Swarovski 8×25: tan pequeños como útiles.

La búsqueda de unos prismáticos que me permitieran caminar durante largos paseos cargando con el equipo fotográfico o el telescopio con trípode (o ambos trastos a la vez), hizo que mi atención se centrase en unos binoculares de bolsillo. Esta fue mi elección.

Una herramienta para tener siempre a mano.

Mis cervicales son el culmen de una condición física que podría ser mejorable en muchos aspectos. Hace años ya me obligaron a cambiar de marca y sistema fotográfico. Mi trabajo como tal, por entonces, me exigía caminar durante jornadas interminables -cargado con equipos ridículamente pesados- que siempre terminaban con vértigos, condicionando mi inquebrantable plan de ir a captar tal o cual escena nocturna.

Aunque el peso de los equipos fotográficos de hoy en día no es el mismo y que el uso de un buen arnés de hombros para eliminar la carga sobre el cuello mejora mucho la situación, en mi caso no era cuestión de ir añadiendo peso a mis espaldas, como si de una mula arriera se tratara.

Y luego está el tema del pulso. La genética me privó de muchas de las virtudes y excelencias de mi madre, pero, como testigo de mi origen familiar, me otorgó ser portador del mal del temblor vital. En mi caso es una pequeña vibración en los dedos que, en momentos de esfuerzos físicos, de un mal descanso o de tener el día loco, empieza a ser más visible. Sobre todo, cuando te echas a la cara unos prismáticos. Con un poco de concentración y cuidando la respiración, la cosa no es para nada limitadora. Pero ¿cómo contener el aliento y la emoción cuando llevas horas subiendo, -cargando con equipos y tras haber dormido poco (maldito chotacabras)- y ves por fin al animal que te ha llevado hasta ese remoto lugar? Mejor un 8x que un 10x.


Una cómoda funda para cinturón viene incluida en la caja.

Teniendo esto claro, me planté en Ópticas Roma, de Madrid. Hay muchas cosas que puedes permitirte comprar por catálogo o en páginas web. Unos calzoncillos, por ejemplo, si son de algodón y tu talla, con elegir el color o el estampado ya están las decisiones tomadas. O, vamos con algo más serio, un objetivo de varios miles de euros: sabes el que quieres o necesitas y no hay tantas posibilidades donde elegir. Lo puedes adquirir en tu web de confianza, que normalmente coincide con la que ofrece un mejor precio, pero sin pasarse. Sin embargo, con los temas de óptica, esto no es tan así. Hay varios condicionantes que exigen probar en primera persona los posibles candidatos. Dicen que no hay dos ojos iguales y que lo que es inmejorable para uno, es medianito para otra. Tras darle muchas vueltas, creo que hay más agentes. Peso, tacto, ergonomía, todo ello en relación con tus sentidos y miembros. A lo que habría que añadir los condicionantes, requisitos y manías personales, sin olvidar las características técnicas. En definitiva, mejor ir y probar y sentirse cuidado por verdaderos expertos.

La elección.

Cuando acudes a una tienda de ópticas de observación, a diferencia de una especializada en calzoncillos, la gracia está en que puedes probar todo lo que más o menos se adapta a tus necesidades. No es como un concesionario de coches, donde te abren las puertas, te sientas, te ponen la miel en los labios y te cascan el presupuesto. En estas puedes mirar a través de ellos, tantear su manejabilidad, espiar palomas o cómo alguien se hurga en la nariz y comprobar así el manejo y tu adaptación a ellos.

Una vez en el establecimiento, un primer despliegue elemental de equipos. Tres prismáticos de gamas media, media-alta y alta para empezar el ritual. Vas comparando de dos en dos, uno en cada mano, buscando defectos. Yo soy muy quisquilloso con las aberraciones cromáticas. Esas líneas azules, verdes o magentas que aparecen en el borde de los objetos, especialmente cuando están a contraluz. Ese coloreado que echa al traste cualquier identificación de un pajarito pardo-verdoso y pequeño en lo alto de un árbol.

Aunque en un principio se trataba de un equipo secundario, algo que iba a trabajar colgado del lado izquierdo, mientras en el derecho está la cámara, tenía que ser necesariamente resistente. Porque sí: cuando tienes dos manos y llevas colgado tu mejor equipo fotográfico, ante la lluvia, el polvo o una caída, a lo demás lo pueden ondular. Quería, pues, algo resistente, estanco, con buen servicio post venta y que no se empañase. Además de ligero, cómodo y pequeño. Tenía que ser una primera marca.

