En el valle del Pasvik.

Cuando piensas que tus expectativas están plenamente satisfechas con lo que has visto en la península de Varanger, llegas a Pasvik. No encontrarás la variedad de especies de la tundra ni las obscenas cantidades de aves de Hornoya, pero el carácter salvaje de esta tierra y la impresionante fauna que alberga te conmocionará.

El valle del Pasvik es una parte de Varanger que no tiene nada que ver con el resto de la región del Condado de Finnmark, salvo por ser un destino pajarero de primer orden. Sales de la durísima tundra ártica y en cuestión de unos kilómetros estás en los bosques de la taiga. Pasas de las carreteras en un estado adecuado de conservación que van de aldeas pequeñas a pequeños pueblos, a baches unidos por pavimento que te llevan a casas aisladas que, en ocasiones, son asentamientos. Según te adentras en la comarca, las construcciones -siempre de madera- en su mayoría dejan de estar primorosamente pintadas de brillantes colores como ocurre más al norte. Aquí son de un sobrio rojo mate oscuro y con cierta tendencia a necesitar un repasito.  

Es una cuña que se adentra en el continente hacia el sur. Al oeste Finlandia y al este, al otro lado del rio Pasvikelva que hace de frontera, el óblast de Murmansk, Rusia. 

A finales de abril, salimos con La Numenius de la Reserva Natural de Falsterbo, en el extremo sur de Suecia, a través de la autopista E-6 con rumbo norte. Tras cruzar a Noruega y bordear Oslo, la E-6 se convirtió en carretera de dos sentidos. Un par de días más tarde sobrepasamos el Círculo Polar Ártico y, aunque mayo, de algunas casas solo se veía la cumbrera del tejado. Por entonces, en algunos tramos la carretera era de dos sentidos y un solo carril y con curvas difíciles de negociar con una fragata terrestre de más de cinco metros y medio de longitud y 3000 kg. Tras los ires y venires por la península de Varanger, el 23 de mayo y después de recorrer los 3140 km que tiene la E-6, entraba en Kirkenes. Con sus 3300 habitantes y a pesar de tener nombre escocés, Kirkenes es la principal población de Pasvik. Desde allí hay otros 100 kilómetros por una carretera en la que, a pesar de ser eminentemente recta, sobrepasar una velocidad de 30 km/h puede suponer la destrucción de la amortiguación del coche, arruinar todas las inversiones en empastes bucales y recalcular el posicionamiento de las vértebras lumbares de los ocupantes del vehículo.l. 

Esta obligada velocidad reducida resulta ser una bendición. Hay poco tráfico y los escasos locales circulan despacio. Como resultado, los animales se dejan ver en el asfalto con facilidad. Incluso puedes parar con seguridad y observar y fotografiar el bicho con bastante tranquilidad.

Por momentos da la sensación de que cada lago tiene su pareja de colimbo ártico o chico.

Y ahora viene lo bueno. Lo más frecuente en la carretera son los urogallos, los gallos lira y, si eres afortunado, los grévoles. Si aminoras la velocidad más aún y prestas atención a lo que hay más allá de las cunetas, aun corriendo el riesgo de que tu vehículo se precipite por el acantilado de uno de los socavones de la vía, tus ojos pueden explotar. Confundidas entre los líquenes y musgos, las dos especies de gallinas siguen con su mirada el movimiento del coche esperando su turno para bajar al asfalto.

Cerca de las pocas casas que se encuentran en esta zona se abren pequeños claros destinados a cultivos o zonas de pasto para el ganado.  En esas praderas, además de ser potenciales leks de gallo lira, aparecen limícolas de pico largo -agachadizas, zarapitos y agujas- junto a los omnipresentes chorlitos dorados y algún andarríos bastardo entre otras especies. 

