Presentación de Biometría de un encuentro, de Carlos Lozano.

En ocasiones las cosas se suceden de manera automática. No es que sean casualidades. Los castillos de naipes se construyen siguiendo patrones arquitectónicos y luego llegan las coincidencias que le dan la toba a la primera carta y se desencadenan los acontecimientos. Y, a veces, gloriosos momentos, los resultados son tan preciosos como el que ocurrió el viernes 20 de febrero en El Nido de El Vuelo del Grajo.

No había sido la primera carta del mazo en colocarse. Para eso habría que remontarse a unos años antes. Pero si es la primera necesaria para contar esta historia. A principios de diciembre de 2024 Luis Alfonso Apausa presentaba su 30 imágenes y más de mil palabras, primer título de la editorial El Guardabosques, en El Nido de El Vuelo del Grajo. Al terminar, durante las conversaciones y charlas que se procuran en las citas de El Nido, Javier González, Felipe “Pipe” Nebreda y Nacho Sevilla, los editores, se interesaron por el futuro literario de Carlos Lozano, el cual había asistido a la cita. Esa noche los cuatro regresaron a sus casas sabiendo que la aventura de Biometría de un encuentro había comenzado.

Hace dos años y dos días, tomando como referencia la fecha del día del evento de esta crónica, el 18 de febrero de 2024, Carlos Lozano se sentaba con Pablo Caruana en El Nido para hablar sobre ¡Por todos los escribanos hortelanos! (BichoMalo ediciones 2023), su anterior trabajo.

Y ahora, todos, editores, autor y periodista, se volvían a encontrar para arrancar la nueva etapa de El Nido. Ellos cinco y otras 25 personas que hicieron el papel de público. ¿Cómo no iba a ser un momento precioso?

He dicho público por una carencia de vocabulario. No creo que sea el vocablo más adecuado. Todos los asistentes guardaban alguna relación entre ellos, con la obra que se presentaba o su trabajo por la conservación y la divulgación hacían que fuesen de sobra conocidos por el resto de los presentes. No era público, era la reunión de una buena manada bien coordinada.

¿Cómo decir “público” a los amigos que están ahí, apoyando y construyendo El Vuelo del Grajo? Esos compañeros de campo y de sarao, de viajes y tertulias y junto a los que sufro furiosos ataques de síndrome del impostor cuando despliegan conocimientos cada uno en su sector. Néstor Mira, Paco García, Óscar Llama, Dani Setien y Juan Carlos Quintana acudieron a la reunión, dando calor y calidad humana a la cita.

José Luis Copete y Kordiyeh Hamidi llegaron desde Barcelona, Luisa Abenza desde Soria y María Álvarez Orgaz, su hermana Sara y Eduardo Vicente Moreno se acercaron desde Fuenlabrada. Todos ellos como representación de los “biometrizados”, término utilizado para referirse a los protagonistas del libro. Nacho Sevilla, Elena Moreno y, de nuevo, María, lo hacían en calidad de ilustradores del volumen. Ellos y ellas son los indispensables.

También vinieron Rosa Martín Tristán y José Antonio Montero. Una, durante décadas desde cabeceras como El Mundo, El País o La Vanguardia y, otro, al frente de Quercus, informan sobre la realidad del medioambiente y su situación.

El sonidista y escritor Carlos de Hita, que De buenas a primeras antes nos alegraba los madrugones, siempre le da sonido a una buena parte de las películas que nos gustan y ahora nos llena la librería con una producción asombrosa de libros vinculados a lo sonoro, también se acercó para decirle a Carlos que su libro “será un punto de inflexión en la literatura de naturaleza española”. En el vídeo que ilustra esta crónica -y que es la crónica en si misma- habla también del arte de tejer telas de araña como amalgama para la nueva tribu. Es muy bonito oírle.

Una de las personas que más sabe de lo que se ha escrito y publicado en el pasado y presente y mucho de lo que aparecerá en el futuro en nuestro país es Rosario Toril. Responsable del Centro de Documentación del CENEAM (Centro Nacional de Educación Ambiental) y filóloga, contar con Rosario en cualquier tipo de evento relacionado con la naturaleza es siempre un absoluto placer. En esta ocasión nos presentó a Azucena López, que es la persona que está detrás de la comunicación en el Museo Nacional de Ciencias Naturales.

