla (sí, en la mayoría de los casos, esto de las tradiciones se trata de un royo grupal unido por las gónadas) desde una barca en movimiento y que consigue arrancar la cabeza del pato colgado de una cuerda comiese pato ese día, tendría cierto sentido ancestral. Pero el pato es arrojado al agua por uno de los organizadores. O acaba en las manos de los gañanes que, entre risas, frente a la cámara de un móvil lo retuercen de las alas para desmembrarlo en la playa. Por otro lado, las leyes sobre manipulación de alimentos probablemente impidan la ingestión de esa carne muerta para nada.

No creo que el mozo moderno (sí, esto son cuestiones solo de hombres) que consigue arrimarse más al toro se asegure coito alguno para esa noche. O que sea tenido en cuenta por su arrojo para cualquier función pública o privada. Tinder es más efectivo y la formación educativa hoy en día más valorada que la huevada valerosa.

Los caballos que son obligados a pasar por nubes de humo, atravesar llamas y pisar ascuas, y que así, antiguamente, quedaban libres de pulgas y garrapatas, hoy en día están desparasitados con fármacos y probablemente revisados por veterinarios de forma regular.

Aunque los tiempos (no tan lejanos, que yo lo vi) en que se arrojaban cabras vivas desde los campanarios han pasado a la historia, aún hay mucha tradición que relegar a los libros de historia. Sí, es cierto que, a excepción de toros, caballos y burros, el resto de animales participantes en estas celebraciones son sacrificados con anterioridad. Y que cuando no es así, como es el caso de los patos vivos lanzados a los nadadores en un puerto del Cantábrico, parecen ser tratados con precaución para no dañarlos por parte de los participantes. Las leyes y la sensibilización dan pequeños pasos, salta a la vista. Pero aún así, la imagen de un tipo sobre su caballo al galope tirando de un ganso hasta arrancarle la cabeza, mientras los asistentes aúllan en éxtasis no es precisamente edificante.

Recordemos, además, son fiestas populares y por lo tanto sufragadas con dinero público.

Pero da lo mismo. Los tiempos han adelantado por la izquierda a los participantes, organizadores y defensores de todas estas centenarias tradiciones y estas han perdido su razón profunda de ser. Una vez extraviada la esencia de su origen, ya sea esta mojar el churro o comer pavo, no existe motivo para seguir siendo practicadas. O, al menos, para conservar la participación animal. Todo ello, claro está, si prevalecen las cuestiones éticas.

3ª Conclusión. ¿Seguro que soy español?

La película incluye barbaridades por todo el territorio estatal. Deja claro que el sadismo se extiende de igual manera por Andalucía que por Euskadi, por Extremadura que por Cataluña. No es cuestión de banderas, ni de colores, me temo que es desarrollo de la educación.

Los sentimientos de nación y de pertenencia a la misma, nacen del conocimiento, aceptación y respeto a una serie de asuntos que te hacen afín a grupos de personas que comparten, en parte o en la totalidad, dichos asuntos.

Aunque al final resulta que todo se reduce ridículamente a unos símbolos insustanciales, a la responsabilidad de cumplir con las obligaciones y derechos que otorga la Constitución y al hecho fundamental de haber nacido dentro del territorio nacional, sí existen unos hilos que te cosen al territorio. O, al menos, yo lo siento así.

En mi caso, conozco lo suficientemente la historia de España como para avergonzarme de muchos capítulos, pero también para saber que ella hace que los españoles seamos como somos.

He visto paisajes y pueblos en este país de asombrosa belleza. Y he visto la capacidad destructora del español para con esos paisajes y esos pueblos, pero… nuestra historia nos hizo así.

Y así, una cosa con la otra, llegamos a la gastronomía y me convierto en el más chovinista y orgulloso de los españoles sentado a la mesa o ante los fogones.

La cultura, la literatura, el arte, la artesanía y, por supuesto, el humor, también me unen a esta tierra en la que me parieron.

Pero si al encenderse las luces de la sala tras ver Santa Fiesta alguien me hubiera preguntado si soy español, yo lo habría negado con firmeza. Y lo haría, no porque eso recién visionado fuera algo español. Ni porque nuestra tradición, cultura y carácter estén imbricadas en esa brutalidad arcaica. Ni lo haría, por supuesto, porque en España religión, muerte y desprecio por la sangre hayan caminado de la mano a lo largo de los siglos.

Negaría con vehemencia mi españolidad porque todavía quede tanta mierda que barrer de las calles y plazas de este país.

Eso no es cultura y eso no es, ya, “España”.

No leas estos libros (si no quieres viajar).

A los que nos gusta salir fuera de nuestras casas para tratar de recuperar el contacto natural con la biodiversidad, observar la fauna o simplemente fotografiar aves, tarde o temprano se nos enciende algo en la cabeza, entrecerramos los ojos un poco y empezamos a imaginar cómo será caminar por los senderos de Virunga esperando ver un espalda plateada, qué tipo de repelente hay que usar para tratar de que los mosquitos no te coman mientras buscas el quetzal resplandeciente o qué colonia de grajas queda más cerca para incorporar esta ave a nuestro álbum. Llegado este momento, puedes mirar a otro lado -Benidorm, por ejemplo- o leer alguno de estos libros que te proponemos. Pero si lo haces, ojito, puedes sorprenderte a ti mismo calculando a las dos de la mañana los días necesarios para hacer una excursión por Kazajistán.

El veneno.

Si hay un libro contraindicado para todos aquellos que creen a pies juntillas aquello de “como en casa, en ningún sitio” es este. Si piensas que la relación con los animalitos es cuestión de levantarse el domingo un poco temprano, hacer unas fotos en un humedal a 12 kilómetros de distancia y regresar a tiempo para el vermú (plan soberbio en opinión del que escribe), o si observar las ardillas del Retiro colma tus deseos de contacto con la fauna local, leer este libro puede hacer que te reviente la cabeza. En cualquier caso, y aunque a ti los animales te interesen menos que Benidorm, podrás pasar buenísimos ratos con su lectura.

Pajarero (Tundra Ediciones, 2019), de Carlos Lozano Robledo, colaborador de esta publicación, es un libro de viajes. De viaje físico a tierras remotas y de un confín al otro del planeta, pero también de viaje al interior del autor, ya que sin él no hay libro de viajes que merezca ser leído: que nadie piense que se trata de las batallitas de un tipo al que le gusta ir de safari. Todos los viajes narrados están motivados por el deseo de ver fascinantes animales, asombrosos ecosistemas y sobrecogedores fenómenos naturales. Pero la aventura, muchas veces sobria, radica en el ir y no en el estar. El viaje está en la reacción razonable -pero infundada- del autor, al ver que el aspecto del capitán de la barcaza con la que remonta el río a través de la selva es más propio de un filibustero que de un emprendedor turístico; en arriesgar el mejor y único momento para ver el evento celeste por el que ha viajado a Finlandia, para sacar al colega enfermo de la cama; cuando su pasión personal sobrepasa el límite de la cordura y se juega la amistad de su anfitrión y el arañazo de un felino en América del Sur; o cuando, en el polo opuesto, la cordialidad con el vecino de cabaña le hace naufragar en océanos de vodka en Rusia. Todo ello, lleno de citas de animales magníficos, eso sí.