La carretera asfaltada termina en la sorprendente estación de policía de Nyrud, con instalaciones grandes y cuidadas de varios edificios, rodeadas de una impoluta pradera de hierba y una alambrada sencilla, pero donde no se ve a nadie, ni dentro ni fuera. El lugar es de visita obligada por la promesa dictada por Dave Gosney en su cuadernillo dedicado a Laponia, donde cita este sitio como el idóneo para encontrar lechuza gavilana posada en los tejados, usando la mencionada pradera como territorio de caza. Me encantan los fanzines del británico, con sus páginas fotocopiadas y sus clarísimos mapitas hechos a mano con precisión impecable y datos sorprendentes. Pero en esta ocasión falló.

De hecho, allí no vi nada, salvo la mirada más asustada del mundo. Caminando por una senda animal por el bosque de Nyrud, escuché un meneo en la verja que tenía a la izquierda, seguido de un golpe sordo. La vegetación no me dejaba ver qué había ocasionado el ruido, así que me aproximé. No tenía ni idea de qué podía ser y no hubiese acertado ni por aproximación. Un alce macho adulto había intentado saltar la valla con tan poca fortuna que sus pezuñas traseras habían quedado atrapadas, yendo a parar al suelo. A pesar del colchón de líquenes, los 700 kilos de animal produjeron el sonido al caer. Tumbó varios metros de la verja. Respiraba agitado y sin mover la cabeza me seguía con sus ojos desorbitados. Corrí al coche para hacerme con unas tenazas para liberar las pezuñas traseras del animal que seguían enganchadas en la trampa de acero. Cuando cortaba los cables tenía muy presente que una coz de semejante ejemplar me haría añicos la tibia y el peroné de la pierna que alcanzase. Pero el animal estaba inmóvil. Desde una posición segura, le toqué para ver como reaccionaba y así valorar mis siguientes acciones. Se orinó de miedo al contacto de mi mano en el cuarto trasero. Algo se había quebrado dentro de él y ya jamás se levantaría de allí. 

Deshice la carretera para ir a las instalaciones de la reserva natural de Pasvik para avisar. Allí me comentaron que era raro ya que las verjas en cuestión están pensadas para que los alces las puedan saltar sin problemas, pero no así los renos domésticos y que su fin es, precisamente, impedir que el ganado cruce a nado a Rusia.  Me dijeron también que ellas no podían hacer nada y que se trata de una especie cinegética. Eran dos voluntarias muy jóvenes y una mujer de más edad al mando. No sabía si me estaban entendiendo muy bien. Insistí subrayando que el animal estaba vivo y probablemente sufriendo mucho. Me comentaron que pasarían la información a la estación de policía. 

Al día siguiente regresé a la zona. No quise mirar qué había pasado. No tenía valor suficiente. La mirada más asustada del mundo era la de aquel magnífico animal. Y yo sentía exhibir la más triste. Fue mi paseo lúdico y sigiloso para ver animales en el bosque lo que espantó al alce y causó semejante sufrimiento. Hoy todavía me cuesta encajarlo.

Los alirrojos son infinitamente más frecuentes y tranquilos que cuando migran a la península. En cambio los arrendajos siberianos son difíciles de ver posados.

Puentes dinamitados

Muy cerca de la estación de policía está el lago Vaggatem. El hecho de que sea relativamente estrecho, unos 200 metros, y de que el agua corra despacio en dirección al mar de Barents, recuerda que se trata de un mero ensanchamiento del rio Pasvikelva. En la orilla de este lado, postes amarillos, en la de enfrente, rojos y verdes y altas torres de vigilancia que advierten de que se trata de la frontera con Rusia. Y eso no es ninguna tontería. Hay carteles informando en varios idiomas de que estás siendo video vigilado y de un montón de cosas que no puedes hacer. Entre ellas, usar ópticas de más de 200 mm y equipos de observación en dirección al país vecino. Tampoco puedes comunicarte o lanzar objetos a personas del otro lado. Sabiendo que ya he incumplido dos de los diez mandamientos fronterizos, estoy deseando sumar la tercera y comentar con un hipotético pajarero ruso las novedades zoológicas del Pasvikelva.

Ahora, y a pesar de la invasión de Ucrania, la línea es relativamente tranquila (más tarde descubriría que no tanto), pero es, junto a la que tiene Finlandia, la única frontera de Rusia con la Europa occidental. Y eso desde 1945 y hasta 1991 no era ninguna broma. De aquellas tensiones quedan los restos de un puente de hierro reventado con explosivos.