Y luego, Luis Miguel Domínguez: Naturalista, antropólogo, conservacionista, documentalista, viajero y luchador. Es, sobre todo, un hacedor. Hizo Lobo Marley y con ello echó el hormigón de los cimientos de la defensa sólida y moderna del lobo. Hizo auténticas joyas del documental, donde la etnografía, la cultura, la biología y la conservación se daban la mano. E hizo el Gabinete de Historia Natural, que es uno de los referentes de salón en los que nos inspiramos para sacarnos de la chistera El Nido. En esto, en que el activista Luismi acudiese a la presentación, en un biotopo semejante a su desaparecido Gabinete, quiero ver otro círculo que hace que todo cobre sentido.

El Nido, letras y vino.

Vamos a acometer un libro que tiene 493 páginas, empezó Pablo. Tras una breve disección técnica del volumen, se lanzó a una introducción adobada con el conocimiento de muchas lecturas e incontables crónicas y críticas escénicas escritas. Referencias que iban desde Audubon a Ignatius Farray, dando lugar a otra coincidencia que dejó lubricada la conversación. La charla va desde la curiosidad del periodista por eso que nos atrapa en el campo, a la literatura pura y la experiencia del viaje y la escritura durante el proceso de Carlos.

Y, por supuesto, los espejos y las reacciones de los protagonistas al verse reflejados en los textos de Carlos.

Escuchar a dos personas que saben manejar tan bien las palabras, las historias y como contarlas es, también, razón única para que El Nido tenga sentido.

La apuesta, de nuevo, era que la presentación la guiase alguien que se mueve entre letras para hablar de un libro y no perderse entre aves, espacios y amigos comunes. Una biometría del título y el autor con la regla de la literatura. Y los treinta que asistimos creo que ganamos una fortuna con dicha apuesta.

El vídeo que acompaña el artículo refleja bien ese diálogo a dos, a pesar de que se perdiese una parte por descuido técnico. Pero si está la parte final, con las intervenciones de biométrizados y otros asistentes.

Luego, tras la escucha, llegó la conversación, facilitada por estómagos y mentes llenas y el correr del vino. El momento en que todo encaja.

Ahora que se acerca el 5º aniversario de El Vuelo del Grajo, tengo la sensación de que ni en el mejor de los sueños sobre la evolución del proyecto pensamos que podríamos estar viviendo cosas así.

IMBÉCILES NEGACIONISTAS.

Vaya por delante que, si llegase a darse el caso, El Vuelo del Grajo activaría un piquete de reclutamiento para recabar voluntarios que se alistasen en el primer batallón que fuese a la guerra para defender, granada en mano y a bayoneta calada, la libertad del imbécil negacionista para poder decir sus imbecilidades. No será desde esta redacción desde donde se manifiesten ideas contrarias a la libertad de expresión.

Pero lo anteriormente dicho no es óbice para que, a pesar de defender la libertad del individuo para expresar su opinión como acto muy respetable, nosotros -o al menos yo, el que escribe- en el caso del imbécil negacionista no respetemos el fruto de su expresión.

¿Pero, qué es el imbécil negacionista? Básicamente se trata de un sujeto aquejado por uno de los males más extendidos en la actualidad y que se esparce por el mundo como una autentica plaga: la negación del conocimiento y la ciencia básica demostrada. En este punto hay que enfatizar la palabra “demostrada”. El o la imbécil negacionista no es escéptico o escéptica, aunque en ocasiones pretenda autodenominarse así. Ellos y ellas basan todo su desarrollo del pensamiento en uno -ocasionalmente más- de los cinco sentidos y excluyendo, como premisa fundamental, cualquier estudio científico anterior que no confirme su creencia.  Por tanto, el imbécil negacionista jamás construirá creencias absurdas y simplistas contrarias a asuntos tratados únicamente en el plano teórico, ya que eso requeriría aceptar enunciados y premisas elaboradas con anterioridad y prescindir al mismo tiempo de sus capacidades sensoriales. Así pues, jamás elaborarán un manifiesto que contradiga la hipotética existencia de túneles a través del espacio-tiempo capaces de unir dos puntos que actúen como atajos. Un imbécil negacionista trabajará más en demostrar que la línea recta es siempre la distancia más corta -porque la tierra es plana, obviamente- que en la teoría del agujero de gusano.

