En el valle del Pasvik.

Cuando piensas que tus expectativas están plenamente satisfechas con lo que has visto en la península de Varanger, llegas a Pasvik. No encontrarás la variedad de especies de la tundra ni las obscenas cantidades de aves de Hornoya, pero el carácter salvaje de esta tierra y la impresionante fauna que alberga te conmocionará.

El valle del Pasvik es una parte de Varanger que no tiene nada que ver con el resto de la región del Condado de Finnmark, salvo por ser un destino pajarero de primer orden. Sales de la durísima tundra ártica y en cuestión de unos kilómetros estás en los bosques de la taiga. Pasas de las carreteras en un estado adecuado de conservación que van de aldeas pequeñas a pequeños pueblos, a baches unidos por pavimento que te llevan a casas aisladas que, en ocasiones, son asentamientos. Según te adentras en la comarca, las construcciones -siempre de madera- en su mayoría dejan de estar primorosamente pintadas de brillantes colores como ocurre más al norte. Aquí son de un sobrio rojo mate oscuro y con cierta tendencia a necesitar un repasito.  

Es una cuña que se adentra en el continente hacia el sur. Al oeste Finlandia y al este, al otro lado del rio Pasvikelva que hace de frontera, el óblast de Murmansk, Rusia. 

A finales de abril, salimos con La Numenius de la Reserva Natural de Falsterbo, en el extremo sur de Suecia, a través de la autopista E-6 con rumbo norte. Tras cruzar a Noruega y bordear Oslo, la E-6 se convirtió en carretera de dos sentidos. Un par de días más tarde sobrepasamos el Círculo Polar Ártico y, aunque mayo, de algunas casas solo se veía la cumbrera del tejado. Por entonces, en algunos tramos la carretera era de dos sentidos y un solo carril y con curvas difíciles de negociar con una fragata terrestre de más de cinco metros y medio de longitud y 3000 kg. Tras los ires y venires por la península de Varanger, el 23 de mayo y después de recorrer los 3140 km que tiene la E-6, entraba en Kirkenes. Con sus 3300 habitantes y a pesar de tener nombre escocés, Kirkenes es la principal población de Pasvik. Desde allí hay otros 100 kilómetros por una carretera en la que, a pesar de ser eminentemente recta, sobrepasar una velocidad de 30 km/h puede suponer la destrucción de la amortiguación del coche, arruinar todas las inversiones en empastes bucales y recalcular el posicionamiento de las vértebras lumbares de los ocupantes del vehículo.l. 

Esta obligada velocidad reducida resulta ser una bendición. Hay poco tráfico y los escasos locales circulan despacio. Como resultado, los animales se dejan ver en el asfalto con facilidad. Incluso puedes parar con seguridad y observar y fotografiar el bicho con bastante tranquilidad.

Por momentos da la sensación de que cada lago tiene su pareja de colimbo ártico o chico.

Y ahora viene lo bueno. Lo más frecuente en la carretera son los urogallos, los gallos lira y, si eres afortunado, los grévoles. Si aminoras la velocidad más aún y prestas atención a lo que hay más allá de las cunetas, aun corriendo el riesgo de que tu vehículo se precipite por el acantilado de uno de los socavones de la vía, tus ojos pueden explotar. Confundidas entre los líquenes y musgos, las dos especies de gallinas siguen con su mirada el movimiento del coche esperando su turno para bajar al asfalto.

Cerca de las pocas casas que se encuentran en esta zona se abren pequeños claros destinados a cultivos o zonas de pasto para el ganado.  En esas praderas, además de ser potenciales leks de gallo lira, aparecen limícolas de pico largo -agachadizas, zarapitos y agujas- junto a los omnipresentes chorlitos dorados y algún andarríos bastardo entre otras especies. 

La carretera asfaltada termina en la sorprendente estación de policía de Nyrud, con instalaciones grandes y cuidadas de varios edificios, rodeadas de una impoluta pradera de hierba y una alambrada sencilla, pero donde no se ve a nadie, ni dentro ni fuera. El lugar es de visita obligada por la promesa dictada por Dave Gosney en su cuadernillo dedicado a Laponia, donde cita este sitio como el idóneo para encontrar lechuza gavilana posada en los tejados, usando la mencionada pradera como territorio de caza. Me encantan los fanzines del británico, con sus páginas fotocopiadas y sus clarísimos mapitas hechos a mano con precisión impecable y datos sorprendentes. Pero en esta ocasión falló.

