Biometría de un encuentro; biometría de vida.

En este libro hay muchos kilómetros. Y hay deseo por hacer. Por seguir haciendo. Por no parar de hacer. Porque es un libro de vidas. Hay vidas entregadas, otras vidas plenas y algunas reventadas. Hay finales de vidas en atardeceres naranjas que quitan la respiración al lector porque una noticia le taja el pecho a la altura de los pulmones. Sí, hay lágrimas: claro, va de vidas. Y hay deseo y amor. Amor innegociable por especies, espacios, géneros y familias. Hay, se intuyen, miradas de amor. Hay un abrazo de despedida que no cabe en una cabaña de madera. ¿Te das cuenta de que si no te despides no te mueves? Sin un abrazo no puedes ir a conocer lo siguiente. También va de eso. De una colección de adioses. 40 retratos, en 31 lugares diferentes, en 55 semanas. 

Venga, lo voy a decir: es una jodida road movie literaria. Al menos eso es lo que parece, con miles de kilómetros de carretera, coches que cargan cuerpos agotados y felices y también coches que consumen demasiado. Coches en tres continentes y treinta provincias por lo menos. Cafés y cervezas que se beben en gasolineras de polígonos industriales. Y hay mucha comida. Si no fuese porque la intención era hacer un libro sobre pajareros y pajareras, podría ser una guía gastronómica para gente que se ha ganado el apetito a base de hacer lo que más les gusta. Hay viejos amigos, nuevas amigas, unos que quizá dejaron de serlo y otros que hay que cuidar. Y todo ocurre rápido: apesta a roadmovie. A ver, que se me entienda, no es una frenética novela de carretera, con las cosas sucediendo a la misma velocidad que los kilómetros caen bajo las ruedas de un Mustang Fastback del 67. El autor, Carlos Lozano (Madrid 1974) no está para esas monerías, que ya tiene 4 títulos publicados, 7 continentes visitados y 80 países recorridos buscando sus fetiches alados. Pero cuando hablas con 40 personas con asombrosas cosas que contar, todo va rápido. Al menos, las páginas al leerlo pasan fulgurantes. Y son quinientas. Bufff, leo la definición que la RAE pone de fulgurante: 1. adj. cult. Que fulgura. En la oscuridad del campo se ven las fulgurantes estrellas. Dejo el adjetivo, va bien.

¿Sabéis lo del número Bacon? ¿Aquella teoría basada en el concepto de los «seis grados de separación» que mide la cercanía de cualquier actor o actriz con Kevin Bacon en el mundo del cine? Pues me atrevo a asegurar que cualquier pajarero, cualquier observadora de fauna o, incluso, cualquier persona que esté leyendo esto tiene un número Bacon de uno o, a lo sumo, dos con los personajes de este libro. Así de cercano nos ronda el tema. Pero casi que dan lo mismo los nombres. De hecho, creo que sería interesante pasar el velo de los pseudónimos y evitar así la tentación -muy humana- de leer con la mera intención de stalkear al conocido, como si de adolescentes y redes sociales se tratase. ¡Caray, que es un libro! No es un compendio de fotos sonrientes con las mejores poses, ni comentarios de 150 caracteres para resumir experiencias inolvidables y envidiables. Es literatura. Son tallas esculpidas en papel a golpe del cincel de palabras dichas en unas pocas horas. Leer de principio a fin, en orden y sin otro motivo que disfrutar de lo que tienes entre las manos.

Yo lo voy a hacer en esta reseña. Voy a evitar nombres y procurar no reventar ninguna de las historias. Pero no son todos y ni siquiera están en orden.

Es un viaje que empieza galopando con William Munny por un territorio con menos ley de la que debería haber. Sigue por una montaña de lágrimas que se escapan entre los dedos del cuenco que han formado con sus manos una pareja que, por más que lo ha intentado, no ha conseguido salvar una especie. Está el capítulo del que lo da todo siempre, que quizá dio demasiado y que se puede intuir que ya no le queda mucho más por dar. Y está, por supuesto, el del rayo negro que lo parte todo en la página 171. Estos tres capítulos van de tristes a desoladores, al menos para mí.

¡Qué bonito leer sobre golondrinas fieles a un porche y qué melancolía deja suspendida en el aire el cuadro del Temerario colgado en la pared de un artista en Algeciras! Ahí también hay un último viaje sobre fondo naranja. Y habiendo dado la vuelta al jamón vital, estas cositas no pasan inadvertidas.

Son días pasados con gente que supo encontrar la pasión. Con decisión, cada cual a su manera y en su terreno.  