Por naturaleza, esta imbecilidad es eminentemente transversal, no escapando ninguna capa social a su implementación. Es más, al ser la justificación y solución de sus preocupaciones una retahíla de imbecilidades fruto del tiempo libre y darse, principalmente, en sociedades con un desarrollo económico mínimamente elevado, es posible que pudiésemos encontrar su origen en la sociedad del bienestar y sus famosos problemas del primer mundo.

Si anteriormente el imbécil que abrazaba las creencias -que no teorías- negacionistas se encontraba en sectores de la población que eran tachados de alternativos, alejados de las esferas de poder y ajenos a los canales de comunicación, hoy en día no es así. Animados por bulos y conspiranoias, que son los ingredientes de todo buen movimiento negacionista, en la actualidad el imbécil negacionista puede ser encontrado en cualquier posición de la pirámide social y utilizando cualquier canal de comunicación al que le sea posible acceder. Así, un cardenal arzobispo aseguró desde su púlpito que las vacunas contra el coronavirus se fabricaban con “fetos abortados” un europarlamentario, Ramón Tremosa de PdeCat, preguntó formalmente en la sede parlamentaria europea sobre las chemtrails y un concejal valenciano negaba el cambio climático tras la DANA del 29 de octubre en una conferencia. Por no extenderse a imbéciles negacionistas internacionales muy influyentes, como los presidentes Trump y Milei, o mequetrefes influencers buscando seguidores al precio que sea en las redes sociales. Todos ellos demostrando la horizontalidad del fenómeno, argumentando codo con codo, imbéciles negacionistas de todo calado: desde millonarios reconvertidos en políticos peligrosos a mecánicos y exinstructores deportivos.

Aunque sea un asunto tentador, este artículo de opinión no se adentrará en la apropiación de las teorías negacionistas que está haciendo la derecha populista a nivel mundial.

¿El imbécil negacionista nace o se hace?

No es difícil imaginar a cualquier padre de las diversas imbecilidades presentes en la actualidad (“terraplanismo”, “plandemismo”, “cheimtrailismo”, etc) tratando de ocupar el habitual tiempo libre de sus neuronas pensando en cosas sobre las que jamás ha recapacitado y sufriendo una epifanía poco tiempo después. Pienso, por ejemplo, en un sujeto observando, así sin más, el cielo (quizá sea más correcto emplear “mirar”). Pienso en un sujeto mirando el cielo un día nublado. Y al día siguiente, el mismo ejemplar, viendo estelas de vulgares aviones comerciales sin ninguna nube que las oculte o que indique unas condiciones meteorológicas no aptas para su formación. Si en ese momento de felicidad se le realiza al individuo un escáner cerebral para medir los niveles de satisfacción personal y dopamina, imagino en la sala del hospital un castillo de fuegos artificiales y más leds encendidos que en Vigo desde hace unos días, reflejando su plenitud por haber descubierto la razón de que llueva o no. A ver quién le convence de que todo ese auto placer onanístico es fruto de una falsedad. Y para él ya no habría marcha atrás. De hecho, es tan sencillo y básico que es más que posible que varios miles de personas hiciesen el mismo descubrimiento en un periodo asombrosamente breve y en diferentes partes del mundo. Si el Homo sapiens fue capaz de desarrollar de manera más o menos simultanea el lenguaje escrito en China, Mesopotamia y Egipto, es también perfectamente capaz de crear imbecilidades prodigiosas en la misma semana en cincuenta países diferentes.

Las ideas y conceptos que manejan afectan a temas eminentemente científicos, pero están elaboradas con parámetros no científicos. Esto hace, como ocurre con las religiones, que se construyan castillos elaborados con creencias basadas, a su vez, en actos de fe. Y, al igual que ocurre con las personas religiosas, tratar de explicar a un imbécil negacionista algo contrario a sus creencias en términos científicos se convierta en un acto absolutamente inútil. Para ser “cheimtrailista” y estar seguro de que desde la Moncloa se ordena fumigar Marruecos para que llueva y así tener que comprar los espárragos en ese país y hacer la puñeta, por lo que sea, a los agricultores de aquí -que es un plan complejo y absurdo, pero viable- antes tienes que creer a ojos cerrados que hay miles de aviones volando por el mundo, de múltiples nacionalidades -o de una organización creada a imagen y semejanza de la Bondiana Spektra- soltando químicos super dañinos e involucrando a decenas de miles de trabajadores malvados y que ninguno de ellos se haya ido de la boca ligando borracho en un bar entre vuelo y vuelo. Eso, creer en la discreción de miles de personas, sí que es un acto de fe.