De hecho, allí no vi nada, salvo la mirada más asustada del mundo. Caminando por una senda animal por el bosque de Nyrud, escuché un meneo en la verja que tenía a la izquierda, seguido de un golpe sordo. La vegetación no me dejaba ver qué había ocasionado el ruido, así que me aproximé. No tenía ni idea de qué podía ser y no hubiese acertado ni por aproximación. Un alce macho adulto había intentado saltar la valla con tan poca fortuna que sus pezuñas traseras habían quedado atrapadas, yendo a parar al suelo. A pesar del colchón de líquenes, los 700 kilos de animal produjeron el sonido al caer. Tumbó varios metros de la verja. Respiraba agitado y sin mover la cabeza me seguía con sus ojos desorbitados. Corrí al coche para hacerme con unas tenazas para liberar las pezuñas traseras del animal que seguían enganchadas en la trampa de acero. Cuando cortaba los cables tenía muy presente que una coz de semejante ejemplar me haría añicos la tibia y el peroné de la pierna que alcanzase. Pero el animal estaba inmóvil. Desde una posición segura, le toqué para ver como reaccionaba y así valorar mis siguientes acciones. Se orinó de miedo al contacto de mi mano en el cuarto trasero. Algo se había quebrado dentro de él y ya jamás se levantaría de allí. 

Deshice la carretera para ir a las instalaciones de la reserva natural de Pasvik para avisar. Allí me comentaron que era raro ya que las verjas en cuestión están pensadas para que los alces las puedan saltar sin problemas, pero no así los renos domésticos y que su fin es, precisamente, impedir que el ganado cruce a nado a Rusia.  Me dijeron también que ellas no podían hacer nada y que se trata de una especie cinegética. Eran dos voluntarias muy jóvenes y una mujer de más edad al mando. No sabía si me estaban entendiendo muy bien. Insistí subrayando que el animal estaba vivo y probablemente sufriendo mucho. Me comentaron que pasarían la información a la estación de policía. 

Al día siguiente regresé a la zona. No quise mirar qué había pasado. No tenía valor suficiente. La mirada más asustada del mundo era la de aquel magnífico animal. Y yo sentía exhibir la más triste. Fue mi paseo lúdico y sigiloso para ver animales en el bosque lo que espantó al alce y causó semejante sufrimiento. Hoy todavía me cuesta encajarlo.

Los alirrojos son infinitamente más frecuentes y tranquilos que cuando migran a la península. En cambio los arrendajos siberianos son difíciles de ver posados.

Puentes dinamitados

Muy cerca de la estación de policía está el lago Vaggatem. El hecho de que sea relativamente estrecho, unos 200 metros, y de que el agua corra despacio en dirección al mar de Barents, recuerda que se trata de un mero ensanchamiento del rio Pasvikelva. En la orilla de este lado, postes amarillos, en la de enfrente, rojos y verdes y altas torres de vigilancia que advierten de que se trata de la frontera con Rusia. Y eso no es ninguna tontería. Hay carteles informando en varios idiomas de que estás siendo video vigilado y de un montón de cosas que no puedes hacer. Entre ellas, usar ópticas de más de 200 mm y equipos de observación en dirección al país vecino. Tampoco puedes comunicarte o lanzar objetos a personas del otro lado. Sabiendo que ya he incumplido dos de los diez mandamientos fronterizos, estoy deseando sumar la tercera y comentar con un hipotético pajarero ruso las novedades zoológicas del Pasvikelva.

Ahora, y a pesar de la invasión de Ucrania, la línea es relativamente tranquila (más tarde descubriría que no tanto), pero es, junto a la que tiene Finlandia, la única frontera de Rusia con la Europa occidental. Y eso desde 1945 y hasta 1991 no era ninguna broma. De aquellas tensiones quedan los restos de un puente de hierro reventado con explosivos.

Incluso aquí, el potente movimiento pajarero y conservacionista de Varanger está presente. En el lado noruego las ruinas del puente han servido para la instalación de cajas nido, igual que en los árboles que dan directamente al río. Imagino que el esfuerzo va destinado a mejorar la población de porrón osculado y serretas. Junto a ellos, en las láminas de agua se ven cisnes, serretas grandes y medianas, gaviotas enanas y canas, charranes árticos y colimbos chicos y árticos. Todas especies tremendamente llamativas. Pero son los colimbos, con sus nadares y, sobre todo, voces, los que por sí solos me empujarían a volver a este sitio.

La densidad de las poblaciones es muy baja, pero constante. Hay muchas aves, pero también hay mucho árbol viejo, mucha charca, mucha pradera inundable, mucho riachuelo e incontables lagos de todos los tamaños. Y todos esos lugares, todo el valle del Pasvik, reúnen las condiciones óptimas para albergar vida animal. 