Este Sal Paradise y sus Dean Moriarty ocasionales, de botas puestas para pisar donde pisó Darwing y capear las olas que navegó en su día el Endurance de Shackleton, no hará otra cosa que empujarte a salir ahí fuera, aunque sea a Fuenlabrada o al barrio del Pilar, que parte del maravilloso viaje de este antihéroe ocurre sin salir de casa.

La guía de viajes.

Es difícil, una vez que estás metido en esto, que tus intereses se ciñan exclusivamente a una clase de animales. Nadie que se pega el madrugón despreciará nada por debajo del filo Chordata o incluso todo Animalia será digno de su interés. Pero, claro está, lo que más gente mueve son las aves: son, por lo general, fáciles de ver y la cantidad de especies y variedad de géneros hacen de los pájaros un mundo aparentemente infinito. Ello consigue que grandes grupos editoriales abran las puertas a este mercado creciente.

Antonio Sandoval, prestigioso comunicador y prolijo autor, presentó hace poco De pajareo: rutas ornitológicas por España, de GeoPlaneta, dentro de la colección Nómadas. Está claro que se trata de un libro para viajar. El autor, comunidad autónoma tras otra, va destacando dos o tres sitios de especial interés para visitar. Descripción del espacio, rutas posibles, especies susceptibles de ser vistas y un añadido muy interesante: “puntos de interés cercanos”, porque siempre hay ganas de más. También incluye en cada autonomía una lista y breve descripción de otros lugares interesantes, aportando un código QR que lleva directamente a las páginas de los espacios tratados. Para terminar, añade un detalle muy interesante al invitar a personas de referencia en el mundo de las aves a contestar a la pregunta: “¿Qué es lo que no te perderías en ese sitio?” Solamente estos destacados suponen cuarenta y tantos planes perfectos para escapadas rápidas.

Todos los libros aquí tratados hablan de manera explícita de la misión que todo aficionado a esto de colgarse los prismáticos del cuello ha de tener en cuenta, de la forma más intensa posible. Pero Antonio titula a uno de los breves capítulos introductorios “Conservación y activismo” y esto da pie a recalcar que el viaje para la observación de fauna tiene que ser escrupulosamente respetuoso con el entorno, la fauna y la flora. A los conocidos olvidarse de reclamos sonoros, no cebar, no aproximarse más allá de la distancia de seguridad impuesta por los animales, mantenerse en los caminos y zonas señaladas, Sandoval propone ir un poco más allá. Citamos textualmente: “En materia de conservación, opta por el activismo. Por apoyar y promover las acciones y causas que creas más correctas. Por contribuir en la medida de tus posibilidades a combatir todo aquello que amenace, merme o destruya las zonas naturales y las especies, sobre todo las más amenazadas. Analiza cada caso. Opina. Decide. Actúa. Junto a otras personas. En equipos pequeños y grandes. Con el impulso del compromiso y de la cordura. Con la energía de la solidaridad y de la justicia. Con tacto, allí donde sea preciso. Con decisión”.

La colección de guías de aves

Si el anterior libro se te queda corto por ser demasiado general, tenemos la solución. Aunque quien más y quien menos ya habrá tenido algún ejemplar de esta colección entre sus manos, no podemos evitar citar la magnífica saga Cúando y dónde ver aves, de Tundra Ediciones. Cada tomo de esta serie está dedicado en exclusiva a una comunidad autónoma, detallando exhaustivamente, provincia a provincia, las opciones ornitológicas de cada una, a través de rutas pormenorizadas. Magníficos manuales para abrirse paso en territorios desconocidos, que, de otra forma, obligarían a largas jornadas para ponerse en situación.

Eso es respecto al dónde, el cuándo lo responden con una sencilla organización por meses, de forma que si tu expedición está supeditada a un fin de semana concreto solo tienes que abrir el libro por el mes correspondiente.

Además, también se catalogan los posibles destinos en tres categorías. Para todos, para familias y aficionados que están empezando y para aficionados a las aves escasas y rarezas. En el fondo, esta categorización tiene que ver con el esfuerzo y tiempo que se ha de dedicar y su relación con las especies observadas. Desde sencillos paseos o puntos de observación a pie de coche donde tener acceso a muchas especies frecuentes y amplias posibilidades de éxito, hasta destinos que requerirán mucha perseverancia y grandes dosis de suerte, para ver especies citadas en años anteriores de manera excepcional.

Tomemos, por ejemplo, el último volumen publicado y que está dedicado a Castilla-La Mancha. El libro está coordinado e ilustrado por Javier Gómez Aoiz, personalidad bien conocida por sus numerosas publicaciones de este tipo, pero la autoría es compartida con auténticas eminencias de la ornitología y la observación de aves: Xurxo Piñeiro, José Gómez Aparicio, Fernando Alonso Gutiérrez, Manolo Andrés Moreno y los hermanos José Antonio y David Cañizares Mata. La obra, de 347 páginas en esta primera edición, está estructurada de la misma manera que otras de la serie, lo que la hace muy manejable para los lectores que ya posean otro tomo. Tras la introducción nos encontraremos con el cuerpo principal, en el que se desarrolla el planteamiento de excursiones mes a mes. Luego, a modo de apéndice, nos encontramos primero -y fundamental- un recordatorio de cómo hay que comportarse en el campo y las reglas básicas para no molestar a la fauna, un listado de recursos digitales e impresos esenciales, listado de aves que podremos observar en las rutas descritas, otro listado con todos los sitios citados y sus coordenadas geográficas, para terminar con los mapas y planos de los espacios y rutas detalladas en el libro.

La colección tiene, hasta este momento, publicadas las guías de Extremadura, Galicia, Madrid (recomendable hacerse con la segunda edición ampliada), Cantabria, Cataluña y Baleares.Por separado o colección completa, son indispensables.

La experiencia por adelantado.

A estas alturas del artículo, o eres viajero o ya te ha picado la velutina y empiezas a notar la hinchazón y el picorcillo del viaje. Seguramente conocías los libros anteriores y la península ibérica la tienes bien trabajada. Pero, a la hora de plantearte un viaje de mayor envergadura, a lugares un tanto lejanos o complicados, es normal que se te planteen dudas muy serias. Primero, claro, está el factor económico. Y luego nos encontramos con la terrorífica idea de cómo hacer para ir hasta Ciudad del Cabo para ver tiburones y no volverte una semana después con una bonita foto de un banco de sardinas. Esto último es sencillo: el turismo de observación es hoy en día un V12 turbo que tira muy bien de la economía local, hasta en el lugar más remoto. Siempre habrá al final una empresa o un guía que te ponga las cosas en bandeja.