Pero al contrario de lo que ocurre con las religiones, que se ocupan de temas espirituales y cuyos asuntos finales escapan del conocimiento físico y científico y profundizan en temas de carácter más próximo a la metafísica y la filosofía, el y la imbécil negacionista estipula los principios de su creencia en la negación del conocimiento. Y entiéndase por conocimiento todo aquel pensamiento elaborado, comprobado y aceptado (excepto por los escépticos) por el ser humano, ya sea en el plano teórico o práctico y en campos científicos, humanistas o artísticos: un imbécil negacionista puede elaborar su disparate allá donde su desconocimiento se haga fuerte y resulte con aparente brillantez.

No deja de ser paradigmático que a partir de bulos y falsas conspiraciones de orígenes y fines indefinidos crezcan los negacionismos de carácter mundial. Negar el conocimiento científico es pues transversal socialmente e internacional en su distribución. Y a la cabeza de todos ellos, el incomparable, inigualable y potencialmente mortal para la especie humana: el negacionismo del cambio climático.

De ahí, de este esfuerzo por ir contra el conocimiento y la sabiduría de prójimos pasados, presentes y futuros, que el término imbécil sea aplicable de pleno derecho. Tiene más carácter descriptivo que intención de insulto.

Creo que puedo afirmar que Diderot y d’Alembert estarían de acuerdo en el uso de la palabra imbécil si mediante un milagro abriesen los ojos y comprobasen que, ahora que la mayor y más completa de las enciclopedias está disponible en la palma de la mano y con forma de teléfono inteligente, hay personas -sin problemas cognitivos y que han recibido una educación intelectual- que niegan a gente como Eratóstenes, Newton, Pasteur o a centenares de miles de científicos, sin tan siquiera saber quiénes son y sin tener ni pajolera idea de lo que están hablando. “Ah oui: les idiots négationnistes“, dirían.

Y aquí se acaban los chistes.

Si la cosa fuera una actitud íntima frente a asuntos de esta vida, el problema sería menor. Al fin y al cabo, si las leyes de la evolución y la selección de las especies son ciertas, los humanos que negasen la eficacia grupal e individual de las vacunas estarían destinados a la mejora la genética de la especie mediante su probable autoinmolación voluntaria. El problema es que estos ciudadanos -hago ímprobos esfuerzos literarios para no volverlos a llamar imbéciles negacionistas- tienen potestad sobre sus crías y la vehemencia necesaria para imponer sus criterios entre otras personas con facilidad para descubrir la razón de la ausencia de lluvia mirando la estela de los aviones.

El problema es cuando unos jóvenes científicos se inventan la negación de la existencia de las aves para echarse unas risas y resulta que miles de personas se apuntan a la creencia de que las aves son drones que nos espían.

El problema es cuando personas con nivel cultural probablemente alto y un poder económico altamente probado se manifiestan en todo el mundo en contra del confinamiento aduciendo que Spektra les quiere arruinar.

El problema es cuando la ONU estipula un proyecto de 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible que busca erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar la prosperidad para todos para 2030 y hay amplios sectores de la sociedad que consideran que es un plan secreto para lograr no se qué objetivos más secretos aún, que beneficiarán a unos poderosos desconocidos infinitamente más poderosos que los poderosos conocidos.

El problema es cuando los científicos, todos, dicen que hay una emergencia climática que nos las va a hacer pasar putas en muy poco tiempo, pero aprovechándose de que un pequeño porcentaje de estos científicos niega que sea por causas antrópicas, haya un movimiento mundial amparado por empresarios, “opinólogos”, influencers y políticos que niegue la mayor.

Y ahora, el problema que me cabrea es que ante la amenaza real y cuantificable de la epidemia de gripe aviar haya estúpidos mal nacidos (y ahora sí es un insulto) que ya hayan sembrado la nueva conspiranoia que ha generado el nuevo negacionismo: la gripe aviar no existe, ya que se trata de una nueva “plandemia” gubernamental para encarecer los alimentos y fastidiar más a los ciudadanos.

Parece una broma de mal gusto, pero no. Es cierto.