Tras eliminar de la ecuación excelentes opciones de menor categoría, soñé con los buenos de verdad. Allí, sobre el mostrador de cristal, estaban el Swarovski CL Pocket 8×25 y el Leica Ultravid 8×20 BR Aqua Dura.

Ante materiales así, sabiendo que los dos cumplen con creces todas las exigencias técnicas, para decidirse solo queda estudiar cuál se adapta mejor a tus ojos, cuál encaja mejor en tus manos. En definitiva, cuál de esas dos obras maestras, claramente, fue fabricada para pasar grandes y emocionantes momentos contigo.

Y los Swarovski se vinieron al nido conmigo.

Cámara colgada: los 8×25 apenas añaden peso al arnés. Los pequeños oculares pueden ocasionar algún problema que se soluciona apantallando la luz con los pulgares.

… mucho tiempo después…

… aproximadamente dos horas, había descubierto que esta pequeña maravilla entraba en los bolsillos de una cazadora o en los laterales del pantalón. 11 centímetros de largo, plegables a lo ancho, y 345 gramos es lo que tienen. Entonces me acordé de la gran máxima del fotoperiodismo: la mejor cámara es aquella que llevas encima cuando aparece la fotografía ante ti. Estos eran un poco igual. Se acabaron las dudas sobre si aquella gaviota que vi en un paseo por la playa después de comer con unos amigos era cáspica. Estos prismáticos podían venir conmigo en cualquier ocasión y a cualquier parte.

Normalmente, si voy al monte, al campo o al parque (este 2024 ha empezado muy de ir a ver pájaros dónde sea, por cierto) siempre llevo la cámara o el telescopio, o todo a la vez. Así que esa idea inicial de situar a los 8×25 como “secundarios” y primar el uso de mis prismáticos grandes pasó rápidamente a un segundo lugar y estos pequeñines se han convertido en inseparables.

No voy a cometer la estupidez de decir que no tienen defectos. De hecho, voy a listarlos por si a alguien le son útiles.

* Que sean plegables tiene sus ventajas, pero al hacerlo sobre dos ejes, abrirlos para que la distancia entre los oculares y los dos ojos coincida lleva, materialmente, el doble de tiempo. Todos sabemos que tardar dos segundos, en lugar de uno, a la hora de fichar un pajarillo nervioso y fugaz, es un mundo. Aunque te haces pronto a ello, hay que tenerlo en cuenta y recordar guiñar un ojo y no perder tiempo en caso de necesidad.

* Por esa misma razón, no es un equipo apto para compartir durante una salida.

* Tengo manos normales, quizá tirando a grandes, y no tengo problemas de uso con estas lentes. Pero quizá a alguien con dedos gruesos y una mano de mayores dimensiones estos prismáticos le resulten como un cacahuete en la boca de un mastín: imposibles de asir y manejar.

* Los cristales son buenos y dan mucho de sí. Es el caso de ese limitado 25 de luminosidad, que arroja una pupila de salida de tan solo 3,25mm . Se comporta muy bien en zonas de sombra y bosque, tiene un contraste muy ajustado y ni rastro de aberraciones cromáticas. Responde en días extremadamente bajos de luz, pero cuando baja el sol se te acaba la fiesta antes que a nadie.

* Son unos binoculares de localización, para una observación pausada no son cómodos. Su campo de visión de 119m a una distancia de un kilómetro tampoco te permiten ver la escena en toda su extensión. No son los más indicados para escanear la ladera de una montaña boscosa en busca de una manada de lobos.

* Sobra decirlo, son 8x y si tu lugar de campeo favorito son unos humedales o te apasionan las marinas, estos no son tus prismáticos.


Se trata de limitaciones más que de defectos. Para subsanarlos solo hay que irse a unos 10×42 o más allá, es sencillo.

Por lo demás, son unos binoculares discretos, que sin correa llevas en la mano con total seguridad, resistentes a la intemperie -mi unidad ha probado el agua de mar, la lluvia y la fina arena del Sáhara sin decir ni mu- y con toda la calidad de una marca con un prestigio conseguido haciendo las cosas bien.