Incluso aquí, el potente movimiento pajarero y conservacionista de Varanger está presente. En el lado noruego las ruinas del puente han servido para la instalación de cajas nido, igual que en los árboles que dan directamente al río. Imagino que el esfuerzo va destinado a mejorar la población de porrón osculado y serretas. Junto a ellos, en las láminas de agua se ven cisnes, serretas grandes y medianas, gaviotas enanas y canas, charranes árticos y colimbos chicos y árticos. Todas especies tremendamente llamativas. Pero son los colimbos, con sus nadares y, sobre todo, voces, los que por sí solos me empujarían a volver a este sitio.

La densidad de las poblaciones es muy baja, pero constante. Hay muchas aves, pero también hay mucho árbol viejo, mucha charca, mucha pradera inundable, mucho riachuelo e incontables lagos de todos los tamaños. Y todos esos lugares, todo el valle del Pasvik, reúnen las condiciones óptimas para albergar vida animal. 

La baja concentración de habitantes silvestres también tiene excepciones. Me paré porque vi un precioso macho de aguja colipinta con sus mejores galas nupciales que andaba distraído con algo. Él y su pareja miraban a un gallo lira haciendo su display ante ellos, como único público asistente al show. O eso me pareció. No pude seguir buscando, ya que a mi espalda y muy cerca resonó el trompeteo de la taiga. Si ese sonido ya es suficiente para erizar todo el vello del cuerpo, adornado por el eco de la acústica de los bosques y la ausencia total de contaminación sonora, la llamada de la grulla es inapelable. No costó encontrarlas. Una pareja estaba alimentándose, en compañía de un pequeño grupo de ánsares campestre, algunos chorlitos dorados y una pareja de zarapitos trinadores. El acento sonoro lo ponía la vibración de las plumas prodigiosas de la agachadiza común haciendo sus vuelos nupciales. Luganos, los abundante y omnipresentes zorzales reales y alirrojos, un bando de ampelis europeos y pinzones reales completaban el elenco. Y como es lógico, un bufé de esa variedad y calidad no podía pasar desapercibido: un pigargo europeo montaba guardia en la rama de un pino mientras que un búho campestre se dejaba ver volando a baja cota. 

Gallo lira macho, tan frecuente como espectacular.

Más allá.

Al final la carretera describe un largo giro de 180º para llegar a la estación de policía. Pero antes, al principio y fin de la curva, parten dos pistas de tierra, o más bien de barro. La primera estaba cerrada por una barrera azul, pero la segunda solo tenía unas grandes piedras que limitaban el ancho del vehículo. Aunque justa, la Numenius pasó.

Ese era el camino. Estaba entrando en el Parque Nacional de d’Ovre Pasvik, el sancta sanctórum, y no había absolutamente nadie a la vista. En realidad, llevaba tres días en los que, salvo a la gente de la comunidad donde estaba el punto informativo del parque, no había visto a nadie más.

El bosque de pino rojo pasa por ser de los más viejos del país. Los alces abundan y, por lo visto, la mayor parte de los osos y glotones de Noruega están aquí. Yo no los vi. Los pigargos, urogallos, arrendajos siberianos y carboneros lapones, se puede decir, cada uno a su manera, eran abundantes. Pero incluso aquí llega la peste de las especies invasoras. Las ratas almizcleras, criadas en cautividad en el SXIX y comienzos del XX por su piel y aceite son, quizá, el mamífero más frecuente.

Según leí, en el parque llueve poco y en invierno las temperaturas bajan hasta -45º.  Ahora, finales de mayo, la primavera ya empieza a dejarse ver en forma de brotes en los abedules, las temperaturas apenas bajan de los 0º y las precipitaciones de nieve son ligeras y breves. Hace días que ya no se pone el sol.

La ausencia de noches dentro de los bosques es el colmo de la locura horaria. A nivel físico y psicológico todo se trastabilla. ¿Cuándo paras de pasear y buscar maravillas? ¿Cuándo cenas y duermes? ¿Es hora ya de beber una cerveza?