Si la epidemia va en aumento, que así será, el frente de combate sanitario, veterinario y económico deberá tener en cuenta a estos negacionistas y su voz política. Seguro que habrá algún partido que recoja el guante y se apropie de esta nueva vía para sembrar la duda y el miedo y de paso ganar votos. Y en breve, si la cosa de la enfermedad va en aumento, habrá quienes, auspiciados por algún sindicato agrario y algún partido, pedirán diezmar con pólvora la población de aves silvestres para evitar que los de las gallinas sufran económicamente. Y al final acabarán repartiendo gratis cartuchos para “quitar” cigüeñas y buitres, gracias a que un imbécil negacionista reprodujo el nuevo bulo.

Todo el último párrafo puede ocurrir o quedarse en distopía olvidable.

Ya veremos.

Acabemos con los ahogamientos en las balsas de riego.

URGENTE. El borrador del Real decreto de seguridad de balsas de riego será aprobado próximamente. Necesitamos, los amantes de la fauna silvestre, una colaboración masiva para remitir alegaciones que impidan perpetuar las trampas mortales.

Los Grajos hemos venido a Ornitocyl, la Feria de Ornitología de Castilla y León, y nos hemos encontrado como siempre con asuntos interesantes y urgentes. Queremos compartir nuestra preocupación y a la vez la posibilidad de solucionarla o al menos intentarlo.

Ha salido a información pública el borrador del Real Decreto que regula la Norma Técnica de Seguridad de las más de 70.000 balsas de almacenamiento de agua en España. Desde GREFA (Grupo de Rehabilitación de la Fauna Autóctona y su Hábitat) dedicado al estudio y conservación de la Naturaleza, han elaborado un documento con alegaciones al mencionado borrador debido a que existe una gran preocupación ya que las medidas planteadas para la prevención de mortalidad de fauna son mínimas y muy superficiales.

Si os interesa y tenéis ganas de colaborar en la mejora del Decreto os planteamos dos maneras de hacerlo:

En este enlace del MITECO está toda la información y hasta el 30 de septiembre podéis remitir alegaciones a través del buzon-itdga@miteco.es indicando en el asunto: “Observaciones Normas Técnicas Seguridad Balsas”.

En GREFA ya han elaborado un dossier de propuestas que podéis apoyar siempre a través de entidades o personalidades relacionadas con la Conservación y el Medio Ambiente. Para conocer y apoyar dicho documento podéis dirigiros a carlos@grefa.org antes del martes 17 de septiembre.

Almeida y la garduña.

El consistorio madrileño parece empeñado en minimizar el efecto beneficioso para la biodiversidad que supone la renaturalización del Manzanares a su paso por la capital y ,aparentemente, apuesta por convertirlo en un nuevo lugar para eventos iluminando su cauce.


Recreación del resultado final.

Recientemente, el Ayuntamiento de Madrid ha anunciado su plan para iluminar cerca de un kilómetro del tramo urbano del Manzanares. Para ello, se emplearán 61 proyectores lumínicos -ampliables si así se requiriese- y 950.000€ de las arcas públicas. El objetivo es “impulsar el atractivo del ámbito, poniendo en valor su arquitectura, su patrimonio verde y ofreciendo una experiencia nocturna amable y más segura a vecinos y visitantes”. El proyecto recalca su supuesto carácter sostenible ya que “se realizará de manera compatible con los criterios de naturalización del tramo urbano del Manzanares, sin reducir las zonas con especies vegetales consolidadas ni aquellas en las que existe un desarrollo incipiente de especies que, en los próximos años, se afianzarán”. Especies vegetales, que aquí la fauna silvestre no cuenta.

Curiosamente, la propuesta destaca que se evitará la contaminación lumínica, ya que “los focos se sitúan en un cajetero del río, limitando las emisiones luminosas hacia el cielo”.

El proyecto termina con una amenaza: “El conjunto lumínico permitirá crear y activar espectáculos de luces desde cualquier lugar, con muchas posibilidades”.

Las obras comenzarán a finales de junio.

Sobra decir que la posibilidad de que la fauna, en especial las aves, elija Madrid Río como lugar de invernada o reproducción desaparece ante la idea de mantener el Manzanares iluminado.

En la carrera por recuperar las viejas políticas medioambientales.