Esto de poner las cosas en bandeja va muy de la mano del tema de la economía. Trataré de explicarme (y vale para La Pampa o para Villafáfila). Puedes estar cuatro días en Merzouga recorriendo dunas y pedregales, acercándote de manera más o menos furtiva a todas las construcciones que te encuentres y olisqueando en el ambiente posibles rastros de humedad para dar con un ejemplar de gorrión del desierto (Passer simplex), o puedes contratar a un guía, que cogerá su teléfono y en 5 minutos sabrá donde llevarte a que veas el pajarito. El gasto del guía será infinitamente menor al de las noches de hotel y manutención extra. Esto, además, hará que los tíos raros esos que vienen a ver bichos sigan siendo mirados como tíos raros, pero el dinero será muy apreciado y esto, al final, puede salvar ecosistemas y especies (y esto también vale para La Pampa y para Villafáfila). Pero, ¡ah!, ¿dónde queda la magia de la exploración, las esperas y el afilar el instinto? Tiempo, es la respuesta. Tiempo y capacidad para moverse de manera autónoma. Y, sí, más dinero que ahorrar. A no ser que… (aquí vendría un listado de ideas con las que solucionar parcialmente estos asuntos, pero se fastidiaría la línea descriptiva principal del libro que vamos a tratar a continuación).

Pablo Strubell e Itziar Marcotegui son dos viajeros de esos de los que para referirse a su forma de viajar habría que inventar un verbo nuevo y que no estuviese desvirtuado. Ellos, por ejemplo, entienden viajar como hacerse la costa occidental africana de sur a norte utilizando autobuses públicos, entre otras gloriosas empresas. Y también son los autores de un libro llamado El libro de los grandes viajes, también en la colección Nómadas de GeoPlaneta. Es, en resumen, un magnífico catálogo de formas no usuales para realizar este tipo de desplazamientos de largo alcance, tomando como ejemplo a personas que han viajado de esa manera. Empecemos por algo fácil: el coche. Pero resulta que los autores cuentan brevemente la aventura de Jorge Sierra, que dio la vuelta al mundo en 3 años y 11 meses con un gasto total mensual de 357€ en un Citroën 2CV. Y a partir de ahí, en bicicleta, andando, en piragua, en velero, en autostop, en pareja, en solitario, o como Albert Casals, que se fue a las antípodas con su silla de ruedas. Y así hasta “131 historias inspiradoras” como reza el título del libro.

¿Pero, de esos, cuántos viajan para ver bichos? Ninguno, probablemente. Si recorres varias islas del caribe y la costa oriental de América del Sur, con la calma que te brinda hacerlo en un patinete durante 7 meses, como hizo el estoico Guillermo Marcelo, si quieres ver animales, los ves.

El libro, además, tiene un capítulo inicial y otro final, donde te allanan el camino de las dudas y problemas. Temas como seleccionar destinos, documentaciones legales, gestión del dinero, seguridad, los miedos e, incluso, asuntos de índole psicológica son acometidos en estas páginas.

Es posible que Pablo e Itziar aborden el viaje desde una perspectiva demasiado amplia, en todos los sentidos, para nuestros intereses ecoturísticos, pero la experiencia de todas estas personas y el conocimiento técnico de la materia serán muy positivos, por dos razones. Primero, solo tendrás que reducir las dimensiones a tu escala, pero los principios básicos son los mismos: entrar en Turquía con tu coche para estar tres semanas visitando sitios llenos de fauna, requiere lo mismo que si después de la frontera entre Asia y Europa fueses a seguir a Irán y los “-ikistanes”, pero con menos visas en la carpeta. Y segundo, el picazón sarnoso del deseo de viajar te será inoculado de manera virulenta.

Esta selección bibliográfica contiene solo unos pocos de los títulos que podrían estar. Son libros que, con uno u otro trasfondo al final, cada cual a su manera, invitan a conocer lo que hay más allá, siendo ese “allá” el límite que cada uno se pone.

Y como decíamos en el vídeo de presentación de El Vuelo del Grajo, “ahora: ¡sal!”.

Avetimología: el origen de los nombres de las aves de Europa.

Amar es conocer.

La atención que se presta a las aves en la última década es impresionante. Las redes sociales, la necesidad que siente el ser humano de tomar contacto con la naturaleza y la accesibilidad a datos, aparatos ópticos y cámaras son algunas de las principales razones para esta explosión ornitológica. Proliferan las páginas y grupos digitales para identificación de especímenes. Son miles las personas que exhiben sus magníficas fotografías. Y la posibilidad de lanzarse al vacío de montar una empresa ligada a la observación de aves ya no es una locura. El “pajareo” es todo un fenómeno social de carácter global. Y no es extraño. Cualquier sitio del planeta -desde la ciudad más contaminada, hasta el paraje de climatología más adversa- puede ofrecer unos instantes de intensa emoción al descubrir un magnífico ejemplar de las, aproximadamente, 15.000 especies de emplumados que viven en el planeta.

Por desgracia, y hablando desde un punto de vista del gusto por lo clásico, las facilidades digitales y técnicas antes citadas propician una adquisición de datos rápida que sacia el apetito de conocimiento, de manera inmediata, del aficionado novel. Pero, igual que las hamburguesas colman las necesidades semanales de proteínas y carbohidratos de un humano en diez minutos, que alguien te diga como llaman en su comarca al pájaro que has fotografiado no es la mejor base para la pirámide del conocimiento pajaril. Es solo un buen principio y puede ser suficiente para un gran número de personas.

Cuando se cambia el: “¿De qué tipo es esta ave?”, por el: “¿Cómo puedo hacer para ver un chotacabras?” se da el primer paso hacia la afición, que muchas personas identifican como “amor por las aves”. Al llegar el: “¿Por qué veo al chotacabras cuellirrojo en verano, por la noche y tendido en el camino?” se entra en la zona de interés por la ornitología. El siguiente paso, al que los propios identifican como “lo de los pájaros o cosas de bichos”, se da cuando al reconocimiento y a la etología se suma el estado de conservación, sus huellas y rastros, sus voces, subespecies, endemismos, dispersiones no habituales, protección o, ya para cum laude, la etimología y variedad de sus nombres latinos y vulgares. En referencia a esto último, y parafraseando a Luis Piedrahita, urge encontrar aquella palabra que defina la ciencia que se adentra en el bosque de los orígenes de los nombres comunes y científicos de las aves y sus significados. José Manuel Zamorano propone: “Avetimología”.

Avetimología.