El camino termina en un punto construido para encender fuego y cocinar. Bancos con sólidos paravientos de madera, reserva de leña y retretes secos, son el habitual conjunto de servicios públicos para picnic y acampada, tan frecuente en Noruega y Finlandia. Unos 200 metros más allá y con el acceso prohibido con grandes aspas de madera pintadas de rojo, se levanta una impresionante torre de vigilancia fronteriza noruega.

No tengo tiempo que perder. Solo voy a pasar una noche y solo tendré unas horas antes y después de dormir. La ausencia de noches dentro de los bosques es el colmo de la locura horaria. A nivel físico y psicológico todo se trastabilla. ¿Cuándo paras de pasear y buscar maravillas? ¿Cuándo cenas y duermes? ¿Es hora ya de beber una cerveza?

El carbonero lapón, otra de las delicatessen que ofrece el Pasvik.

En este tipo de decisiones andaba, cuando escuché que un vehículo se acercaba potentemente a la Numenius. Deshice lo andado todo lo rápido que pude. Me recibieron dos soldados totalmente pertrechados que habían llegado en un vehículo oruga. Aunque sonrientes y muy amables, uno tenía el fusil de asalto cruzado en el pecho y la mano donde yo hubiese preferido que no la tuviese, y al otro, como si fuera un complemento perfecto de su chaleco antibalas táctico, le asomaba la cacha de su pistola automática a la altura del hígado.

Tras interesarse muy amablemente por mis intenciones en el lugar y los motivos de mi presencia y equipos de observación, me informaron de que no estaban autorizados a pedirme la documentación, pero que harían su trabajo más tranquilamente si les permitía ver mi DNI.

Les llevó varias comunicaciones por radio y varias preguntas para aclarar la situación. Por lo visto, el sitio es perfectamente público, pero el acceso está cerrado (la barrera azul) hasta junio, ya que el camino no suele estar en condiciones para otros vehículos que no estén equipados con orugas. Al comentarles que yo había ido por el otro, por el que está más pegado al río, les contestaron por la radio que ese camino que yo decía haber usado no está cerrado, ya que no suele ser practicable, por estar permanentemente inundado. La verdad es que en algún momento pensaba que iba a naufragar a bordo de La Numenius.

El sitio posee un doble interés militar y turístico. A una hora de camino, está la triple frontera. Un punto, vértice, donde Noruega, Finlandia y Rusia se encuentran. Los dos soldados pensaban que era mi destino y que podía quedarme a dormir y que al día siguiente me acompañarían a él, si eso es lo que deseaba. Que solo no podía ir, dada la situación bélica -“¡hostiaputa!”, para mis adentros- y que luego debería marcharme. 

Había tenido suficiente. A las 7 de la mañana, puntualmente, y ya sin chaleco, uno de los soldados esperaba con su blindado para despedirse y asegurarse de que me largaba.

De regreso a Kirkenes, una lechuza gavilana cruzó la carretera. ¿O no lo era? ¿Cómo estar seguro de que ese perfil chato, cabezón y de cola larga y plumaje más bien claro, no era otra especie? Una de esas observaciones, comentó Carlos Lozano a mi regreso, que es preferible no tener y así evitar esa duda.

Esa última noche en Pasvik acampé en un apartadero de la carretera donde ya hice la primera pernocta. A la ida, con unas vistas increíbles sobre un brazo del fiordo de Bok, cuyo nombre no he sido capaz de encontrar, vi cómo un zorro intentaba cruzar los 500 o 600 metros de hielo de la lámina. Los abedules apenas enseñaban unas yemas. Seis días y seis noches de trabajo solar después, el agua corría con furia y las hojas ya daban sombra.

Miré el mapa para ver mi ruta del día siguiente. Sin darme cuenta, buscaba qué me había quedado por ver. Empezaba a justificar un regreso al valle del Pasvik.

Alces, su tamaño es imponente.

Aguja, a la izquierda, y charrán ártico sobrevolando el puente dinamitado.

Mudando de blanco impoluto a marrón. Los franceses las llaman liebres variables

Rata almizclera. Incluso en el remoto ártico continental el ser humano ha conseguido introducir especies.