La baja concentración de habitantes silvestres también tiene excepciones. Me paré porque vi un precioso macho de aguja colipinta con sus mejores galas nupciales que andaba distraído con algo. Él y su pareja miraban a un gallo lira haciendo su display ante ellos, como único público asistente al show. O eso me pareció. No pude seguir buscando, ya que a mi espalda y muy cerca resonó el trompeteo de la taiga. Si ese sonido ya es suficiente para erizar todo el vello del cuerpo, adornado por el eco de la acústica de los bosques y la ausencia total de contaminación sonora, la llamada de la grulla es inapelable. No costó encontrarlas. Una pareja estaba alimentándose, en compañía de un pequeño grupo de ánsares campestre, algunos chorlitos dorados y una pareja de zarapitos trinadores. El acento sonoro lo ponía la vibración de las plumas prodigiosas de la agachadiza común haciendo sus vuelos nupciales. Luganos, los abundante y omnipresentes zorzales reales y alirrojos, un bando de ampelis europeos y pinzones reales completaban el elenco. Y como es lógico, un bufé de esa variedad y calidad no podía pasar desapercibido: un pigargo europeo montaba guardia en la rama de un pino mientras que un búho campestre se dejaba ver volando a baja cota. 

Gallo lira macho, tan frecuente como espectacular.

Más allá.

Al final la carretera describe un largo giro de 180º para llegar a la estación de policía. Pero antes, al principio y fin de la curva, parten dos pistas de tierra, o más bien de barro. La primera estaba cerrada por una barrera azul, pero la segunda solo tenía unas grandes piedras que limitaban el ancho del vehículo. Aunque justa, la Numenius pasó.

Ese era el camino. Estaba entrando en el Parque Nacional de d’Ovre Pasvik, el sancta sanctórum, y no había absolutamente nadie a la vista. En realidad, llevaba tres días en los que, salvo a la gente de la comunidad donde estaba el punto informativo del parque, no había visto a nadie más.

El bosque de pino rojo pasa por ser de los más viejos del país. Los alces abundan y, por lo visto, la mayor parte de los osos y glotones de Noruega están aquí. Yo no los vi. Los pigargos, urogallos, arrendajos siberianos y carboneros lapones, se puede decir, cada uno a su manera, eran abundantes. Pero incluso aquí llega la peste de las especies invasoras. Las ratas almizcleras, criadas en cautividad en el SXIX y comienzos del XX por su piel y aceite son, quizá, el mamífero más frecuente.

Según leí, en el parque llueve poco y en invierno las temperaturas bajan hasta -45º.  Ahora, finales de mayo, la primavera ya empieza a dejarse ver en forma de brotes en los abedules, las temperaturas apenas bajan de los 0º y las precipitaciones de nieve son ligeras y breves. Hace días que ya no se pone el sol.

La ausencia de noches dentro de los bosques es el colmo de la locura horaria. A nivel físico y psicológico todo se trastabilla. ¿Cuándo paras de pasear y buscar maravillas? ¿Cuándo cenas y duermes? ¿Es hora ya de beber una cerveza?

El camino termina en un punto construido para encender fuego y cocinar. Bancos con sólidos paravientos de madera, reserva de leña y retretes secos, son el habitual conjunto de servicios públicos para picnic y acampada, tan frecuente en Noruega y Finlandia. Unos 200 metros más allá y con el acceso prohibido con grandes aspas de madera pintadas de rojo, se levanta una impresionante torre de vigilancia fronteriza noruega.

No tengo tiempo que perder. Solo voy a pasar una noche y solo tendré unas horas antes y después de dormir. La ausencia de noches dentro de los bosques es el colmo de la locura horaria. A nivel físico y psicológico todo se trastabilla. ¿Cuándo paras de pasear y buscar maravillas? ¿Cuándo cenas y duermes? ¿Es hora ya de beber una cerveza?

El carbonero lapón, otra de las delicatessen que ofrece el Pasvik.

En este tipo de decisiones andaba, cuando escuché que un vehículo se acercaba potentemente a la Numenius. Deshice lo andado todo lo rápido que pude. Me recibieron dos soldados totalmente pertrechados que habían llegado en un vehículo oruga. Aunque sonrientes y muy amables, uno tenía el fusil de asalto cruzado en el pecho y la mano donde yo hubiese preferido que no la tuviese, y al otro, como si fuera un complemento perfecto de su chaleco antibalas táctico, le asomaba la cacha de su pistola automática a la altura del hígado.

Tras interesarse muy amablemente por mis intenciones en el lugar y los motivos de mi presencia y equipos de observación, me informaron de que no estaban autorizados a pedirme la documentación, pero que harían su trabajo más tranquilamente si les permitía ver mi DNI.