Avetimología es un volumen editado por Omega, de 446 páginas y olor, en sentido figurado y real, a libro de texto. Ilustrado con más de 300 fotografías en color, abarca 423 aves de distribución paleártica occidental. Comienza con una magnífica cita de Isaac Newton en relación con que el libro que se presenta es deudor de otros que vinieron antes. En la primera página de la introducción, ya hay una referencia al colosal trabajo que Francisco Bernis hizo, en lo relativo a la nomenclatura popular de las aves de España. Seriedad y elegancia van por delante.

Organizado por órdenes y familias, esta obra estudia el origen y significado de los nombres de los diferentes taxones y su vinculación con la etología, aspecto o características de la especie.

Lejos de limitarse a las denominaciones científicas, profundiza -y mucho- en los nombres comunes, con la misma rigurosidad que los anteriores. Por supuesto, el autor amplía el círculo abarcando regionalismos y localismos, frecuentemente saltando fronteras, creando así redes de datos que aportan mucha información.

Esta mezcla entre lo científico y lo popular se trasmite también a la escritura, ya que, tratándose de un libro eminentemente científico, su lectura resulta amena, ágil, al tiempo que profundamente didáctica.

Y como ejemplo, y ya que el chotacabras (Caprimulgus sp.) ha salido a relucir, Avetimología nos dice que Caprimulgus se origina a partir de los términos latinos capra (=cabra) y mulgeo (=ordeñar) y hace referencia a que, debido a que estas aves suelen estar en lugares donde pace el ganado, existía la creencia de que se alimentaban amamantándose de las cabras. Curiosamente, en España ese mito tomaba el nombre de chupacabras y de ahí el nombre común en Castilla. Esta vinculación, añade el autor, se repite también en inglés, alemán e italiano e indirectamente en catalán, donde se utiliza enganyapastors. Y así describe 423 especies.

Un libro muy necesario para los fijos del “pajareo”, que ayuda a entender y amar a estos bichos y, dicho sea de paso, mejorar nuestro fondo de armario a la hora de contar cosas interesantes sobre aves.

Javier Marquerie.

Aves de España, guía fotográfica de identificación.

¿Guía fotográfica de aves?

La identificación de aves requiere de muchísima precisión. Especies semejantes en su librea y tamaño, variabilidad según la edad o las señas identificativas, realmente difíciles de apreciar, hacen que sea un mundo de detalles al que solo pueden llegar los ojos, las herramientas y el conocimiento de los ilustradores científicos más preparados. Además, una guía de identificación que se precie como tal, tiene que mostrar actitudes clásicas del ave en cuestión. En muchos casos es fundamental mostrarla en vuelo -ya sea silueta rapaz o fulgurante limícola en vuelo rasante- y evitar la influencia de la temperatura de color de los rayos solares, dependiendo de la hora y el clima. Es una labor ingente que requiere de muchísimo conocimiento. Esto, entre otras cosas, hace de la Svensson la más loada de todas las guías, aunque, curiosamente, para citarla siempre nos olvidamos de los ilustradores Killian Mullarney y Dan Zetterström.

Parece que todo ello hace que la fotografía quede al margen de estas obras tan necesarias para el aficionado y el profesional de la observación de aves. De hecho, es difícil encontrar guías que basen la ilustración en imágenes tomadas con una cámara. En la librería de El Vuelo del Grajo solo hay tres libros de identificación en los que la fotografía tiene presencia.

La primera, La Guía INCAFO de las aves de la Península Ibérica, de Ramón Saez-Royuela (INCAFO 1980), es la primera que tuvo el que escribe estas líneas. Tomo de 975 páginas, con una entrañable nota escrita por mi padre que dice “A Javier, por su cumpleaños, 1984”, es plenamente fotográfica. 334 especies documentadas con una sola fotografía que, sinceramente, de poco vale, pero cuya parte escrita es muy recomendable, dedicando dos páginas por especie.

Solo hace falta ver las frecuentes recomendaciones en redes sociales, para darse cuenta de que la fotografía quedaba totalmente descartada como elemento de identificación. Pero algo ha cambiado.

La segunda, Aves terrestres, de Frieder Sauer (Blume, 1983) tampoco se puede considerar demasiado útil para la identificación de las aves, pero incorpora en casi todos los casos imágenes de los nidos, huevos y pollos, lo que aporta mucho valor a la edición.

Y finalmente la magna obra de Klaus Malling Olsen, Gulls of Europe, Asia and North America (Helm, 2003, edición de 2018) aborda la locura de la identificación de las gaviotas, utilizando tanto la ilustración como la fotografía. Las primeras son usadas para las descripciones básicas, para mostrar los patrones por edades, las segundas para abrir el inmenso abanico de variables y ángulos. Esta combinación hace de esta guía un básico para todos aquellos que quieran adentrarse en el confuso mundo de los láridos.

Aves de España. Guía fotográfica de identificación

Solo hace falta ver las frecuentes recomendaciones en redes sociales, para darse cuenta de que la fotografía quedaba, hasta ahora, totalmente descartada como elemento de identificación. Pero algo ha cambiado.

Aves de España. Guía fotográfica de identificación, de Carlos Pérez Naval (Otro Matiz, 2022) es un trabajo valiente y valioso. Y sí, conociendo la afición y saber hacer de su autor, utiliza únicamente fotografías. Pero, ojo, no se trata de una colección de postales más o menos virtuosas. Es, sin lugar a dudas, una auténtica y muy útil guía de identificación con mayúsculas.

A través de sus 415 páginas el usuario podrá consultar todas y cada una de las especies presentes en la Península Ibérica, insulares y pelágicas, las accidentales más frecuentes e incluso las presentes en los territorios españoles del norte de África. Cada una de las especies está ilustrada cumpliendo con los cánones fundamentales anteriormente descritos. Esto es: en unas magníficas composiciones (a modo de láminas propias de la ilustración científica) el autor muestra cada ave en diferentes ángulos, edades y actitudes, incluyendo variedades de plumajes y unas muy útiles fotos en vuelo. Respecto a este último detalle, lo sabemos bien los que somos fotógrafos, cabe destacar el meritorio trabajo de obtener fotografías en vuelo de prácticamente todas las limícolas.

No es un catálogo de aves fotografiadas con luces espectaculares, en actitudes curiosas o interactuando graciosamente.

Además, y en esto hay algo de apreciación personal, da la impresión de que el autor ha sabido controlar el impulso de mostrar sus imágenes más hermosas y limitarse a seleccionar las mejores fotografías posibles para el fin con el que han sido elegidas. Así pues, no veremos un catálogo de aves fotografiadas con luces espectaculares, en actitudes curiosas o interactuando graciosamente. No, en esta obra las aves aparecen con luces planas que no dan lugar a equívocos, en actitudes características, posadas en los elementos y plantas esperados y, en definitiva, ayudando a su correcta identificación.