Poesía Rural.

En la agricultura, además del sustento, está la cultura. Decía Cicerón que la de agricultor es la profesión del sabio, la más adecuada al sencillo y la ocupación más digna para todo hombre libre. 

El volumen resultante, editado por BichoMalo.

Ahora, en el Antropoceno, en un mundo en el que las personas hemos pasado de haber sido otra más de las decenas de miles de especies existentes, a la que gobierna el destino de todos; en un planeta donde hemos cambiado el paisaje en los últimos treinta años más de lo que lo habíamos hecho en los tres mil anteriores; en una civilización que más que correr, huye a las ciudades; tenemos en el medio rural el gran reto colectivo. Porque es el territorio natural con presencia humana más extenso (en España, casi el 90%) y porque es en el medio rural y agrario donde se concentra la mayor biodiversidad. Del medio rural proceden nuestros alimentos, nuestra agua, nuestra energía, nuestro aire limpio, y también la tabla de salvación al despropósito de un neoliberalismo que se ha tornado bufón y libertario.


Demasiado se ha criticado la alienación que genera la vida en la ciudad, desde luego falso para todos aquellos que hunden su árbol genealógico en hormigón y asfalto, pero sí es cierto que el medio rural nos sigue evocando lo puro, lo auténtico, lo genuino. De eso se aprovechan innumerables compañías que más que alimentarnos lo que quieren es vendernos productos que se anuncian como naturales, ecológicos, artesanales, de pueblo, de la abuela, rústicos o campesinos.

Cuando el río suena es porque agua llevará, y ojalá que la siga llevando, aunque sea nimiamente para respetar los caudales ecológicos, así que algo de cierto y lógico hay en ensalzar los valores de nuestros pueblos, de su gente y del medio rural. Un mundo, una manera de vivir que nos ha permitido llegar hasta aquí y que sigue atesorando una inabarcable ciencia popular, unos conocimientos, unos procedimientos y saberes y, ante todo, una cultura indisociable del territorio, de su clima y sus especies.

Las costumbres, creencias, manejos, supersticiones de cada pueblo -perdurados en forma de cuentos, esculturas, vestimentas, guisos, semillas o amuletos- son una amplia ventana hacia la que orientar la incansable curiosidad por el saber y el disfrute que supone comprender el mundo que nos rodea, para encontrar estímulos reconfortantes y, quien sabe, lo mismo llegar a la epifanía del regocijo de tocar, oler, saborear, ver, oír, la belleza. Tenía toda la razón Ramón Trecet cuando nos apelaba a que buscásemos la belleza, que es lo único que merece la pena en este asqueroso mundo.

La literatura en su expresión más excelsa, la poesía, es, para muchos, la forma más exquisita y elaborada de compartir sensaciones y emociones. La poesía que tiene como temática la naturaleza y el medio rural, la poesía rural, es el canal más potente para plasmar y compartir la belleza rural y natural.


En ello hemos pensado un grupo promotor y organizador que nos lanzamos a impulsar un certamen internacional de poesía rural en castellano. Porque estamos convencidos de que fomentar la escritura y la lectura de poesía que fija su atención en el medio rural y natural es una propuesta que permite, a través de las bellas artes, llegar a círculos, foros, personas que lastimosamente tienen demasiada adormecida e incluso olvidada la importancia que el medio rural tiene para la vida de todos. Porque es el que nos provee de todos los recursos básicos como decíamos antes, pero también es el que nos conecta con los ciclos naturales, con la relevancia de mantener los equilibrios entre producción y conservación, ahora, en un momento en el que no estamos en posición de asegurar que la próxima generación, en términos globales, pueda vivir, al menos tan bien como lo estamos haciendo nosotros. Ahora, en un momento en el que algunos tenemos ya la sensación de que a las generaciones futuras, más que una herencia, lo que vamos a dejarles es un castigo.

Estamos organizando un certamen internacional de poesía rural para generar contenido, actividades. Para que cada día más gente piense en estos asuntos, aumente su conciencia, su grado de participación e implicación en la búsqueda de un futuro de esperanza. La esperanza, no lo olvidemos, es verde.