Les llevó varias comunicaciones por radio y varias preguntas para aclarar la situación. Por lo visto, el sitio es perfectamente público, pero el acceso está cerrado (la barrera azul) hasta junio, ya que el camino no suele estar en condiciones para otros vehículos que no estén equipados con orugas. Al comentarles que yo había ido por el otro, por el que está más pegado al río, les contestaron por la radio que ese camino que yo decía haber usado no está cerrado, ya que no suele ser practicable, por estar permanentemente inundado. La verdad es que en algún momento pensaba que iba a naufragar a bordo de La Numenius.

El sitio posee un doble interés militar y turístico. A una hora de camino, está la triple frontera. Un punto, vértice, donde Noruega, Finlandia y Rusia se encuentran. Los dos soldados pensaban que era mi destino y que podía quedarme a dormir y que al día siguiente me acompañarían a él, si eso es lo que deseaba. Que solo no podía ir, dada la situación bélica -“¡hostiaputa!”, para mis adentros- y que luego debería marcharme. 

Había tenido suficiente. A las 7 de la mañana, puntualmente, y ya sin chaleco, uno de los soldados esperaba con su blindado para despedirse y asegurarse de que me largaba.

De regreso a Kirkenes, una lechuza gavilana cruzó la carretera. ¿O no lo era? ¿Cómo estar seguro de que ese perfil chato, cabezón y de cola larga y plumaje más bien claro, no era otra especie? Una de esas observaciones, comentó Carlos Lozano a mi regreso, que es preferible no tener y así evitar esa duda.

Esa última noche en Pasvik acampé en un apartadero de la carretera donde ya hice la primera pernocta. A la ida, con unas vistas increíbles sobre un brazo del fiordo de Bok, cuyo nombre no he sido capaz de encontrar, vi cómo un zorro intentaba cruzar los 500 o 600 metros de hielo de la lámina. Los abedules apenas enseñaban unas yemas. Seis días y seis noches de trabajo solar después, el agua corría con furia y las hojas ya daban sombra.

Miré el mapa para ver mi ruta del día siguiente. Sin darme cuenta, buscaba qué me había quedado por ver. Empezaba a justificar un regreso al valle del Pasvik.

Alces, su tamaño es imponente.

Aguja, a la izquierda, y charrán ártico sobrevolando el puente dinamitado.

Mudando de blanco impoluto a marrón. Los franceses las llaman liebres variables

Rata almizclera. Incluso en el remoto ártico continental el ser humano ha conseguido introducir especies.

La felicidad compartida.

Cuando la bocacha del fusíl del soldado me quitó las gafas de la cara con un golpe tan preciso como involuntario, el bailecito inquieto de Néstor se convirtió en una sardana lisérgica. El marroquí uniformado no lo había hecho adrede. Llevaba el M-16 cruzado en el pecho y cuando se acercaba a mi móvil para que el traductor de Google cumpliese su función, el arma pasaba a escasos centímetros de mi sien. Eso ya bastaba para que mi amigo diese un salto de pura alarma cada vez que el soldado tras decir guguel-guguel, se agachaba para continuar con el repetitivo discurso. Luisa lo llevaba mejor y yo definitivamente estaba disfrutando. Cuando el del fusil, por puro tedio, jugó con la palanca de montar el arma, el asunto dejó de ser divertido por un instante. 

Y así ya podré decir «yo ví un bando de 400 gangas ibericas».

Todo había empezado unas horas antes en la desembocadura del Oued Moulouya, donde habíamos tenido la primera sesión de pajareo de nuestro breve viaje por el noreste de Marruecos. Por el momento estábamos Néstor Mira, Luisa Abenza y yo, en el papel de experto de saldo en el país africano. La troupe se completaría dos días más tarde cuando recogiéramos a Mar López en la frontera de Beni Ensar. Aunque la segunda semana de octubre quizá no sea -por unos días- el mejor momento para viajar a este sistema dunar semi inundable, la visita fue muy nutritiva. Alimentándose en el agua salobre y protegidos por una vegetación arbustiva de mediana altura, había un buen número de especies que íbamos descubriendo a cada paso. Solo los flamencos y las garzas reales quedaban expuestos por encima de la capa verde protectora. En la playa, una legión de limícolas típicas corría esquivando las omnipresentes botellas de plástico tras las pulgas de arena. Bajo un cielo dominado por los laguneros y un águila pescadora, se encendió un foco de luz imaginario que recayó tras una breve duna. Allí, en una mancha de agua y protegido del viento racheado marino, descansaba un grupo mixto de gaviotas reidoras y picofinas y dos preciosos charranes bengalíes.  