Cada página se completa con un párrafo muy conciso sobre su presencia en la península, hábitos fundamentales y consejos para su observación e identificación. Un preciso mapa de distribución y una pequeña ficha de datos morfológicos completa la información.

El libro está organizado por familias, con una breve e interesante introducción para cada una de ellas, ordenadas de la manera tradicional, así que su uso será el habitual para todos aquellos que estén acostumbrados al empleo de este tipo de publicaciones. Unos útiles anexos finales redondean la publicación.

El autor.

Carlos Pérez Naval, natural de Calamocha, Teruel, es un fotógrafo que a los 5 años andaba ya trasteando con cámaras aptas para la naturaleza. Con 8 fue el ganador más joven que jamás ha obtenido el Young Wild Life Photographer of the Year, otorgado por el Natural History Museum de Londres, el reconocimiento más prestigioso de este tipo. Desde entonces, ha logrado cuatro primeros premios de categoría (tres de ellos en años consecutivos) y otras tantas menciones de honor en este mismo certamen. En su espectacular currículo también figura como ganador de FOTOFIO y su nombre se ha visto destacado en MontPhoto, entre otros certámenes de prestigio internacional.

Y dejo para el final, para que no distorsione la calidad del trabajo del que se habla, ni modifique la apreciación que se pueda tener sobre él, el dato significativo de que Carlos, este fotógrafo consagrado y autor de este magnífico libro tiene… 16 años.

“No mires arriba”, la película de la que nosotros también hablamos.

La película.

La cinta, que por longitud da sentido al término “largometraje”, es una producción de Netflix estrenada en exclusiva dentro de la plataforma en diciembre de este año. En clave de comedia, por momentos disparatada y más cercana a Aterriza como puedas que a cualquier filme de humor que cuente con el beneplácito de la crítica más intelectual, narra cómo se afrontan los preparativos ante los efectos catastróficos que causará la colisión de un asteroide de reciente descubrimiento.

Por un lado, están los científicos descubridores del cuerpo celeste armados de conocimientos, cálculos de trayectoria y pruebas contrastadas, e interpretados por Leonardo DiCaprio, Jennifer Lawrence y Rob Morgan. Por el otro, toda la cúpula del gobierno estadounidense y su cohorte de amigos y familiares encabezada por la presidenta, a la que da vida Meryl Streep; los medios cuajados de contertulios expertos en opinar manteniendo las cuotas de audiencia dirigidos por la estrella de las mañanas, interpretada por Cate Blanchett; y finalmente, un millonario plenipotenciario y comprador de voluntades con aires filantrópicos.

Esta producción norteamericana no puede -no quiere- esconder referencias directas a personajes y situaciones reales. Hay que estar muy alejados de la hemeroteca para no reconocer a Trump y familia y su gestión de la crisis generada por el COVID 19. La película, que debe de tener algo de muy bueno ya que tiende hacia lo universal, ha conseguido que estas referencias cruzadas entre ficción y realidad se hayan dado en muchos países. En España, por ejemplo, ha sido generalizada la impresión de que Streep es claramente una Ayuso enfrentándose a un bólido celestial llamado COVID y cediendo a las voluntades de empresarios por encima de las necesidades de los ciudadanos. Y no han faltado los memes relativos a Susanna Griso, cuyo nombre acabo de descubrir se escribe con dos enes.

¿Pero es ficción o es real?

El bajo título de la película ya avisa de que está “basada en posibles hechos reales”. Y es en esta posibilidad de realidad en la que queremos fijarnos. En el largometraje, el director pasa su buldócer demoledor por encima de todo, reduciendo a migajas cualquier atisbo de cordura y honradez. Y entre risotadas y bufonadas de todo tipo y calado deja claro una cosa: el valor de la opinión infundada y la cultura liberal pueden arrasar con todo lo que se le ponga por delante.

Si, esta bien, las mentiras y bravuconadas no le acabaron de funcionar a Trump y los norteamericanos no revalidaron el titulo de capullos mundiales en la categoría de reelección de presidentes absurdos. Pero mientras tanto y a su sombra se ha instaurado un sistema de poderes dónde las mentiras se convierten en peligrosos riesgos reales y las operaciones estrafalarias se contemplan como hitos de la humanidad y acontecimientos filantrópicos. La puta frase de Goebbels de repetir una mentira hasta que se de por cierta, se cumple a rajatabla. Y mientras, unos por mentecatos y otros por desestabilizar desde sus posiciones más allá de la derecha, se consigue que la anti-ciencia esté en primera plana y haya de ser tenida en cuenta por los gobiernos. ¡Y cómo nos reíamos del mediocura y su enloquecido chis y del cantante afónico vaticinando un control mundial de nuestras voluntades! Y todo ello mientras unos archimultimillonarios compiten por ver cual de ellos la tiene más larga poniendo cohetes con fines turísticos -o eso dicen- en el espacio..

Y a los primeros se les da voz -en serio, sin carcajadas- y a los segundos no se les tacha de enemigos número 1 de la sociedad. .

En España, por ejemplo, ha sido generalizada la impresión de que Streep es claramente una Ayuso enfrentándose a un bólido celestial llamado COVID y cediendo a las voluntades de empresarios por encima de las necesidades de los ciudadanos.

Esta corriente, con tendencia a huracán, de dar por “quizá sea cierto” cualquier cosa por muy opuesta a la ciencia que se encuentre, no es nueva, desde luego. Mientras escribo esto es navidad… Pero lo cierto es que antes para colarle al mundo entero una trola del calibre 155 y aprovechar, mientras tanto, para hacer todo tipo de movimientos raros había que ser emperador, rey, dictador o jefe de creencia monoteísta. Ahora basta con ser un cuentista a la sombra de una marioneta y tener la financiación de los mismos que mueven el muñeco ya citado. .

Megafonía social.

Qué el asteroide de la película se llama cambio climático, está claro. Y que los gobiernos -todos-, la economía y los medios de comunicación, bailan el rock and roll que tocan un puñado de poderosos, es como en la película, también cierto.

El pasado noviembre, durante 13 días, todos los noticiarios incluían es sus titulares los siguientes temas: la ya tradicional pandemia, el exótico asunto del volcán de La Palma y la Cumbre sobre el Cambio Climático. Solo uno de los tres temas tiene la capacidad de acabar con todo rastro de vida – al menos la humana- en la tierra.

Sobre la enfermedad daban cifras, citaban decisiones oficiales para ablandar medidas y facilitar el movimiento durante los puentes de difuntos y constitución y, ya de paso, jodernos a todos las navidades. De eso no culpabilicemos a nadie, que por entonces no sabíamos que iba a pasar, aunque ya nos hubiese ocurrido las navidades anteriores.