Tienen un precio que ronda los 800€, similar a los prismáticos tope de gama 8×42 u 8×44 de casas como Minox, Nikon o Kite, excelentes marcas de gama media o media/alta. Entiendo que la “menor” cantidad de cristal -que es lo realmente caro en la óptica- de tener una luminosidad reducida de tan solo 25 (el diámetro de la lente frontal), hace que puedas tener la calidad de una primera marca por la misma cantidad de dinero. Y, de verdad, y aquí sí me mojo, ese extra de calidad general que ofrece la marca suple muy bien la limitada luminosidad de este pequeño modelo. 

EN PRIMERA PERSONA.

Por nuestras manos pasan muchos equipos ópticos y fotográficos de todo tipo. Unos son adquisiciones, otros son fondo de armario y otros son préstamos por parte de comercios especializados o marcas. Pero, por el momento, no nos debemos a nadie y no hay ni perras ni favores de por medio. Las opiniones vertidas en los artículos bajo este epígrafe tratan de ser lo más equilibradas, sinceras y amplias. Pero no serán del todo objetivas, ya que responden exclusivamente a nuestros gustos, querencias y experiencias.

No somos ingenieros ópticos ni técnicos especialistas. Somos usuarios con espíritu crítico y con el ojo hecho a estos temas, por años de profesión fotográfica.


AEFONA se pasea por las Tablas de Daimiel.

Aún con la noche cerrada rodeándolo todo, los vehículos de los socios de AEFONA se dirigían a la entrada del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel. Este espacio, que ostenta la máxima protección desde el año 1973, tiene la buena cosa de ofrecer un área de interés suficientemente amplia, para que el visitante pueda disfrutar de la fauna y flora y hacerse una idea muy real del Parque Nacional y los motivos de su protección, sin que eso suponga abrirlo a la vorágine de curiosos, observadores y fotógrafos.

Porque siempre conviene recordar que los fotógrafos de naturaleza y fauna silvestre podemos llegar a ser un elemento muy dañino. Ya sea de forma puntual o continuada, o por la gestión que hagamos de nuestra afición o profesión -en cualquier caso, pasión- los fotógrafos, si nos descuidamos, nos convertimos en un agente nocivo para la biodiversidad. No hace falta profundizar en este punto: lo sabemos propios y ajenos.

Por eso, ahora que este tipo de actividad está tan en boga, es imprescindible la existencia de asociaciones como AEFONA. Velar por una práctica sensata de la actividad es defender su continuidad. Y proponer un desarrollo sostenible de este tipo de fotografía es cuidar de su futuro. En el caso de AEFONA, la preocupación -que podríamos llamar fundacional- por mantener una línea de reafirmación del potencial conservacionista de la fotografía, así lo manifiesta. Ahí queda el decálogo sobre fotografía ética, que debería ir impreso y adjunto con cada objetivo de más de 400mm de distancia focal que se venda.

AEFONA tiene reservado con carácter perenne el puente de diciembre, el de la Constitución, para celebrar su congreso anual. Todos los años, como una tradición, fotógrafos y fotógrafas de naturaleza ponen rumbo allá dónde la Junta Directiva propone. Esta era la ocasión número 31. Durante los días del evento, además de la junta anual de socios, se suceden conferencias, exposiciones, presentaciones y mesas redondas. Ya sea a través del concurso de la asociación, de la expo temporal, de los libros o las introducciones a sus trabajos dentro del programa oficial, los miembros aparcan por unos días los visionados vía Instagram y practican el excelente ejercicio de la contemplación del trabajo de los demás en directo. ¡Qué manera de aprender!

La asociación está viva y se actualiza. Hay socios, fotógrafos de la vieja guardia, que recuerdan lo difícil que era todo cuando había que pelearse con las diapos. El vídeo y los drones culebrean entre las instantáneas abriéndose hueco. Los asistentes permanecen absortos ante la brillante calidad de la joven fotógrafa, que se convierte en referente instantáneo. Todo junto a jóvenes fotógrafas y fotógrafos marcando el ritmo del futuro con sólidas ideas. ¡Qué manera de aportar y trabajar por la asociación!