Pero también había un militar de esos que habitan en las pequeñas casas de vigilancia permanente con las que el ejército marroquí jalona cada 500 metros las zonas calientes de sus costas. De nuestro paseo en Sahara Occidental de hace un par de años nos trajimos aprendida la lección de que estos vigilantes armados están muy aburridos y que, como es lógico, pequeños grupos de occidentales vestidos como Navy Seals de paseo por Mogadiscio y equipados con prismáticos, telescopios y cámaras de tamaños inimaginables captan toda su atención. Sabiendo esto, me acerqué al soldado cuando ya nos enfilaba; pasaportes y la consabida explicación de que más que un comando espía lo que somos es pajareros. Y es en ese preciso instante cuando recuperé la sensación de estar adentrándome en el territorio del escepticismo: “¿Te has venido desde Europa con esa cámara y esos prismáticos con aspecto de, por lo menos (link), ser de visión nocturna, para ver aves?”

Antes de que fuera demasiado tarde nos trasladamos un par de kilómetros hacia el oeste para encontrar un lugar más tranquilo donde acampar y asegurarnos una noche llena de paz y un amanecer rebosante de cantos de aves. 

Al llegar, tras instalarnos en un parking de arena decorado con botellas de plástico de todos los colores imaginables y protegidos del viento por una duna en la que había dos tiendas de campaña del Decathlon, apareció un soldado en chancletas y montado en una scooter. Después de esconder la moto bajo una lona dentro de un matorral se acercó para, muy educadamente, preguntarnos por nuestras intenciones y mirar nuestros pasaportes. Tras este paréntesis, seguimos con nuestra cena y cambiamos la cerveza por una botella de vino. Estábamos felices y agradablemente cansados. La noche anterior la habíamos pasado durmiendo de cualquier manera en el ferry de Almería a Melilla y como desayuno habíamos cruzado la interminable frontera. Tras meses de incertidumbre y años soñando con viajar juntos, por fin estábamos en Marruecos.

Navy Seals de ocasión. Fotografía de Néstor Mira.

Este momento de felicidad ligeramente etílica lo interrumpió otro soldado que acababa de llegar en otro scooter. Escondió la moto bajo otra lona al lado de la anterior y se aproximó. “Guguel, guguel”, tras inspeccionar pasaportes, muy educadamente, nos pidió los DNIs para confirmar algo y la tarjeta de importación temporal de nuestros vehículos. A juzgar por los gritos que le daba a la radio, estaba claro que no tenía buena recepción, así que se subió a lo alto de la duna. Imaginé que al otro lado de las ondas estaba aquel otro militar que miraba con curiosidad mis prismáticos estabilizados Kite Optics. Este alejamiento con toda la documentación fue el punto de partida del nerviosismo de Néstor, al cual, muy sensatamente, no le hacía ninguna gracia. Protestaba airadamente amenazando con la boca chica, mientras miraba la silueta en la duna al tiempo que sostenía la bolsa de plástico con autocierre donde debía estar cuidadosamente guardada su documentación.

-“Guguel, guguel… Esta es una frontera peligrosa y es nuestra obligación asegurarnos de que todo está en regla por vuestra seguridad y por la nuestra: hay que vigilar por los traficantes de drogas, los migrantes extranjeros ilegales y el ejército al otro lado de la frontera”.

La famosa frontera que tanta tensión generaba no era la relativamente cercana a Argelia. Todos esos desvelos los propiciaba la presencia de las Chafarinas a unas pocas millas náuticas al noroeste. Aceptando que, efectivamente, el Mar de Alborán sea utilizado por las diversas mafias para colar en las costas de Almería cargamentos de estupefacientes o que es utilizado como vía de salida de personas en busca de un futuro mejor, la mención al miedo militar resultaba muy cómica. Se estaba dando la situación de que los soldados marroquíes nos estaban comunicando con insistencia, como españoles que éramos, que estaban allí para protegernos de soldados españoles. Si a la ecuación añadimos la también paradójica propiedad de los terrenos insulares, la situación geográfica de los terruños, los pesos históricos y varios factores diplomáticos que escapan a mi conocimiento, es fácil entender que los militares lo que temían era una implosión del equilibrio neuronal de algún responsable en un despacho.

-“Guguel, guguel… ¿Tienen un mechero?”

Diez minutos.

-“Guguel, guguel: ¿Qué estáis bebiendo? ¿wiski? Estamos aquí por su seguridad y no queremos molestar. Necesito ver su documentación (fotografía a los pasaportes) y oler la botella para comprobar lo que están bebiendo (hocico del tipo con fusil ridículamente cerca del orificio de la botella)”. 

Néstor caminando hacia La Chorlita y La Numenius.

– “Lejos de nuestra intención está complicar la importante labor de seguridad que llevan a cabo. Si así lo consideran podríamos marcharnos inmediatamente”.