El volcán era más chulo. Solo causó una muerte, los daños económicos eran asumibles y se garantizaba el bienestar de toda la humanidad e incluso de los afectados. A cambio, teníamos unas espectaculares imágenes, realmente bellas, que tenían la facultad de cambiar cada poco: que si nuevas bocas, que si la colada que avanza por allá, que si las fumarolas. Yo me arrepiento sinceramente de no haber ido a verlo en directo, la verdad.

Pagamos las consumiciones, la tendera nos agradece muy explícitamente la visita, y nos dirigimos hacia el coche. De camino comprobamos que hay una pátina de ceniza en el arcén. Algunos de mis compañeros comentan que quieren recoger unos puñaditos para llevarla de recuerdo o, en el peor de los casos, de regalo. Yo, que ya he pasado por este entuerto no pocas veces (frecuentemente asociado al acopio de vistosas arenas en desiertos ignotos), valoro —calladito, que así estoy más guapo— lo pronto que hemos empezado con las chorradas inherentes a todo viaje de placer.

Del tercer tema, la COP26, se supo desde el principio que la gran noticia sería la participación de Estados Unidos de Norteamérica tras la ausencia Trumpiana. Y ya. Punto. No hay más. Ese blancazo total no se lo podían permitir, y remataron la jugada alargando unas horas, 18 creo recordar, la reunión para que los telediarios pudieran tener un titular que vino a decir “la cumbre se cierra con un acuerdo de mínimos in extremis”. Y ahora si, foto sonriente de los últimos de filipinas satisfechos por haber echado otro millón de toneladas de hormigón ciclópeo al futuro del planeta.

Y mientras no se logra nada realmente determinante para el futuro, los Amancios del mundo deciden invertir en molinos y paneles, qué bajo apariencia verde, van a destrozar ecosistemas completos ante la falta de una política de protección y sostenibilidad real, que no es otra que la promoción del ahorro energético -real- y abandonar el consumismo como motor de la sociedad. Qué esos miles de hectáreas cubiertas de paneles van a ser, en muchas zonas, el tiro de gracia a la vida humana en el rural, está claro. De la vida animal y vegetal, ya mejor no hablemos.

Y ahora volvamos a abrir telediarios con los 11.000.000 de leds de Vigo y con el titular de la tarifa plana que hace la compañía eléctrica a dicho ayuntamiento.

Una aldea gala dentro del MITECO.

Le he dado muchas vueltas a este tema. He tratado de encontrar una sola balsa a la que subirme y desde ella matar a todos los monstruos que acabo de describir, pero no he encontrado ninguna: la humanidad entera ha decidido irse a la mierda con tal de no bajarse del Lamborghini Progreso y seguir circulando con él con el pie a fondo. Llegados a este punto imagino a la humanidad como a un cincuentón -triunfador, pero no tanto-, subido en ese coche descapotable, con la corbata anudada en la frente como si fuese un sioux y gritando desencajado, mientras del equipo de sonido atruena una canción de Robert Palmer y la carretera va directa a un nada glamuroso muro de bloques prefabricados de hormigón.

Qué esos miles de hectáreas cubiertas de paneles van a ser, en muchas zonas, el tiro de gracia a la vida humana en el rural, está claro. De la vida animal y vegetal, ya mejor no hablemos.

No puedo terminar sin hacer una excepción. Ya estoy con la tontería de aquello de las esperanzas y las cosas que se pierden en último lugar. Pero creo que en el MITECO, la ciencia, la conservación y el conocimiento han sabido hacer frente a los ancestrales temores, a la verborrea de opinólogos, a la oposición interesada de los políticos y en los últimos 380 días, se han dado tres casos dónde la lógica científica, los estudios sobre el terreno, los planes a largo plazo e incluso la ley y los requerimientos europeos, se han impuesto a las proclamas catastrofistas, los intereses económicos, los aprovechamientos electoralistas y las viejas y tradicionales letanías.

Que se terminase con la moratoria que permitía la caza deportiva en los Parques Nacionales de España, dar cupo 0 a la caza de la tórtola europea y, finalmente, prohibir la caza del lobo, son tres decisiones que ha tomado el gobierno de la nación basándose en sólidas razones científicas sencillas de entender:

– La población de la tórtola baja alarmantemente por varias razones a las que habrá que atender y dejar de regarlas con plomo es fácil, efectivo e inmediato.

– El concepto de Parque Nacional incluye que la participación del ser humano en su mantenimiento -incluido el equilibrio entre especies- debe de ser mínimo o nulo. Además, legalmente estaba prohibida la caza y si había prácticas cinegéticas era por la existencia de una moratoria

– El número de cazadores baja año a año, los ungulados aumentan y en los Parques Nacionales ya no se le puede dar matarile deportivo a ciervos, jabalíes y corzos. Alguien, idealmente, tendrá que hacer ese trabajo y no miro a nadie de cuatro patas y colmillos.

Por supuesto, estas decisiones han causado muchas reacciones adversas. Unas, totalmente comprensibles y respetables, las que vienen de gentes que ven alteradas sus formas de vida y economía, deberán ser atendidas con prioridad, amplitud de miras y una buena provisión de fondos. Otras, las más histriónicas y absurdas y que, a mi entender, van un paso más allá del negacionismo o que rayan en la práctica mafiosa deben de ser ignoradas o incluso perseguidas. Si, me refiero a aquellos que aseguran que si se dejan de matar tórtolas la especie se extinguirá inexorablemente porque dejarán de cuidarlas en los cotos, por que no las cebarán para luego matarlas, porque, bueno, cosas así. Los segundos, los que directamente amenazan e incluso alientan el furtivismo y el trampeo no selectivo deberían ser puestos bajo la lupa de la justicia.

Sea como fuere, esa parte notoria de la población, apoyada por ciertos partidos y gobiernos autonómicos, enarbolando banderas patrióticas de tradiciones y esgrimiendo puños -que no verdades-, han tratado de amilanar a Teresa Ribera. Pero ella no ha hecho de Meryl Streep.

Porvenir: basada en futuros hechos reales

Miniserie de Movistar+ que mezcla los géneros documental y ficción para adentrarse, de manera contundente, en el tremendo futuro que el cambio climático nos traerá, entre otros temas.

Traemos a esta página este producto audiovisual que nada tiene que ver con la observación de fauna o el ecoturismo y al tiempo lo tiene todo, que parece que no acabamos de entender, aceptar y comprender, lo que significa que el clima se vaya al garete. De la mano del periodista Iñaki Gabilondo, la miniserie de tres capítulos deambula entre un documental que nos muestra la realidad del cambio climático hoy en día, una larga conversación con tres científicos sobre lo que se ha hecho y lo que se debería hacer al respecto y una historia de ficción que transcurre en el seno de una familia, durante los primeros días de la pandemia. Al final, las tres líneas desarrolladas arrojan una visión muy amplia de la problemática, con un tipo de narración que atrapa al espectador, convirtiendo una producción de marcado carácter científico en un audiovisual para un amplio público.