Una concienzuda organización y un uso de los contactos muy adecuado. Se manejaba la posibilidad de que los más interesados en entrar en el Parque Nacional pudieran acceder, de manera excepcional y en número limitado, a algunas partes de la zona de reserva. Finalmente se anuló. Por lo visto, el nivel de desecación del Parque y la proporcional ausencia de fauna hacían más recomendable la visita a la zona abierta al público: “A nadie le gusta que vean su casa sin barrer”, parece ser que comentó el enlace en el organismo público.

Rompiendo la oscuridad, la luz de los faros iluminaba una interminable cantidad de cultivos alineados, filas paralelas de árboles de dimensiones ridículamente iguales, como parterres versallescos, pero con el suelo roturado, en lugar de cuidado césped. A través del rabillo del ojo, el ritmo constante del pasar del ejército de ramas entra en la materia gris creando una vibración que no ayuda, en absoluto, a mantener la forzada vigilia.

Son olivos jóvenes. De intensivo, con su regadío y dimensionados para que la máquina que lo hace todo pase entre ellos recogiendo el fruto. Arrancaron los viejos. Este nuevo sistema es mucho más rentable. Se apuesta todo a unos pocos años de vida del árbol, se exprime a tope y en unas temporadas se reemplazan. No se dejan crecer en altura y, vistos desde arriba, son como un seto -estrecho, largo y cuadriculado- para que la máquina pase entre ellos sin posibilidad de engancharse con las ramas. Una planta de producción robotizada al aire libre.

Entre sus inconvenientes, las aves que se refugian en ellos por la noche y que mueren al ser sorprendidos por el robot vareador durante la recolección nocturna. Nocturnidad por intensivo y porque, dicen, se extrae más aceite debido al fresco de la noche.

Divididos en dos grupos, los socios caminan al amanecer por los senderos y pasarelas del Parque. Hay un interés especial por ver a las grullas. Sorprendente, no es el mejor lugar para ello. El cielo es gris plomo y el sol solo asoma de forma ocasional y muy desganado. Grullas y gansos rompen el silencio y atraviesan el cielo, muy bajos. Patos colorados nadan tranquilamente. Todos los habitantes parecen estar, hasta cierto punto, acostumbrados a la presencia humana, incluida la confiada pareja de cerceta pardilla. Personas con cámaras de fotos en un día perfecto para tomar instantáneas.

En el último tramo del recorrido, casi junto a la salida, se escucha un borboteo grave, profundo. La zona abierta al público general del Parque Nacional se mantiene con agua gracias al aporte artificial. Se riegan cultivos artificiales y se riegan artificialmente sistemas lagunares naturales.

Olivos en regadío. Aves muertas y regadíos junto, pegado, a un Parque Nacional que se muere de sed. Arriba decía “desecado” y no “víctima de la sequía”. No era un error.

Ojalá fuera tan fácil actualizar los criterios y protocolos encaminados a asegurar el futuro y buen estado de un espacio natural como lo es en el caso de una asociación.


Aves de España y de Europa. Una guía (fotográfica) de identificación.

Aún felices por poder tener en mano las famosas fichas Zumeta digitales en formato libro ( Atlas de identificación de las aves continentales de la Península Ibérica , Blasco-Zumeta y Heinze, Tundra Ediciones 2023) y por el lanzamiento de la 3ª edición de la mítica e inigualable guía de campo Svensson ( Guía de aves. España, Europa y región mediterránea , Svensson, Mullarney y Zetterström, Ediciones Omega 2023), esta última editorial nos sorprende con la impresión en castellano de Aves de España y de Europa: una guía de identificación, escrita por Rob Hume, Robert Still, Andy Swash y Hugh Harrop.

Como muestra de la renovada y contundente apuesta de Omega por el mundo pajaril, nos fijaremos en un precioso detalle. Ambas guías, la Svensson y esta que hoy os presentamos, tienen en portada al pechiazul. Como elemento diferencial, la tapa de una es un hermoso dibujo y la de la otra una espectacular fotografía.

La guía está abalada por BirdLife International y utiliza el tratamiento de las especies y subespecies, así como los nombres científicos que marca esta organización. Esto lleva a la paradoja de que, en las dos guías, editadas por la misma empresa y en el mismo año, la curruca zarcerilla aparece de dos maneras diferentes: en la clásica, como “Sylvia curruca” y en la novedosa, como “Curruca curruca”. Un sinsentido que realmente debería terminarse con una conciliación universal de la nomenclatura.