Y por el camino, además, generamos recursos. Buen ejemplo son los libros de poesía editados, cuya distribución contribuye de manera clara al objetivo final, pues es la lectura un ejercicio, en la mayor parte de los casos individual, en el que el grado de receptividad de las personas es enorme, está por tanto abierta a ideas y mensajes. Igual que lo son los recitales, las lecturas compartidas, en las que las vibraciones se contagian al grupo, favoreciendo un clima, una identificación, una movilización conjunta. Es necesario aprovechar la oportunidad.


Otro fruto de la experiencia que nos está proporcionando enormes alegrías es la creación de un bosque poético. En alianza con la Finca Bonilla, en Torres de Albanchez, en el corazón de la Sierra de Segura en Jaén, se están colocando, en un espacio de enorme valor natural por su riqueza de flora y fauna, una serie de placas en las que aparecen fragmentos de poemas y referencias a los autores. Además, los propietarios están complementando la acción mediante la creación de itinerarios, colocación de bancos y mesas, librerías, de tal manera que la visita a la finca se transforma en una experiencia vivencial única al aunarse brillantes pensamientos hilvanados en versos, junto al despliegue de los sentidos que supone hacerlo en un entorno natural.

La propuesta, en resumen, persigue la puesta en valor del medio rural y natural utilizando la poesía como caballo de troya en la conciencia individual primero, y colectiva a continuación, para que todos visualicemos claramente que es en el territorio donde hundimos nuestras raíces y donde tenemos que desplegar las alas de un futuro verde, integrador, igualitario, justo y libre.

Datos técnicos del Concurso Internacional de Poesía Rural.

  • Organización: Fundación Savia por el Compromiso y los Valores, Finca Bonilla.
  • Colabora: Diputación de Jaén, Ayuntamiento de Torres de Albanchez, BichoMalo Libros, Ecortijo, Comunicación&Desarrollo.
  • Jurado:Presidente: Alejandro López Andrada Secretario: Antonio Aguilera Nieves.
  • Miembros del Jurado: Ezequiel Martínez Jiménez Maria del Carmen Alvarez Marín Lola Almeida Concha Montes Martín Josefa Parra Ramos
  • Galardonados 2022. Ganador adulto: Jorge Fernández Gonzalo Accésit adulto: Felipe Gracia Pérez Ganador Juvenil: Andrés Felipe Vargas Coronado Accésit juvenil: José Andrés Ludeña Martínez
  • Galardonados 2024. Ganador adulto: Pedro Porres Oliva Accésit adulto: Francisco Javier Sánchez Durán Ganador Juvenil: Nicolás Muñoz Villacañas.
  • Libros Publicados: I Concurso Internacional de Poesía Rural, Editorial Trifaldi. ISBN.-978-84-125257-6-2 Poesía Rural´24, Editorial BichoMalo libros, ISBN.- 978-84-123548-6-7

Antonio Aguilera, autor del artículo y miembro de la fundación Savia.

Santoña, soñando con el ártico.

¡Las anchoas! ¡Son las anchoas de Santoña!

¿Qué mejor sustituto de los arenques del mar del Norte que los bocartes cántabros?

La temporada invernal ha sido muy dura para estos visitantes tan lejanos. Aficionados y ajenos al mundo de las aves y la conservación han estado subiendo fotos a las redes sociales, de extraños pingüinos muertos o en estado lamentable. Los más implicados reportan cifras pavorosas de recuperación de cadáveres de álcidos. Alcas, araos e incluso algunos frailecillos han poblado internet de manera muy triste. Y, hasta el momento, los organismos oficiales no han comunicado las causas. Gripe aviar, falta de alimento, meteorología más adversa de lo común… las razones pueden ser múltiples y las especulaciones infinitas. Es un problema grave.

El solitario eider de Santoña.

Sin embargo, lo del Parque Natural de las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel es de otra galaxia. Allí, este grupo de aves y otros muchos parece estar en su salsa. Son activos, con aspecto sano y en número considerable.