La que lo cuenta todo, lo público y lo privado, lo notorio y lo anecdótico, con la misma rabia y frenesí con la que parece estar viviendo una vida bien vivida ¡Qué envidia de espontaneidad y libertad para decir!  

La historia de la guardiana de los buitres, que se crió entre comandos anarquistas y ahora se defiende con soltura en el territorio comanche, mientras consigue -al menos por una noche- que sioux, tahúres, el séptimo de caballería y hasta el mismísimo Búfalo Bill firmen un armisticio a base de discusiones y, otra vez, cantidades de alcohol incompatibles con madrugones.

La pareja que supura cariño por sus dos corazones y medio y sus dos prismáticos y logra que una salamandra se convierta en una declaración de amor a los cuatro vientos. 

El tipo genial que lo tenía todo al alcance de la mano para disfrutar el 15% de su tiempo con las aves y todo lo dejó por ver pájaros durante el 100% de sus días. ¡Qué valor! 

Y así hasta 40. Mujeres y hombres que están en esto por 40, 80 o 1000 razones diferentes. Todos sin medias tintas, sin ambages ni tonterías. Y me temo que en la mayoría de los casos sin esperar nada a cambio, salvo disfrutar de una sana sinrazón.

No son memorias, ni semblanzas, ni angiografías no invasivas. Son las narraciones de unos encuentros durante los cuales el autor pudo tomar las medidas de los pajareros y pajareras con los que se encontró. 

Y luego están las 31 ilustraciones de magníficos artistas. Es bonito que la imagen que ilustra el capítulo de una persona no sea de esa persona, si no del ave que mejor lo representa.

No quiero hojear las biometrías para escribir esto. Quizá haga nueve meses que lo leí y después de haber escuchado al autor en muchas presentaciones públicas y haber hablado con él sobre el libro, tengo ganas de escribir sobre Biometría. No en caliente ni con el libro aun quemando entre mis manos, sino reposado y con el sabor que dejó en su día en la boca. Lo que se me clavó en la cabeza y aún aguanta ahí. Pero reviso el índice y me sorprendo en un alarde de memoria recordando bastante de la mayoría de las biometrías. No es para menos. Son días pasados con gente que supo encontrar la pasión. Con decisión, cada cual a su manera y en su terreno. Y todo eso también está en las palabras de Carlos y como tal se transmite. Sincero e impecable, cargado de humor, ironía y muy transparente, contando de sí mismo. Siendo el 41 biometrizado.

Al recordar lo leído, ya con los neones de las sorpresas apagados, las carcajadas de los momentos compartidos convertidas en sonrisas de medio lado (viví con Lozano hasta cuatro de los encuentros) y las personas reconocidas en su esencia por lo leído, me siento muy afortunado. Estoy involucrado en un mundo lleno de personas que merecen la pena. Ahora tengo 1000 razones para estar.

– Lo tiene todo.

– Claro, idiota, es que va de la vida.

– Biometría de un encuentro, editorial Guardabosques 2025.

– Tonto el que no lo lea.

UN VIAJE INICIÁTICO DESDE EL NIDO

El Vuelo del Grajo, desde su nuevo espacio de intercambio, nos regaló un viaje a través de la literatura de naturaleza, un periplo de altura, capitaneado por un zarapito fino.

La novela ¡Por todos los escribanos hortelanos!, de Carlos Lozano Robledo, editada por Bichomalo libros fue el pretexto y punto de partida del encuentro que tuviera lugar el pasado sábado 18 de febrero en El Nido.

Junto al autor y a la ilustradora del libro, María Álvarez Orgaz, el encargado de conducir el acto y darnos a conocer al zarapito protagonista fue el periodista Pablo Caruana Húder, crítico y especialista en artes escénicas, y, sobre todo, avezado lector, que confesó haber disfrutado con la historia de Fino, el ave protagonista de la novela de Robledo.

Comenzó Pablo su exposición realizando un estudio taxonómico de la obra, proporcionándonos características físicas del libro, al modo en que los biólogos hacen con las especies que estudian. Nos estábamos acercando al mundo de las aves.

A continuación, para entrar en harina, Pablo leyó un fragmento sobre los escribanos hortelanos que dan nombre a la novela, centrándose en la tradicional y vergonzante costumbre culinaria que se remonta al siglo XVII de cebar a los escribanos hortelanos y ahogarles en Armagnac, para mayor disfrute de los comensales, que vieron cómo se prohibía esta liturgia, a finales del siglo pasado.