Iñaki Gabilondo hace las funciones de narrador e introductor de las partes de no ficción.

Repartos de ficción y documental de lujo

Se agradece, y mucho, que desde el principio se exilie cualquier contacto con el negacionismo. Todo en Porvenir se compone desde la premisa -real y ampliamente contrastada- de que el cambio climático esta aquí, afecta de manera más rápida y dura de lo previsto y sus consecuencias nos atañen y atañerán a todos, de tal manera que van desde notablemente mal hasta mortal. Pero en esta miniserie no todo es cambio climático. También está la contaminación, el uso irracional de los recursos, la producción de alimentos, el consumo y, ¡anda!, como todo ello, nos lleva de nuevo al cambio climático. Todos estos agentes se tratan como elementos que, de ser gestionados adecuadamente, pasarían de ser causas a ser soluciones. Las imágenes contundentes y el diálogo de las muy contrastadas voces de Fernando Valladares (director del grupo de Ecología y Cambio Global en el Museo Nacional de Ciencias Naturales y profesor del CSIC), María José Sanz (directora del Centro Vasco de Cambio Climático) y Pedro Jordano (profesor de investigación del CSIC en la Estación Biológica de Doñana y Premio Nacional de Investigación en el área de Ciencias y Tecnologías de los Recursos Naturales 2018) aporta toda la rigurosidad posible a un discurso que, sin abandonar la emergencia, discurre en términos positivos y constructivos .

“Hemos de poner a la naturaleza en el centro de nuestras decisiones”, dice Gabilondo.

Tres capítulos, tres lugares, tres temas.

En cada uno de los tres capítulos, titulados Tierra, Mar y Aire, se visitan lugares emblemáticos del medioambiente y el conservacionismo en España. Doñana se seca y el glaciar del Monte Perdido se deshace, daños medioambientales que difícilmente se podrán solucionar y que desgraciadamente son irreparables. ¿Si esos sitios son Parques Nacionales y teniendo el máximo grado de protección están así, cómo no estarán los territorios en los que habitamos o en los que cultivamos nuestros alimentos? “Hemos de poner a la naturaleza en el centro de nuestras decisiones”, dice Gabilondo. Y respondiendo a esa llamada, el documental también visita a personas qué, con sus iniciativas personales, apoyadas o no por instituciones, han puesto en práctica medidas que van en el buen camino para la recuperación de tierras y su posterior cultivo o la obtención de energía realmente verde, como en la isla del Hierro. La cruda realidad, la toma de conciencia del estado lamentable del planeta y la necesidad de emprender las acciones listadas de manera muy positiva por parte de los tres científicos, se suavizan con las partes de ficción. Y no es que los personajes interpretados por Roberto Álamo, Marian Álvarez, Víctor Clavijo y Stephanie Gil lleven a la pantalla una sitcom desternillante, precisamente. Tres hermanos y la hija de uno de ellos pierden a su madre a causa del covid. Esto desemboca en un viaje en el que tendrán que enfrentarse a sus fantasmas y vidas frustradas, para finalmente salir a flote en un proceso en el que la sostenibilidad es el salvavidas. Un cuento dramático donde el slowfood y la slowlife triunfan. El ritmo de la narración, la alternancia entre las tres líneas y la sabia guía de Gabilondo, apoyado todo ello en un innovador y bravo guion, hacen que Porvenir pueda ser consumido como cualquier otra serie de ficción. Esto es, empiezas por el primer capítulo y no te despegas hasta el punto final.

Guía de aves. España, Europa y región mediterránea

Es una opinión generalizada. Cuando un nuevo aficionado pregunta por una guía con la que adentrarse en el mundo de la identificación de aves, los más veteranos contestan de manera unánime recomendándole, cueste lo que cueste, la adquisición inmediata de la guía negra.

Lo del reto no va en balde, que encontrar un ejemplar de la segunda edición en castellano comienza a ser difícil y su precio se sitúa por encima de los 50€. Precio, que para ser de un libro -teóricamente- de bolsillo, no deja de ser elevado. En cualquier caso, lo cierto es que cada céntimo de euro estará bien invertido. Lars Svensson (Suecia, 1941) es un ornitólogo, especializado en paseriformes, que ya en la adolescencia dedicaba su tiempo a traducir y adaptar guías de identificación británicas a las necesidades suecas. En 1970, con solo 29 años, editó su Guía de identificación de paseriformes europeos. Un año más tarde, era ya una personalidad en su terreno, gracias a sus trabajos de identificación, sus expediciones y publicaciones. En 1999, se publicó la primera edición del volumen que nos ocupa y que desde entonces ha sufrido continuas actualizaciones.

Lars Svensson.

La característica principal de esta guía no es solo la calidad de la información que contiene, sino la densidad de datos por centímetro cuadrado que la Svensson ofrece. Los textos, encomiable labor la de los traductores, se apoyan en una gran, sabia e intuitiva, utilización de las abreviaturas. Entre esto y la disciplina respecto a la economía de lenguaje, Svensson consigue, con los escasos párrafos utilizados para cada especie, aportar una cantidad sorprendente de información.

Las Ilustraciones

El tema de las ilustraciones -obra de K. Mullarney y D. Zetterström- es otro de sus puntos fuertes. Si generalmente en las guías se presenta al macho, la hembra (en el caso de que exista dimorfismo sexual) y, como mucho, un ejemplar juvenil, en esta pequeña enciclopedia se añaden una o más imágenes con algún jizz característico, silueta en vuelo, detalles comparativos con especies semejantes, explicación de los distintos plumajes por edades, si los hubiere, o actitudes en el medio, que ayudan a identificar. En la galería encontrarás ejemplos de todo ello. Además, la precisión en el dibujo es tal que, aún teniendo unas dimensiones pequeñas, la claridad de los trazos y magnífica impresión resalta mucho los detalles clave para la identificación. Esto es así, aunque el usuario tenga la vista cansada. Todo ello se completa con algunas láminas concretas, muy útiles, como la de híbridos de anátidas o los breves sobre las especies divagantes, o las de las aves introducidas y escapadas.

Hay que señalar que este es un libro de consulta. Por sus dimensiones, que no le permiten ser guardado en un bolsillo, y su peso, que sobrecargará en exceso la mochila, es mejor dejarlo en casa. Quizá, como guía de campo, existan opciones mejores.

En definitiva, 450 páginas llenas de información muy precisa que en su conjunto conforman, sí, la que posiblemente sea la mejor guía de identificación general de aves. Es el libro-herramienta que tarde o temprano comprarás.


El fotógrafo de fauna

Antonio Liébana acaba de publicar El fotógrafo de fauna, un libro llamado a convertirse en el manual indispensable para todos los que comienzan en esta especialidad fotográfica.