Haciendo el esfuerzo de borrar de la mente las infraestructuras y núcleos urbanos tan presentes, el verdor, las montañas próximas y los picos nevados a la vista invitan a pensar que los miles de aves que allí pasan el invierno se encuentran como en casa. Y el frio y el viento te pueden llevar en volandas a Noruega si te descuidas.

Puerto de mar.

En Santoña puedes dormir en una pensión, que es algo que suena como de otro tiempo. Habitación con cuarto de baño individual, cocina con la que ahorrar un poco y suelo de madera de verdad: lujos a tiro de piedra del puerto. Esto hace que muchos de los inquilinos de Pensión Casa León, fuera de la época de turismo, sean marineros que recalan allí durante la temporada de la anchoa.

A mitad de camino entre el alojamiento y las dársenas, se encuentra El Muelle. Bar de horario para aguerridos pescadores, ataviados con gruesas botas de goma amarilla, pantalones de peto del mismo material -pero de color verde- y gorros de lana, la sensación al entrar, a la hora que sea, es que la actividad arrancó hace rato. Hay ires y venires, trajín laboral, conjeturas sobre capturas y celebración por el éxito del Nuevo Libe en la faena de esa noche. Miradas expertas de los viejos de mar, con tantas madrugadas de bar como de navegada, que se atrincheran en la mesa del fondo para hacer frente al IMSERSO. Olor a café, bocadillos y sándwiches: perfecto, también, para pajareros aplicados.

En las paredes, fotos de antiguos compañeros, recuerdos de tragedias, recortes de periódicos con noticias que conmovieron al pueblo y el corcho con billetes de decenas de países pinchados en él, testimonio de que El Muelle es infinitamente más cosmopolita que la mayoría de los bares de su tamaño del país. No es grande: barra y cuatro mesas.

También hay en las paredes cartas náuticas del estuario. No son sencillas de interpretar, pero son parte de la biblia de la gente de mar de allí. La otra parte del texto sagrado local es la tabla de mareas. Salir o entrar del estuario, hacer proa al mar o las labores de estiba dependen totalmente de las mareas. Estos hombres se hacen a la mar, duermen y descansan, según los horarios de la tabla y cada día en diferentes momentos.

Pues nosotros, pajareros, igual que ellos.

La visita a este paraje por parte de cualquier bichero tiene que verse condicionada por las mareas. Hay diversos puntos de observación y, dependiendo del nivel del mar, el avistamiento puede ser magnífico o desolador, según el punto de observación elegido. Y hay muchos donde escoger.

En Santoña es posible ver un frecuente archibebe y al minuto un colimbo tragándose una raya.

Durante la pleamar, el agua rebosa y los limícolas buscan refugio en dormideros, pero anátidas, álcidos o colimbos podrán verse más cerca de la tierra firme. Por el contrario, durante la bajamar, las aves de gran porte están en las isletas o nadando en el centro de la marisma, mientras que las limícolas y garzas aprovechan para alimentarse en el lodo o revisar las aguas poco profundas.

Pero atención con no pasarse. Cuando la marea esta baja en grado máximo, las extensiones perfectas para las limícolas son inmensas y la dispersión brutal.

En ocasiones, la proximidad de las aves norteñas es sorprendente.

Si es ese el estado de la marea cuando el desayuno termina -por ejemplo- la mejor opción es caminar al puerto. Allí mismo existen muchas posibilidades de coincidir con colimbos (grandes, pequeños y árticos), alcas o araos, además de con zampullines cuellinegros y cormoranes moñudos, entre las marabuntas de gaviotas. Los espigones exteriores del puerto son perfectos para observar la vida en el centro de la laguna. Quizá sea el punto más cercano a los grandes bandos de barnacla carinegra.

El paseo portuario se extiende desde la plaza de toros (coso que pasará a la historia no por la muerte de ningún “maestro”, sino por ser el escenario final para el drama de los búhos nivales del 22) hasta el puente de acceso al pueblo, siguiendo por la zona de las conserveras. Mal se debería dar la cosa para que en ese paseo de 4 kilómetros -ida y regreso- no se dejasen ver todas las norteñas.