A partir de estas palabras, que sirvieron como denuncia, botón de muestra de lo que los humanos somos capaces, Lozano ofreció datos de censo de estas especies en peligro de extinción. Ya estábamos claramente posicionados al lado de las aves y, por ende, preparados para emprender el vuelo.

Desde este momento, el auditorio congregado, compuesto por biólogos, observadores expertos y otras aves ajenas a la biología, la fauna y la observación, disfrutamos de la literatura con mayúsculas y de las aventuras del zarapito y sus alados amigos que, provistos de cualidades humanas, se convirtieron durante casi dos horas en compañeros de tarde.

Fino, el zarapito protagonista de ¡Por todos los escribanos hortelanos! emprende un viaje desde Asia, atravesando la estepa rusa y la vieja Europa, hasta llegar a África. Fino busca la comida que le permita volar kilómetros y kilómetros, pero, sobre todo, busca ese cisne negro que le acompañe más allá del día a día. Ese motivo para seguir viviendo.

El viaje, las migraciones y su inevitable traslación al contexto humano quedaron patentes, como no podía ser de otra manera.

Lozano que como hemos dicho humaniza a los animales a los que describe y que participan en la novela, profundizó en el sentir del protagonista, en su soledad, hasta llegar al momento de la depresión de Fino, aludiendo al tiempo en que, recalado en Marruecos, carece de fuerzas para levantar el vuelo. En este momento, los oyentes congregados empatizamos, más aún, con el ave.

Nos estábamos convirtiendo en pájaros. Como propusiera Kafka en su Metamorfosis, pero de forma infinitamente más amable.

Ya estábamos integrados como parte de la pandilla que acompaña a Fino en la ficción, dejándonos llevar y saboreando las anécdotas que trufan el discurso de autor y presentador.

Caruana -que traza un paralelismo entre la novela de Carlos y aquellas de aventuras que firmara Jack London y que tanto nos hicieran disfrutar- plantea una serie de preguntas a Lozano, gracias a las que descubrimos datos, nuevas especies de las que muchos no habíamos escuchado hablar y curiosidades como el número de horas de autonomía en vuelo.

Destaca Pablo que, si bien los personajes están humanizados y así reza el subtítulo de la novela, en su opinión, no se trata de una fábula, no hay un mensaje ejemplarizante. Lozano no es Samaniego, ni quiere serlo. Lozano, profesor de instituto habituado a la dialéctica y al uso oral de la palabra, responde rápido y ágil a las preguntas de su entrevistador, con ironía y a veces hasta con retranca que desata la carcajada en el auditorio.

Caruana señala en un momento de la conversación el hecho de que el autor parece haber leído a Sócrates y sus discípulos y cómo en los diálogos queda patente esta lectura. Nos queda claro entonces que Lozano no quiere sentirse seguidor de, ni influido por, pero, que si encabeza los capítulos con citas de autores, como Dickinson, Borges, Keruac o Dylan es más que probable que los haya leído, aunque en la charla citara a Ibañez y una anécdota protagonizada por el autor de Mortadelo y Filemón para, humildemente, desentenderse de estas influencias.

Para el final quedan las evocadoras ilustraciones de María, que, sentada al lado de Carlos destaca la locura de su autor y de la propuesta que acaba fascinándola y para la que hizo frente al lienzo en blanco, ilustrando las descripciones de Lozano, con color y calor.

Si la novela, según pudimos constatar, está cuajada de humor, la tarde también lo estuvo, de la mano de estos tres autores, que tuvieron la gentileza de acercarse a El Nido y que nos hicieron planear metros arriba en lo que para algunos de nosotros significó un viaje iniciático hacia la literatura de naturaleza.

¡Por todos los escribanos hortelanos!

Dejando de lado la bíblica paloma, el ave con capacidades intelectuales humanas más famosa de la literatura en clave de fábula es, sin duda, Juan Salvador Gaviota (Richard Bach, 1970). La protagonista sufre todo un proceso de superación personal que la lleva a buscar -a muerte- la libertad individual frente al grupo. Se embarca en una carrera por ser la gaviota que vuela más rápido, más alto y la más capacitada para las acrobacias, logrando así la gloria eterna, planeando entre seres plateados. Teñido todo ello de una pátina de prosa post-hippy.

En realidad, se trata de un canto a las virtudes del capitalismo frente al comunismo de la guerra fría, escrito -muy bien, por cierto- por un antiguo piloto de las fuerzas aéreas norteamericanas que describe, de manera vibrante y sentimental, el proceso de superación deportiva de los aviadores. El autor hace gala de un conocimiento muy esmerado de las leyes de la aerodinámica y del indomable espíritu humano, al tiempo que pone de manifiesto cierto desconocimiento de la naturaleza de las gaviotas.