De manera involuntaria, me había convertido en portavoz del grupo y estaba disfrutando de mandar mensajes vía traductor de Google en lo que yo consideraba lo más parecido a la poética diplomática del soldado marroquí medio.

– “Guguel, guguel: pueden permanecer aquí, ya que nuestra misión es vigilar y proteger esta peligrosa frontera y blabliblu”.

Y apareció otro tipo que se identificó como policía, pero que vestía con un chándal de Decathlon y que tenía aspecto de ser un joven militar “de carrera”. Me resultó directamente antipático incluso antes de que nos pidiese los pasaportes y nos contase la razón de su presencia allí.

El goteo continuo de amables inquisidores continuaba. Se interesaron por equipos de visión nocturna, por mapas de papel y, en menor medida, por las cámaras, siendo esto último lo único que teníamos. Al menos, fueron ocho las veces que vinieron a pedir la documentación.

Y finalmente surgió, bañándose en el mar de luces parpadeantes azules y rojas de los rotativos de su coche patrulla, el jefe local de la gendarmería, con todos sus entorchados blancos y el mismo gesto y discurso amable, nos volvió a pedir la documentación, volvió a fotografiarla y en una mezcla de francés, español y unas pinceladas de inglés, nos informó sobre la frontera, su peligrosidad y la importante misión que cumplían. Pero añadió que “dernière revisión”. Felices sueños para nuestra primera noche en Marruecos.

Habíamos venido a este país por varios motivos. Quizá demasiados. Bajo la idea principal de inspeccionar los territorios del este marroquí, de los que no hay muchos registros respecto a visitantes en busca de vida salvaje, nos íbamos a meter durante cinco días en el altiplano de Rekkam. Lo íbamos a hacer por pistas y alejados de toda población conocida. Luisa y Néstor iban a rastrear en busca de todos los bichos posibles. Y sobre todo íbamos a compartir diez días juntos viajando con La Chorlita y La Numenius, nuestras dos fragatas 4×4 bien capaces de surcar océanos de arenas saharianas.  

Huellas de humano y de búho desertícola.

Tras recoger a Mar el día 9 de octubre, resumirla los días de viaje que llevábamos, avituallarnos y comprar una tarjeta para su móvil, pusimos rumbo sur. Al llegar la noche ya tenía claro que ni por asomo podríamos cumplir el plan trazado. De hecho, no llegamos a subir al Rekkam. Los cientos de kilómetros por pistas maravillosas y llenas de biodiversidad desconocida se convirtieron en rápidos trayectos por asfalto y los apartados sitios desconocidos fueron sustituidos por otros de más rápido acceso. 

¿Cómo podía haber sobrevalorado tanto nuestras posibilidades? ¿Creí realmente que en una cueva del desierto iba a encontrar la fórmula física para desdoblar el tiempo y que de hacerlo sería capaz de descifrar el enigma matemático y duplicar el número de días disponibles? Esto y otras causas -que no vienen al caso- hicieron que en la mañana del segundo día elimináramos el plan de viaje y nos tirásemos a la piscina de la improvisación parcial. Por suerte había agua y no nos dimos un planchazo.

Pero no todo era debido a mi sobrestimación del tiempo. Este viaje no era una expedición para levantar planos ornitofaunísticos en territorios desconocidos ni era la versión 4×4 de Aventura en pelotas. Cada uno de nosotros podía pensar lo que quisiera, pero lo cierto es que estábamos de vacaciones. Ir a ver bichos por placer y consumiendo los valiosos días libres no entra de ninguna de las maneras en el concepto racional de vacaciones, las cosas como son. Así que nosotros teníamos una urgencia menor por dar con el bicho y una mayor por disfrutar con un poco más de calma de todo lo que sucedía. Desde desperezarse tranquilamente aun en el saco, hasta optar por tener sobremesas nocturnas en lugar de tratar de ver la fauna que asoma el hocico cuando baja el sol.

También había que aceptar -y de manera muy positiva- que viajar con rastreadores no es precisamente lo mismo que hacerlo con bird twitchers recalcitrantes. Y Néstor y Luisa aman los rastros. Por mucho que conozcas este detalle aún pasa que un mediodía cualquiera, la mirahuellas más famosa de España diga “ahí veo un alcaraván” y como un resorte levantes los prismáticos al grito contenido de ¿dónde?

Un grupo de pajareros al uso, además de haber llegado a esa balsa de agua a una hora decente, hubiera liquidado el tema con un barrido de prismáticos que se hubiese saldado con tres cucharas, un chorlitejo chico, una collalba gris y cuatro cogujadas comunes, de las del pico más largo que un día sin agua, la subespecie magrebí. Cuestión de minutos. Hacerlo con estos escaneadores minuciosos de arenas y limos llevará más de una hora y varios pow-pows en torno a una marca en el suelo para consensuar opiniones. Aunque, sorprendentemente para el ajeno, no había mucha duda entre los dos siux para determinar el género e incluso señalar la especie concreta. 