Para todos los que comienzan y para los que llevan media vida documentando la vida silvestre, ya que Liébana ha tenido la generosidad de contar muchas de las técnicas y trucos personales que él emplea para desarrollar su trabajo. Pero empecemos por la primera página. Estamos ante un manual eminentemente práctico, didáctico y muy real. Está dividido en capítulos y a su vez organizado por categorías que se subdividen en temas. Bien, pues es tan práctico y tan real que el primer asunto que trata lleva por título “El Precio”. A partir de ese punto, desgrana de forma ordenada, lógica y muy sucinta todo lo que el aficionado que se quiera adentrar en este proceloso mundo de la fotografía de animales silvestres necesita saber sobre equipos y principios básicos de fotografía. Se pasan páginas -que como cabía esperar están brillantemente ilustradas- y se empieza a leer sobre composición y situaciones lumínicas especiales, ya para fotógrafos que saben lo que hacen. Y así, como quien no quiere la cosa, uno está leyendo sobre técnicas avanzadas o una interesantísima docena de casos prácticos de cómo fotografiar especies concretas.

Por muy veterano que se sea en estas lides, la profesionalidad y los 25 años de experiencia de Liébana esconden conocimientos interesantes para todo el mundo.

En El fotógrafo de fauna no se deja nada atrás: se tratan temas como la mochila más adecuada, cómo afecta la meteorología a nuestros trabajos y algunos consejos para viajar. Por supuesto, explica técnicas de acercamiento, detalles sobre posaderos y se explaya en el mundo hide. Mucho del trabajo producido por Liébana sale de largas jornadas de espera en todo tipo de escondites, así que no es de extrañar que dedique espacio a los aguardos y sus modalidades y variaciones: hides comerciales y públicos, de lujo, baratos, artesanales, hidrohides, con cristal o de tela, comportamiento dentro del escondite, sillas adecuadas e incluso habla de temperaturas, asuntos fisiológicos o calendarios de ocupación.

Ética fotográfica

También tiene un hueco para introducir el capítulo de la ética fotográfica y el comportamiento que ha de tener el fotógrafo frente a la fauna silvestre, sin olvidarse de la conservación. Ofrece un par de páginas recordando las normas básicas. Este tipo de contenido es frecuente y siempre que toca asuntos potencialmente delicados o directamente peligrosos para los animales no duda en explicar cómo no hay que hacer las cosas, repitiendo en varias ocasiones las máximas esenciales de la fotografía de naturaleza, tales como “el animal prevalece siempre sobre la fotografía”.

La edición del libro es sencillamente excelente y a las impresionantes fotografías, solo por las cuales ya merecería la pena la adquisición de la publicación, se suman unos dibujos y gráficos explicativos muy adecuados. Lo conciso de los textos, yendo directamente al grano con claridad y sin ambages, recuerda a los contundentes párrafos explicativos de Michael Langford en su mítico La fotografía paso a paso.

Tras darle muchas vueltas, solo soy capaz de encontrar un defecto, que al tener tantas ventajas deja de ser defecto y es virtud. El formato, grande y apaisado de proporción 4:6, es una gloria para la reproducción y visionado de fotos. Da gusto abrir el libro y pasar hojas, que siendo tan grandes hacen de abanico para acercarte el olor a buen papel y mejor tinta. ¿Que con esas dimensiones pierde algo de la practicidad propia de un manual didáctico de uso frecuente? Sí. ¿Que muchos grandes libros de este tipo, aunque de otras temáticas, llevan el mismo formato? También. ¿Y que, ¡qué más da!, si además este libro está pensado para ser devorado tranquilamente en un lugar confortable?.


Dejamos para el final el espíritu que Antonio Liébana ha sabido añadir a la publicación. Cabría esperar que, con la infinidad de datos técnicos, dificultades y costes descritos en el libro, el lector se viese abocado a contemplar la fauna desde el balcón, mientras medita sobre lo leído, pero no. El carácter eminentemente práctico y la invitación permanente al factor “disfrute de la naturaleza”, empujan al fotógrafo -ya sea aficionado o profesional- a echarse al monte y poner en práctica lo aprendido. Porque, ¡ojo!, que por muy veterano que se sea en estas lides, la profesionalidad y los 25 años de experiencia de Liébana esconden conocimientos interesantes para todo el mundo.



Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros

Konrad Lorenz dedicó básicamente toda su vida a comprender el desarrollo de aprendizaje en ciertas especies, sobre todo en las aves. Junto a su compañero Niko Tinbergen es, por muchos considerado, el padre de la etología, que comprende el estudio del comportamiento de las especies animales, incluida el hombre. El libro se publicó en 1949 en un momento en que la etología no era aún definida como ciencia autónoma.

A través de sus páginas, encuentras temas aún candentes más de setenta años después de su primera publicación, como la todavía muy actual discusión sobre la necesidad de que la fauna salvaje siga siendo salvaje y no domesticada ni en cautividad, a excepción, por supuesto, de determinados estudios llevados a cabo por profesionales en la materia.

Una de las imágenes más representativas del autor.


Algo bien preciado que tiene su lectura es que a pesar de su rigor científico la manera en la que nos relata sus experiencias es más poética y narrativa, sin dejar de apoyarse en vivencias contrastadas y rigurosas. Ahí radica, desde mi punto de vista, uno de los mayores aciertos del libro y que tiene que ver, a su vez, con una idea divulgativa, pero muy claramente pedagógica de la ciencia; podemos aprender desde un lenguaje claro y cercano, podemos conocer a través de la pasión y del amor de los otros por su profesión sin que por ello esos conocimientos sean menos concisos. Cuando decidí empezar a leerlo, lo hice por el capítulo sobre las grajillas, estoy un poco enamorada de los córvidos en general y de su comportamiento en particular, sin embargo, me cautivó esa primera parte del libro en la que habla sobre varias especies de peces y como es su comportamiento reproductor y social. Nunca hubiera imaginado tanto ingenio en un pez.

Podemos aprender desde un lenguaje claro y cercano, podemos conocer a través de la pasión y del amor de los otros por su profesión sin que por ello esos conocimientos sean menos concisos.

El anecdotario y las descripciones de su día a día resultan tan atractivas que podrías imaginarte dedicándote a eso el resto de tu vida, aun teniendo en cuenta que podría volver loca a cualquiera, como el caso de la gansa Martina. Su manera un poco desfasada de escritura incrementa la ironía y el humor y contribuyen al interés con el que vas adentrándote en sus vivencias, pero es a través de ellas que comprendes que escuchar, convivir y conocer a los animales es lo más maravilloso que te puede suceder.

Si no lo habéis leído, si lo tenéis reservado para hacerlo o incluso si lo queréis volver a leer, tengo que deciros que es muy fácil entregarse a él y que el tiempo pasa volando, yo lo devoré.