Nos gustan las aves. Dedicamos mucho tiempo y recursos a ir a observar pájaros. Miramos con ojos golosones la publicación de cualquier nueva edición de una guía de identificación que ya está en nuestra biblioteca personal. Y, la inmensa mayoría hemos disfrutado, más de una vez, del libro de Bach.

A grandes rasgos, estamos dispuestos a devorar cualquier publicación en la que los pájaros sean los protagonistas. Interesantísimos estudios científicos, descripciones etológicas y taxonómicas y -por suerte, muy abundante en las últimas décadas- literatura de acercamiento a la avifauna, desde una perspectiva más sensible: compilaciones sobre sorprendentes demostraciones de inteligencia, profundizaciones comprensibles acerca de sus capacidades sensoriales, e importantes esfuerzos para sensibilizar sobre la interacción entre los seres humanos y los emplumados. Pero, casi siempre desde un punto de vista antropocéntrico: todo contado, enumerado y evaluado desde la elevada perspectiva sapiens.

Al protagonista de ¡Por todos los escribanos hortelanos! (Carlos Lozano Robledo, 2022. Bichomalo libros) lo único que le importa es sobrevivir, comer y reproducirse. Para ello -y como todas las especies migradoras- tiene que hacer un gran viaje. En contraste con la famosa gaviota, este zarapito está motivado por cosas de pájaros, hace cosas de pájaros y siente cosas de pájaros. Por supuesto, claro, el autor sabe de lo que está hablando.

El héroe homérico es Fino, un joven miembro de la especie zarapito fino. Para conocer la realidad de esta especie basta con abrir por la página 170 de la versión española de la 2ª edición de la Svensson. Tras los nombres común y científico, figura un lacónico “¿extinguido?”. Por desgracia, en la tercera edición han sustituido la palabra por una rayita larga, que más que guion ortográfico parece línea que representa el momento en el que el monitor de constantes vitales del quirófano deja de ser necesario.

Te da un uppercut de izquierda, para dejar tu corazoncito sintiente a la altura y distancia idóneas para lanzarte un directo verbal con la derecha y hacer que beses la lona emocional.

Lejos de limitarse a narrar una aventura de ficción, Lozano lo que propone es una invitación a que el lector viva este viaje desde la perspectiva del animal. Así, por ejemplo, describe con detalles físicos cómo siente el ave el impulso de iniciar el gran viaje; cómo se materializa visualmente el mapa de la ruta que ha de seguir o cómo percibe el rastro de la senda de los bandos migratorios en el cielo nocturno. Una vez más, ninguna de estas descripciones se asemeja a una percepción o sentimiento humano.

Muchos de estos impulsos “orníticos” responderán a datos científicos contrastados: seguro que la etología del protagonista estará bien fundamentada o basada en especies próximas de las que sí se tienen datos. Pero otros saldrán de la calidad literaria y creativa del autor. Y ahí radica la belleza de este libro: ¿qué amante de las aves no ha querido alguna vez sentirse como un pájaro?

¿Quieres sentirte ave? Pues toma dos cucharadas.

Esta también es una frenética novela de viajes, en el sentido más clásico de la temática. Como tal, el protagonista, con el velo lechoso de la soledad siempre a cuestas, recorre un fatigoso camino que le llevará a conocer los paisajes más oscuros de su propia existencia. Inevitablemente, se irá encontrando con otras aves que le prestarán ayuda para superar las duras pruebas a las que se tendrá que enfrentar. En el camino, se adentrará en la pesadilla más desasosegadora de cualquier ser sintiente, incluidos bípedos: el acto o estado anímico que toma vida propia y la inercia consecuente que te lleva en volandas en una dirección por la que ya no quieres ir. Dolor y terror.

A todo esto, con decenas de especies que se entienden, que dialogan, tienen acentos que denotan sus orígenes (¡sí, de idiomas humanos!) e incluso se hacen gestos emotivos, “sí es que un zarapito puede sonreír”. ¡Es una fábula! A pesar de tener todos los ingredientes para ello, Lozano consigue no zambullir su texto en una piscina de sentimientos humanos y mantiene el drama en la profundidad de ese sentir animal que ha creado. Pero, ¡ojo!, eso no quiere decir que la novela carezca de pasiones. De hecho, está cuajada. Por ilustrar (cuidando las palabras para no destripar el libro), para un coprotagonista, la desaparición de un ejemplar emparentado significa únicamente que “ese lugar ya no es seguro”; para un lector sensible, significa una de las primeras coces en los higadillos.