Ellos, los rastreadores, en lugar de sentarse a ver la película que fluye ante sus miradas, rebobinan la cinta. Dan marcha atrás y revisan todo lo que ha pasado allí en las últimas horas o días.

Un observador de fauna al uso busca el sitio adecuado y se dispone para la espera. Llamamos aguardo al espacio seleccionado para parapetarse y decimos aguardo a la acción de esperar la aparición del animal. El lugar y la acción temporal se funden y pasan a ser prácticamente el mismo asunto.

Ellos, los rastreadores, en lugar de sentarse a ver la película que fluye ante sus miradas, rebobinan la cinta. Dan marcha atrás y revisan todo lo que ha pasado allí en las últimas horas o días. E interpretan lo que ha ocurrido: “¿Por qué ese alcaraván ha aumentado el ritmo de su carrera hasta el punto de patinar en el limo?” De esta manera, a lo largo de los días podían localizar búho y cuervo desertícola, andarríos chico o grande (difícil de decidir sin poder comparar), zorros fennec y rojo, erizos, varias especies de jerbos, sapos, lagartos, una serpiente compatible con víbora cornuda o unas magníficas huellas de la subespecie específica del jabalí del Moulouya.

Y que bonito es verlos trabajar.

El lugar más sórdido de Marruecos.

Ni rastro, nunca mejor dicho, de hubaras o gangas.

Las especies típicas de los desiertos pedregosos empezaron a hacerse presentes según bajábamos al sur. Curruca sahariana, collalbas yebélica, núbica, culirroja y desértica, colirrojo diademado, terreras sahariana y colinegra y alondras sahariana e ibis, se dejaron ver. Y, por supuesto, lavandera boyera. En Marruecos existe una máxima que siempre se cumple: da lo mismo el lugar que elijas para bajarte los pantalones para aliviarte, que siempre aparecerá un marroquí (generalmente pastor) y una lavandera boyera.

Como destino alternativo teníamos un pequeño pantano sin nombre bastante apartado de la carretera. La pista nos llevó a uno de esos sitios donde ocurre la magia de lo inesperado. El truco de: “¿quién iba a esperar esto en un lugar así?”. Sería el juego de rosas y salmones de los flamencos recortados contra los tonos terrosos que uno nunca se espera en mitad del desierto. O que las cercetas pardillas, tan raras en la península, aquí son frecuentes. Quizá fuera que localizar fácilmente una docena de agachadizas en los matorrales de la cola del embalse invitara a pensar que allí escondida podía estar la mitad de la población mundial de esta especie. Y sin embargo me quedo para siempre con el bando de perdiz moruna, de quizá unos veinte ejemplares, que no rompió a volar y se marchó peonando con cierta tranquilidad. 

Allí, en ese oasis de un solo árbol, lo dimos todo. Sacamos la última reserva de vino para acompañar a una colección de ristras de morcillas, criollos y chorizos que Néstor asaba al carbón. Era un poco contrarreloj. El horizonte, por momentos, se iluminaba totalmente con los rayos de una terrible tormenta. El viento azotaba y traía las primeras gotas y así La Numenius se estrenó como salón para la celebración de lecturas y banquetes. 

“Que lea su capítulo en el lugar más sórdido de Marruecos”, me dijo Carlos Lozano cuando me dio el ejemplar de Biometría de un encuentro que le correspondía a Luisa por ser una de las 40 personas que participaron en la construcción del libro. La Numenius, sin duda, no responde a esa descripción. El cubículo, aunque pequeño, es confortable, suele estar bastante limpio y tiene algunos lujos. Sin embargo, esa noche estaba abarrotado con los cuatro metidos dentro, olía a chacinas y humo de carbón y habíamos bebido la cantidad suficiente de vino como para que el ambiente pudiera pasar por sórdido. Mar leyó el capítulo en voz alta y Luisa lloró.

Cuando llegamos al Chott Tigri, 90 kilómetros al noroeste de Figuig, supimos que era el lugar adecuado para hacer la parada larga del viaje. Dos noches, eso era todo lo que podíamos conceder al espacio y la fortuna antes de emprender un apresurado regreso. Chott es la palabra árabe para nombrar una laguna salada. El Tigri, dependiendo de las precipitaciones puede ser realmente extenso y además está alimentado por un manantial templado de buen caudal. Las lluvias abundantes hacía meses que no caían, pero la fuente mantenía el pequeño oasis con una buena cantidad de superficie inundada. 