Allá cada cual con sus prisas y sus quehaceres, pero darse una vuelta por las conserveras tiene su importancia. Prácticamente la totalidad de las empresas de esta industria tienen espacios abiertos al público con rimbombantes nombres como “Sala de arte” o “Salón de exposición”. En ellos el pajarero pro, que es aquel que sabe buscar las buenas oportunidades para llevarse un recuerdo imborrable, podrá abalanzarse cual patiamarilla sobre un banco de anchoas y probar lo más selecto de cada casa.

En Santoña es posible ver un frecuente archibebe y al minuto un colimbo tragándose una raya.

El monasterio, 2 observatorios, un paseo y un mirador.

No más de un kilómetro tras dejar el pueblo, a la izquierda, se encuentra el observatorio de La Arenilla. Es realmente bueno, un básico en el que pararse en cada trayecto, sin importar demasiado el estado de la marea. Si el agua se ha retirado, archibebes, zarapitos, agujas y la fortuna dirá qué más, suelen parar allí. Quizá no en número excesivo, pero sí muy cerca. Si el mar está alto, anátidas y gaviotas andarán próximos. También será ese el momento para toparse con la estrella solitaria de la marisma. En invierno de 2017 apareció un juvenil de éider común que, por alguna razón, nunca ha abandonado este paraje. Ni siquiera, siendo macho, cuando hace unos años apareció un grupete de hembras.

La carretera de salida del pueblo es una tentación constante, una tentación sin arcenes ni apartaderos para dejar el coche y echar un vistazo. La excepción, al margen de un aparcamiento junto al puente sobre el canal de Hano, es el monasterio de San Sebastián de Monteano. Allí, con marea alta y caminando por los diques de un antiguo aprovechamiento de la marisma, podemos tener un buen acercamiento que nos proporcione observaciones muy buenas y próximas.

En la carretera a Escalante existe otro observatorio, con espacio para aparcar, sobre el canal de Hano. Elevado y con una vieja mina a la espalda, las vistas son magníficas, por su hermosura y por el amplio campo de visión. Aquí además la cosa se pone interesante con algunos cultivos al otro lado del canal, arbustos, praderas, bosque caducifolio y cortados rocosos. En definitiva, al menos 180 especies citadas y un lugar donde todo puede pasar.

Arao y agujas en cantidades sorprendentes para ser la costa ibérica.

Si hay suerte y a la tarde coincide que las mareas están en un momento intermedio, la decisión de ir al canal de Boo por el camino de la marisma de Bengoa puede ser un acierto total. El movimiento de diferentes especies es muy elevado y el entorno magnífico. Grupos de ardeidas volando a la caída del sol; las luces del atardecer reflejadas en las aguas; y… los “runners” gritando sin control. ¿Cuál es la razón para esa contaminación sonora? ¿Ese tener que enterarse de detalles personales o anécdotas deportivas ajenas? ¿Por qué salir a correr, andar o montar en bici en el campo es sinónimo de decírselo todo a gritos?

En el observatorio de la carretera de Escalante hay al menos 180 especies citadas y un lugar donde todo puede pasar.

Y como colofón, asistir al final del día desde el mirador del Gromo. Es un lugar que, aparentemente, no se preparó para la observación de aves, pero desde su posición elevada y estratégica se contempla una magnífica extensión de superficie. Es un lugar perfecto para despedir al sol y terminar la jornada pajarera con grupitos de negrones, garzas y espátulas listas para dormir y quizá, con suerte, un solitario havelda dejando una estela en el agua.

Hay más observatorios y lugares de interés para los observadores de aves. Zonas más o menos preparadas, como la pasarela situada en Cicero, el Mirador de Sollagua, playas frecuentadas por limícolas y gaviotas, sendas naturales y, en la práctica, cualquier sitio desde el que tener una buena visión de las marismas.

Santoña es otro lugar al que ir, volver y regresar año tras año. Otro espacio al que ayudar con nuestra presencia pajarera en su preservación. Otro paraje en el que emocionarse con las aves que lo pueblan y asombrarse con sus viajes épicos. Y es donde hay que ir para soñar con una visita al ártico más cercano.