En este juego de sinceridad dentro de la ficción, Carlos se empeña en enseñarte las cartas antes de jugarlas. Este pecho descubierto lo deja ver ya en la en la introducción al texto, atreviéndose a adelantar dudas, caminos literarios y parte de su estrategia como escritor. Destapa lo que podría ser ejemplo de la inquietud del lector, al mostrarte el mapa del viaje que vas a hacer. Y, por si fuera poco, al comienzo de cada capítulo, unas precisas, bellísimas y evocadoras ilustraciones de María Álvarez Orgaz te adelantan cuáles van a ser los protagonistas de las siguientes páginas. Despeja así de todo artificio literario la narración, centrando la emoción en el devenir de Fino. Trabajo muy arriesgado, ¡que es una fábula!

Una película de aventuras buena se distingue de una mala cuando le ves las costuras en el momento más inapropiado. En las más locas y emocionantes, el espectador, de repente, se dice a sí mismo: “no, no se van a atrever, ¿verdad?”. Y dos minutos después -y quizá mientras trata de disimular una lágrima rebelde- ese mismo telespectador sonríe viendo navegar en mar abierto el barco de Willy el Tuerto, después de 400 años varado en una cueva. O, tras haber cultivado patatas con detritus humano en la superficie de marte, el biólogo protagonista emula a Ironman volando a toda velocidad por el espacio, aprovechando la despresurización voluntaria de su traje de astronauta, y el espectador se agarra al reposabrazos, llevado por la emoción. Si el narrador es bueno, nos lo tragamos todo.

En las malas ocurre que, por alguna razón, en el momento álgido, cuando inexplicablemente en la estación de control de vuelo los científicos tiran al aire cientos de folios, ves que están en blanco. O cuando, gracias a la muy dramática y estúpida cámara lenta, te percatas de que el tipo en segundo plano está dando espadazos al aire, en lugar de asestar el golpe definitivo a un formidable enemigo.

Pues bien, en esta novela -y no estoy comparando al autor con Steven o Ridley- Carlos mete al lector en un torbellino. Mejor dicho, empuja al que sostiene el libro a subirse en el carrito de la montaña rusa. Según avanza, el libro va a más. Aprieta el tornillo con precisión y sin que reviente la estructura. Porque lo ves venir. Ves que te la va a meter doblada. “¡Venga ya! ¿No se va a atrever a eso?” Y, oye, dos párrafos después o estás sonriendo emocionado o estás limpiando los cristales de las gafas, que, por alguna razón desconocida, se han empañado súbitamente. La narración te sube para luego bajarte. Te da un uppercut de izquierda, para dejar tu corazoncito sintiente a la altura y distancia idóneas para lanzarte un directo verbal con la derecha y hacer que beses la lona emocional. Y así, cautivo y desarmado, el lector acepta sin dudar la mano salvadora que le ofrece la fina ironía y humor de Carlos para recomponerse y afrontar la siguiente aventura de Fino.

Y no falla. Desde las primeras páginas te agarras al estoicismo, al sufrimiento aceptado y echas a volar. Es la vida de un pájaro y Carlos la cuenta así, no hay más: ¿qué otra opción queda? En este magnífico juego de arriba y abajo, pero siempre un poco más alto, envida el autor. A mí me ha ganado.

Como tercer agente, en ocasiones igual de fulgurante y en otras compuesto de aceites viscosos y pesados, están los momentos interiores de Fino. Esos que narran lo que ocurre de corteza parietal para dentro. Esa poética, parca e íntima, onírica, en la que Carlos se desenvuelve tan bien, como dejó patente en Pajarero (Tundra Ediciones, 2019). Son calmas que estallan. Al leerlas desaparecen todos los sonidos ambiente que genera la propia lectura. Ya no están los fuertes vientos de levante reventándote los tímpanos. Ya solo están los pensamientos y sueños de Fino. Como limícolas caminando entre la niebla sobre el cieno, durante la marea baja en el estuario.

Pica, la urraca, no deja de intentar guardar comida por los pliegues de mis pantalones y chaqueta de lana. Así es imposible seguir leyendo. Para devorar las 43 últimas páginas de ¡Por todos los escribanos hortelanos! busco refugio en la habitación más tranquila de la casa. A falta de 12 hojas, Mar entra en mi guarida personal para contarme algo. Le basta mirarme a los ojos para desistir. Camina marcha atrás y solo dice “tengo que leer ese libro”. Las lágrimas son más incómodas para leer que una urraca escondiendo comida en tu ropa.