Un ejemplo de collage de identificación de actitudes y especies que pueden generar conflicto.

Dos datos definen el concepto con el que se creó esta obra: se trata de un manual de identificación (no una guía de campo) y las ilustraciones son fotográficas. Lo primero significa que nos encontramos con un libro que, a pesar de sus dimensiones contenidas (24×17 cms), sus 640 páginas de excelente papel de calidad fotográfica lo convierten en un volumen pesado. En cuanto a lo segundo, solo cabe maravillarse de los magníficos resultados fotográficos que se obtienen al aplicar una perspectiva científica.

Es, efectivamente, una guía de identificación. Todo en ella está destinado a convertirse en una máquina de papel para definir el ave que estamos viendo. La primera sorpresa agradable es que la estructura de cada apartado es diferente: no es igual identificar gaviotas -con sus plumajes juveniles, tan complejos y semejantes- que limícolas y sus mudas de reproducción o rapaces, con las diferencias por edades, sexo y fases, todo ello, en vuelo y paradas. Como detalle interesante, si una especie tiene un conflicto de identificación con otra u otras aves, han incluido un cuadradito verde bien visible con los nombres y páginas donde las puedes encontrar de forma inmediata.

Una ficha cualquiera incluirá diferentes plumaje teniendo en cuenta mudas o edades.

Si el grupo, o fracción de grupo, de aves así lo requiere, el apartado comenzará con una lámina compuesta por fotografías de los pájaros involucrados, en actitudes semejantes. Por supuesto, si el conflicto de identificación lo generan las edades, sexos o subespecies, también saldrán reflejados. Por ejemplo, “Alcas y afines” comienza con dos collages titulados “Alcas y afines en vuelo”, uno, y “Alcas y afines” en invierno”, el otro.

Una vez terminado el compendio de aves del continente -con los escribanos, claro-arrancan los apartados para rarezas (muy extenso), divagantes e introducciones. El conjunto total de especies tratadas en el volumen es de 928, que son el total de las registradas en Europa. Para ello, los autores han empleado 4.700 fotografías, obtenidas gracias a la colaboración con agami.nl, que es una agencia de stock fotográfico especializada en aves, asombrosamente amplia.

Podría parecer que toda esta extensión y amplitud llegaría a complicar un uso rápido de la guía. Nada más lejos de la realidad. Hay que hacerse a su peculiar diseño, a cómo este libro te entrega la información, y confiar en el magnífico trabajo de los maquetadores. Llegado este punto, hay que describir el índice. Se acabaron los megacapítulos tipo “limícolas”. En este libro esa categoría la componen 12 apartados. En total -sin contar rarezas y divagantes- son 97 divisiones de aves, cada una de ellas ilustrada con un ave referencial que, de un solo vistazo, te pone sobre la pista en tu proceso de identificación. Para hacerse una idea, el índice de la Svensson lo conforman 65 apartados.

La guía tiene muy en cuenta los «jizz» de las especies.

En definitiva, estamos ante una herramienta de identificación muy útil. Apta para noveles, útil para avanzados, indispensable para fotógrafos de fauna y fundamental para veteranos, a los que difícilmente aportará algo nuevo, pero que necesitarán perentoriamente tener un futuro clásico en su nutrida librería.

Como fabricar una funda para teleobjetivo.

No, no es tan bueno como los de fabricación industrial y no protege tanto del agua, pero es 30 veces más barato y un sustituto accidental si las marcas no fabrican o importan uno para tu modelo de lente.

Arrancamos nueva sección: fotografía. Y lo hacemos de una manera un tanto rara. No es un editorial que indica la senda que seguiremos, no es un reportaje en profundidad sobre un autor o una técnica, ni una toma de contacto con un nuevo equipo. Lo hacemos con un tutorial, en vídeo, y que además es el primero que hacemos. El vídeo, en formato tutorial clásico, realizado con todo el cariño, consiste en una adaptación del sistema ya presentado por Manuel Mariscal, y empleando materiales económicos y fáciles de conseguir.

Esperamos que os se útil y ya nos contareis en comentarios que os parece y como lo habéis adaptado a vuestros objetivos.

El fotógrafo de fauna

Antonio Liébana acaba de publicar El fotógrafo de fauna, un libro llamado a convertirse en el manual indispensable para todos los que comienzan en esta especialidad fotográfica.