La jornada de descanso nos vendría muy bien. La rastreadora, según nos contó, tras beber de la garrafa equivocada estaba dejando rastros de color verde primavera nada halagüeños; Néstor, por su parte, disfrutaba de los excesos de las pistas de tierra y piedras y su columna vertebral parecía estar recolocándose en sentido contrario al natural; Mar, con temblequeras nocturnas incluidas, rozaba el precipicio de una inoportuna gripe; y yo, en aparente buen estado físico, tenía la olla a presión en la que en ocasiones se convierte mi cabeza a punto de sobre-cocinar mis sesos y reducirlos a puré. Ese era el estado de revista de los aguerridos viajeros.

El macho más joven ganaba ventaja acercándose más.

Mar, que en nuestro raid primaveral por el norte de Europa ya había demostrado que era posible sacar adelante su empresa trabajando con el ordenador mientras La Numenius devoraba kilómetros, había conseguido sacar unos días a cambio de poner en práctica esta técnica. Pero a esta nómada digital involuntaria también le llegó el asueto: en este remoto lugar no había ningún tipo de cobertura o señal. Estábamos, realmente, en la quinta puñeta.

Las espectaculares hormigas plateadas aparecían en ocasiones. Estos bichos pasan por ser los más rápidos del planeta en proporción a su tamaño, ya que son capaces de recorrer un metro por segundo. Eso significa 3,6 km/h, que a simple vista no resulta nada del otro mundo. Pero si se considera que un metro supone 120 veces su tamaño corporal la cosa cambia radicalmente. Si estos datos los proyectamos sobre medidas más abarcables por nuestras entendederas, sería como ver a Isabel Pantoja, que mide 1,70, corriendo a 204 metros por segundo, unos 750Km/h, una velocidad sobrecogedora incluso para la cantante de Marinero de luces.

Por fin vimos gangas. Ortegas en números decentes… y, nada más. Ni hubaras, ni gangas moteadas o coronadas, ni ningún mamífero superior en talla a los abundantes jerbos. No se cumplían las expectativas.

El objetivo del día era desandar todo lo hecho en una sola jornada. Tampoco era para echarse a temblar, pero teníamos por delante bastantes horas de condución. Lo que era ineludible era que a la noche teníamos que estar lo más cerca posible de Nador para cruzar a Melilla. Había pues, prisa, pero, aun así, nos dimos el lujo de hacer una última espera en la charca del Chott Tigri. Nada nuevo.

La búsqueda de posibilidades hace que en el desierto todo el mundo se acerque, como este juvenil de collalba desértica.

Iniciamos el regreso recuperados de los males y muy descansados, pensando que ya estaba visto todo lo que el viaje nos había querido deparar. Sin embargo, circulando a buena velocidad por la pista N19, levantamos un bando impresionante. Paramos los coches. Quizá cuatrocientas gangas ibéricas volaban orbitando a gran velocidad sobre nosotros. Y desaparecieron al posarse. Es increíble cómo estas aves pasan de ser meteoritos en el aire a piedras invisibles en tierra. Ahí estaban, caminando con sus ojos redondos y negros como perlas del collar de la oscuridad.

Todo había merecido la pena. Ahí estábamos, en la cubierta de babor de El Volcán de Timanfaya, armados con los prismáticos y acabando con las existencias de vermú de a bordo mientras contábamos ballenas piloto, pardelas cenicientas y algunos paiños europeos. Cuando el sol bajó hasta casi lamer el horizonte, doscientos delfines saltaban en un cuadro de Rothko de tonos naranjas. Tras seis horas navegando, Néstor y yo éramos los únicos admirando el momento. Corrí a popa con la intención de fotografiar un delfín que había visto saltando en la estela del ferry. Hacía varias horas que se había desvanecido la silueta del Gurugú, donde habíamos acampado la última noche. Allí habíamos visto gato montés africano en nuestra segunda noche y también, en este hito de la iconografía bélica de España, al amanecer la última mañana los macacos del Atlas fueron el colofón del viaje. 

En el capítulo que leyó Mar en voz alta, Carlos recuperaba la frase que Christopher “Supertramp” McCandless dejó antes de morir de hambre en un autobús abandonado en mitad de Alaska mientras vivía su particular regreso a lo salvaje: “La felicidad solo es real si es compartida”.

Yo siento que todo ha sido muy real.

El mar de Rothko.

Galería fotográfica.

Charranes bengalíes en la desembocadura del oued Moulouya.

Alondra sahariana.

Cogujada común magrebí y su descomunal pico.

Perdices morunas.

Al estar acostumbrados a la presencia humana, con un poco de tranquilidad se puede conseguir establecer lazos de confianza con los macacos del Atlas.

Es difícil no perderse en el océano verde de la mirada profunda, limpia y hermosa de los macacos.