Una lectura de los frecuentísimos programas electorales de anteriores elecciones despeja las dudas sobre las ideas regresionistas en el campo medioambiental que propugnan las derechas. La radicalización de ambas formaciones y su tendencia al mimetismo para pescar votos en los mismos caladeros, hacen que sea difícil saber de qué partido es cada promesa electoral. Así, por ejemplo, VOX proponía que para acabar con los problemas de contaminación del Mar Menor de Murcia sencillamente se quitasen a las lagunas todas las protecciones medioambientales. Mientras que el PP en su programa electoral hacía referencia al “medio natural” siempre como parte del “medio rural” y todas sus propuestas acababan por hacer referencia a la explotación agrícola, ganadera, cinegética o forestal.

Al contar este tipo de propuestas con lo que podríamos catalogar como “tradiciones arraigadas”, el paso entre teoría y práctica, que a priori podría parecer difícil de tomar, sorteando una multitud de barreras legales, a los lideres conservadores les basta un “sujétame el cubata, que voy” para aplicarlas.  Por desgracia, sobran los ejemplos. Recordemos, como muestra, que en Extremadura se puede cazar el meloncillo, que ha pasado a ser un temible depredador de ganado -con sus formidables 2 kilos- sin que, aparentemente, nadie en sus cabales haya revisado dicha norma.

Si la derecha propone que los espacios naturales estén fundamentados en un uso, disfrute y regocijo -tanto de ocio como económico- de los seres humanos, Almeida lo lleva a la práctica. Y su objetivo es reivindicar el curso renaturalizado del Manzanares y sus márgenes, como espacio de ocio y para la celebración de eventos.

Debimos todos darnos cuenta de ello cuando Almeida importó de Valencia la mascletá. El espectáculo pirotécnico, pagado a cinco veces su precio y que no cuenta con ningún tipo de arraigo o tradición en Madrid, fue programado en Madrid Río. De nada sirvieron los avisos sobre la presencia de fauna sensible en el rio y el próximo comienzo de la actividad reproductora.

El evento se realizó. Isabel Díaz Ayuso se permitió, incluso, hacer bromas sobre ello y la aparición de animales muertos relacionados con los petarditos.

Pero lo más sintomático era el uso de ese tono chulesco y despectivo con el que ambos políticos se referían tanto a las advertencias como a los que emitían los avisos. En cada una de sus declaraciones se transmitían, de manera más o menos velada, varios sencillos mensajes: “esto es un espacio humano, no animal”, “ya hay muchas palomas, me importan un bledo tus agachadizas chicas” y “¿qué más da ese valor medioambiental, si solo disfrutáis de él cuatro frikis?”.  Porque es así: tanto vales tanto importas. Y aquí el valor se mide en votos.

Las tres palabras al final del proyecto –“espectáculos de luz”- en realidad parecen significar mascletás, castillos de fuegos, conciertos, programación regular de eventos culturales o un nuevo lugar para Veranos de la Villa.

Almeida, la garduña.

Este dislate medioambiental podría estar inspirado en la técnica de marcaje territorial de las garduñas. Muy celosas de su territorio -como los zorros- las garduñas defecan con intenciones fronterizas. Y si encuentran en sus dominios la hez de otro carnívoro no dudarán en plantar encima su monolito oloroso.

Pues bien, el equipo municipal de Almeida, lo que está haciendo con esta cagada medioambiental es plantar un hito territorial.

Hay que remontarse unos años. En el primer mandato consistorial de Alberto Ruiz Gallardón se ordenó el soterramiento de la M-30. En mayo de 2007, sobrecostes faraónicos de por medio, la obra estaba terminada. Mientras los madrileños valorábamos positivamente el resultado y la balanza del “si nos lo podíamos permitir” parecía decantarse afirmativamente, los buitres especuladores afilaban sus uñas. La hecatombe de la zona se evitó gracias a la crisis de 2008. Pero Gallardón se iba, habiendo dejado para la posteridad el soterramiento de la M-30.

Luego llegó Carmena y optó por naturalizar el canal que era el Manzanares. Las impolutas y muertas aguas estancadas que adornaban dieciochescamente el rio capitalino empezaron a correr libres. Mucho más pronto de lo esperado, llegó una vegetación exuberante, autóctona y natural y, también de manera inmediata, una fauna espectacular. La nutria que localizó y fotografió Paco García, colaborador de esta publicación, fue el culmen, pero también se ha visto zorro y especies de aves bastante inimaginables un año antes. Agachadizas chica y común como invernantes, hasta cinco especies de láridos y otras tantas de ardeidas, una población fluctuante de martín pescador y así hasta un total de cerca de 140 especies avistadas. Éxito absoluto.