Para todos los que comienzan y para los que llevan media vida documentando la vida silvestre, ya que Liébana ha tenido la generosidad de contar muchas de las técnicas y trucos personales que él emplea para desarrollar su trabajo. Pero empecemos por la primera página. Estamos ante un manual eminentemente práctico, didáctico y muy real. Está dividido en capítulos y a su vez organizado por categorías que se subdividen en temas. Bien, pues es tan práctico y tan real que el primer asunto que trata lleva por título “El Precio”. A partir de ese punto, desgrana de forma ordenada, lógica y muy sucinta todo lo que el aficionado que se quiera adentrar en este proceloso mundo de la fotografía de animales silvestres necesita saber sobre equipos y principios básicos de fotografía. Se pasan páginas -que como cabía esperar están brillantemente ilustradas- y se empieza a leer sobre composición y situaciones lumínicas especiales, ya para fotógrafos que saben lo que hacen. Y así, como quien no quiere la cosa, uno está leyendo sobre técnicas avanzadas o una interesantísima docena de casos prácticos de cómo fotografiar especies concretas.

Por muy veterano que se sea en estas lides, la profesionalidad y los 25 años de experiencia de Liébana esconden conocimientos interesantes para todo el mundo.

En El fotógrafo de fauna no se deja nada atrás: se tratan temas como la mochila más adecuada, cómo afecta la meteorología a nuestros trabajos y algunos consejos para viajar. Por supuesto, explica técnicas de acercamiento, detalles sobre posaderos y se explaya en el mundo hide. Mucho del trabajo producido por Liébana sale de largas jornadas de espera en todo tipo de escondites, así que no es de extrañar que dedique espacio a los aguardos y sus modalidades y variaciones: hides comerciales y públicos, de lujo, baratos, artesanales, hidrohides, con cristal o de tela, comportamiento dentro del escondite, sillas adecuadas e incluso habla de temperaturas, asuntos fisiológicos o calendarios de ocupación.

Ética fotográfica

También tiene un hueco para introducir el capítulo de la ética fotográfica y el comportamiento que ha de tener el fotógrafo frente a la fauna silvestre, sin olvidarse de la conservación. Ofrece un par de páginas recordando las normas básicas. Este tipo de contenido es frecuente y siempre que toca asuntos potencialmente delicados o directamente peligrosos para los animales no duda en explicar cómo no hay que hacer las cosas, repitiendo en varias ocasiones las máximas esenciales de la fotografía de naturaleza, tales como “el animal prevalece siempre sobre la fotografía”.

La edición del libro es sencillamente excelente y a las impresionantes fotografías, solo por las cuales ya merecería la pena la adquisición de la publicación, se suman unos dibujos y gráficos explicativos muy adecuados. Lo conciso de los textos, yendo directamente al grano con claridad y sin ambages, recuerda a los contundentes párrafos explicativos de Michael Langford en su mítico La fotografía paso a paso.

Tras darle muchas vueltas, solo soy capaz de encontrar un defecto, que al tener tantas ventajas deja de ser defecto y es virtud. El formato, grande y apaisado de proporción 4:6, es una gloria para la reproducción y visionado de fotos. Da gusto abrir el libro y pasar hojas, que siendo tan grandes hacen de abanico para acercarte el olor a buen papel y mejor tinta. ¿Que con esas dimensiones pierde algo de la practicidad propia de un manual didáctico de uso frecuente? Sí. ¿Que muchos grandes libros de este tipo, aunque de otras temáticas, llevan el mismo formato? También. ¿Y que, ¡qué más da!, si además este libro está pensado para ser devorado tranquilamente en un lugar confortable?.


Dejamos para el final el espíritu que Antonio Liébana ha sabido añadir a la publicación. Cabría esperar que, con la infinidad de datos técnicos, dificultades y costes descritos en el libro, el lector se viese abocado a contemplar la fauna desde el balcón, mientras medita sobre lo leído, pero no. El carácter eminentemente práctico y la invitación permanente al factor “disfrute de la naturaleza”, empujan al fotógrafo -ya sea aficionado o profesional- a echarse al monte y poner en práctica lo aprendido. Porque, ¡ojo!, que por muy veterano que se sea en estas lides, la profesionalidad y los 25 años de experiencia de Liébana esconden conocimientos interesantes para todo el mundo.