Con ese espíritu, que por evitar la palabra revanchista diremos reformador, de borrar el paso de la alcaldesa por la ciudad de Madrid, el actual consistorio borró “Madrid Central” del mapa para luego pintar un “Madrid Central” de nuevo cuño llamado “Madrid 360”. Hasta de los marrones quieren apropiarse. Porque, tanto para la derechita cobarde como para la derechona envalentonada, cargarse las limitaciones de tráfico es una inspiración política. Almeida bien podría haber elegido el papel de “a mí no me miréis, que fue cosa de Carmena”. Aunque, también es verdad, siempre quedará el comodín de la pérfida Agenda 2030.

Con Madrid Río, el alcalde, disfrazado de garduña, se dispone a soltar su bosta olorosa y conseguir que el nuevo tesoro medioambiental de la ciudad pase a ser el más glamuroso, chic y refrescante lugar de ocio del sur de Europa. Un nuevo río Sena en el que pedir matrimonio románticamente. Otro destino turístico.

Y toda esa gloria y rédito político/populista volverá a cambiar de manos. A las de la garduña y a las del Partido Popular de Madrid. Quien caga último… la caga más, pero mejor.

Y si no, al tiempo.

(Desde la redacción de El Vuelo del Grajo queremos pedir disculpas si algún lector ha podido sentir que la comparación entre el mustélido y el político encerraba el perverso fin de reducir a la categoría de alimaña a la garduña. Nada más lejos de nuestra intención).

Otra imagen virtual del resultado.

Madrid, la ciudad cateta y Almeida su representante.

No ha habido forma. En poco más de 36 horas, uno de los rincones más importantes para las aves madrileñas se verá atacado por el impacto sonoro de 300 kilos de pólvora explotando.

De nada ha servido que la Sociedad Española de Ornitología explicase desde el conocimiento lo que pasará. Tampoco que Ecologistas en Acción se haya manifestado en contra. Y mucho menos, que asociaciones animalistas y vecinales se hayan pronunciado al respecto.

Mientras la alcaldesa de Valencia nos llamaba catetos por no querer llevar la mascletá a un punto caliente de biodiversidad, el alcalde de Madrid volvía a demostrar su cretinismo político, su nulo respeto por el medio ambiente y su inconmensurable capacidad para tener malas ideas. Y, sobre todo, su sordera para escuchar a los ciudadanos.

Almeida nunca corrige o reconduce sus propuestas. Seguirá talando árboles al grito de “Sánchez tiene la culpa”. Y es que a este alcalde se le escapa el orgullo por todos sus poros. Posiblemente sea debido a la presión que le ocasiona el llevar las americanas dos tallas más pequeñas. O quizá sea que tiene una necesidad desmedida por pasar a la historia como Don Eventos y hacer que el calendario madrileño vaya de carrera, en petardada, pasando por cualquier competencia deportiva que rellene la ciudad de visitantes un fin de semana tras otro. Al final echaremos de menos la versión anterior de la misma teoría del turista continuo: “Madrid, las Vegas de Europa”, las Olimpiadas madrileñas o el intento de afanamiento del Mobile World Congress se antojan jugadas maestras en comparación con el abanico de propuestas del actual alcalde.

No sé si él quiere poner la cara sobre la mesa y decir “aquí estoy yo” para ganar peso entre los suyos, si quiere hacerse amigos poco recomendables a base de favores o si es un genio buscando maneras para maltratar a los ciudadanos. Pero de lo que si estoy seguro es que quien lo va a pagar es la fauna que habita en las proximidades de ese puente. Aves residentes que crían ahí, bichos que empezaron a venir desde miles de kilómetros a pasar el invierno y otros que, sencillamente, han encontrado buen refugio en el Manzanares renaturalizado.

Y mientras tanto seguirá nuestro alcalde sin darse cuenta de que no hay nada más cateto hoy en día que maltratar la fauna silvestre, talar árboles y, posiblemente al mismo nivel, importar tradiciones que descontextualizadas no son más que una garrulada sin sentido.

El rio acoge un gran número de aves, especialmente en invierno.

Entre las 140 especies registradas en el Manzanares urbano está la agachadiza chica.

También se dejó ver una esquiva polluela pintoja.

El éxito de la renaturalización del rio se ve amenazado por la gestión descabellada de la alcaldía.